BOLETÍN CULTURAL Y BIBLIOGRÁFICO 69
Una lección para los comunicadores con cartón
Titulo del libro reseñado: Obra periodística (1940-1970).
Tomo I: Vigilia de las lámparas
Autor del libro reseñado:
|Héctor Rojas Herazo (compilación y
prólogo por Jorge García Usta)
Editorial del libro reseñado: Fondo Editorial Universidad
Eafit, Medellín, 2003, 652 págs.
Hay libros que resultan intimidantes desde la primera mirada, y
las razones de este efecto pueden ser muchas. El primer tomo de la
compilación de la obra periodística de Héctor Rojas Herazo es uno
de tales volúmenes, por varias circunstancias. Primero, en razón de
la apariencia casi pétrea del volumen: un libro grueso y macizo,
empastado en tapas duras de color verde musgo, por lo cual es casi
inmediata la asociación con el ladrillo de un antiguo edificio, a
medías devorado ya por la vegetación. La pintura que ilustra las
tapas,
|Bodegón del pez azul, del mismo Rojas Herazo,
refuerza aún más esa impresión.
Segundo, en razón de los números mismos: 652 páginas de
diagramación apretada dan cabida a 252 artículos periodísticos de
este escritor nacido en Tolú en 1921. Lo cual se refleja en un peso
físico de
|Vigilia de las lámparas superior al kilogramo,
por lo que este libro resulta más adecuado para ser leído
apoyándolo en la mesa de una biblioteca pública, que para leerlo
recostado cómodamente en un sillón, pues esta última alternativa
tendrá para el lector, luego de sólo un rato, la incómoda
consecuencia de provocarle calambres en los brazos y una inevitable
desconcentración.
Mas la razón principal de que este libro resulte intimidante
yace en aquello que es menos obvio que su apariencia o su tamaño y
que, sin embargo, sospechamos que se esconde entre sus tapas desde
antes de abrirlo por primera vez. Esto es, la idea de rescate de un
patrimonio. Algo que subyace como trasfondo a toda compilación de
artículos periodísticos, ya que el periodismo es, entre todos los
trabajos relacionados con la palabra, el más ingrato en relación
con la perduración de lo escrito. Si lo pensamos bien, hay una
inmensa paradoja en el hecho mismo de escribir para un periódico:
la inmediatez de la publicación se compensa con la calidad de
efímero. Así, lo que escribo hoy para un periódico y me publican
mañana, será en la inmensa mayoría de los casos olvidados pasado
mañana. Esa misma paradoja se extiende al público que el artículo
periodístico alcanza. Aunque los tirajes de un periódico puedan
multiplicar cientos de veces a los de un libro, el 99% de los
ejemplares acabarán como papel reciclado, destinados a limpiar
pisos o envolver pescados, y los únicos que sobrevivirán serán esos
pocos que acaben en las hemerotecas o que hayan conseguido
despertar el interés de un lector particular, que decida guardarlo
entre sus papeles privados hasta que, inevitablemente, el papel
empiece a deshacerse en polvo.
Ahora, el punto que no puede olvidar todo reseñista de una
compilación de artículos periodísticos es que la enorme mayoría de
artículos, por duro que pueda sonar, merece ese destino:
languidecer en las hemerotecas, hasta que algún estudioso de las
ciencias sociales los reviva fugazmente, al acudir a ellos con el
fin de verificar un dato en particular o hacerse una idea de las
opiniones en torno de un hecho histórico concreto. No nos
equivoquemos: la gran mayoría de las palabras escritas en un
periódico merecen el lugar que ocupan en el limbo, pues son
palabras sin mayor trascendencia. Más aún en un país como el
nuestro, donde los aportes relevantes a los géneros periodísticos
han sido relativamente pocos, y el análisis profundo de los hechos
noticiosos o la reflexión creativa sobre los problemas
contemporáneos han sido la excepción y no la regla.
Sin embargo, el olvido tampoco puede convertirse en norma, pues
hay casos -sólo unos cuantos, sólo unos pocos- en que condenar al
olvido a ciertos columnistas constituye una práctica que bordea con
el crimen cultural, pues sus artículos pueden mostrarnos a través
de la palabra lo que fuimos y lo que somos -como nación y como
especie- de una forma única, que complementa las visiones de lo
humano que yacen en otros géneros, como la novela o el cuento.
La tarea del reseñista de una compilación periodística,
entonces, no consiste en otra cosa que en juzgar si el autor
rescatado pertenece a esa última categoría, o si, por el contrario,
su obra merecía quedarse donde estaba, alimentando a las polillas.
En el caso de este volumen, el nombre del autor nos permite
conceder, ya de entrada, el beneficio de la duda en razón de su
importancia cultural: Héctor Rojas Herazo fue de las contadas
figuras colombianas que tuvieron resonancia el siglo pasado en
Colombia en diferentes disciplinas artísticas. Escribió poesía y
narrativa, pintó, defendió los valores culturales, apoyó a jóvenes
talentos y cuestionó las taras que afectaban a las artes
nacionales. Y cada una de estas actividades y posiciones vitales se
manifiesta sin ambages en sus artículos periodísticos:
|Todo, en nuestras manos de colombianos, se nos vuelve
retórica. Por eso escribimos y pintamos y pensamos bonito. [ ..]
Somos el país de la literatura bonita. De las maneras bonitas. Del
soneto de corbata bien puesta y de la estatuilla para satisfacer el
espíritu bovino del señor Carreño. No hemos pasado del primer año
de urbanidad colectiva. [pág. 620]
No es, pues, una figura que dependa de la supervivencia de sus
artículos periodísticos para garantizarle un lugar en la historia
cultural del país, pero estos pueden complementar su retrato, al
mostrarnos otro aspecto de su multifacética vida, convirtiéndose en
una nueva página de un nutrido currículo vital.
|