Ficha bibliográfica
Titulo: BOLETÍN CULTURAL Y BIBLIOGRÁFICO 69
Autores: Banco de la República
Edición original:
Edición en la biblioteca virtual:
Notas:
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Territorio Mutis

 

Titulo del libro reseñado: Del lado de acá

 

La altiplanicie donde se halla situada la sabana de Bogotá, a 2.600 metros sobre el nivel del mar, tiene un cielo despejado que vuelve aún más verde el oscuro marco de sus montañas. Pero al tomar la carretera que lleva a tierra caliente, y pasar por el salto de Tequendama, las curvas del camino producen una sensación ambigua de mareo y asombro. De paulatino despojarse de suéteres y chaquetas e incremento, en la piel, en los ojos, de tibieza y vértigo. Pasamos bajo las gárgolas góticas talladas en milenarias piedras chibchas y nos asomamos, con el corazón en la boca, a los abismos más insondables. Allí abajo, muy abajo, casi invisible, un delgado hilo de plata nos recuerda que las cordilleras más empinadas pueden resultar horadadas por el diamante líquido del agua.

Seguimos así los meandros de esos ríos pacientes. Vemos cómo las narices del diablo se proyectan sobre un vacío devorador y nos distraemos con altísimos árboles aferrados con garras y dientes a las resbaladizas laderas. Entretejen un palio de verdor más claro y una flora dulce. Roja, rosa, azul, morada, que comienza a estallar bajo nombres grávidos: novios y geranios, cámbulos y gualandayes. De golpe, a la derecha, una cascada imprevista desciende con el rumor luminoso de su música única.

Los tajos en la vertiente se convierten así en una descomunal pantalla donde nos es dado contemplar toda la botánica colombiana, desde las nieblas perpetuas de los páramos hasta las planicies ocres y amarillas de los esteros tropicales. El Magdalena, el Cauca.

Seguimos así, encerrados en ese embudo claustrofóbico que a cada metro de descenso nos recalienta aún más la sangre. Igual sucede con los carros que, al bajar más de mil metros en media hora, petardean acezantes. Quieren, como todos, refrescar la garganta. Una agria, como llaman a la cerveza, o un refajo, mezcla de cerveza y gaseosa, son despachados en las tiendas del camino. Una se llama  |La última vuelta. Otra:  |La nieve del almirante.

Los buses de pasajeros, las flotas, los fatigados camiones de carga, con ganado o con barriles de petróleo, el cascabeleo sonoro de los caballos de paso, los mercados a la vera del camino, los agobiados burros con su carga de café en el lomo, los recios mulatos, las campesinas de pañolón y sombrero negro de paño, los niños sonrientes y desharrapados: la sempiterna, altiva, propia, resignada, maliciosa, terca pobreza colombiana.

Toda ella poblada de quimeras. No la lotería o la ruleta en la plaza, sino el buscar entierros precolombinos, donde las grandes urnas funerales de barro albergan los sapos, serpientes y aves de oro de los orfebres milenarios. Para ello habrá que escarbar en muchas parcelas y soñar con rabia, hasta que se revele el lugar sagrado.

O los socavones de una mina abandonada. O un aserradero, en el laberinto húmedo y evasivo de la selva. O el contrabando de rifles, entre los caminos de cornisa o los senderos camuflados que comunican entre sí estas soledades. Pocos ranchos salpican las montañas. De uno a otro -sube y baja, cuatro o cinco horas de marcha. En los burdeles del pueblo, las mujeres aindiadas o las negras inmensas y aleladas devorarán estas fútiles ganancias.

Un mundo campesino de férreas lealtades y odios ancestrales, entre liberales y conservadores, donde la resignación impuesta por el báculo eclesiástico se apoya en la autoridad precaria y esporádica del ejército y la policía. Tanta tierra para tan pocos hombres. Tanto país y tan poco Estado.

Por ello esas pequeñas fincas cultivan el maíz y la papa, la gallina y el perro que ladra, como el imprescindible respaldo del pan coger que intenta mantener caliente su sed de horizontes. Su viaje afanoso hacia la nada.

Como todos los andinos, dibujan el mar. Como todos los presos en el oxígeno enrarecido de estas montañas de más de tres mil metros, intentan moldear sus fantasmas. La pobreza, en primer término, con el fuego rojo del alcohol y el cortante brillo metálico de los machetes, al degollar cuellos o cercenar brazos, en la fiesta de la Virgen Patrona. La violencia, con sus rojos brochazos de sangre, como en la pintura de Alejandro Obregón, ha entonado, decenio tras decenio, el duelo gris de su fúnebre elegía.

Más que la creciente de los ríos desbordados. Más que los temblores y terremotos que borraron Armero o sacudieron la zona cafetera. Más que las plagas en los sembrados. Más que las guerrillas o los paramilitares, obligándolos a desplazarse, es el volcarse en una entelequia concreta lo que agosta la energía de estos hombres y mujeres recios y magros.

Primero el oro, luego la quina y el tabaco, más tarde el café y el petróleo, ahora la coca y la amapola pautan la cronología de esta historia. De la década de los cuarenta a los años sesenta, los trescientos mil muertos de la violencia partidaria. Los años en que Álvaro Mutis (1923) de  |La balanza (1948) a |Los elementos del desastre (1953)  y |Memoria de los hospitales de ultramar (1959) cartografió, en Colombia, el mapa de su territorio:

Las armas enterradas
en lo más espeso del bosque
indican el nacimiento de un gran río.
Un guerrero herido señala
con énfasis el lugar.
Su mano llega
hasta el desierto
y sus pies descansan
en una hermosa ciudad
de plazas soleadas y blancas.

En la página abierta

Pablo Neruda lo llamaba "Bogotá" y lo recibía en la puerta de su casa de Santiago con una infernal mezcla de vodka y champaña. Hablaría mal de Vicente Huidobro y luego se enrumbarían hacia los mares de Conrad.

En el apartamento de Octavio Paz, en el paseo de la Reforma, en México, estaban Vasko Popa, Pablo Antonio Cuadra y Álvaro Mutis. Se pusieron de acuerdo en un punto: la poesía los había redimido de la política. Pero la política que interesaba a Mutis era la del imperio bizantino y Felipe II, la de César Borgia y Napoleón. Quizá por ello su poesía ha crecido y desbordado sus límites: es cuento, novela, ensayo, entrevista. Avanza por el dorado crepúsculo de los imperios en ruinas y se instala en el corazón asmático de esos barcos a punto de sucumbir lastrados por el orín de tantas aventuras. Arriba sigue incólume el Gaviero. Mira por quienes nos quedamos en la sucia sentina de este mundo plástico y a crédito. Este mundo donde tanta y tan publicitada intercomunicación no nos permite conversar con nosotros mismos. Donde leer muchas horas, en silencio, bien puede ser considerado una terapia de superación y autoayuda.