Territorio Mutis
Titulo del libro reseñado: Del lado de acá
La altiplanicie donde se halla situada la sabana de Bogotá, a
2.600 metros sobre el nivel del mar, tiene un cielo despejado que
vuelve aún más verde el oscuro marco de sus montañas. Pero al tomar
la carretera que lleva a tierra caliente, y pasar por el salto de
Tequendama, las curvas del camino producen una sensación ambigua de
mareo y asombro. De paulatino despojarse de suéteres y chaquetas e
incremento, en la piel, en los ojos, de tibieza y vértigo. Pasamos
bajo las gárgolas góticas talladas en milenarias piedras chibchas y
nos asomamos, con el corazón en la boca, a los abismos más
insondables. Allí abajo, muy abajo, casi invisible, un delgado hilo
de plata nos recuerda que las cordilleras más empinadas pueden
resultar horadadas por el diamante líquido del agua.
Seguimos así los meandros de esos ríos pacientes. Vemos cómo las
narices del diablo se proyectan sobre un vacío devorador y nos
distraemos con altísimos árboles aferrados con garras y dientes a
las resbaladizas laderas. Entretejen un palio de verdor más claro y
una flora dulce. Roja, rosa, azul, morada, que comienza a estallar
bajo nombres grávidos: novios y geranios, cámbulos y gualandayes.
De golpe, a la derecha, una cascada imprevista desciende con el
rumor luminoso de su música única.
Los tajos en la vertiente se convierten así en una descomunal
pantalla donde nos es dado contemplar toda la botánica colombiana,
desde las nieblas perpetuas de los páramos hasta las planicies
ocres y amarillas de los esteros tropicales. El Magdalena, el
Cauca.
Seguimos así, encerrados en ese embudo claustrofóbico que a cada
metro de descenso nos recalienta aún más la sangre. Igual sucede
con los carros que, al bajar más de mil metros en media hora,
petardean acezantes. Quieren, como todos, refrescar la garganta.
Una agria, como llaman a la cerveza, o un refajo, mezcla de cerveza
y gaseosa, son despachados en las tiendas del camino. Una se llama
|La última vuelta. Otra:
|La nieve del almirante.
Los buses de pasajeros, las flotas, los fatigados camiones de
carga, con ganado o con barriles de petróleo, el cascabeleo sonoro
de los caballos de paso, los mercados a la vera del camino, los
agobiados burros con su carga de café en el lomo, los recios
mulatos, las campesinas de pañolón y sombrero negro de paño, los
niños sonrientes y desharrapados: la sempiterna, altiva, propia,
resignada, maliciosa, terca pobreza colombiana.
Toda ella poblada de quimeras. No la lotería o la ruleta en la
plaza, sino el buscar entierros precolombinos, donde las grandes
urnas funerales de barro albergan los sapos, serpientes y aves de
oro de los orfebres milenarios. Para ello habrá que escarbar en
muchas parcelas y soñar con rabia, hasta que se revele el lugar
sagrado.
O los socavones de una mina abandonada. O un aserradero, en el
laberinto húmedo y evasivo de la selva. O el contrabando de rifles,
entre los caminos de cornisa o los senderos camuflados que
comunican entre sí estas soledades. Pocos ranchos salpican las
montañas. De uno a otro -sube y baja, cuatro o cinco horas de
marcha. En los burdeles del pueblo, las mujeres aindiadas o las
negras inmensas y aleladas devorarán estas fútiles ganancias.
Un mundo campesino de férreas lealtades y odios ancestrales,
entre liberales y conservadores, donde la resignación impuesta por
el báculo eclesiástico se apoya en la autoridad precaria y
esporádica del ejército y la policía. Tanta tierra para tan pocos
hombres. Tanto país y tan poco Estado.
Por ello esas pequeñas fincas cultivan el maíz y la papa, la
gallina y el perro que ladra, como el imprescindible respaldo del
pan coger que intenta mantener caliente su sed de horizontes. Su
viaje afanoso hacia la nada.
Como todos los andinos, dibujan el mar. Como todos los presos en
el oxígeno enrarecido de estas montañas de más de tres mil metros,
intentan moldear sus fantasmas. La pobreza, en primer término, con
el fuego rojo del alcohol y el cortante brillo metálico de los
machetes, al degollar cuellos o cercenar brazos, en la fiesta de la
Virgen Patrona. La violencia, con sus rojos brochazos de sangre,
como en la pintura de Alejandro Obregón, ha entonado, decenio tras
decenio, el duelo gris de su fúnebre elegía.
Más que la creciente de los ríos desbordados. Más que los
temblores y terremotos que borraron Armero o sacudieron la zona
cafetera. Más que las plagas en los sembrados. Más que las
guerrillas o los paramilitares, obligándolos a desplazarse, es el
volcarse en una entelequia concreta lo que agosta la energía de
estos hombres y mujeres recios y magros.
Primero el oro, luego la quina y el tabaco, más tarde el café y
el petróleo, ahora la coca y la amapola pautan la cronología de
esta historia. De la década de los cuarenta a los años sesenta, los
trescientos mil muertos de la violencia partidaria. Los años en que
Álvaro Mutis (1923) de
|La balanza (1948) a
|Los elementos
del desastre (1953) y
|Memoria de los hospitales de
ultramar (1959) cartografió, en Colombia, el mapa de su
territorio:
Las armas enterradas
en lo más espeso del bosque
indican el nacimiento de un gran río.
Un guerrero herido señala
con énfasis el lugar.
Su mano llega
hasta el desierto
y sus pies descansan
en una hermosa ciudad
de plazas soleadas y blancas.
En la página abierta
Pablo Neruda lo llamaba "Bogotá" y lo recibía
en la puerta de su casa de Santiago con una infernal mezcla de
vodka y champaña. Hablaría mal de Vicente Huidobro y luego se
enrumbarían hacia los mares de Conrad.
En el apartamento de Octavio Paz, en el paseo de la Reforma, en
México, estaban Vasko Popa, Pablo Antonio Cuadra y Álvaro Mutis. Se
pusieron de acuerdo en un punto: la poesía los había redimido de la
política. Pero la política que interesaba a Mutis era la del
imperio bizantino y Felipe II, la de César Borgia y Napoleón. Quizá
por ello su poesía ha crecido y desbordado sus límites: es cuento,
novela, ensayo, entrevista. Avanza por el dorado crepúsculo de los
imperios en ruinas y se instala en el corazón asmático de esos
barcos a punto de sucumbir lastrados por el orín de tantas
aventuras. Arriba sigue incólume el Gaviero. Mira por quienes nos
quedamos en la sucia sentina de este mundo plástico y a crédito.
Este mundo donde tanta y tan publicitada intercomunicación no nos
permite conversar con nosotros mismos. Donde leer muchas horas, en
silencio, bien puede ser considerado una terapia de superación y
autoayuda.
|