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INDICE
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Varia: Ramón Cote Baraibar
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Desabridas crónicas sobre curas y militares
Titulo del libro reseñado: La rebelión de las provincias.
Relatos sobre la Revolución de los Conventillos y la Guerra de los
Supremos
Autor del libro reseñado:
|Álvaro Ponce Muriel
Editorial del libro reseñado: Intermedio Editores, Bogotá,
2003, 270 págs.
La guerra ha sido una constante de la historia colombiana de los
siglos XIX y XX, como se evidencia con el recuento de los cruentos
conflictos civiles que asolaron al país desde el periodo de la
"Patria boba" hasta la guerra de los Mil Días
(1899-1902), así como de las sucesivas oleadas de violencia que
desde mediados de la década de 1940 han ensangrentado gran parte
del actual territorio nacional. Teniendo en cuenta el trasfondo
bélico de nuestra historia, la investigación social tiene ante sí
un inmenso laboratorio de problemas para examinar las razones de
larga duración que explican su proyección hasta el día de hoy. Sin
embargo, la moderna historiografía colombiana ha privilegiado el
estudio de la violencia de los últimos sesenta años, descuidando el
análisis de las guerras civiles del siglo XIX. En efecto, sobre las
nueve guerras civiles generales de ese siglo, así como sobre los
innumerables levantamientos locales y regionales, existen muy pocos
estudios, tal vez con la excepción de la guerra de los Mil Días,
que mereció cierta atención recientemente con motivo de su primer
centenario.
Esta carencia historiográfica pone de manifiesto la importancia
de los estudios relacionados con nuestras guerras civiles, con más
veras en un momento en que el actual presidente de la república
sostiene sin ningún rubor que aquí y ahora no existe un conflicto
interno y que, mucho menos, está relacionado con problemas
históricos nunca resueltos (como el monopolio terrateniente del
suelo, para mencionar el más evidente). El estudio histórico con
profundidad de nuestras guerras civiles debería servir para pensar
en los problemas de nuestro tiempo con una perspectiva amplia e
inscrita en el ámbito de situaciones políticas, económicas,
sociales y territoriales que, guardando las debidas proporciones
históricas, deben tener alguna relación con lo que acontece en la
actualidad, lo que debería ayudar a superar las posturas mesiánicas
que suponen que la historia empieza de cero y que antes del
"redentor" de turno no ha existido algo digno de
ser tenido en cuenta que haya originado los problemas del presente
y que contribuya a explicarlos y a entenderlos.
Esto no quiere decir tampoco que se deba incurrir en
anacronismos para proyectar en el pasado los problemas de nuestro
presente, sino más bien que a la luz de estos problemas se debería
iluminar, para usar el término de Walter Benjamín, cualquier tema
del pasado; eso sí, estudiándolo en su respectivo contexto y
considerando sus peculiaridades históricas.
Este tipo de divagaciones sobre la importancia de estudiar
nuestras guerras civiles surge a raíz del libro de Álvaro Ponce
Muriel sobre la Revolución de los Conventillos y la Guerra de los
Supremos que se originó en el sur del país, más exactamente en la
provincia de Pasto en 1839. En la introducción, su autor advierte
que el libro es un conjunto de crónicas que "aspiran a
propiciar una nueva visión de unos hechos que en su momento fueron
intensamente manipulados para encajarlos en la
|historia
oficial, empeñada en crearle legitimidad a gobiernos
autoritarios heredados del régimen colonial y que, arguyendo la
defensa de una etérea unidad nacional, aplastaron de manera
inexorable cualquier tipo de sentimiento autonomista que aflorara
entre las gentes de las regiones" (pág. 13, subrayado
nuestro).
Por desgracia, gran parte de este prometedor anuncio no se
desarrolla en el libro, empezando porque la disputa con la historia
oficial se hace en los mismos términos tradicionales que la
caracterizan, esto es, como una historia de individuos aislados
("grandes hombres"), militares, clérigos,
dirigentes políticos y magnos eventos (sobre todo, batallas). Estos
rasgos de la historia oficial (vale decir, "historia
patria" colombiana) son exactamente los que se reproducen
en este libro, pues a lo largo de sus veinte capítulos desfilan
ante nuestros ojos los mismos héroes de la historia oficial y se
privilegia la descripción del mismo tipo de sucesos y acciones
(batallas, excomuniones, pugnas entre facciones armadas), sin que
se aprecie ningún intento de explicar los acontecimientos centrales
que se pretenden historiar (la revolución de los Conventillos y la
guerra de los Supremos). Para avanzar en la dirección de una
historia explicativa hubiera sido necesario referirse a otros
aspectos, siempre dejados de lado por la "historia
patria", tales como los contextos socioeconómicos y
culturales, que contribuyen a entender las razones estructurales
que explican un determinado acontecimiento.
Además, hay un alejamiento permanente del objeto de estudio (una
guerra civil específica) en la medida en que se recurre a un
recuento genérico sobre los caudillos y los clérigos que tomaran
parte en ella, limitándose a hacer un relato descriptivo de sus
vidas desde la época de la independencia, pero sin intentar
escudriñar en las bases materiales de su poder. Que los personajes
individuales son el centro de la obra queda demostrado con la
cantidad innecesaria de ilustraciones de esos mismos personajes que
acompañan el libro, procedimiento similar al empleado en los más
conservadores textos escolares de "historia
patria" o en las obras publicadas por la Academia
Colombiana de Historia o las academias regionales.
Las menciones a la guerra propiamente dicha ocupan sólo unos
cuantos capítulos, sin que quede la satisfacción en el lector de
haber entendido al final de esas páginas cuáles fueron las causas
reales que motivaron el conflicto, porque, a pesar del loable
objetivo del autor en criticar las posturas centralistas y
autoritarias que han caracterizado la historia de la construcción
del Estado-nación en Colombia, señalando la existencia de intereses
regionales tras gran parte de los levantamientos armados del siglo
XIX, no hay elementos sólidos que ayuden a entender, por lo menos
en el caso de los Supremos, en qué radicaban las diferencias entre
las provincias del sur del país y el gobierno central. El autor se
limita a describir personajes y sucesos, a manera de crónicas, sin
explicar el trasfondo de los acontecimientos, permaneciendo
prisionero de la forma más convencional de escribir historia
política; esto es, manteniéndose atado a los discursos de sus
mismos protagonistas. Además, en algunos casos recurre a malabares
bastante extraños como cuando para hablar de Francisco Villota,
clérigo de Pasto y personaje central del libro, cita en forma
reiterada a san Juan de la Cruz. Lo llamativo del caso es que este
autor no es citado sólo como influencia religiosa e intelectual del
cura Villota -en lo que no habría ningún inconveniente- sino para
describir las propias acciones vitales de este último, como si se
pudiera traspapelar la vida del uno al otro cuando vivieron en
épocas diferentes.
El libro tiene otros problemas adicionales, entre los que se
pueden destacar dos: su estructura y el abuso de las citas
textuales. En cuanto a su estructura, el texto es absolutamente
plano, cronológico y descriptivo, y las diversas crónicas que
configuran cada capítulo están simplemente superpuestas, sin que
exista un hilo explicativo coherente y convincente a lo largo de la
obra. Así, sucesivamente se va de la independencia, a los clérigos,
a los caudillos militares, a la supresión de los conventos menores,
a la guerra de los Supremos, a la paz posterior, a las reformas de
medio siglo, a la presidencia de Obando, al federalismo, sin que
queden claros los objetivos que se persiguen con esa insulsa
acumulación de datos.
A su turno, las citas textuales son frecuentes, excesivamente
largas y en muchos casos innecesarias, lo que acontece, por
ejemplo, con las resoluciones del gobierno central, las cartas de
algún caudillo o clérigo y los partes de guerra, que bien habían
podido resumirse o presentarse concisamente. Al respecto, es
elocuente el capítulo titulado "Los conventillos se
convierten en bandera de batalla", de cuyas dieciséis
páginas doce están formadas por interminables citas, dos de ellas
de tres páginas cada una. En este caso se observa poco esfuerzo de
elaboración y de síntesis, como también acontece en otros
capítulos, en donde se incurre en citas de dos o tres páginas,
muchas de ellas absolutamente secundarias, de las que se podría
prescindir sin que eso alterara para nada la descripción; antes por
el contrario, la haría más fluida y atractiva para el lector.
Un tema central que atraviesa el libro, el del conflicto
Iglesia-Estado desatado tras la independencia, no es estudiado con
profundidad, aunque se mencionan elementos interesantes sobre el
Patronato, la masonería y los curas patriotas que sirvieron a la
causa de la emancipación y a la naciente administración
republicana. Pero ésas son sólo pinceladas sueltas, o simples
esbozos, porque no existe ningún análisis sustancial que los
vincule con la guerra de 1839, en donde precisamente la Iglesia va
a desempeñar un papel crucial. Resulta desconsolador que no se
analice con seriedad el papel de la Iglesia, cuando en ciertos
apartes el autor critica de paso el poder material de esa
institución, y a los conservadores, tipo Sergio Arboleda, que se
aliaron con ella. Era de esperarse que, con esos enunciados
críticos, que también se extienden al centralismo asfixiante del
Estado colombiano, el autor profundizara en el esclarecimiento de
un tema tan crucial para entender la intolerancia política
colombiana, como es el relacionado con la influencia social y
cultural de las jerarquías eclesiásticas. Pero nos quedamos
esperando eso para otra oportunidad, porque en el libro que hemos
comentado ese análisis brilla por su ausencia.
Para concluir, en lo relativo al estudio de las guerras civiles
-tema con el que iniciamos esta reseña-, al cerrar el texto de
Álvaro Ponce Muriel queda uno con la sensación de no haber avanzado
un ápice en la explicación a fondo de por lo menos una de ellas, la
de los Supremos. Esta guerra, como las otras del siglo XIX, sigue
esperando a aquellos historiadores que rebasen la simple crónica;
es decir, que no se limiten a describirnos los acontecimientos
políticos y militares más evidentes, sino que intenten aproximarse
a las razones que la explican y a los sectores sociales que en ella
participaron (peonadas de indios, negros y mestizos), puesto que, a
propósito de esto último, parafraseando a Bertolt Brecht, podemos
preguntar si los caudillos supremos de la guerra de 1839 no
necesitaron siquiera a un humilde cocinero para librar sus
"heroicos" combates. Por lo visto, en el libro
comentado la respuesta parece ser que no requerían a los humildes y
menesterosos, sencillamente porque para la "historia de
bronce", un género muy cultivado en este país, la historia
real sólo la hacen los "grandes hombres", sean
estos curas, militares o gamonales.
RENÁN VEGA CANTOR
Profesor titular, Universidad Pedagógica Nacional
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