Ficha bibliográfica
Titulo: BOLETÍN CULTURAL Y BIBLIOGRÁFICO 69
Autores: Banco de la República
Edición original:
Edición en la biblioteca virtual:
Notas:
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Recuperando sombras

 

Titulo del libro reseñado: Guía del Cementerio Central de Bogotá. Elipse central

Autor del libro reseñado: |Varios autores
Editorial del libro reseñado: Editorial del libro reseñado: Alcaldía Mayor y Corporación La Candelaria, Bogotá, 2003, 218 págs., ilustrado

 

Desde los días coloniales, los habitantes bogotanos acostumbraron a enterrar a sus muertos de preferencia en iglesias y capillas, práctica que se extendió hasta finales del siglo XVIII. Muchos de los difuntos no fueron identificados mediante inscripciones o lápidas, y por ello terminaron involuntariamente formando parte de fosas comunes en los muros y pisos de los templos. Tanto era el afán de tener como última morada la casa de Dios, que no importaban las consideraciones de salubridad pública.

Tales consideraciones terminaron imponiéndose cuando finalmente en 1793 se abrió al servicio el primer cementerio de la ciudad, llamado La Pepita, destinado a los pobres (pág. 21). Como el deseo de diferenciación social no se atenúa con la muerte, los más acaudalados y prestantes se negaron a ser sepultados entre congéneres de menos alcurnia y fortuna. En 1857 el viajero Holton dio cuenta de la existencia de otro cementerio de no mejores especificaciones, donde se enterraba a los criminales y suicidas: "Se les entierra como animales y con ellos perece también su recuerdo" (pág. 22). Hasta finales de 1836 no entró en funcionamiento, precario por falta de fondos suficientes y cierta renuencia de los bogotanos, el hoy denominado Cementerio Central.

De manos civiles pasó a ser manejado por la Iglesia católica en 1856. El mismo Holton observó que a los habitantes de entonces no les parecía que los huesos fueran sagrados y que, en consecuencia, no les importaba que estuvieran revueltos en la tierra, siempre y cuando "en la superficie haya espacio para los monumentos" (pág. 27). En lo sucesivo, el cementerio tuvo diversas reformas y adiciones, tanto en materia de elementos decorativos como de galerías. Al promediar el siglo XX, con el surgimiento de los jardines cementerios, que marcaron un cambio en los rituales funerarios y una fase más en la diferenciación social, el Cementerio Central entró en franca decadencia y deterioro, desarticulándose del contexto urbano y de la vida de la agitada ciudad.

En 1984 fue declarado monumento nacional, pero el primer esfuerzo efectivo por protegerlo data apenas de 1997, según quedó consignado en un Plan Especial de Protección. A partir de entonces se inició un proceso de recuperación, que incluyó el inventario de mausoleos y lápidas de la elipse central, la señalización del lugar, la restauración de la portada principal así como un plan de regulación y manejo. A las tareas de rescate se suma ahora esta  |Guía, que, según sus editores, "es un esfuerzo por sacar del olvido la existencia de estas personas [y] pretende servir de apoyo para aquellos colombianos que aún sueñan con un país diferente".

La publicación consta de un prólogo titulado "Entre fantasmas", debido a Carlos Arturo Lozano Ríos, donde reflexiona sobre la relación que tienen los vivos con la muerte, a partir del silogismo "todos los hombres son mortales. Yo soy hombre. Luego, yo soy mortal", razonamiento que no por cierto significa que quien lo enuncia se atreva a mirar a su propia muerte. Por el contrario, el trato con la muerte se basa en la elusión, pues, de acuerdo con Lozano, en nuestros días,

|La desvalorización del más allá efectúa una modificación del centro de gravedad de la vida; si anteriormente la muerte física era interpretada como paso a otra vida y comienzo de un viaje lleno de peripecias hacia la morada de los muertos, o como tránsito hacia la esfera de lo significativo, ahora aparece como un hundimiento inexorable en la nada. La única realidad y, por tanto, la única esfera de lo significativo, es el más acá. [pág. 13]

Las siguientes páginas presentan la historia del cementerio y una reseña documental de 150 mausoleos ubicados en lo que se conoce como la Elipse Central. Cuando resulta pertinente, cada reseña incluye una descripción de los aspectos artísticos más destacados de la tumba y una breve nota biográfica sobre el personaje. La mayoría de quienes allí reposan son hombres, varios de ellos fundamentales en la historia nacional, entre quienes cabe recordar a Gonzalo Jiménez de Quesada y Francisco de Paula Santander, varios ex presidentes de la república (Marco Fidel Suárez, Virgilio Barco, Enrique Olaya Herrera, Gustavo Rojas Pinilla, Alfonso López Pumarejo, Rubén Piedrahíta Arango, Laureano Gómez, Rafael Reyes, Eduardo Santos), ex ministros de Estado (Gabriel Turbay, Luis Carlos Galán), políticos (Gilberto Alzate Avendaño, Rafael Uribe Uribe), opositores al régimen (Carlos Pizarro León Gómez, Jaime Pardo Leal, Gilberto Vieira), sindicalistas (José Raquel Mercado), militares (Anselmo Pineda, Guillermo Quintero Calderón, Próspero Pinzón), escritores e intelectuales (Ezequiel Rojas, Lázaro María Pérez, Miguel Antonio Caro, Víctor M. Londoño, Soledad Acosta de Samper, Rafael Pombo, José María Samper, José Asunción Silva, Rufino Cuervo), empresarios (familia Michelsen, familia de Pedro A. López, Carlos Largacha, Leo Sigfried Kopp) y artistas (Epifanio Garay, Ricardo Rendón).

En esta recuperada ciudad de muertos ilustres, se encuentran en cada domicilio funerario esculturas en bronce y mármol, entre las que sobresale la debida al florentino Pietro Costa, en la tumba de Ezequiel Rojas, y la de Leo Kopp, de supuestos poderes milagrosos según creencia popular. También es frecuente encontrar mausoleos con techos góticos y neogóticos, fachadas neoclásicas, pedestales rematados en cruces de diverso estilo, sarcófagos decorados y coronados, verjas, fuentes, frisos, relieves, pebeteros, jarrones, bustos del finado, pilastras de diverso orden o sencillas lápidas, todo lo cual constituye un amplio conjunto de interés para estudiar la iconografía funeraria colombiana de las clases altas a lo largo de más de una centuria.

Además de la excelente documentación y bien cuidada prosa, la publicación se destaca por su calidad editorial, elegante y sin extravagancias. Numerosas fotografías impresas en duotono, planos de la elipse donde se ubican los mausoleos considerados, varios grabados del Papel Periódico Ilustrado y una diagramación oportuna y de buen gusto, lo convierten en un documento verdaderamente excepcional en su género, y sin duda hace honor al cuidado con que Alberto Urdaneta, en las páginas del Papel Periódico Ilustrado, se ocupó de reseñar el mismo lugar hace más de un siglo.

Cabe recordar, ante esta guía de héroes y tumbas, que en algún punto del Cementerio Central, entre mármoles y bronces ahora historiados, que recuerdan a prohombres y familias distinguidas, yace sepultado en la tierra, a tres metros de profundidad y sin ninguna señal de identificación, el pintor Francisco Antonio Cano, cuya última voluntad en 1935 fue desaparecer sin dejar ningún rastro visible de su entonces agobiada humanidad.

 

SANTIAGO LONDOÑO VÉLEZ