Ficha bibliográfica
Titulo: BOLETÍN CULTURAL Y BIBLIOGRÁFICO 69
Autores: Banco de la República
Edición original:
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Notas:
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Acartonamiento

 

Titulo del libro reseñado: La búsqueda del paraíso. Biografía de Jorge Isaacs

Autor del libro reseñado: |Fabio Martínez
Editorial del libro reseñado: Editorial Planeta, Bogotá, 2003185 págs.

 

Fabio Martínez es un escritor caleño nacido en 1955 que, tras haber publicado ya un importante número de libros  - |Un habitante del séptimo cielo, Fantasio, Breve tratado del amor inconcluso, El viajero y la memoria: un ensayo sobre la cultura colombiana vista a través de la ficción literaria, Pablo Baal y los hombres invisibles, y Club social Monterrey, entre otros títulos- publica ahora esta biografía sobre don Jorge Isaacs (1837-1895), el célebre escritor vallecaucano autor de  |María.

Esta biografía novelada comienza cuando George Henry Isaacs -padre del novelista- zarpa de Jamaica rumbo a Colombia. Allí, en esa isla del Caribe, había conocido al Libertador Simón Bolívar, quien lo había entusiasmado con sus descripciones de un país recientemente fundado llamado Colombia y que, por su belleza y riquezas, era el paraíso en la tierra. Llega, pues, con una carta del Libertador, buscando licencia para explotar unos ricos yacimientos mineros, permanece una temporada en Bogotá y se interna en tierras del Chocó, en busca de oro. Pero en Nóvita, centro minero de la región, las cosas no son fáciles para este aventurero judío, y pronto debe abandonar sus propósitos. Se establece, entonces, en Quibdó, a la sazón centro de gran movimiento comercial por cuanto desde allí se embarcan las descomunales remesas de platino y oro para las Antillas. Funda una casa comercial, importa artículos de toda índole para las ricas familias de la localidad y para la explotación de las minas. Durante varios años acumula un buen capital proveniente de su almacén de abarrotes. Un buen día aparece en la ciudad doña Manuela Scarpetta de Ferrer acompañada de su hija Manuela Ferrer, y se inician unos amores que han de tener sus dificultades hasta que la madre de la muchacha acepta al aún joven comerciante y la pareja se casa en la iglesia principal de Quibdó. Poco tiempo después, un incendio arrasa la tienda de abarrotes, y los esposos Isaacs Ferrer deciden trasladarse a Santiago de Cali. Pronto don George Henry hace amistad con las gentes influyentes de la ciudad y funda una hacienda a la que llama Manuelita, en honor de su mujer. Pierde la hacienda, nace su hijo Jorge y sigue en la lucha. Pasado un tiempo, compra la que sería la hacienda El Paraíso, la misma que, como todos sabemos, sirve de escenario a la novela  |María. Jorge Isaacs tiene una infancia y una primera juventud privilegiadas. Se educa  |como debe ser, viaja a Bogotá, conoce a la flor y nata de la intelectualidad de la época y da a conocer sus primeros versos, que son celebrados. Pero, por sobre todo, Jorge Isaacs entra en contacto con las ideas liberales, algo que será definitivo en su vida y que habrá de acarrearle no pocos enfrentamientos con su padre, quien, a causa de las guerras que mantienen arruinado al país y a cierta propensión alcohólica, ha descuidado sus tierras y se encuentra a punto de perderlas. El joven Isaacs intentará salvarlas infructuosamente. Más adelante lo veremos como guerrero -primero del lado de los conservadores y después como liberal radical-, luego como ingeniero, como minero -fue él quien primero habló de la riqueza descomunal de las hulleras del Cerrejón-, obviamente como escritor y, al final de su vida, como estudioso etnolingüista, cosa que, teniendo en cuenta la época, lo hace todo un pionero en la materia. Y siempre, siempre, en la más absoluta pobreza. Viviendo largas temporadas lejos de su familia, bien fuera por las guerras en las que participó, bien embarcado en una de sus tantas empresas en las que nunca triunfó. Pendiente de escribir un segundo libro,  |Camilo, una obra sobre Simón Bolívar cuya escritura abandonaba y reemprendía con intervalos de años, que le diera tal vez una gloria mayor que  |María. Jorge Isaacs muere en Ibagué, en una modesta casa en la que su amigo Emiro Kastos le permite vivir con su familia. Se siente viejo y cansado, se resiente de la ingratitud de sus coterráneos -llega incluso a proponerle a Justo Sierra, un amigo mexicano, que interceda por él ante el gobierno de ese país para que le den la nacionalidad mexicana y lo nombren cónsul en Colombia-, no quiere volver a Cali, en donde sus viejos amigos no le perdonan su traición de clase al haber combatido contra ellos al lado de los liberales en las guerras en las que participó. Encarga a su amigo el general Juan Clímaco Arbeláez que sus restos mortales sean llevados a Antioquia, pues "a ella le pertenecen". Y allí están, en el cementerio de San Pedro, bajo un monumento hecho por el escultor Marco Tobón Mejía en el que pueden leerse las siguientes palabras del autor de | María:

¿Yo de Antioquia el poeta grande y querido? ¿Yo? ¡Y no tener siquiera ocho o diez años de vida, de vigor, de tarea futura para ganarle al titán glorioso algunas hojas del laurel tentador que se me ofrece!...

Hay un hecho en la vida de Isaacs que llama la atención, y es su amistad y cercanía con la familia Silva. Había conocido a don Ricardo Silva, padre del poeta, en las tertulias literarias a las que asistió muy joven, y trabó amistad con él a tal punto que se hospedaba en su quinta de Chantilly, en Chapinero. Posteriormente se hizo amigo de José Asunción y de Elvira, su hermana. A la muerte de ésta, Isaacs se duele en extremo y escribe un extenso poema titulado  |Canto a Elvira. Al parecer, hubo copioso carteo entre Isaacs y Silva, pero de esas cartas muy pocas se conservan. Digo que llama la atención esa amistad y esa cercanía, porque al morir Silva, éste era prácticamente un desconocido, su fama y su importancia en el ámbito de la lengua fue algo que sobrevino después de su muerte, y la feliz casualidad de esa amistad entre un novelista consagrado y un muchacho aficionado a las letras, que con el tiempo llegaría a ocupar un sitio tan preponderante como el del novelista, no deja de tener su misterio.

Como puede verse, la biografía de Martínez tiene una buena información para quien quiera conocer la vida de Isaacs; es evidente el amor del autor por el biografiado y su obra, y eso se le abona. Otra cosa es ya el libro como tal. Sucede que en Colombia tenemos un antecedente muy difícil de alcanzar en lo que a biografías de poetas y escritores se refiere, y es el maravilloso libro de Fernando Vallejo sobre Barba Jacob -Tal vez debí decir los maravillosos libros (en plural), pues no sólo es  |El mensajero, sino que son varios-, cuya prosa admirable fulge como  |Acurimántima y cuya información milimétrica no admite objeciones. Y el libro de Fabio Martínez es flojón, flojón. Y me parece flojo por varias razones, pero voy tratar de argumentar mi apreciación con algunos pocos ejemplos. En la página 39 nos dice que George Henry Isaacs sale de Bogotá por Fontibón, llega a Tenjo, en donde encuentra naranjas, por el clima cálido, y sigue rumbo a La Mesa y Anapoima para llegar a Purificación, en las orillas del río Magdalena. Hombre, salir para Tenjo por Fontibón es como irse hasta Barranquilla yendo para Buenos Aires; además, Tenjo es uno de los pueblos más típicamente sabaneros, frío a más no poder, y yo, que lo conozco, nunca he visto naranjas por ningún lado. Sucede, entonces, con este tipo de imprecisiones, que el lector pierde confianza en lo que le están diciendo, pues en un libro de ficción el autor puede poner de vecinas a Estambul y a Sydney y no hay problema; ya es asunto de su imaginación hacer convivir esa dislocada geografía en la mente del lector, pero en una biografía las cosas tienen que estar sujetas a la realidad de la geografía y de la historia. Otro aspecto que hace que uno desconfíe de lo que le están diciendo es que pone a una señora de Purificación que hace bordados y vende sancochos, en medio siglo XIX, a que se exprese como una socióloga graduada en la Sorbona, haciendo una disertación sobre los inconvenientes y dificultades para explotar las minas del Chocó:

|Usted tiene razón, mister, pero lo que nunca le han informado es que todo ese arsenal de oro y platino está enclavado en medio de la selva, que es hostil al ser humano. Allí usted tiene toda clase de enemigos de la naturaleza, empezando por el clima, que produce fiebres y mata a los cristianos en tres días. Además de la naturaleza, cuenta usted con la ambición de los colonos que por querer apoderarse de todo se baten entre sí a sangre y fuego; tenga en cuenta, así mismo, a los contrabandistas que están sacando todo el oro del mundo por el golfo de Urabá para venderlo en las Antillas; tenga presente la hostilidad de los indios que se sienten invadidos por los colonos y que debido a las terribles condiciones de trabajo huyen selva adentro para protegerse; y el odio que existe entre indios y negros. Perdóneme que le diga, mister, pero estas dos razas nunca se han podido ver ni en pintura. [...] Don Simón Bolívar es muy bueno con los extranjeros que vienen al país a trabajar, pero temo que todavía no conoce la idiosincrasia de los indios de su país. El Chocó es un paraíso perdido por explotar. El problema son los colonos que han llegado hasta allí y que seguirán llegando hasta que no quede una pepita de oro en sus ríos. [pág. 42]

Pero no es sólo eso. Los diálogos entre los otros personajes no pueden ser más tiesos, menos naturales, dando lugar así a que uno no crea ni cinco de lo que pretenden contarle. Por ejemplo, este detalle mínimo: al padre del escritor nadie lo llama George a secas, sino que todo el mundo le dice cada vez, incluida su mujer, George Henry Isaacs, y francamente que ese acartonamiento hace que las cosas sean muy poco creíbles.

Stefan Zweig (1881-1942), un autor que gozó de gran popularidad en su época y que se encuentra un tanto en la sombra hoy en día, escribió no pocas biografías en las que suponía unos diálogos en los que se percibe también un tufillo de impostura. El asunto no es fácil. Pero el género, que está emparentado con el de la novela histórica, ha tenido grandiosos artífices. Bástenos mencionar no más al Flaubert de |Salambó, o a Marguerite Yourcenar en su soberbia reconstrucción de la vida del emperador Adriano, o, ya en la biografía más exactamente, el Shakespeare de Victor Hugo. (Nos dice el propio Martínez que existe una biografía de Isaacs escrita por Pedro Gómez Valderrama. Habría que leerla. Pero aun cuando conozco poco de tigres, es de suponer que el de Gómez Valderrama ruge con fuerza parecida a la del tigre del antioqueño José). El problema, como siempre, es el de la forma. Que en este caso se debería llamar prosa, pero que no logra serlo. El libro está a duras penas redactado.

 

FERNANDO HERRERA GÓMEZ