Ficha bibliográfica
Titulo: BOLETÍN CULTURAL Y BIBLIOGRÁFICO 69
Autores: Banco de la República
Edición original:
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Notas:
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El humor de un autodidacto

 

Titulo del libro reseñado: Anecdotario. Que refleja, en lo esencial, una vida y otros detalles

Autor del libro reseñado: |Ignacio Torres Giraldo
Editorial del libro reseñado: Programa Editorial Universidad del Valle, Cali, 2004, 243 págs.

 

Ignacio Torres Giraldo fue un hombre de acción y de palabra o, como quien dice, hizo mucho y escribió un montón. Su inteligencia fue producto del aprovechamiento que les dio él a las oportunidades que se le presentaron en su vida, que comenzó siendo precaria, pero que supo aprovechar en todos sus instantes como para no aburrirse. Nace obrero; sastre, y muere dirigente obrero; aunque sin tener estudios de ningún lado, le terminaron diciendo doctor. Autodidacto de tiempo completo, este hombre, nacido en 1893, a los dieciséis años de edad se halla en Sevilla, hoy Valle del Cauca, como ayudante de su padre, que le enseña a conocer los números, a dibujar y firmar, dado que no había una escuela donde matricularlo. Y todo es así, de suerte, de oportunidad. Su actividad de periodista la aprende en 1912 gracias a un joven policía de Pereira de apellido Montes que había fundado un periodiquito llamado Albores. De este modo Torres Giraldo explica cómo aprende y cómo era su maestro: "Este inefable policía, bruto de nacimiento y profesión, me pidió que lo ayudara, lo que equivalía casi a que un ciego guiara a otro ciego, pero puede suceder que por entonces no viera yo las cosas así, y quizá que un poco de horrible vanidad me pasara de ingenuo a temerario. Y empecé a escribir esas croniquillas pueblerinas, sin firma, que les gustaron una barbaridad a las muchachas ventaneras..." (pág. 29).

  |Anecdotario, su última obra, que parece recoger de su vida lo que se le había quedado en el tintero después de libros tan completos como  |La cuestión campesina en Colombia y |Los inconformes, está escrita en forma de torbellino, de permanente agite, como si, de no dar sorbos enormes de aire, la existencia pudiese perderse ante el riesgo de no ser intensa. Escribía como hablaba y escribía como vivía. De este modo crea su método, su propio estilo, que en la primera docena de años del siglo XX ya comienza a sentir como propia la escritura en periódicos obreros, y lo curioso es en alguien que estuvo por fuera del maestro disciplinado y las tareas reiterativas y obligatorias. Para escribir crea su propia técnica: "Yo escribo, en lo general, como hablo, preocupándome sólo por las personas para quienes escribo. Ésto me parece propio del autodidacta..." (pág. 215). De inmediato establece su carpintería para armar los textos:

|Pero yo quiero referirme más a un aspecto técnico o de método que se hizo en mí una modalidad en el trabajo de plasmar las ideas. Yo tomo apuntes en papelitos, copio citas y cifras, todo a mano, reviso en lo posible mis archivos y extraigo de ellos lo que pueda servirme, según el tema; después clasifico estas cosas por materia y teniendo a la mano un mapa de Colombia y un diccionario popular, el Vastus de Sopena, me siento ante una máquina y escribo, despacio, muy despacio, leyendo cada párrafo, controlando bien la claridad de las ideas, y en general desechando adjetivos decorativos, palabras sobrantes, expresiones plebeyas y giros de pedantería. [pág. 216]

Desde muy temprano tiene conciencia de escritor, de observador y transmutante en palabras lo que su experiencia, su memoria y su investigación no quieren perder. En este sentido se torna en un calígrafo de la realidad. Lo que supo llevar  a |Anecdotario fue extraído de su remembranza. Su escritura corre en linealidad, estirada en una prosa limpia, como si fuera incorrecto detenerse en artificios. Ante esta creación carente de artilugios, desarrolla una visión animada en el humor para que todo lo sagrado se caiga desde su falsa altura. Es una especie de risa política de un activista de izquierda que se apartó de las dos corrientes políticas tradicionales, para crear una tercera alternativa en la utopía socialista. Trozo a trozo su redacción anima a entender que en el revés del guante de la tragedia está la comedia.

La historia de humor se puede encontrar en el relato que hace de algunos seminaristas, que organizados por un tal Hincapié en una "división azul" para acabar con sus opositores los rojos durante la guerra de 1899, muestra un país de contrastes. Dieciséis años después de haberse salvado de las balas que el demonio en el mundo lanzaba en forma a la carne, uno de los seminaristas, ya tonsurado, es nombrado cura en la iglesia de Circacia y "como en la modesta parroquia no existieran 'santos de bulto', en una solemnidad religiosa le dio por salir él mismo en andas pero no en los toscos hombros de varones sino en los delicados de `las hijas de María'. Y resultó que las damas no estaban entrenadas, y al salir del templo y bajar el andén, su paternidad creyó irse de bruces con custodia y todo. El momento fue de angustia, pero ahí estaba algunos caballeros que metieron pecho y salvaron la situación. Caballeros todos liberales, porque en Circacia no había un solo conservador" (pág. 38).

Su posición anticlerical lo lleva al riesgo en el momento de actuar y decir frente a una sociedad que en muchos de sus rasgos no se ha independizado en lo oficial y lo eclesiástico de su tradición española, pero su remembranza en la palabra escrita lo torna frente al lector en un ser afectivo con las descripciones de unos sucesos que ya no lastiman y más bien causan hilaridad. Sin embargo, todo su relato anecdótico está enmarcado en la fuerza de un país de vida difícil que sólo parece desenvolverse sobre las tensiones políticas. En ese momento aparece su prodigiosa memoria, aquella que le permite reconstruir en los detalles. No son sólo relaciones de acontecimientos; aparecen nombres, sobrenombres, profesiones y entonces el carrusel gira y él, en el medio, resalta lo curioso como para que el lector entienda que de pronto puede existir una historia que ha estado ocultada para proteger a un protagonista. Se da el caso, por ejemplo, de Luis Tejada perezoso, y de este modo hace al gran cronista al cual se refiere más humano porque no lo demerita, sólo ha expresado en esa dimensión desconocida para todos, lo que él vio y los otros no del escritor: "Yo conocía Luis [Tejada] como el perfecto modelo de la pereza. Fumando su pipa, leyendo y soñando. Luis era de los que se levantan a las once del día" (pág. 46).

La descripción que hace del poeta Guillermo Valencia en Popayán es de admiración en cuanto se refiere a su labor literaria, pero de igual modo esto no obsta para que haga una presentación de su cotidianidad donde el mito y la leyenda del poeta se torna de carne y hueso. Esta descripción se da gracias al acercamiento que tiene al poeta que vive en una ciudad pequeña y donde Torres Giraldo, el trashumante, se encuentra, como él mismo lo dice "en condición de obrero". El Valencia que nos pinta es otro, sin lo clásico, muy a lo criollo, en los lugares populares, particularmente en uno de los cenaderos que tenía renombre, el de Vicenta "la Turca": "Y ciertamente ahí se encontraba uno al Maestro Valencia y sus mejores amigos, sentados en banquetas y cajones, comiendo sus manjares, bebiendo 'tapetusa' y soltando la lengua en todas las direcciones". Por último, como para aclarar la sana condición del poeta, Torres Giraldo aclara: "Valencia estaba en todo, pero no bebía ni fumaba" (pág. 81).

El país a través del autor de  |Anecdotario toma su verdadera dimensión en la medida en que deja en claro cuáles son los vicios más comunes. Ya no se trata de un alejado y solo caso como el de Marco Fidel Suárez, que tuvo de modo anticipado que vender su sueldo de presidente, sino de toda una legión de funcionarios que se veían en la misma necesidad. El comprador de las nóminas es un comerciante payanés llamado Julio Velasco, "hombre entrado en años y sumamente correcto" que prestaba dinero al diez por ciento mensual sobre alhajas y compraba letras con el veinticinco por ciento de descuento. Pero los mejores negocios del comerciante estaban en otro lado: "La empleomanía en Popayán era la industria pesada de la época: nacional, departamental y municipal, cuyas tesorerías vivían en deplorable retraso. Como es obvio, los empleados tenían que vender sus nóminas para poder vivir... Y ahí estaba don Julio, entre otros, que compraba a $ 50 las de $ 70; a $ 35 las de $ 50; las de policías y guardianes de prisión, que eran de $ 22, a $ 12; poniendo las víctimas la estampillas de endose".

  |Anecdotario respeta su propia definición, dado que se compone de pequeñas notas con identidad temática que concentran, en su espacio de escritura, un tiempo breve donde el imaginario parece ceñirse a la supuesta realidad de los recuerdos. De anécdota en anécdota el país es reconstruido desde una visión que es trascendental en lo intrascendente. Quizá para la historiografía poca importancia puede tener un presidente que en un homenaje queda mudo de emoción; sin embargo, el texto en su valor se invierte cuando Torres Giraldo recoge las minucias para formar un todo panorámico a través de la reagrupación que hace de los microsucesos. En 1920 el presidente Marco Fidel Suárez estuvo en Popayán de paso para la frontera con el Ecuador. Para agasajar al ilustre visitante se encarga al pintor llamado Coloriano, la elaboración de un retrato del ilustre mandatario, al óleo, de tamaño natural. En la ceremonia de descubrimiento, cuando el rector de la Universidad del Cauca, don Tomás Maya, padre del poeta Rafael Maya, lo descubre, la expresión del público reunido en el recinto fue de: "Está que habla". Pero el que queda mudo y, por lo tanto, "no dijo ni mu", fue el retratado: "Terminado el discurso del rector, breve y vibrante, hubo nutridos aplausos y, después de profundo silencio, iba a hablar su excelencia... y su excelencia trató de hacerlo, pero no pudo, la emoción se le había metido en la garganta y se le hizo un nudo" (pág. 77).

Torres Giraldo ve y cuenta dentro de la irreverencia como para que la anécdota entregue su verdadera dimensión una vez se sabe que su causticidad ha sido sacada de la intrascendencia y de la mofa, como si se tratara de una novelística que se adentra en la crítica al poder: "Todos los que estábamos cerca de él le miramos un poco abismados. El hombre, el simple ser humano, mudando de semblante dramáticamente extrajo lentamente su pañuelo del bolsillo y enjuagó los ojos. Con el mayor respeto y en perfecto silencio lo vimos salir, muy despacio, con su comitiva presidencial" (pág. 77).

El juego de la crónica está de igual modo en saber combinar, como Torres Giraldo lo hace, en sucesos de comentario y sucesos de crítica. No olvidemos que su beligerancia política lo mantuvo en la mira de la seguridad del Estado y que muchas veces y por periodos relativamente largos conoció la prisión. Desde el recuerdo de la cárcel tenía que hablar porque hay ahí una herida, ya curada, con la cual esa memoria no concilia porque sería aceptar su derrota. Es el país de 1927 que ya ve por segunda vez, en el mes de enero, una segunda huelga petrolera en Barrancabermeja. Hay mucha violencia. Por muchos lugares del río Magdalena se dan paros de solidaridad "y naturalmente los dirigentes de masas fuimos encarcelados". Le corresponde en esta oportunidad su detención en la ciudad de Cali: "Pasados unos días se me llamó a la dirección [de la cárcel] para que diera una fianza de libertad. '¿Fianza? No, señor director; libertad simplemente'. Y dicho esto me devolví al patio. Más en la tarde del mismo día sonó el grito: Fulano de tal, con todo. Al pasar cerca de un puesto de vigilancia veo a un hombre que colgaba de un grueso tablero, con las canillas en los huecos del cepo y los brazos en los del muñequero, en forma que todo el peso de su cuerpo pendía de las extremidades superiores" (pág. 126).

|Anecdotario, con elementos de constitución biográfica, es el preámbulo que anuncia un país que ha de mantener el caos como forma de explicación de su existencia. Se vislumbra políticamente el exterminio del otro en una tierra donde en el ayer como en el hoy nada es igual porque los hechos, uno tras otro, se suceden de modo insistente. Torres Giraldo deja la enseñanza de no conciliar con nada para no caer en la derrota. De ahí nace su rebelión y su permanencia en la utopía.

En 1928 su primer viaje a Europa es una casualidad. Él lo cuenta así y su relato tiene credibilidad cuando se refiere al despliegue que en muchas ocasiones hace del honor de un hombre que está escrito en la moral socialista, lugar político que le sirve para poner en la picota a muchos de sus camaradas que se distinguen por corruptos. El barco que sale con rumbo a Panamá, donde era la meta de su corto viaje, y después de haberse librado de ser nuevamente puesto preso en Santa Marta, está, cuando él menos se lo imagina, en el centro del Atlántico con rumbo a Europa. En la capital de la URSS dura un poco más de cuatro años, lo que le permite escribir  |Cincuenta meses en Moscú. Había tomado su actuar político como "una labor de apostolado". Desde esta premisa,  |Anecdotario se torna en muchas ocasiones en texto de ejemplificación ética, porque se ve obligado, y así se lo dice a sus compañeros de partido, en la necesidad de que se comporten "con dignidad, con limpieza, con alguna cultura". De nuevo en el país, los festivales mensuales comunistas para recoger fondos terminaban en escándalos "y como simples parranderos se agruparon unos sastres bien vestidos y gastadores, que con cierto delirio de grandeza se llamaban 'los hijos del sol'. Cabecilla del grupo figuraba un Alfonso Rodríguez, dirigente obrero, de inteligencia natural, de alguna preparación, buen orador pero excesivamente pedante, donjuanesco, ridículo". La justicia en el partido no se hizo esperar y de inmediato el pedante, donjuanesco y ridículo Alfonso Rodríguez fue notificado por el comité local que le habían abierto juicio con jueces, fecha para la audiencia pública y "con asistencia obligatoria de todos los comunistas de la capital". A Rodríguez se le consideró indigno de pertenecer al partido. En ese momento lo que se entiende es que no se acepta la coreografía del otro, al que de inmediato se le define como dispar. Después el turno de la desclasificación será para el mismo Ignacio Torres Giraldo. Se le ve diferente, ya no era como los miembros de la organización y, como él lo cuenta, "trataron de configurarme artificialmente y de mala fe, como elemento del trotskismo. En estas condiciones, en ausencia mía, sin notificación ni conocimiento, a mansalva y sobreseguro, los electoreros socialdemócratas adueñados de la dirección, antes comunistas, me cancelaron el carné de afiliado al partido en febrero de 1942" (pág. 187).

 

ÁLVARO MIRANDA