Afán pedagogizante
Titulo del libro reseñado: Aventura en el Amazonas
Autor del libro reseñado:
|Francisco Leal Quevedo
(ilustraciones: Daniel Rabanal)
Editorial del libro reseñado: Editorial Alfaguara, colección
Alfaguara Infantil, Bogotá, 2003, 94 págs.
Nashi y Mayam, dos hermanos mellizos, niño y niña, son los
protagonistas de
|Aventura en el Amazonas y son también sus
relatores. En capítulos intercalados "al limón",
como lo explica al inicio el autor, los niños van narrando
diferentes situaciones y pequeñas aventuras en el Amazonas. Son
hijos de madre indígena, Wayra, y padre blanco, Antonio, oriundo
del Caribe colombiano.
El relato comienza con el viaje a una isla en el río Amazonas, a
donde van a vivir con otras cinco familias y a trabajar en
comunidad. Después de haber construido las casas, alcanzan a vivir
allí sólo seis meses, debido a la crecida del río, y se mudan a
Puerto Nariño. El papá se hace una canoa para transportar a los
turistas y la mamá vende almuerzos.
En cada capítulo los niños cuentan, más que aventuras, anécdotas
diferentes sobre la vida familiar y cotidiana, logrando reconstruir
una especie de guía sobre la fauna y la vegetación propias de esta
zona, sobre el río, los peces, las costumbres, la comida, en fin,
todo lo referente a las culturas indígenas del Amazonas.
Hay una intención claramente didáctica en la narración de ambos
niños que, a mi juicio, le resta valor literario, convirtiendo el
relato, más en un pretexto para transmitir valores, imágenes y
forma de vida de los indígenas, que en un texto de aventuras.
Debido a esta intención, el lector conoce y aprende los nombres y
las características de los diferentes peces del río, los tipos de
vivienda, la manera de construir una canoa, las comidas típicas, la
manera de improvisar un cambuche a orillas del río, los nombres de
las lenguas que hablan los diferentes grupos indígenas. Hasta
pueden vislumbrarse algunos de los secretos de los chamanes.
Esta misma intención didáctica le resta mucho a la emoción y
expectativa que puede generar el relato de una aventura, pues el
interés no está centrado en lo que pasa ni en el personaje que vive
la aventura, sino en transmitir un mensaje, ya sea ecológico, ya
sea moral.
Ésta es una de las confusiones que aún hoy se presentan mucho en
la literatura dirigida a los niños lectores: el afán de enseñar o
de entregar un mensaje al niño por parte del adulto, bien
intencionado, seguramente, pero que desconoce los rigores del
género y la función estética que con sólo deleitar ya está
cumpliendo con su razón de ser.
El manejo didáctico de la literatura desvirtúa al género
narrativo, en la medida en que los sucesos pierden fuerza e interés
y los personajes no alcanzan a configurarse como reales. Por
ejemplo, en este libro, el lector no percibe mucha diferencia entre
la personalidad de Nashi y la de Mayam, pues se han convertido, más
que en personajes, en medios para transmitir un conocimiento. Son,
además, poco reales, en la medida en que son dos niños demasiado
buenos y perfectos. Hay una idealización de la infancia que no
solamente desdibuja a los personajes niños, sino que está
igualmente cargada del deseo de ejemplarizar. Es como si dijera de
manera implícita: así deben portarse los niños buenos.
A pesar de este tono didáctico general de la obra, hay algunas
escenas bien logradas, precisamente por no adoptar la intención de
legar ningún mensaje, como la subida de los niños por la escalera
de cuerdas hasta la copa de un árbol gigante o la escena de los
niños sobre un tronco flotante.
|Tres contrincantes aceptaron la apuesta. Nos montamos a
horcajadas sobre unos árboles enormes que bajaban. Cuando los
cuatro estuvimos listos, una seña nos ordenó ponernos de pie sobre
el tronco. El primero cayó pronto. Al cabo de tres minutos
sobrevivíamos dos. La lucha con el último fue difícil. Cuando cayó
me di cuenta [de] que no había calculado que iba a alejarme
demasiado de la isla. La corriente iba más rápido de lo esperado.
La última playa había quedado atrás. Pero no podía perder...
[pág. 20]
Hay otros momentos más cercanos al relato literario de
aventuras, como cuando los niños se pierden en la selva. Se habían
ido detrás del chamán, quien fue a buscar "la soga del
muerto" para curar a la abuela. Los niños, al oír ese
nombre, creyeron que se trataba de una soga para matar a la abuela
y evitarle así mayores sufrimientos. Asustados, decidieron seguir
al anciano indígena y, debido a que no conocían bien la selva, se
perdieron. No puede el lector dejar de recordar a Hansel y Gretel
perdidos en el bosque y tratando de encontrar el camino de regreso
a casa. Aquí la diferencia es que no es un bosque sino una selva
virgen, más peligrosa aún, y que ellos no han sido abandonados por
sus padres, sino que los llevó la curiosidad.
|Caminamos una hora más. Estábamos cansados y asustados.
Empezamos a sobresaltarnos con cada ruido de la selva. Ante todo
debemos conservar la calma, me repetía... [pág. 83]
Los niños hacen fuego intentando lanzar señales de humo; lo que
logran es una débil fogata que no alcanza a producir el humo
suficiente como para superar la altura de los gigantescos árboles
de la selva. Después de pensar en cómo salir de allí, encuentran
una ceiba de enormes bambas y empiezan a golpearlas con el fin de
producir sonidos y así ser ubicados. Al poco tiempo escucharon
respuesta.
Toda esta aventura está bien contada y se sostendría sola. Lo
que le hace perder su efecto literario es lo que viene después: el
mensaje moralista.
|El abuelo nos dijo seriamente: -Han sido muy imprudentes en
arriesgar sus vidas tan tontamente. La selva no es un juego. Si en
el día es peligrosa, en la noche puede ser de vida o muerte. Aunque
he de reconocer que han sido valientes e inteligentes para
sobrevivir. La selva está llena de riesgos y no es conveniente
aumentarlos. Además hay riesgos inútiles, como éste. [pág.
87]
Quizá con una frase del abuelo hubiera sido suficiente para
mostrarnos su indignación. Pero no. El autor siente la necesidad de
hacer explícita la lección: la selva es peligrosa y no deben irse
solos. O en otros casos la lección no es moral sino ecológica, como
cuando el padre les explica a los niños cómo funciona la cadena de
alimentación:
|Las garzas se comen los peces; nosotros nos comemos los
pollos o el ganado, tu perro Brujo caza pájaros y hasta se atreve a
perseguir gallinas. La naturaleza sabe cómo hace las cosas, aunque
al principio no lo entendamos. Hace muchos siglos el hombre...
[pág- 56]
Y así sigue la lección como si fuera una clase de biología.
Como ya dije anteriormente, quizá el desacierto de esta historia
esté precisamente en la intención: prima la intención didáctica y
moralizante por sobre la intención artística y literaria. Y aunque
es cierto que la literatura también enseña cosas, lo hace de manera
indirecta, como un "valor agregado", pero no como
su función primordial.
Esto es una lástima, porque hay buena ambientación,
descripciones de la naturaleza del Amazonas claras y sencillas,
incorporación de las costumbres de los indígenas, elementos todos
que podrían servir de tejido a una buena historia, o a una buena
serie de historias o pequeñas aventuras; pero no se logra, debido a
los discursos y lecciones de los adultos que se hacen explícitos a
cada momento a través, ya sea de la madre, ya sea del padre o ya
sea del abuelo.
Francisco Leal Quevedo es un médico pediatra, y ésta es su
primera obra publicada para los jóvenes lectores. Quizá le haga
falta conocer más sobre la literatura infantil moderna, que ha
logrado superar la necesidad de educar al niño y ha logrado
considerarlo un lector creativo, capaz de disfrutar de un relato
por el puro gusto de hacerlo, sin necesidad de sacar lecciones de
más.
Éstas se dan a través del discurso pedagógico o de otro tipo de
texto, como el documental o el informativo, los cuales están más
cerca de la escuela y la academia que de la vida. Curiosamente, y
en contravía de todo lo dicho anteriormente, este libro fue
finalista del Premio Latinoamericano de Literatura Infantil y
Juvenil Norma-Fundalectura 2003. Quizá a los jurados los movió
también el afán pedagogizante, ¿quién sabe?
BEATRIZ HELENA ROBLEDO
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