Ficha bibliográfica
Titulo: BOLETÍN CULTURAL Y BIBLIOGRÁFICO 69
Autores: Banco de la República
Edición original:
Edición en la biblioteca virtual:
Notas:
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Colombiano traducido al colombiano

 

Titulo del libro reseñado: Luna latina en Manhattan

Autor del libro reseñado: |Jaime Manrique
Editorial del libro reseñado: Alfaguara, Bogotá, 2003, 244 págs.

 

Santiago Martínez Ardila, el protagonista de esta novela, es un escritor colombiano que vive desde hace años en Nueva York, en un pequeño apartamento en Times Square, con su gato Mr. O'Donnell. Su madre es una barranquillera entrada en años que decidió inmigrar con él y con su hermana cuando éstos eran adolescentes. Ahora ella vive en una buena casa -que le regaló Víctor, su marido, quien tiene la enfermedad de Alzheimer- en Jackson Heights, en el muy colombiano sector de Queen's, y tiene un loro llamado Simón Bolívar. La hermana de Sammy (así lo llama su familia) canta tangos de Gardel en un cabaré y tiene un hijo adolescente. Por los días del verano en los que sucede la historia, está de vacaciones, obsesionado con comprar una moto, con lo que habrá de ganar en un trabajo temporal "haciendo entregas". Alrededor de este esquema básico se teje esta historia en la que son fáciles de advertir los ingredientes autobiográficos y en los que se percibe algo así como -y no lo digo de manera peyorativa- un nuevo costumbrismo colombiano. Lo que sucede es que desde Vergara y Vergara, a nuestros días, las costumbres son muy otras. Sammy, quien escribe un largo poema sobre Cristóbal Colón desde hace años, visita a unas amigas colombianas de su madre, señoras que bordean los sesenta años, todas con pretensiones literarias, que tienen una revista o un periódico de chismes sobre los colombianos en los Estados Unidos y que al mismo tiempo forman parte del Parnaso Colombiano, una asociación literaria de un nivel tan dudoso como el gusto de sus integrantes en lo que a indumentaria se refiere. La cosa tiene su alto grado de comicidad, pues las señoras, a medida que van tomando aguardiente, comienzan con la recitadera de poemas antes de pasar a los tamales hechos en papel de aluminio. Después de la tertulia con las poetisas, Sammy visita a un amigo que agoniza de sida en su apartamento. El encuentro entre los dos amigos es conmovedor y patético, pues, estando Sammy allí, el otro muere. Ellos han sido amigos desde la escuela primaria en Barranquilla -incluso al parecer, hubo un romance adolescente- y han estado cerca a lo largo de sus vidas. Pero, aparte de esto, los ha unido el hecho de ser ambos homosexuales y sensibles a las artes. Antes de esto Sammy se encuentra con su sobrino en la calle y éste le entrega unas "películas" para que se las lleve a casa de su abuela. Resulta que una de las dichosas películas está rellena de coca y que el muchachito anda metido en enredos con el narcotráfico. Las cosas se complican, los dueños de la coca quieren recuperar la mercancía que el sobrino quiere escamotearles... Por otro lado está la obsesión de la mamá de Sammy de que su hijo se case con Claudia, una amiga colombiana perteneciente a una familia de mafiosos, hasta que él, acosado, en una discusión, le dice que no va casarse con ella, pues es homosexual y ella es lesbiana. Aparece a todas estas Ben Ami, un amigo de otras épocas que entabla un romance con Salsa Picante, una prostituta minúscula que luego resulta ser policía y que vigila el comercio de drogas que hay en la calle en la que vive nuestro protagonista. Vienen luego unos episodios policíacos en los que Sammy termina convertido en héroe, pues, un poco al azar, acaba por participar en la captura de la banda dueña de la coca, buscada por la policía desde tiempo atrás. Por último, muere Mr. O'Donnell, el gato enfermo de Sammy. Durante las páginas finales comienza a aparecer un extraño personaje que baila y coquetea con él desde una ventana en un edificio cercano. La novela termina con la consumación de ese romance y con la aparición de un nuevo gatico en la vida de Santiago Martínez Ardila.

Contada así, la novela de Jaime Manrique Ardila (tal fue el nombre con el que firmó el autor sus libros antes, cuando ganó el premio Cote Lamus de poesía, o cuando publicó  |El cadáver de papá, su primer libro de cuentos, y las traducciones de poetas norteamericanos como Denise Levertov), no sería gran cosa. Sucede que hay algo en el ritmo y en una manera nueva de narrar las cosas que hacen que todos esos acontecimientos cobren una fuerza inusitada. Para comenzar, habría que advertir que la novela publicada por Alfaguara es una traducción; es decir, que originalmente fue escrita en inglés, y que se percibe en el tono que el autor ha estado muy cerca de la narrativa escrita en esa lengua, y específicamente cercano a los autores gringos que tanta buena narrativa han producido desde Howthorne y Edgar Allan Poe hasta la fecha. Y es que en esa manera de narrar que ellos han ido inventando hay una forma diferente de acercarse a las cosas, una visión del mundo bastante singular; un lirismo mestizo en el que se escuchan ecos del negro spiritual y de viejas canciones irlandesas, como bien puede percibirse en las obras de William Faulkner, o de Carson Mc Cullers, o de Truman Capote. La traducción hecha por Nicolás Suescún es impecable; y no lo digo porque conozca el original en inglés, sino por que se siente esa cadencia de la cual hablaba, ese amoroso desplazarse de los personajes a través de la historia. Yo sólo haría, con todo respeto, una observación, y es que hay una muletilla usada a cada minuto en los diálogos y que Suescún traduce como  |no cierto, pudiendo haber utilizado con toda naturalidad un | ¿no es cierto?, sin que se altere el sentido. Él opta por utilizar demasiado literalmente un colombianismo que no sé si en otros países capten muy bien. Pero de todas maneras es una discrepancia mínima y hay que exaltar, como siempre, lo acertada de la traducción de Suescún, quien nos ha entregado a lo largo de los años una buena porción de libros traducidos por él, que no podemos menos que agradecer -léase  |El río de Wade Davis, o |Los  |periodistas literarios, por mencionar sólo dos títulos-. Volviendo al autor, aunque las influencias de autores norteamericanos en nuestra literatura de los últimos tiempos sea cosa conocida y trajinada, esas influencias han sido más de carácter temático o mítico y no de tono. En esta novela de Jaime Manrique hay una respiración, una melodía que, al menos yo, no había oído en español, y menos ese tono puesto al servicio de una historia tan nuestra, porque, aunque todo el cuento suceda en Nueva York, el paisaje mental en el que viven todos los personajes -y, obviamente, los protagonistas- es muy colombiano. Dudo mucho que Manrique conozca una pequeña novela de Fernando González llamada  |Salomé, y que trata de la amistad de un hombre con su gato. De esta obra puede decirse otro tanto, pues al final, hecho un balance de la lectura, uno concluye que ése realmente es el tema del libro: la amistad de un hombre con su gato.

 

FERNANDO HERRERA GÓMEZ