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INDICE
Articulo: Los Nuevos: entre la tradición y la vanguardia
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Biblioteca Luis Ángel Arango - Ultimas adquisiciones
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Reseña - Narrativa: Otra de violencia
Reseña - Narrativa: La invitación a un fantasma
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Reseña - Biografía: El humor de un autodidacto
Reseña - Biografía: Acartonamiento
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Reseña - Historia: Desabridas crónicas sobre curas y militares
Reseña - Historia: El tigre se convirtió en gatito
Varia: Territorio Mutis
Varia: Ramón Cote Baraibar
Varia - De la BLAA: La agencia cultural generada por el común: el caso de la Luis Ángel Arango y su Red de Bibliotecas
Vario: Álvaro Miranda
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La invitación a un fantasma
Titulo del libro reseñado: La celda sumergida
Autor del libro reseñado:
|Julio Paredes
Editorial del libro reseñado: Alfaguara, Bogotá, 2003, 195
págs.
En el último relato de
|Asuntos familiares, un arquitecto
colombiano se prepara para pasar una temporada en Nueva York, en
compañía de su pareja. Es una relación imperfecta (el eufemismo
aplicable a todas las relaciones de Julio Paredes), porque Jimena,
su pareja, fue antes pareja de Bernardo, el hermano muerto. El
cuento funciona -y se define a sí mismo- como una especie de
fantasmagoría. Leemos: "Esa noche, como ninguna otra
antes, asistiríamos a la convocatoria definitiva no sólo del
fantasma errante de Bernardo sino del que había nacido entre Jimena
y yo y que, semejante a un hijo sin rostro, pondría en
funcionamiento algún engaño mágico y desmesurado". En
cierto momento, el narrador había fantaseado con la idea de
"levantar la casa con la que todo habitante había soñado
alguna vez. Una casa para no salir nunca". Es para escapar
de esas presiones que este hombre -abúlico, vacilante, casi
pusilánime- huye a Nueva York. Pero al cerrarse el cuento,
cualquier esperanza de redención se diluye. Es, nos damos cuenta,
una cuestión de identidad perdida. El narrador comprende que no
logrará distinguir sus propias facciones de las facciones de su
hermano, ni encontrar su rostro sin "la contaminación de
un reflejo suplente, de un fantasma consanguíneo". El
fracaso de su empresa emocional es completo. El cuento se llama,
por supuesto,
|Invitación a un fantasma.
Pues bien: la primera novela de Julio Paredes,
|La celda
sumergida, es una nueva (y terca, y extensa) invitación a un
fantasma, o quizás a varios. Como en el cuento, el narrador es
arquitecto; como en el cuento, hay una Jimena; como en el cuento,
hay una Cecilia. Pero los nombres son genéricos en Julio Paredes.
Jimena, que en el cuento tocaba la viola, en la novela es también
arquitecta; Cecilia, que en el cuento era la madre de Jimena, en la
novela toca música para cuerdas. Estas metamorfosis de escritorio
no tienen ninguna importancia: las reglas de la novela son nuevas,
y el cuento habrá de ser recordado como una variación, no como un
prólogo, del nuevo libro. Así es: lo primero que se constata al
abrir
|La celda sumergida es la variación: la variación de
los ritmos, de los párrafos, y, sobre todo, la variación de la voz
(como si el narrador del cuento hubiera sido un adolescente en
plenas complicaciones vocales). La nueva voz se ha ampliado, se han
ampliado sus periodos; en el nabokoviano calcetín de la frase,
ahora cabe mucho más que antes. Paredes ha leído a Sebald (no se
trata de un descubrimiento: ahí está el epígrafe de
|Austerlitz, otra novela de arquitectos), y las frases de
|La celda sumergida han recibido del gran alemán la extensión
que necesitan para admitir las quejas, las dudas, las
inconsistencias, las reflexiones y las reflexiones sobre las
reflexiones de este narrador. En esta novela no hay un solo diálogo
directo: el narrador refiere lo que los demás hablan, y aprovecha
de paso para reflexionar sobre lo que los demás hablan. Digámoslo
de una vez: nos encontramos ante el narrador más reflexivo de la
literatura colombiana reciente. José Alejandro piensa tánto, y
piensa tanto sobre lo que piensa, que a su lado el Virgilio de
Hermann Broch parece un personaje de Hemingway.
Por supuesto, una de las razones para ello está en la condición
onírica de la novela. El estilo, ese estilo lento y cansino, le
sirve a Paredes para echar un velo entre el mundo real y la mirada
de su narrador. De los seis epígrafes que abren los capítulos,
cuatro hacen referencia al sueño; la ilusión de despertar, de ver
el mundo tal cual es, no parece demasiado probable en el caso del
pobre José Alejandro. Es un hombre curiosamente dado a lo
abstracto, lo cual es por lo menos raro tratándose de un
arquitecto. En la primera página hay un solo objeto palpable: unos
binóculos. Por lo demás, encontramos "un número incontable
de figuras" cuya secuencia forma "el rompecabezas
de un sueño". Los compañeros de trabajo del narrador son
"personajes de accesorio y sin ninguna redondez",
y la fuerza de una estatua emana de su "guiño inmóvil,
como el testimonio enigmático de una estampa votiva". Los
adjetivos de José Alejandro son abstractos; también lo son sus
símiles. En su mundo hay pocos objetos visibles y vívidos, pocos
objetos tangibles y casi ningún olor. No es un mundo sensorial: es
-por decirlo de alguna forma- un mundo de conceptos,
"inverso y brumoso como el estanque de un
axolotl". En él, las cosas son sombras, las personas son
fantasmas. ¿El padre? "En Nueva York, su fantasma me había
asaltado varias veces". ¿La madre? "Yo la
percibía como un espíritu relativamente invisible".
¿Colombia? El narrador espera ver en la prensa las noticias sobre
"la última población fantasma". Cualquiera
reconoce el problema en que se ha metido un arquitecto, ese gran
materialista, cuando su mundo se vuelve irreal, vago, nebuloso.
"Cuenta un sueño, pierde un lector", era la
amenaza de Henry James. Paredes, terco o simplemente temerario, ha
escrito una novela que parece toda ella un sueño, por lo menos en
sentido figurado, y que termina en un sueño de tres páginas, y esto
en sentido bastante literal. ¿Quién le teme a Henry James?
Pasado el momento de aclimatación onírica, entramos en la
anécdota de la novela. José Alejandro regresa de Nueva York, donde
su relación con Cecilia ha fracasado, y se instala en la casa de su
familia -que a estas horas es la casa de su madre, pues su padre ha
muerto-; tras reanudar una precaria relación con Jimena, las cosas
empiezan a ir mejor; y su síntoma, su único síntoma, es el encargo
que le hace un hombre acomodado: quiere construir una habitación
subterránea para su hija de dieciocho años. El proyecto parece ser
el coagulante que José Alejandro siempre había esperado. En Nueva
York había trazado "algo parecido a los espejismos
futuristas", pero sin éxito (lo cual no nos sorprende: el
dios de los futuristas era la velocidad, y José Alejandro es un
tipo lento y moroso donde los haya), y había tenido la idea -igual
que el narrador del cuento- de "una especie de atalaya a
donde se podía entrar pero que no ofrecería salidas a quien
quisiera habitarla". La habitación de la niña se convierte
en la forma de dar cuerpo a esa fantasía: "una jaula al
revés", dice José Alejandro, "un lugar pensado
para que quien entrara no deseara salir". Entre la atalaya
y la jaula han pasado más de cien páginas, y el narrador apenas si
ha avanzado en sus propósitos. Comenzamos a temer que el proyecto
mismo lo haya paralizado; comenzamos a temer que su voluntad sea
tan indecisa como sus frases. Éste es un narrador demasiado dado a
los adverbios, y los adverbios, ya se sabe, son las palabras
favoritas de los indecisos. En una sola página, José Alejandro ve
el mundo "parcialmente", consigue
"únicamente" un resultado arquitectónico, se
aleja de una juventud "relativamente favorecida",
se cae "prematuramente del mundo". El narrador
de
|La celda sumergida es El Hombre sin Voluntad; su mundo,
pensamos, es la verdadera celda sumergida.
Paredes ha escrito una novela densa y exigente, pero, sobre
todo, ha escrito una novela voluntariosa.
|La celda
sumergida sabe lo que quiere lograr, y no está dispuesta a
poner cebos fáciles para el intérprete ni a hacer concesiones al
lector. En la redacción, Paredes ha decidido prescindir de todo
clímax posible, y el final de la novela no es el lugar en que el
narrador termina su historia: es el lugar en que el narrador se
calla. Y como no estamos ante un escritor inocente, basta hojear
hacia atrás para toparnos con la previsión de esa
circunstancia.
Embaucado por la presunción de
trabajar finalmente bajo un ejemplo de exactitud, por el fatal y
candoroso pálpito de que lo más importante de una obra era el
desenlace, en que todo se encaminaba sin tropiezos hacia un único
final previsible, hacia la culminación de una estructura que se
sostendría para siempre en pie, no pude presentir que al interior
se afianzaba una avería y que las piezas del maravilloso engranaje
empezaban a desgastarse. ¿Acaso no dudé en un momento anterior que
me movía por una trama sin un remate verosímil, con baches que
dejaban al descubierto un guión deficiente?
La mejor ficción moderna tiende a ser metaliteraria aun a pesar
de sí misma; es decir, tiende a contener el comentario sobre sus
propios procedimientos. En Julio Paredes, además, no es infrecuente
que un comentario sobre arquitectura sea al mismo tiempo una
poética de la novela y una exploración de la condición humana. En
|La celda sumergida, por lo pronto, la arquitectura y la
poética salen mejor paradas que la humanidad.
JUAN GABRIEL VÁSQUEZ
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