Ficha bibliográfica
Titulo: BOLETÍN CULTURAL Y BIBLIOGRÁFICO 69
Autores: Banco de la República
Edición original:
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Notas:
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Una novela que ayuda a entender la historia

 

Titulo del libro reseñado: Mi vestido verde esmeralda

Autor del libro reseñado: |Alister Ramírez Márquez
Editorial del libro reseñado: Ediciones Ala de Mosca, Bogotá, 2003, 216 págs.

 

Desde hace varios años le vengo siguiendo la pista a este escritor de Armenia residente en Nueva York. He leído varias traducciones suyas y sus reportajes a escritores norteamericanos... Siempre me ha gustado. Me ha parecido inteligente, penetrante, sobrio... En repetidas ocasiones pensé en ubicarlo para expresarle mis congratulaciones por su amena manera de escribir y los aportes que hace al conocimiento sobre la literatura estadounidense, en cuyas apreciaciones coincido la mayoría de las veces, pero nunca tuve la oportunidad.

Debo confesar que cuando comencé a leer  |Mi vestido verde esmeralda estaba llena de expectativas. Quería conocer la primera novela de este prometedor escritor y, lo intuía, deleitarme con páginas que me reconciliaran con la literatura colombiana posterior a García Márquez... No me equivoqué. Verdaderamente, Alister Ramírez es un excelente escritor, y en las páginas de su novela uno siente que hay alguien con sólida formación en el campo de las letras, alguien que ha leído y, como diría Clara, la abuela paila de su novela, ha aprovechado lo que ha leído. No es que emule a nadie. No... Por el contrario, su estilo es auténtico. Pero nuevamente, insisto, cuando uno lo lee siente a alguien con madurez y recorrido, alguien que disfruta escribiendo y que lo hace disfrutar a uno. Me alegra, por el escritor y por mí misma, que mis expectativas no hayan sido defraudadas.

  |Mi vestido verde esmeralda gira entorno aun personaje, Clara, tan creíble como que esta noche está lloviendo a cántaros. Está tan bien construida, es tan consistente, que uno casi puede abrazarla, no necesariamente porque se lo merezca (no es una persona fácil) sino porque está hecha de carne y hueso y vive y respira, al igual que los otros personajes de la historia, por las hojas blancas salpicadas de negro que se ofrecieron a mi atenta y expectante mirada.

Alister Ramírez, con su prosa suave, fluida, bien elaborada, tranquila, nos entra, a través de Clara, en la violenta historia de Colombia. Sin embargo, no hay para nada dramatismos. Más bien, se trata de un entrecruce de acontecimientos que marcan la transición de lo rural y lo premoderno a lo urbano y moderno. Aunque éste no es un paso suave, magistralmente Ramírez logra hacérnoslo recorrer sin necesidad de empellones, ni de gritos ni de lloriqueos sentimentalistas ni de polarizaciones que en nada contribuyen a la comprensión de la compleja naturaleza humana y de las repercusiones que ésta pueda tener en la conformación de una nación.

Clara es la abuela. Ella teje la historia o, mejor, la historia se teje en torno a ella. Desde su mirada vemos transcurrir la historia colombiana y, específicamente, la historia del Eje Cafetero, esta zona del país donde seguramente Ramírez creció y que, por ello, conoce tan a fondo (varias veces me pregunté si no era la historia de su familia la que nos estaba contando, pero luego desistí de preguntármelo porque entendí que eso no importaba, que igual era la historia de un país, de una generación, de un pueblo y de una subcultura, la paisa cafetera). Entre acontecimiento y acontecimiento se recrean muchos personajes de nuestra vida nacional: mitos colombianos como el de la Patasola, la Candileja y el Judío Errante. También hay santería, catolicismo exacerbado, brujería, duendería... También está la historia del café, la de la Violencia (con mayúscula, como la diferencian otros de las múltiples violencias que siempre ha vivido Colombia), la historia de la colonización de las montañas, la del nacimiento de la guerrilla, la de la tensión entre poseedores y desposeídos, la de cómo Armenia se fue poblando de casas con piscinas construidas por campesinos ricos que debieron abandonar sus fincas, la de los individuos que luchan por afirmarse a pesar de tener una mamá severa... Son historias individuales y colectivas contadas con paciencia, con amor, con mirada sabia y con estilo literario sin tacha.

Clara pertenece a una estirpe de mujeres que la literatura ha sabido retratar muy bien. No son personajes de telenovela, decididamente buenos o decididamente malos. Se trata de seres que a veces cometen errores y otras tantas tienen aciertos. Son mujeres fuertes, como Becky de  |La feria de las vanidades, como Scarlett de  |Lo que el viento se llevó, como doña Bárbara, para pensar en alguien más cercano a nosotros, o como Evelyn, el personaje central de la película  |Tomates verdes fritos. Mujeres luchadoras, emprendedoras,  |self-made (una expresión que curiosamente sólo se emplea para los hombres en la lengua inglesa, de donde proviene, y donde la expresión exacta que se usa es | self-made-man) que independientemente de la época en la que existieron lograron reventar las barreras impuestas a su género. No es tanto el mito del matriarcado paisa el que se está recreando (aunque también se le podría entender por ese lado) sino, más bien, el mito de la mujer vencedora (como Lilith) que a pesar de amar a los hombres y vivir junto a ellos no sacrifica su ser ni entrega su deseo. Es la mujer independiente, la mujer valiente, la mujer...

Y Clara nos cuenta, aunque no la oímos en primera persona, cómo partiendo de la nada llegó a tenerlo todo, pero no a la manera del personaje representado por Verónica Castro en  |Los ricos también lloran o en cualquiera de las telenovelas de Venevisión, sino en un trasegar por la vida a veces con dolor, otras con felicidad, otras con desengaños, otras con incomprensiones, otras con desventuras, otras con estrella... Muy joven se fuga de su casa signada por la miseria extrema con un encantador de pájaros a quien no ama, pero que le promete la ansiada libertad... Fracaso. El hombre, como muchos de esa época, la golpea, la deja abandonada... Luego, conoce a un hombre mayor y con él atraviesa las montañas hacia la nueva tierra prometida... De este hombre he oído hablar muchas veces en las historias contadas por amigos y familiares en Antioquia. Es un hombre fuerte pero tierno, sin muchas palabras, perdidamente enamorado de su mujer-niña, a la que protege y desprecia simultáneamente como si fuera una muñeca.

La pareja llega a las tierras deshabitadas de lo que hoy se conoce como el Eje Cafetero y allí, a punta de trabajo, monta fincas, restaurantes, negocios de gallinas, hasta amasar una fortuna inmensa (esta historia también la he oído muchas veces en Antioquia). Clara todo lo hace a pulso, hasta decidir vivir con su marido como lo harían Simone de Beauvoir y Jean-Paul Sartre decenios más tarde y en otras latitudes: juntos pero no revueltos. En esto también nuestra Clara es una gran innovadora.

Vienen choques entre padre e hijo, hijos que teniendo dinero no quieren la herencia campesina de sus padres (las fincas), hijas que no toman el legado de su madre y se dejan golpear por sus maridos, y el mayor de los desencuentros: la pelea por las tierras entre campesinos ricos y campesinos pobres, pelea que, por no haberse resuelto en forma ni siquiera cercana a lo adecuado, tenemos que vivir incluso en nuestros días (si no lo creen, lean las declaraciones de Tirofijo de por qué se metió a la guerrilla: porque le robaron semovientes, matas de plátano y gallinas y tuvo que huir de su tierra en cualquier noche fatal para la historia colombiana, y escuchen nuevamente el discurso de posesión de nuestro presidente actual, cuando prometió que todos íbamos a vivir felices en nuestros terruños, ¿quiénes?, palabras que sensiblemente no pueden estar haciendo referencia a un apartamento de la quinta con 63 o a una casa de invasión en el barrio Nelson Mandela en Cartagena)...

Y así, aprendemos cómo fue que se pobló Armenia: llegaron unas gentes que fueron posesionándose de los latifundios y reclamando su tenencia por estarlos trabajando, y los dueños de las fincas, bien habidas o mal habidas, tuvieron que venderlas, entregarlas al Estado colombiano o simplemente abandonarlas para que otros las ocuparan. Inteligentemente, Alister Ramírez nos muestra la versión de los "de arriba" en la historia que relata Clara. Aquí no oímos los argumentos de los desposeídos sino de los que con arduo trabajo lograron levantar el monte y convertir las tierras que habitaron en algo hermoso, en algo productivo, en residencia de grandes hembras y varones. Y tal vez esta historia también habría que oírla para entender por qué tanto resentimiento, por qué tanto odio, por qué tanta rabia hay de lado y lado. Habría que oírla atentamente, no desde una perspectiva moralista sino histórica, para acercarnos a entender cómo es que en Colombia, por más que lo intentemos, no se desarman ni las gentes ni los corazones: porque todos se sienten víctimas de la injusticia, porque no ha habido nunca reglas claras, porque las cosas se han hecho "a la verraca" (para utilizar una expresión muy paisa), sin que el diálogo racional haya imperado y sin que se haya hecho ningún tipo de acuerdo entre las partes que permita que las cosas fluyan de manera justa para todos los involucrados. Quizá jamás hemos pasado a la modernidad... Quizá hemos dado un salto demasiado doloroso de lo premoderno a lo posmoderno, en la peor acepción de esta última palabra.

Pero, bueno, tal vez novelas como ésta nos ayuden a entender mejor nuestra historia. Tal vez si entendemos a Clara (y todo lo que representa), con todos sus dolores, con sus pérdidas, podamos entender qué es lo que nos ha venido sucediendo en los dos últimos siglos y no sigamos creyendo que "todo nos cayó del cielo" y, por lo tanto, que es el Niño Dios o el Sagrado Corazón quien va a salvarnos...

Yo no sé cuál era la intención de Ramírez al incursionar en el campo de la novela, y verdaderamente no me parece demasiado relevante averiguarlo. Creo que lo que ha escrito no es necesariamente una | roman á thése y, tal vez, es mejor pensar así. Sin embargo, bien sea que haya escrito con la intención de demostrar algo o simplemente recrear una historia personal, lo cierto del caso es que  |Mi vestido verde esmeralda debería convertirse en pieza de estudio para historiadores y educadores, quienes deberían recomendarla a sus pupilos no sólo por las enseñanzas que deja en el campo de la historia sino por el formidable aporte que hace a nuestra literatura contemporánea.

El libro verdaderamente me gustó y lo recomiendo. Hay algunos pequeños detalles de edición que seguramente escaparon a los ojos de Alister Ramírez y de Zenaida Gutiérrez, a quien el autor menciona en los agradecimientos como su correctora. Sin embargo, nada de esto ensucia lo logrado. No hay libro perfecto, por lo menos en cuanto a errores de tipografía, y esto no obsta en ningún momento para que a través de este medio o cualquier otro logre finalmente mi objetivo: darle mis más sinceras felicitaciones a este joven autor que ojalá siga publicando novelas que vuelvan a poner la literatura colombiana en el lugar que se merece.

 

MIRIAM COTES BENÍTEZ