Ficha bibliográfica
Titulo: BOLETÍN CULTURAL Y BIBLIOGRÁFICO 69
Autores: Banco de la República
Edición original:
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Notas:
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Este libro desprende en todas sus partes un olor a muerte

 

Titulo del libro reseñado: Las mujeres de la muerte

Autor del libro reseñado: |Gustavo Álvarez Gardeazábal
Editorial del libro reseñado: Editorial Grijalbo, Bogotá, 2003, 172 págs.

 

Gustavo Álvarez Gardeazábal ha sido un hombre activo en muchos frentes de la vida nacional. Personaje polémico hasta el tuétano, ha dado mucho de que hablar no sólo en el ámbito de la literatura sino en el de la política y en el de su propia vida privada. Ha sido alcalde, gobernador, articulista, consejero de altas personalidades y se dice que actualmente está refugiado en su finca en el Valle del Cauca, donde se dedica a escribir, cuidar gansos y sostener largas conversaciones sobre diversos temas con quienes lo visitan. Es una especie de consultor ad hoc. Parece que ésta es la decisión que tomó después de ser excarcelado. Había pagado una condena por un escándalo en el que lo involucraron cuando fue gobernador del Valle. Algunos dicen que fue persecución política. Como muchas cosas en este país, no es del conocimiento público qué fue exactamente lo que sucedió. En cualquier caso, hay que reconocer que Álvarez Gardeazábal ha sido valiente para enfrentar los reveses que le ha presentado la vida y para asumir sus preferencias personales en un país donde conviven las  |gaycracias al lado de la más tremenda mojigatería.

La figura y la obra política, personal y literaria de este personaje indudablemente encienden ánimos en favor o en contra. Pareciera que sin quererlo, o tal vez queriéndolo mucho, en la opinión que tienen muchos sobre su labor como político, escritor y hombre del común con determinadas opciones personales se cristalizara la violencia de la que él ha escrito en muchos de sus libros. De la maestría o no con que él ha sabido manejar estas situaciones, quien tendrá la última palabra será la historia no sólo política sino también literaria de nuestra Colombia. A mí me basta con decir que, sin ser un escritor irreemplazable, Álvarez Gardeazábal maneja su oficio con bastante decoro. Si bien esto no lo ubica a la altura de los inolvidables de la literatura mundial, sí hace que se merezca un puesto de respeto y de consulta obligada en el ámbito de las letras colombianas e hispanoamericanas de los últimos decenios. De su labor política o de su vida personal, que sean otros los que se ocupen.

En la literatura de nuestro atormentado país, el tema de la violencia ha estado siempre presente y en los últimos años ha sido un infaltable. Cuando hablo de violencia no me refiero sólo a la violencia política sino a las múltiples manifestaciones de agresión que irrumpen en la cotidianidad de las personas atentando contra sus derechos fundamentales y contra su integridad física, mental y emocional. Si se tiene en cuenta esta definición, no hay violencia sólo en las masacres, los secuestros, los enfrentamientos armados entre bandos, las bombas y el gran etcétera que podría mencionarse en el caso colombiano, sino que también la hay en la forma en que se resuelven o no se resuelven los conflictos, en lo que las personas dicen o callan, en la forma en que se autorizan o desautorizan comportamientos... en fin, en casi todo lo que sucede en nuestro día a día. En Colombia, la violencia es como un virus que todo lo penetra, y por muchos esfuerzos que se han hecho, nadie ha podido clarificar qué fue primero si el huevo o la gallina; es decir, nadie ha podido descifrar si la macroviolencia genera la microviolencia o es al contrario.

En su último libro,  |Las mujeres de la muerte, Álvarez Gardeázabal retoma todos los casos posibles. Hay violencia descarada y sutil. Y esto en medio de un curioso contexto: la violencia referida en sus relatos pareciera no tener época, ni lugar específico, ni causa particular, ni destinatario. Me refiero a lo siguiente: nunca sabe uno a ciencia cierta si se trata de cuál bando contra cuál otro, si se trata de los años ochenta, de los sesenta, de los cincuenta o del mismo nuevo milenio, si a ésta la mataron ayer o fue hace cien años, si los celos se dispararon por una causa real o el simple guiño de un ojo, si Asprilla es nuestro Asprilla o es otro, que igual es como si fuera el mismo... Lo cierto es que el libro desprende en todas sus partes un olor a muerte, a sangre, a dolor, a pasiones y a incomprensiones que terminan explotando en violencia en cualquiera de sus manifestaciones.

En los relatos de  |Las mujeres de la muerte hay mucho sufrimiento, y lo peor es que constatamos otra vez que quienes lo padecen mayoritariamente son aquellos que se encuentran en medio de las enfurecidas huestes que se disputan un territorio tangible o no tangible. No importa. A cualquiera de los lados y especialmente en la mitad corre sangre inocente, culpable o inculpada, pero en todo caso humana...

El elemento propiciador para la violencia que transcurre en estos relatos es todo y nada: la infidelidad desplegada en una amplia gama fenomenológica; la burla al marido que hace del cuerpo de su mujer un territorio para conquistar y poseer; el error de cálculo; el ostracismo para quien se aventura a sonreírle a un extraño; la sospecha de alta traición; la arrogancia; la maledicencia... Es como si los personajes involucrados tuvieran un sino ineludible, parecido al de los caracteres de las tragedias griegas. El sino es el dolor, el dolor, el dolor y la muerte, la muerte, la muerte.

La historia colombiana mostrada en la literatura, buena y no tan buena, es infinitamente trágica. Duele demasiado. Cuando nuestra desgracia se exhibe mediante el arte, y no en las frías cifras, cae con mayor contundencia, penetra por los poros y nos hace difícil respirar. Es como algo que decía T. S. Eliot: si mueren miles de personas, en cierta manera son sólo un dato, pero si nos enteramos de la muerte de una persona aisladamente, nos duele amargamente aunque no la hayamos conocido. Y no importa, para el caso, si se trata de personajes ficticios o reales. Ellos duelen porque, aunque se trate de lo último, de que son ficticios, sabemos que su historia no es ajena a la que viven millones de personas en pueblos apartados o en grandes urbes metropolitanas. Lo peor de todo es que ni la literatura, ni la historia, ni la sociología y ni siquiera la psicología parecen poder responder acertadamente a las preguntas que se apeñuscan en nuestro corazón: ¿Por qué así? ¿Para qué así? Y la peor de todas: ¿Hasta cuándo así?

Hace poco asistí a una conferencia de un ilustre historiador colombiano, un intelectual a carta cabal, especialmente por lo profuso de su obra, que ha intentado develar muchos de los "misterios" o raíces de nuestra violencia. Este caballero también ha trasegado por los arduos caminos de la política y me pareció muy interesante conocer su perspectiva de "por qué estamos tan jodidos", pregunta a la que nunca he podido dar una respuesta convincente. Como su obra ha echado luces sobre nuestra colombianidad, estimé prudente oír lo que quizá serían sabias palabras salidas de su inmensa experiencia. Sin embargo, con todo el respeto que su obra me merece y lo iluminadoras que pudieran haber sido sus afirmaciones, tuve que declararme en franco desacuerdo cuando afirmó que Colombia no siempre ha vivido inmersa en la violencia y, como ejemplo de épocas de paz, trajo a colación el llamado Frente Nacional, el cual, si mi memoria no me falla, duró escasamente unos veinte años y, por lo demás, no fue exactamente época de paz sino de calma chicha. Tal vez este laureado intelectual colombiano comparte la opinión de uno de los personajes de  |Las mujeres de la muerte cuando dice que los colombianos creemos que si las cosas no se nombran dejan de existir...

Volviendo a los relatos en cuestión, hay otras cuantas cosas que decir: no son lo mejor logrado, literariamente hablando, aunque tampoco lo peor logrado. Es claro que posicionan un tema, pero la fluidez con la que lo hacen no es del todo satisfactoria. Dicho en otras palabras, Gardeazábal tiene mejores cosas, y la que primero me viene a la memoria es  |Cóndores no entierran todos los días. En el caso de  |Las mujeres de la muerte nos encontramos, más bien, con un conjunto disparejo, y esto puedo decirlo cabalmente, pues me leí todo el libro de un solo tirón, lo que evitó que fueran mis cambiantes estados de ánimo los que afectaran mi percepción de la colección de cuentos. Entre los mejores de ellos se destaca  |Ana Dolores, Mi mamá, y Ni pa vos ni pa mí. El que menos logrado me pareció fue  |La sobrina de Nona, aquel en donde el personaje medio real y medio inventado es Asprilla, el futbolista. También pasan sin mayor pena ni gloria, para mi gusto personal,  |Carmen Tea y Gloria Lucía. Por supuesto, los lectores y lectoras entenderán que en esto de la crítica literaria no se puede ser del todo objetivo, a no ser que se tuerza por los análisis puramente estructualistas, en donde lo que pesa es cuántos morfemas encontremos y cómo se relacionan ellos entre sí. Y eso que, incluso en estos casos, pesa la interpretación personal, especialmente cuando a partir de ello se quiere demostrar, a ciencia cierta, qué fue lo que quiso decir o lo que omitió decir determinado autor o autora.

No creo que el caso sea analizar aquí cuento por cuento. Sin embargo, hay algunas frases sacadas de ellos que pueden ilustrar muy bien por dónde va el agua al río, por así decirlo; esto es, demostrar que la violencia en todas sus manifestaciones es, como lo he venido sosteniendo a lo largo de este escrito, la protagonista principal de estos diez relatos. Veamos algunas de las frases que más llamaron mi atención: "[... llegaron] tantos de a pie y tantos de a caballo que muchos creyeron que no eran los jinetes de la chusma sino los mismos del Apocalipsis y que era el fin del mundo y no de los trescientos o cuatrocientos liberales que mataron enloqueciéndolos con fuego". Violencia sin época: uno podría cambiar "chusma" por paramilitares o guerrilleros y liberales por campesinos o habitantes de un pueblo abandonado a orillas de cualquier río en Chocó, y el dolor sería el mismo... "Lo que necesitaban, tal vez, era mostrarles a los desplazados, refugiados en el coliseo o en el parque, que en ninguna parte estaban seguros. Que cuando ellos decían que se fueran era que se fueran lejos, no es que se arrimaran a la vuelta del camino". Esta violencia ocurre en Cali, en Granada o en Tibú. El lugar no importa. Lo que pesa es el sufrimiento del desarraigo y la iniquidad del miedo... "Pero mamá no oyó a Napoleoncito ni guardaba en su memoria las verdaderas razones por las cuales mi abuela, con ella en el vientre, había tenido que salir loma abajo, hundiéndose en los barrizales de la Elisa, para escaparse de la muerte y la candela y dejar tendido a su padre achicharrándose en las cenizas de la tienda con tres disparos en la cabeza". Este relato suena a bis: me trae-a la memoria la cruenta historia, ocurrida en el Cesar y de la que se acusa a un alto personaje de nuestra política: seres humanos arrojados de sus tierras a literal sangre y fuego... "Llegaron con tanta fuerza, se metieron tan de lleno, que nadie alcanzó a medir las consecuencia de haberse |aguantado a los otros durante seis años" (el subrayado es mío). ¿Será que algún colombiano desconoce el drama de miles de lugares como la Comuna 13 en Medellín, o Norcasia, en Caldas, donde la gente tiene que vivir hoy a la merced de un bando armado y mañana a la merced de otro, con los infinitos riesgos para su vida que esto implica? "En las diligencias judiciales no se dijo nada de amores o infidelidades. Restrepo había encontrado a un hombre desconocido ingresando a su residencia en la madrugada y lo había matado con la escopeta..." ¿Ya se leyeron El Espacio de hoy? Obviamente, Álvarez Gardeázabal no es amarillista, pero las historias de este tinte aparecen en este diario a diario... "La condena moral que impusimos en este pueblo fue de tal naturaleza que... a Alejandrina [le negamos] no sólo el andén sino la posibilidad de comprar el revuelto en la galería o tan siquiera de asomarse a misa en San Bartolomé". Esta historia me recuerda el caso de un personaje involucrado en el Proceso 8.000, quien, una vez puesto en prisión, fue ampliamente criticado por sus preferencias sexuales por la más rancia alcurnia bogotana, con la que antes de caer en desgracia se codeaba noche a noche. Pasó a ser más importante el hecho de que fuera homosexual al hecho de que hubiera estado involucrado en la recepción de dineros ilícitos para financiar una campaña presidencial... "Y el negro Asprilla salió y con la misma fuerza con que agarraba el balón frente a sus rivales... con la misma furia con que fusilaba arqueros contrarios, dio el brinco de los simios del capó de su carro al capó del bus y con más furia todavía... de una sola patada, le partió el vidrio del parabrisas al bus... Los pasajeros no salían de su asombro". ¿Hay alguien en Colombia que pueda decir que no ha sido víctima o ha visto este tipo de exabruptos?... Y la última, porque los ejemplos podrían ser inagotables: "Ambas, sin embargo, resultaron ser el objetivo de la pasión arropadora de Ramiro Jurado, el hijo del dueño [...] de la finca fundadora de Ceilán, y hay quienes dicen que lo fueron desde mucho antes de que él abriera la caja de Pandora de la traquetería y por sus manos corrieran los millones de dólares que los gringos pagan por meter perica y chutarse las venas". El narcotráfico y sus consecuencias de violencia cotidiana han sido, definitivamente, otra fuente de dolor y de violencia para millones de personas. ¿Alguien desconoce las historias privadas de los miembros de cualquiera de nuestros cárteles de la droga o sus historias públicas? Sí, la lista de violencias en Colombia podría nunca acabar. Pero como a esta reseña hay que ponerle punto final, me uno a la reflexión del autor vallecaucano cuando pone a uno de sus personajes a decir: La historia es un perro mordiéndose la cola. Ésa parece ser nuestra triste historia.

 

MIRIAM COTES BENÍTEZ