Mucho de tilín tilín
Titulo del libro reseñado: Puro cuento
Autor del libro reseñado:
|Juan Gossaín
Editorial del libro reseñado: Editorial Planeta, Bogotá, 2004,
245 págs.
Hallar una voz propia en la literatura es cuestión de una
sumatoria de factores que cada cual, según su experiencia, puede
establecer, pero a tabla rasa es difícil precisar que es lo que
hace que aparezca esa voz que identifica a alguien en su distancia
con otros. Una situación conocible o irreconocible se puede mezclar
con otra, y cuando ya se tiene claro qué pudo haber influido más
para que se diga que fue esto y aquello y no lo otro, el piso que
aparenta sustentar la hipótesis se desliza. Entonces viene el vacío
que no permite que nada se solidifique, porque en la trashumancia
de las posibilidades puede estar la certeza de lo que se supone
sólido.
La voz literaria de Juan Gossaín es uno de esos ejemplos en los
que se intuye que el ejercicio del periodismo pudo haberle ayudado
a construir un ritmo de voz. Sin embargo, hay otros factores que
dispersan esa ubicación, debido a que es de igual modo fácil
percibir que los momentos altos de una escritura narrativa pueden
estar, a renglón seguido, desequilibrados. La lucidez en un autor
puede aparecer por momentos en la escritura y después, en el
inmediato intento, esa perspicacia puede patinar a bandazos sin
mantener armonía y ritmo. Por lo general esto ocurre cuando se
llega a la literatura por cualquier atajo sin buscar en ella el
camino que más la represente al adoptarla con un sentido de mayor
exclusividad. Los talentos en literatura se desperdician en la
medida en que se disminuyen el interés y la disciplina por el
ejercicio de una labor que requiere dedicación. Sólo cuando en la
mente se tiene un punto de referencia por la necesidad permanente
de escribir, y el escribir se hace sustentado sobre el continuo
goce de la lectura que descubre nuevas entradas a continentes de la
palabra, entonces, en ese momento, la obra tiene posibilidad de
ser.
|Puro cuento es uno de esos libros donde el refrán aquel
que compara la campanilla del vendedor de helados en su carrito
callejero con un hubo "mucho de tilín tilín y poco de
paletas", estuvo a punto de invertirse para quedar en un
haber "mucho de paleta y poco de tilín
tilín".
¿Cómo se pierde esa posibilidad de éxito? El talento fue
cubierto, enviado a otras actividades, en este caso el ejercicio
del periodismo, y el filo que necesitaba la literatura para
entender más allá de la palabra y armar concepciones se volvió
romo, achaflanado, y por ello surgió el desnivel en la totalidad
del libro que el autor denominó
|Puro cuento.
El desnivel muestra una producción que conserva una redacción
que se ha construido con el cuidado de la imagen, pero, para
infortunio, su trama entra en un impulso que la hace desgastar en
el facilismo periodístico.
Los cuentos
|La rueda de la fortuna y
|Pobre gordo
corresponden en su conjunto a los que dentro del total sacan la
cara por el libro. Esto debido a que la anécdota de las dos
narraciones se establece en una credibilidad que sabe frotar con la
ficción; es decir, propiciar encuentros con aquellos puntos donde
el escritor ajusta lo inverosímil con vueltas de tuercas en la
escritura. De este modo los espacios toman sentido, los ambientes
se hacen vivibles, muy conocidos o muy fáciles de ser aceptados a
través de las palabras por aquellos que han estado ahí o de los
lectores que por primera vez los comienzan a ver y sentir gracias a
la escritura.
|La rueda de la fortuna es un cuento que está escrito en
el detalle de una solterona, empleada del Ministerio de Trabajo,
que ha tenido el infortunio de ganarse la lotería. Infortunio por
cuanto desde ahí, desde un boleto de lotería, la muerte y la
superstición entran a enredarse con los temores de Victoria Urbina,
la protagonista. Gossaín retoma el sentido del designio. El
determinismo lleva a un desenlace fatal donde el personaje en el
todo, como en la tragedia griega o sagrada, no tiene otra salida
que aquella que le ha sido asignada. De este modo, Gossaín prepara
e intercala los detalles que han de marcar la única ruta de la
acción. La señorita Victoria asume su destino dictado por el
horóscopo que desde el mismo comienzo se plantea como un epígrafe o
un epitafio. Desde allí se hace la advertencia a los regidos por
Piscis, a los que llegaron a este mundo entre el 19 de febrero y el
19 de marzo. Por ello, sin la intervención de los humanos, el
destino propone: "A los nacidos bajo este signo, la muerte
les tiene reservada para hoy una sorpresa". El autor lleva
de la mano al lector para que entienda que lo fatídico está
latente. Lo que ha de suceder un 29 de febrero está ya escrito en
lo que narra una amiga del personaje que actúa de conductora
invisible. La protagonista llamada "Victoria debió haber
sido más precavida de lo que fue, al tratarse como se trataba, de
un día bisiesto, de esos que atraen calamidades y provocan
desdichas sin parangón". Este cuento tiene la virtud de
ser manejado con los elementos variables, modificables para la vida
de los seres sobre los cambios psicológicos que se mueven en el
transcurrir como los propone por primera vez
|El decamerón
de Boccaccio.
|Pobre gordo es uno de esos cuentos que en un análisis
comparativo se pueden asimilar a la estirpe de dos clásicos que
sobre el tema de la violencia escribieron con maestría: Hernando
Téllez (
|Espuma y nada más) y Gabriel García Márquez (
|Un
día de éstos). Téllez y García Márquez tensionan la cuerda del
asombro y del suspenso para que dos contradictores y enemigos se
encuentren en circunstancias en que la posibilidad de matar por
parte de uno de ellos es inminente, pero al instante la acción se
constriñe y se devuelve a su punto de inicio, lo que significa el
eterno reencuentro de los dos enemigos. En
|Espuma y nada
más el que tiene que caminar por la cuerda floja es el capitán
represivo que debe ser afeitado por el barbero revolucionario. La
afilada cuchilla pasa por el cuello del oficial que ha cometido
toda clase de crímenes. Los personajes se hallan en la discordancia
para que en su fuerza de ir y venir se ahonde la vigilancia del
lector. En
|Un día de éstos la desazón de las dos voluntades
se halla entre el alcalde y el dentista. Es el mismo mecanismo para
atrapar al lector. De este modo se propicia un cambio en la rutina
que hasta entonces se venía dando en la literatura colombiana.
En
|Pobre gordo de Gossaín los dos enemigos que se
encuentran son Pablo Caballero, periodista de la sección de sucesos
políticos del periódico y el Gordo, llamado Venus Amaury Muñoz. Lo
que hay en este nuevo caso es el encuentro no forzado, sino
amenazante del que se considera ofendido, el gordo, que aparece un
sábado de soledad en el cuchitril de las oficinas de redacción del
diario con una pistola que intimida. El cuento es bien llevado.
Frente a sus dos antecesores, tiene una diferencia, el vacío sobre
el móvil político. En el caso de Gossaín no hay pruebas ni dilemas
éticos; sólo una equivocación periodística que se aclara del
siguiente modo:
"-Si no me equivoco - añadió el periodista-, usted
está preso porque mató a un policía.
"-Según dice su pasquín -le gritó-. La prueba de esa
infamia es que estoy libre para venir a matarlo".
Acá, de igual modo que los cuentos que se toman como referencia,
no hay muerte. En
|Pobre gordo hay intención de asesinar,
pero ésta se desvía por un accidente cuando se pone en marcha una
máquina que hacía tiempo había dejado de funcionar: "Fue
entonces cuando el primitivo teletipo de la agencia francesa de
noticias, que estaba en desuso y no había vuelto a trabajar desde
hacía tres años, repicó con un campanazo sorpresivo, al fondo de la
sala estrecha, y su estruendo fue tan grande en aquel silencio de
paredones coloniales, y en medio de la apacible soledad del sábado,
que el gordo dio un respingo, pensando que le disparaban a él, y se
le desmandó un balazo que pegó en el suelo, si acaso un metro a la
izquierda de Caballero...". La desemejanza como factor de
renovación trae al tacto de la escritura un modelo nuevo para el
argumento: los enemigos terminan de amigos. Se rompe el posible
final truculento de muertos, por un encuentro de los dos hombres en
disputa en un bar con el consumo de cervezas frías:
"-Te salvó ese cachivache escandaloso -dijo el gordo,
señalando el teletipo, al tiempo que regresaba el arma a la
cintura" (pág. 176).
La que parecía ser una concepción preconcebida del cuento en
Gossaín, el lector encuentra que ésta se desarma en
|Los
satanases. Con esta narración retorna a la violencia que había
tomado el decir truculento, a ese periodo en el que la literatura
colombiana durante la década de los cincuenta hizo ferias de
atrocidades, ríos escarlatas al estilo Hollywood, como si se
tratara de efectos especiales con palabras que parecían salsa de
tomate o tintes de laboratorio que reemplazaban la sangre real en
los pechos de los que hacían el papel de muertos. El veto a la
muerte en la obra literaria no existe. Lo que se debe calcular es
el porqué y el cómo de su sentido. La llamada novela de la
violencia en Colombia terminó revolviéndose en su propio desafuero.
Su concepción se convirtió en un bumerán, que una vez lanzado y
devuelto por los aires, gracias a su mecánica, terminó por golpear
a los escritores que lo arrojaron.
El cuento debe descubrir perdiciones y tormentos pero, con
virtud profesional, colocar sobre relámpagos de luz los
estremecimientos del lector. Esto significa que, más allá de los
lances de cuchillo o agujeros de bala, lo que interesa es la
desaparición de lo insulso, de lo que la escritura coloca porque sí
para realizar una anécdota donde lo carnalmente sangriento
sustituye las múltiples variantes del conflicto humano.
En
| El martillo digital (o
|las huellas de la
vida), una feminista, la doctora Érika van Estralen Martínez,
plantea sus argumentos contra el machismo. Aunque en un momento
dado de la narración el personaje dice: "No quiero
descarriarme en los laberintos de la bisutería
filosófica", el desarrollo del cuento no es más que eso. A
una fatal e inicua conclusión se llega a través de una palabrería
que nada dice, que nada muestra de nuevo. El argumento está
construido como un compromiso de autor por reivindicar el papel de
la mujer. El tema sale ficticio. La charada concluye con una
desaguada teoría que busca explicar por qué no se conoce
"el primer caso de una mujer que se haya dado un cipotazo
en el dedo tratando de meter un clavo en la pared de
enfrente". Después de una investigación de laboratorio por
parte de la doctora Érika, se establece "que el universo
no es más que una sucesión de eventos insignificantes y dispersos.
El más insignificante de todos sigue siendo, desde luego, el
hombre". Una larga escritura, una conexión de teoría sin
sentidos para dar como resultado un chiste, una afirmación, un
gracejo o una tesis en que nadie se ríe, nadie toma sorpresa,
comentario o reflexión por ser propio de esos textos simplones e
impersona les que los amigos desocupados envían por el correo
"FW" de la internet.
En un libro de cuentos, a pesar de estar fraccionado por
espacios narrativos con relativa independencia, su estructura
supone un orden, porque, de lo contrario, el todo se desarmoniza.
Al cuidado del cuentista está que el caos no absorba la obra. Por
ello tiene el papel de ensartar con hilos invisibles las
diferencias que ha construido en cada aparte. En
|Puro
cuento, este cuidado artesanal del joyero que engancha sus
perlas, una a una hasta lograr la armonía, no se da. Como resultado
final, lo que se observa es una colcha de retazos donde por
pellizcos se sacan de los filones posibilidades narrativas que
mueren en desolación. Cuentos que no se avecindan, cuentos que
requieren una reagrupación que permita dar aires de continuidad
tanto al autor como al lector. Como piezas sueltas tienen su
solvencia, pero una vez rejuntadas, fallan, porque el tejido no las
incorpora como libro.
ANTONIO BUENAHORA
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