Tal vez la vida sea sólo eso
Titulo del libro reseñado: Sanguinas
Autor del libro reseñado:
|Fernando Herrera Gómez
Editorial del libro reseñado: Universidad Nacional de
Colombia, Bogotá, 2004, 74 págs.
Comencemos por el título.
|Sanguinas no tiene dificultad
para ser entendido por dibujantes y pintores que saben a qué se
refiere la palabra. Se trata de un "lápiz rojo oscuro
fabricado con hematíes en forma de barritas". A este
significado se remitió Fernando Herrera Gómez cuando tituló su
libro de poemas, y con toda seguridad se apartó de otras de las
acepciones que tiene la palabra, y que se hallan ahora en desuso:
"Que se goza en derramar sangre". Lo escarlata es
algo lejano a Herrera, a pesar de que su título hace alusión a las
células rojas de la sangre de los vertebrados.
Lo primero que encuentra el lector es una serie de retratos que
están hechos con figuras que recuerdan las que don Francisco Goya
trae de la vida, la locura o lo onírico. Herrera, a diferencia del
pintor de Fuendetodos, las ha construido desde esa apariencia que
se acerca a la captación de lo objetivo. Cada uno de los seres de
Herrera van y vienen por las calles de Colombia, y a cada uno de
ellos puede aplicar el nombre que da al título de uno de sus
poemas:
|Él también como todos. Las figuras que regurgita la
sociedad pueden estar en el libro, caminar, hacer presencia,
volverse un poco realidad de papel. Se trata de un trabajo sobre
los seres de la calle. Los transeúntes de la vida desfilan por
esquinas, establecimientos, para desempeñar, a través de su
descripción, una actividad. En los cartones para tapices que
hiciera Goya en la década de los setenta del siglo XVIII, las
figuras iban sonrientes, integradas a sus respectivos oficios. El
"cacharrero", por ejemplo, mostraba la cotidiana
y movida vida de Madrid. Para comienzos del siglo XX, en el Caribe
colombiano, el poeta Luis C. López trajo a su poesía una serie de
personajes cuya referencia cotidiana tenía la misma fuerza de un
aguafuerte goyesco. El sarcasmo, como insignia de creatividad en el
cartagenero, se colocaba en el centro de la vida de esos seres de
provincia, siempre revestidos de aburrimiento y de rutina.
Fernando Herrera Gómez ha tenido, para buena parte de su obra
poética, esos referentes. Desde la tradición española o colombiana,
Herrera actualiza a los sujetos habitantes. Pueden ser los mismos
de antes, pero la visión que les otorga hace que se revivan en el
poema. La lista de sus composiciones comprende hombres del común,
hombres vestidos de satín, hombres que visten de mujer, hombres
golpeados, muchachas de pescadería, secretarias, hinchas,
saltimbanquis, mendigos, jóvenes muertas, niñas mulatas, pobres
locas, bandidos ciegos, asesinos, vendedores de madera, inoportunos
vendedores, ancianas y rabinos. Cada uno de ellos en su casa; es
decir, en su poema. No hacen presencia fugaz, sino un estado pleno
de permanencia que va de principio a fin. Lo que cuenta cada uno de
ellos no está en el perfil del humor sino en el drama:
"...el frágil saltimbanqui / con su gorro de lana roja //
Haciendo afectados ademanes / nos dice también versos de Gil
Vicente / asombrado me digo / no puede ser /¿De manera que estos
saltos / han traído desde el olvido / a esta calle en esta noche /
en una boca desdentada de mendigo / y por unas pocas monedas /
aquella garza guerrera / que se disputan España y
Portugal?" (pág. 23).
El verso narrado lleva a una pregunta. En ese asombro la poesía
es la encargada de colocar las dudas, esa pérdida de la certeza,
que pone al lector en el lugar de lo volátil.
|Bella adolescente aterida,
¿qué rostro acariciará en la noche
con sus manos olorosas a mares y a limón?
Y desnuda, en la penumbra,
¿para quién sonreirán sus dientes,
como un cardumen luminoso,
en lo hondo de un cantil?
[pág. 34]
Herrera Gómez ha sido, en vida y por cuenta de sí mismo,
personaje múltiple. Se enorgullece de su inestabilidad, de no tener
centro para vagar y hacer lo que mejor le venga en gana. Ese
infante terrible que años ha no buscó nunca pista como para poder
llevar tras de sí la estela del poeta. Él mismo cuenta que inició
estudios de letras en la Universidad de Antioquia, carrera que dejó
con la intención de hacerse piloto de aviones, sin recelar que con
el tiempo desarrollaría una fobia por las alturas. De ahí pasaría,
como todero, a esa ilustre vagancia donde se aprende en laxitud a
entender la vida desde la silla de un café, mientras ésta corre
apresurada. Como cualquier buscador de la nada viajó a París y allí
frustró la posibilidad de estudiar cine en École Lumiére por una
conversación en un café. De aventura en aventura, de estudios a
medias, de trabajos sin continuidad, pasó a la observación y de
ella a la necesidad de escribir y de percibir a través del poema:
"Siento el olor de las aguas descompuestas / la lluvia
alborotando sobre los tejados rojos / las finas canoas de palo /
que peina la corriente del río / y ese sonido seco de marfil / que
tiene el dominó vespertino" (pág. 39).
|Sanguinas es, en su medida literaria, la historia de los
otros; por ello los seres fluyen para que el poeta los haga
visibles. Son seres burdos que, tomados desde su prosa, se
desvanecen en lo que la crítica sobre su poesía, a partir de
Fernando Charry Lara, ha denominado un "casi apenas, no
enteramente objetiva, porque quiere entregarnos no la presencia
sino el alma de las cosas". El lector, en la poesía de
Fernando Herrera, encuentra una poesía que va en dirección
horizontal, plana, como si sólo buscara hacer evidente la situación
de los sujetos que en ella actúan: "A las nueve y media /
al salir de las clases nocturnas /-que pagan con el trabajo del
día- / van bajando por la calle hacia la avenida / las diligentes
secretarias" (pág. 20). La descripción de esos seres queda
latente en los sentidos, con un ligero roce de la realidad, sucesos
de unas vidas que no son espléndidas, y que el lector compara con
las que ha conocido, para hacerlas propias en las rutas del
poema:
|Tal vez la vida sea sólo eso:
una larga y ruinosa calle
de andenes maltrechos,
de importunos vendedores y olores de frituras;
la larga carrera séptima
de la que hiciste tu vida
y en la que comentaste con perspicacia
-con esa singular agudeza tuya-...
[pág. 40]
Hay un cuento, una narración que de un momento a otro deja de
serlo para convertirse en una evocación ¿De dónde proviene esa
transformación? Del corte brusco que encuentra al final de la
estructura del verso, o de la suma dilatada de todo lo que descubre
el hálito de un decir, de un algo que ha sido contado para que
permanezca, ahí, en pocos renglones, y sea receptado por quien se
acerca a
|Sanguinas.
Son trozos de la ciudad los que el poema recoge, pedazos de una
colcha urbana que queda señalada por cada descripción realizada por
Herrera Gómez, pero perdida en cientos de poemas que no hizo y que
todos los lectores, los que están alrededor del diario deambular de
su presente, saben que han de perderse muchos de esos ejemplos que
Herrera no alcanza a abordar.
El hombre y sus oficios, las mujeres y su presencia hacen ritmo
y testimonio de su momento, ondulación del tiempo al que
pertenecen. Tomados por el instante de las palabras, se detienen,
quedan congelados en una página para reaparecer y resucitar cuando
vuelva a ser leída aquella situación: "Y ahí van las dos
ancianas / caminando por la calle, / temerosas. Los anteojos de
vidrios gruesos, / el pañuelo anudado al mentón, / la bolsa de
hilos plásticos entretejidos / soportando los víveres"
(pág. 42).
La poesía de Herrera tiene un invertir en lo racional, un aporte
que se cuelga a lo evidente. El poeta aspira y expira la figura de
los otros, los que pasan creyendo ser, pero cuya importancia, en
resumen, está en la carga manida y triste de su propia existencia.
Es la vida la que habla, son los gestos los que establecen esos
cuerpos sin importancia que nunca sabrán que el poeta Herrera los
ha sacado del limbo.
El poema en Fernando Herrera Gómez opera, se hace con el quiebre
imperceptible de lo literal. Pueden, por lo mismo, como método de
escritura, aparecer dos situaciones que contrastan y ofrecen
diferencia, el juego de los límites, la línea que separa esa
porción de espacios donde la prosa está a punto de desaparecer y la
poesía a punto de asomar.
|Las dos mesas, como lo enseñara
José Asunción Silva, establecen la polaridad. En Herrera el
contraste sirve para dejar en evidencia la diferencia de un momento
con respecto a otro, de una situación con relación a la otra: Amor
y cocina abarcan, como ejemplo, lo infinito del mundo de los
opuestos:
|A dónde hubiera ido este amor
que hoy ríe y riñe en la cocina
¡Ah fragilidad de la vida
apoyada en la levedad de lo fortuito
[pág. 52]
La prosa pierde el pulso y se doblega ante la poesía. La
cantidad lineal de lo prosaico se somete a la imagen y es,
entonces, cuando el fluir del poema en Herrera se hace dueño de la
situación: "Miramos sin entender / las islas momentáneas,
/ el dilatado círculo violeta / en el cielo, / y las criaturas
negras / danzando entre las ramas" (pág. 63).
La propuesta literaria hace un giro a partir de las secciones
"La casa del amor" y "De la
inocencia". Los personajes ya no son de la percepción de
Goya o de Luis C. López. Se convierten en lo personal, en lo que ha
conmovido al poeta y lo introduce a él, en el poema, como personaje
de su propia historia: "Encontramos en el tanque de agua /
del edificio donde vivo / una paloma muerta. / De inmediato sentí /
náuseas, arcadas. / Llamé a mi sobrino médico / y le consulté por
los peligros / de haber bebido de esa agua insana. 'Te habrías
enfermado antes, / ya no pasó nada', me dijo /. // Pensé en la
angustia de la paloma / cayendo en la alberca oscura/, mientras
buscaba hacer su nido / debajo de las tejas que la cubren. / En el
aleteo empapado e inútil / de sus alas agonizantes. // Era cierto;
no me había pasado nada.. / Pues, ¿cómo iban a hacerme daño / el
agua, la muerte, la paloma?" (pág. 62). La poesía se torna
un diario, un diario vivir, una anotación que no deja pasar esos
momentos que sorprendieron y que han de llegar, así, como sucesos
perdidos, a cualquier hombre en cualquier lugar de la tierra.
ÁLVARO MIRANDA
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