BOLETÍN CULTURAL Y BIBLIOGRÁFICO 69
La trova paralela
Titulo del libro reseñado: Escritos sobre música. Libretos para
la Radiodifusora Nacional
Autor del libro reseñado:
|León de Greiff (Hjalmar de Greiff
compilador)
Editorial del libro reseñado: Editorial Universidad de
Antioquía, Medellín, 2003, 531 págs.
Cuenta el escritor Germán Espinosa, en su libro de memorias
|La verdad sea dicha, cómo León de Greiff ponía a sonar un
disco y se plantaba frente al fonógrafo en actitud de dirigir la
orquesta que sonaba en el acetato de 78 r.p.m. La anécdota,
experimentada por Espinosa y por otros visitantes a la casa del
barrio Santafé, en Bogotá, es ilustrativa de la decidida
inclinación del poeta hacia la música y, al mismo tiempo, resulta
una caricatura por tratarse de quien se trata, es decir, uno de los
más ilustres personajes del frondoso parnaso nacional. La imitación
doméstica que hacía De Greiff de los ademanes propios de un
director de orquesta era, por así decir, la sublimación de
considerarse a sí mismo un músico frustrado, pues nunca tuvo la
oportunidad de formarse como tal. Le quedó, entonces, el recurso de
los discos. Se afirma que llegó a poseer la mejor colección
discográfica de Colombia, la cual pasó a los archivos de la
Radiodifusora Nacional cuando aparecieron los discos de larga
duración, a partir de 1952.
Para todos resulta claro que la de León de Greiff es una poesía
que se resuelve en vibración sonora (de acuerdo con Juan Lozano, De
Greiff "es el mayor experto de música que haya tenido
Colombia… sin que toque ningún instrumento").
Stephen Charles Mohler asegura que la singularidad de su estilo
poético "se debe más que nada a su gran afinidad con la
música sinfónica, combinada con un fuerte deseo de libertad
personal". Sobre este mismo asunto, Juan Felipe Toruño, al
plantear que el "sinfonismo es un estilo poético que
combina las técnicas estructurales sinfónicas con palabras y
sentimientos musicales", concluye que los poemas de De
Greiff "son cuerpos musicales que él va desmembrando en
versos". Y agrega: "...de Greiff emplea estas
formas por las mismas razones que el compositor de música: para dar
rienda libre a su imaginación e intuición musical".
El elemento musical resulta tan singular en el estilo poético de
De Greiff, que ha procurado, incluso la verificación estadística de
los instrumentos de ayer, de hoy, de aquí y de allá -y de acullá,
como de seguro gruñiría el maestro- mencionados en sus innumerables
versos, hasta completar 89 de ellos, según David Puerta. En esa
enumeración no hay lugar, sin embargo, para un tiple, alguna
bandola o el sonido estremecedor de la marimba.
El recurso simbólico al cual acude De Greiff como herramienta
principal de invención poética, proviene viene tal vez de Verlaine
y su capacidad de traducir en términos sonoros -es decir,
musicales- el inventario enciclopédico del lenguaje. De otra
manera, ¿de dónde resulta "la mandolina que charla / entre
los escalofríos de la brisa"?
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La bibliografía musical en Colombia es en exceso precaria frente
a los temas que abordan los tres mil o más títulos que cada año se
editan en el país. En este sentido, instituciones académicas de
Antioquía parecen comprometidas en allanar el estado actual de esa
prominente brecha cultural, que es mucho más evidente en el tema de
compositores nacionales. La Universidad Eafit publicó, en el año
2002, un heterogéneo ensayo de Eduardo Escobar sobre Julio Quevedo
Arvelo, ese singular representante del romanticismo criollo en el
siglo XIX.
Por su parte, la Universidad de Antioquia ha editado dos gruesos
volúmenes sobre tema musical, uno de ellos dedicado por Rodolfo
Pérez al repertorio completo de Beethoven y, el otro, el cual es
pretexto de esta reseña, es una compilación de los libretos
elaborados por León de Greiff para sus emisiones musicales en la
Radiodifusora Nacional.
Algunas datos estadísticos ponen de relieve el contenido del
libro: 531 páginas divididas en cuatro capítulos que abarcan 203
libretos además de un índice onomástico de compositores. Entre
ellos, los más recientes desde el punto de vista cronológico
parecen ser el norteamericano Walter Piston (1894-1936) y el
francés Pierre Octave Férroud (1900-1936), lo que da una idea del
alcance generacional y estético de los compositores abordados por
el poeta en trance de libretista radiofónico.
Hjalmar de Greiff ha organizado los libretos siguiendo la
división de géneros tradicionales del clasicismo musical:
sinfónico, de cámara, vocal (con énfasis en textos poéticos) y una
sección de varios. Allí desfilan 112 compositores, entre los cuales
Beethoven, Mozart, Schubert, J. S. Bach y Músorgski se llevan las
menciones más numerosas.
En el campo de la música, y en particular en el terreno del
análisis musicológico, existe una extensa bibliografía que hasta
decenios recientes no se publicó en lengua castellana. Ésta es la
fuente a la cual acuden por lo general los redactores de libretos
radiofónicos. En el caso de León de Greiff, es claro que ese
material, complementado con reseñas y comentarios de las ediciones
discográficas, es parte significativa de sus elementos de trabajo.
La utilización sistemática de términos como
|harmónicos,
harpa o
|harmonías sigue de cerca y sin sonrojo la
escritura anglosajona. Y las citas de musicólogos europeos están
apabullante que, a veces, se tiene la impresión de estar en
presencia de uno de aquellos manuales que resumen de manera
práctica y pedagógica las ideas y conceptos de reconocidos
especialistas en una rama del conocimiento. Jean Chantavoine,
Vincent d'Indy, Erich Blom, James Gibbons, Marion Scott o Herbert
Weinstock y muchos otros, en una lista interminable, ocupan puestos
de avanzada en los escritos musicales del poeta De Greiff.
De manera razonable, lo que el lector desprevenido debería
esperar de una abigarrada colección de textos como ésta, es la voz
personal, la percepción intransferible de su autor frente a la
temática que es objeto de su interés. Es decir, el legado musical
de Occidente previo al serialismo impulsado desde la Escuela de
Viena en los inicios del siglo XX. Algo así como la visión
tercermundista de un repertorio que se impone a través de la
repetición como arquetipo indiscutible de la arquitectura
musical.
Cuando León de Greiff escribe, refiriéndose a Mahler, que
"fue el que contribuyó en mayor escala a la música del
futuro", o que Bloch (Ernest) "desdeña y abomina
el preciosismo y la intelectualidad de los modernos cerebrales
[sic] esterilizados", ¿nos transmite un producto cosechado
en su propio huerto? ¿O, por el contrario, se convierte en portavoz
y filtro del análisis sistemático de sus fuentes?
El poeta parece más cercano a nosotros y a sus propios
argumentos estilísticos cuando se refiere al "joyoso
humor" del Cuarteto número 13 de Beethoven, cuando habla
del testimonio que implica "la salvaje misantropía en que
se agostaba Debussy", al componer las Gigas para orquesta
y, en fin, cuando en un rapto de inspiración propio de su talante,
habla en estos términos del primero de los tres poemas del ciclo de
canciones
|Scheherazada de Ravel: "Iníciase el
exordio con un niágara suntuoso de séptimas mayores que se
desgalgan desde el agudo -entre el hervir de la espuma y el
crepitar del fósforo- hasta caer en una especie de barcarola sobre
la que resuenan ecos lejanos". Al terminar la frase, el
lector quedará sin aliento pero, en cambio, sentirá el deseo de
aplaudir al reencuentro del perfil literario de su héroe
literario.
Sin hablar de los "exégetas zahoríes" que
afirman que J. S. Bach no inventó ninguna forma musical nueva.
Sin mediar ninguna consideración entre las libertades ganadas
por los poetas en franca lid y el lenguaje más esterilizado que
exige la comunicación radiofónica, León de Greiff condimenta sus
|seccioncillas con términos que hoy -y también ayeratentarían
contra cualquier intento de acercamiento al desprevenido oyente.
¿Cómo digerir, entonces, en un instante el intrincado significado
verbal de "intérminas melopeas monótonas",
"serenata obsesora", "novador del
lenguaje", "rútila",
"arrequires", "salvaje
misantropía" y otras perlas insólitas en la expresión
hablada? Allí, el lenguaje arcaizante tan propio de su poesía se
impone sin recato.
Los editores aclaran que los textos no fueron revisados o
corregidos, ya que su autor nunca tuvo en mente su publicación. Y a
su turno, el compilador aclara que ha respetado la manera un tanto
(?) irregular como son transcritos al castellano los caracteres
cirílicos, detalle que parece ser intrascendente pero que desconoce
el muchas veces ingrato oficio de lector. A lo anterior habría que
agregar la fastidiosa repetición de comentarios sobre obras
presentados en páginas anteriores y cuya reiteración sólo
contribuye a aumentar de manera innecesaria el volumen de una
edición ya de por sí extensa. Además, libretos incompletos,
párrafos y anotaciones carentes de significado. En síntesis, un
esfuerzo de recopilación que habría merecido un proceso selectivo
más riguroso de un material cuyo contenido quedará restringido a la
consulta ocasional de algún libretista en apuros o al sustento de
una sospechosa afición a la música compactada.
Por supuesto, el repertorio musical de América Latina y de
Colombia no ocupa allí ningún espacio de significación. Apenas la
mención ocasional del compositor venezolano Inocente Carreño en un
libreto fechado en 1946 a propósito del aniversario 135 de la
declaración de independencia de ese país. La Orquesta Sinfónica de
Colombia que, por el periodo que abarca el libro, ofrecía una
fructífera actividad de conciertos -muchas veces registrada en
grabaciones en la Radiodifusora Nacional- apenas merece un par de
menciones a propósito de partituras de Beethoven y Debussy
dirigidas por Jaime León. Esta actitud resulta comprensible. De
manera semejante a lo que ocurre con los poemas de su hermano Otto,
la sensibilidad musical de León de Greiff permaneció anclada en los
acordes asordinados de la geografía europea con el instinto
dirigido hacia Escandinavia (Víctor Fung señala que la creencia de
que la música culta de Occidente es más significativa que otras
músicas, ha llegado a ser un problema tanto intelectual como moral.
"Es un problema moral porque supone que la música no
occidental y, en consecuencia, las culturas no occidentales, son
inferiores").
Comentario aparte merece el amplio espacio que dedica De Greiff
a los poemas que han servido de punto de partida a la inspiración
de los músicos. Aunque, a lo largo de la sección "Poesía y
canción", el autor insiste en que se trata de traducciones
literales y nada literarias, el contenido de la misma resulta
atractivo y revelador de las relaciones sutiles que una imagen
poética desencadena hasta convertirse en sonido musical. Schubert,
Schumann, Brahms, Chaikovski, Debussy, Ravel, Wolf y, sobre todo,
Músorgski establecen una primacía que el
|selector justifica
con el análisis oportuno y la sensibilidad abierta.
Con la complicidad de su hermano Otto en las traducciones o
valiéndose de lo que él llama "prosaicas
versiones", León de Greiff comparte con el oyente -y
ahora, con el lector- el gusto tan peculiar que adquieren poemas de
Verlaine, Goethe, lord Byron, Eichendorf, Baudelaire o Wilhelm
Müller, cuando se convierten en canciones o en logradas
combinaciones instrumentales.
En este sentido, el poeta no vacilará en hablar de la
"suprema ingenuidad" de Músorgski al referirse a
los ciclos
|Sin sol y
|El rincón de los niños, del
"contorno sinuoso y melancólico" de una canción
de Chaikovski o en calificar la canción
|La corneja de Viaje de
invierno de Schubert como "joya entre las
joyas".
Es ésta la sección más gustosa y, sin duda, más original, de la
compilación. En ella De Greiff se aparta de los lugares comunes con
los que nos regala la esquemática literatura radiofónica para
expresar sus puntos de vista de manera enfática, espontánea y
creativa. Y todo ello con conocimiento de causa. Incluso, los modos
antiguos de expresión que se asoman sin previo aviso entre la
cuidada escritura adquieren un aire de naturalidad que resulta
comprensible por tratarse de una expresión artística que, en el
caso de los textos que nos ocupan, no sobrepasan las primeras
décadas del siglo XX.
El análisis musical ha cambiado de manera decisiva desde
entonces. El espacio anímico en el cual los sonidos musicales
parecían reflejarlas especulaciones interiores del compositor, se
ha convertido en el espacio tímbrico en el cual las sensaciones
sonoras del entorno liberan las tensiones individuales en favor de
planteamientos más ajustados al material físico de que está hecha
la música.
De esta manera, el desenlace del drama que se mostraba a priori
hasta las formalidades visionarias de Mahler es sugerido ahora en
un aparente desequilibrio en el cual la poesía y la reflexión
filosófica no dejarán de inquietarnos. Un poco a la manera del
compositor alemán contemporáneo Helmuth Lahemann: un espacio
disponible a las afirmaciones creativas no consumadas.
CARLOS BARREIRO ORTIZ
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