Ficha bibliográfica
Titulo: BOLETÍN CULTURAL Y BIBLIOGRÁFICO 69
Autores: Banco de la República
Edición original:
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Notas:
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| BOLETÍN CULTURAL Y BIBLIOGRÁFICO 69

Purgatorio de todos los infractores del idioma

 

Titulo del libro reseñado: Rosario de perlas

Autor del libro reseñado: |Alfredo Iriarte
Editorial del libro reseñado: Intermedio Editores, Bogotá, 2003, 550 págs.

 

Imaginémonos un mundo donde Alfredo Iriarte hubiera sido amo y señor de la lengua española, y no simplemente un aguerrido "contrabandista", como le gustaba definirse a sí mismo. En ese planeta, las mujeres pasearían muy galanas por las calles moviendo sus recién levantadas posaderas, no con un "cul bra" como lo quisiera la revista Carrusel, sino con retrancas, ataharres o sotacolas. Este invento de la tecnología estética no les habría cambiado el "look", sino la apariencia. Seguramente ni ellas ni sus maridos | frilanciarían sino que, a lo sumo, serían trabajadores independientes, y, cuando quisieran descansar, por nada del mundo "vacacionarían". En este Planeta Iriarte, guaches, cachifos y guarichas, a pesar del estupor de algunos, tendrían plena nacionalidad, aunque no se "abrogarían" este derecho, sino que se lo arrogarían.

Sería un mundo claro, diáfano, donde el lenguaje no iría contra las leyes de la lógica ni de la estética. Tampoco se quedaría en tiempos medievales sino que daría cuenta del vértigo y de las necesidades y realidades de los nuevos días. Las palabras no estarían encarceladas en la Aduana de la Real Academia de la Lengua. Ésta habría tenido que cerrar sus oficinas en el vital caldo de cultivo de Colombia, de la exuberante América Latina. Así, los habitantes de estos lugares dejarían salir a borbotones sus  |guayabos, sus |mamadas de gallo, sus |jarteras; es decir, sus palabras gruesas, frescas, jugosas, jóvenes, todavía consideradas en nuestros tiempos tan sólo americanismos de dudosa ciudadanía que no le llegan a la rodilla a las palabras "verdaderamente castizas" de la Academia. Esta distinción se habría mandado "al papayo", y colombianismos, cubanismos, mexicanismos invadirían gozosamente los moldes cuadriculados y estériles del bien decir ibérico.

La peste del "que galicado" se habría "fumigado como la maligna roya, la broca o la sigatoka". Las revistas Semana y Cambio habrían dejado de revolver épocas, personajes, nombres, en sus apasionantes pero laxas crónicas históricas. Los deportistas y las reinas de belleza sólo competirían y nunca hablarían. Los locutores deportivos habrían pasado a mejor vida. Los políticos en campaña, como Noemí Sanín o Andrés Pastrana, tendrían tanto cuidado con la concordancia de género y número y los regímenes verbales en sus discursos como con las cifras económicas que osaran blandir en la plaza pública para convencer a su electorado.

Bueno, obviamente este mundo no existe. Y el socarrón Alfredo Iriarte, de veras, que sufrió por ello. Conocedor exhaustivo de las leyes del lenguaje, de su lógica, de su sensibilidad, de su esencia, de sus maneras, desarrolló un ojo agudo para defender lo que más quería: la lengua española. Su defensa, sin embargo, no era una postura académica ni autoritaria. Para Iriarte se trataba de una cuestión de supervivencia cultural. Le gustaba compararse con los ecologistas: "Nuestro oficio es muy similar al de los ecologistas que defienden encarnizadamente las especies en vía de extinción. La única diferencia radica en que mientras ellos tienen una multitud de especies que preservar, nosotros tenemos una sola: el idioma castellano". También se trataba de un asunto de pasión: los gerundios mal empleados le producían corrientazos, los barbarismos lo empalagaban, los extranjerismos lo hacían entrar en ira santa. Y con su ojo crítico, su lengua mordaz, su espíritu ágil y su incurable humor, aunque no pudo fundar este nuevo mundo para la lengua, tuvo la oportunidad de poner sus primeras piedras. Y lo hizo pescando perlas -es decir, errores sintácticos, semánticos, ortográficos del uso del lenguaje-, en una de las tribunas más públicas que en Colombia puedan existir: las páginas editoriales de El Tiempo, el periódico más leído del país.

Durante el periodo comprendido entre el 20 de septiembre de 1991 y el 4 de octubre del 2002, año de su muerte, Iriarte publicó quincenalmente sin interrupción su columna "Rosario de perlas", abriendo un espacio pedagógico sobre el uso y abuso del español en la prensa escrita, radial y televisiva de Colombia. Esta columna, rápidamente, se convirtió en una de las más leídas del país, provocando al tiempo las más fervientes simpatías como las más recalcitrantes oposiciones. Porque esta columna no fue apenas un árido manual de gramática como, por ejemplo, la que realizó durante algún tiempo, para el periódico El Colombiano, Lucila Chávez, que se trataba apenas de un inventario frío y desde la autoridad de reglas inflexibles y descontextualizadas dictadas desde un Parnaso intocable. Al contrario, el "Rosario de perlas" se convirtió, gracias al carisma de Iriarte y a su filosofía, en una tribuna abierta, donde el español de los colombianos era examinado al rojo vivo, en su verdadero uso, y por esto, en su método, su estilo, su pensamiento y su puntería, se acercó mucho más a la inolvidable "Gazapera" de Argos.

El "Rosario de perlas" se convirtió así en el purgatorio de todos los infractores del idioma en la prensa. Iriarte demostró que casi todas las plumas colombianas, hasta las de mayores quilates, también tenían rabo de paja. Con su guillotina afilada en los lomos del Diccionario de la Real Academia de la Lengua, el  |Diccionario de dudas y dificultades de la lengua española de Manuel Seco, o las  |Apuntaciones críticas de Rufino José Cuervo, entre otras brújulas y, por supuesto, su buen tino, no dejó títere con cabeza. Juan Gossaín, Antonio Caballero, Carlos Lemos, María Isabel Rueda, incluso García Márquez, entre otros, fueron pillados in fraganti por la poderosa podadora de Iriarte.

Sin embargo, no lo hizo como un maestro de escuela con la regla en la mano. Iriarte se creó un álter ego en esta columna, donde posaba de "toro manso de indefenso morro", que sin embargo atacaba de frente con su cornamenta, para luego regalar la más estrepitosa de las carcajadas y acercarse con el mejor humor cachaco a lamer la mano de su víctima de turno. Las mujeres pecadoras contra el idioma eran "divinas", como la política Noemí, la crítica de arte Ana María Escallón o la poeta María Mercedes Carranza, y los hombres "caídos", lingüísticamente hablando, eran saludados como inteligentes, agudos, brillantes. Pero ni estas ni otras virtudes, ni siquiera la mejor investigación periodística, eximía de utilizar mal el gerundio o revolcarse en algún barbarismo inútil, un extranjerismo extravagante o una inconsistencia semántica.

La cruzada de Iriarte fue feroz, sistemática, incansable. Y no tuvo consideraciones de ningún tipo con su objeto de examen. A pesar de las apariencias, y como muchas veces lo admitió, sus recriminaciones lingüísticas no provenían de una mente ortodoxa y obtusa. Al contrario, le encantaba la sana creatividad de la lengua, siempre y cuando respondiera a una necesidad real. Así aceptaba de buena gana "nuevos vocablos siempre y cuando no sean plebeyismos innecesarios que lejos de llenar vacíos en el lenguaje lo depauperan y envilecen". En este mismo sentido realizó una cruzada a muerte contra la tendencia a usar palabras del inglés, que consideraba "la más repugnante forma de arribismo cultural, y a la vez, de torpe menosprecio por la propia identidad". En este sentido su credo quedaba así resumido: "Soy liberal en cuanto al ingreso de vocablos nuevos y rígidamente conservador en cuanto a la defensa de la estructura del idioma, cuya preservación es vital para que nuestra magnífica lengua no se nos convierta en un papiamento deshuesado e incoherente" (pág. 65).

Iriarte estaba convencido de su responsabilidad pedagógica, y de la importancia de su tarea. Los periodistas, mal que bien, en el fragor del cierre diario, de la inmediatez de la noticia, de la vibrante actualidad, son unos de los más estrepitosos altavoces del idioma que habla un pueblo. Antes esta tarea les estaba encomendada a los escritores, personas mucho más conocedoras del idioma, más sosegadas o al menos más interesadas en él. Ellos eran los que recogían el habla popular y de alguna manera le daban carta de ciudadanía a los nuevos vocablos. En la actualidad, quiérase o no, a esta labor de divulgación se le suma esta tribu de periodistas, quienes, en el fragor de la noticia, la tiranía del cierre diario, no tienen ni el tiempo ni el conocimiento ni el interés en cuidar la herramienta con la que trabajan, o sea el idioma. Por esto el lenguaje de los periodistas se convierte en un excelente objeto de estudio para alguien con el alma de pedagogo de Iriarte. Por un lado, ellos ofrecen una muestra amplia y real del español que se habla en un momento dado en un país, pero por el otro lado fungen de santificadores tanto de sanos usos populares como de todo tipo de barbarismos, extranjerismos, violaciones de la sintaxis, de la semántica y de la ortografía. Iriarte se concentró en analizar esa masa informe del lenguaje de los medios de comunicación y trató entonces de darle coherencia, reglas, sentido, límites y un norte. Los lectores, a su vez, gozaban con estas enseñanzas en caliente de este maestro omnipresente en todos los medios del país.

A esta cruzada lingüística se le unió la otra gran pasión de Iriarte: la historia. Y tampoco descansó en su labor de cazador de inexactitudes. Así como temía que el español se convirtiera en papiamento, luchaba para que la historia no fuera a terminar en mazacote: "Cada día estoy más convencido de que en la medida que se le reste importancia a la precisión cronológica, la historia se va convirtiendo en un frangollo ininteligible en el que finalmente nadie acertará a saber con certeza cuáles fueron los momentos en que ocurrieron los hechos históricos y actuaron sus protagonistas" (pág. 173). Iriarte luchó por convertirse en esa doble conciencia, pues sabía que la celeridad de los medios no siempre la permitía. Y así se lo escribió alguna vez al maratonista Juan Gossaín: "Con la historia no se puede correr como tan magistralmente lo haces tú con las noticias cotidianas" (pág. III).

Sacar estas columnas de su suelo natal, la prensa y la actualidad, y llevarlas a otro canal de difusión, un libro que las recopila, más atemporal y sosegado, ha sido un gran acierto. El "Rosario de perlas", como conjunto ya terminado, empieza a mostrar detrás de la labor artesanal de Iriarte una filosofía y un sistema de pensamiento personal y coherente que lo separa de cualquier maestrillo pontificador. "El Rosario" pasa a ser, entonces, no sólo una columna divertida sino un verdadero manual de estilo y un libro de consulta para especialistas y público en general. Tiene la ventaja de no ser un catálogo de reglas sino la recolección de un pensamiento práctico sobre el lenguaje real, cotidiano, que se maneja en Colombia. Como lo dice el prologuista, Roberto Posada García Peña, "es evidente que el lector tiene entre sus manos un texto de consulta que habrá de colocar en los anaqueles de nuestras bibliotecas al lado del diccionario de doña María Moliner o del de Construcción y Régimen del Instituto Caro y Cuervo". Este uso lo facilita la práctica lista final, donde aparecen por orden alfabético las dudas sobre el español que aborda el libro, desde  |abolir y |abrasar-abrazar, hasta  |zumbar, pasando por "tener la piedra afuera".

Y con la distancia, el "Rosario" también empieza a mostrar otras tonalidades. Por ejemplo, se convierte, sin que haya sido su intención, en la crónica oblicua de uno de los decenios más difíciles de la historia colombiana. Por sus páginas vemos desfilar, por ejemplo, el Proceso 8.000, que puso de moda el verbo  |precluir (no aceptado por la Real Academia, pero que la realidad pedía a gritos). Pasan, además, como en una película, los líos del narcotráfico que enfrentaban a Colombia a la disyuntiva de la descertificación, una figura jurídica que también dejaba de herencia en el plano lingüístico una palabra incómoda. Por no hablar de los barbarismos a los que nos llevó la captura de capos con un "bloque de búsqueda dando con la captura de ellos", o "dándolos de baja" a diestra y siniestra. El país se revolcaba, sufría, pero también hablaba. Iriarte, como un cronista de la Conquista, daba cuenta de ese idioma estallando con una realidad desbordada.

Otro rasgo que emerge con la distancia del tiempo y la bondad del conjunto es el del Iriarte retratista. "El Rosario" es también una incisiva galería de personajes nacionales retratados en pocos y contundentes rasgos. En pocas palabras vemos desfilar a ex presidentes, fiscales, ministros, periodistas, presidentes, congresistas, con su perla pero también con su personalidad, su perfil humano, el rasgo preponderante de su carácter, el papel que está desempeñando en ese momento en la tragicomedia del país, dibujado de un solo trazo. El fiscal Gustavo de Greiff, es el gran Gustavo. La ministra del Medio Ambiente, Cecilia López, emerge valiente y fogosa. También hacen su aparición en este tinglado Calderón Berti, el "tosco y beligerante" canciller venezolano de la época, mientras el lector también puede ver esbozar ante sus ojos al padre Bernardo Hoyos, desencadenando tempestuosas rabietas a diestra y siniestra. No en vano Iriarte tenía la mano adiestrada para este tipo de retratos, afinada en uno de los bestiarios más clásicos de nuestra literatura.

Por todas estas razones, éste es un libro que vale la pena leer para informarse, aprender, corregir, recordar, afinar y muchas veces tan sólo para relajarse con una buena carcajada, esas que sabía provocar tan fácilmente Alfredo Iriarte, "el francotirador solitario" que como pocos se empeñó en la defensa de ese vital signo de identidad cultural que para él era el idioma.

 

SOL ASTRID GIRALDO E.