Ficha bibliográfica
Titulo: BOLETÍN CULTURAL Y BIBLIOGRÁFICO 65
Autores: Banco de la República
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| BOLETÍN CULTURAL Y BIBLIOGRÁFICO 65

Se los tragó la selva

 

Titulo del libro: Holocausto en el Amazonas.

Una historia social de la Casa Arana

Autor: |Roberto Pineda Camacho
Editorial: Espasa Fórum, Editorial Planeta Colombiana, Bogotá, 2000, 255 págs., il.

A partir de julio de 1923 el joven abogado huilense José Eustasio Rivera Salas (1888-1928), en su carácter de secretario de la comisión II de límites, dio a conocer a la opinión pública del país la explotación inhumana mana de los caucheros en las selvas de Colombia, Venezuela y Brasil, la fatídica historia de los capataces de la Casa Arana, que dominaban los territorios entre los ríos Putumayo y Caquetá, infernal empresa que instauró un cruel régimen de sangre basado en la extracción de caucho, que continuó la crueldad de los conquistadores y fue precursora de las barbaridades de hoy. Denunció ante el Ministerio de Relaciones Exteriores las injusticias y crímenes cometidos contra los colombianos en las fronteras, en que se destaca la histórica masacre de los caucheros, el 8 de mayo de 1913, realizada por el coronel venezolano Tomás Funes, personaje que es considerado en |La vorágine como un "bandido que debe más de seiscientas muertes. Puros racionales, porque a los indios no se les lleva el número". Inicialmente, Rivera escribió un informe secreto, basado en sus propias observaciones en los sitios de los acontecimientos, al ministro de Relaciones Exteriores; luego publicó diferentes artículos de denuncia en la prensa nacional, organizó una junta de defensa nacional y promovió debates en la Cámara de Representantes con el fin de salvaguardiar la soberanía y el honor nacional, pero no fueron acogidas, no tuvieron mayores ecos y en dos ocasiones intentó matarlo el deforestador y esclavista Leonidas Norzagaray. Consciente de que sólo su pluma podía denunciar las atrocidades cometidas en el Caquetá y demás territorios del noroeste amazónico terminó de escribir y corregir |La vorágine, la que había iniciado en 1922 en Sogamoso, y buena parte de sus capítulos fueron escritos en 1923 en Yavita, en la que, además de plasmar a través de la tragedia de Arturo Cova la enconada lucha del hombre con la naturaleza, contó la desolada tragedia colectiva de los caucheros. La primera edición fue publicada en 1924 por la Editorial Cromos de Bogotá; una segunda edición, corregida, fue publicada en 1926.

|La vorágine es una novela desmesurada y terrible, ebria de violencia y de selva, que, según Jorge Luis Borges, "da la sensación no de haber leído un libro sino de haber estado en el sitio", quizá porque, para darle una mayor realidad a la denuncia, ésta aparece siempre como una historia vivida por los personajes, con la que el misterio de las llanuras tropicales y la mayor selva húmeda tropical del planeta ingresaron en la literatura universal.

La temática de las caucherías sería retomada en 1933 por César Uribe Piedrahíta (1897-1951) en la novela |Toá (voz que en las lenguas siona y carijona significa 'candela'), que sin tener la calidad literaria de |La vorágine es un magnífico testimonio documental de los hechos que ocurrían en el Caquetá y Putumayo en torno al caucho, y en la que se denunció la crueldad ejercida contra los indígenas (el genocidio, las cacerías y distintas formas de explotación) y caucheros por la Casa Arana y los ingleses apoyados por los gobiernos de Colombia y Perú, y constituye un antecedente importante de la novela de la violencia de los años cincuenta, pues la violencia es el eje, el motor de las acciones y el fin de ellas.

A partir de las dos novelas reseñadas, el interés por los hechos de las caucherías fue prácticamente olvidado. Así mismo, la preocupación de las nacientes ciencias sociales y humanas colombianas por la región amazónica sólo se despertó en 1953 con el antropólogo Marcos Fulop, quien entre ese año y 1956 publicó cuatro artículos sobre "El cauchero en el Vaupés" (un artículo) y algunos aspectos de la etnia tukana; pero sólo a partir de 1968, con la aparición de |Desana, simbolismo de los indios Tukano del Vaupés, de Gerardo Reichel-Dolmatoff (1912-1994), entonces director del departamento de antropología de la Universidad de los Andes, la antropología colombiana y demás disciplinas sociales volcaron definitivamente su atención científica hacía tan olvidadas y lejanas regiones. Interés que no sólo captó la atención de colombianos, pues varios estudiantes extranjeros vinieron a realizar sus tesis doctorales sobre diferentes aspectos de las comunidades indígenas amazónicas.

Así, el libro |Holocausto en el Amazonas del profesor Roberto Pineda Camacho es la historia del genocidio perpetuado en los primeros treinta años del siglo XX contra los indígenas andoque, uitotos, boras, etc., por los empresarios caucheros peruanos de la Casa Arana (1903) y de la Peruvian Amazon Rubber Co. (1907), de la que era socio Julio César Arana, y que un año después cambió su razón social por Peruvian Amazon Company. En la obra se recoge una tradición oral, la de los indígenas, una tradición literaria expresada en |La vorágine y Toá, una tradición de denuncia, que comenzó en 1909 con varios artículos de prensa, nacional y extranjera, contra la compañía inglesa Peruvian Amazon Co., en el Putumayo, en los que se denunciaban las torturas y mutilaciones, las quemas de indígenas vivos y los incendios de sus caseríos, y que tuvo en 1912 un punto importante con la publicación del bien documentado trabajo |El libro azul del Putumayo, del cónsul inglés Roger Casement | 1 , que narra las atrocidades cometidas en las zonas de recolección del caucho en la región de Carapaná, por los afluentes del curso medio del Putumayo y en la planicie amazónica, el cual influyó en la interrupción de las brutalidades que se cometían por parte de los súbditos británicos contra los caucheros y los indígenas, denuncias que sirvieron para, de alguna manera, cambiar la deprimente situación de los indígenas en las caucherías. De igual manera, recoge una tradición académica y científica, pues Pineda Camacho comenzó a estudiar antropología en la Universidad de los Andes cuando Reichel era director, pero perteneció a la camada de irreverentes estudiantes que presionó la salida del egocéntrico personaje. Pero también recoge aportes intelectuales de la antropología posmoderna, especialmente de Michael Taussing y sus ya famosos conceptos de cultura del terror y espacios de la muerte. Constituyéndose así en un ejemplo más del siempre presente eclecticismo de nuestros intelectuales y académicos.

|Holocausto en el Amazonas es un libro fruto de un trabajo investigativo de treinta años, que ha tenido avances importantes en artículos, ensayos y tres libros: |Etnohistoria del gran Caquetá (1982), en colaboración con Héctor Llanos, |Historia oral y proceso esclavista en el Caquetá (1985) y Tradiciones de la gente del hacha. Mitología de la gente andoque de la Amazonia colombiana (1984), en colaboración con Jon Landaburu. El libro posee, además, un gran trasfondo sentimental, pues está dedicado a la fallecida esposa del autor, Melba García, quien lo acompañó y le dio el apoyo necesario en buena parte de los treinta años de aventura intelectual.

El libro está escrito en catorce capítulos, en los que se aprecia un excelente trabajo de investigación que parte de un hecho siempre presente en la historia de la Amazonia: el intenso tráfico de esclavos propiciado por los europeos, que marcó la dinámica de la cultura indígena, así como su constante resistencia, sacrificio y desplazamiento.

Los primeros cuatro capítulos son de antecedentes; en ellos queda claro que en la región amazónica predominó, desde la conquista española, una economía extractiva que se hizo notoria a partir de 1850 con la extracción de quina y de caucho negro, un permanente tráfico de mercancías y de esclavos indígenas, un proceso permanente de endeude y la existencia de una fuerza de trabajo indígena esclavizada mediante la violencia física como mecanismo económico, que, pese a la baja calidad del caucho extraído y las precarias técnicas de explotación, hacía que el negocio fuera suficientemente rentable, pues la mencionada violencia era utilizada para elevar la producción per cápita. Es particularmente importante la forma como el autor va hilando la historia regional del caucho con los procesos de la economía mundial, el desarrollo tecnológico y la multiplicación de usos, con lo que logra demostrar que a partir de ellos creció ostensiblemente, entre 1850 y 1900, la demanda de la goma como base de materia prima de diferentes manufacturas. Procesos que implicaron la vinculación de la población nativa a la actividad extractiva y al sistema de endeude, los que conllevaron importantes cambios en la cultura y la sociedad indígena.

Los capítulos 5, 6 y 7 están dedicados propiamente a contar la historia de la Casa Arana. En ellos se entienden sus antecedentes, sus formas de organización y expansión, las modalidades del sistema extractivo del caucho con la economía nativa, su impacto en la vida social, económica y étnica de las comunidades del área, pues supo aprovechar el permanente conflicto interétnico existente en la región del Putumayo y Caquetá para controlar gran parte de la población nativa y cada vez más aumentar la extracción de caucho, durante el período comprendido entre 1900 y 1930. El peso de la historia recae en las narraciones orales de los indígenas, pero articula métodos y técnicas de la antropología y la historia, sobre todo en el cotejo, comprensión e interpretación de las bien buscadas y utilizadas fuentes escritas y los datos obtenidos en el trabajo de campo. Los testimonios son citados en extenso, permitiendo al lector nuevas lecturas, pero, en general, no se mencionan los nombres de los informantes, ni la fecha y sitio de su recolección; de igual forma, se citan varios personajes comprometidos en la extracción de la siringa, pero el lector queda un tanto desorientado, pues no hay una ubicación de tales actores, por ejemplo, a lo largo del texto se habla de los negros de Barbados que se vincularon en diversas formas a la actividad extractiva, pero no se sabe por qué específicamente se escogieron de tal nacionalidad; así mismo, se cita información existente en fuentes escritas pero no se la coteja con la tradición oral y la mitología indígena.

De todas formas, el conjunto es una serie de escalofriantes y macabros testimonios en los que quedan claros los siguientes aspectos: 1. Las inicuas formas de pago, casi siempre basadas en el intercambio, lo que daba lugar a transacciones engañosas a que eran sometidos los indígenas, y las considerables ganancias que percibían los jefes, capataces y directivos. 2. El régimen esclavista y la explotación permanente, como fuerza de trabajo, a que fueron sometidos los indígenas, lo que significó su desaparición como agente reproductivo, pues todas las manifestaciones socioculturales de los indígenas se vieron afectadas. 3. Los permanentes castigos y flagelaciones que sufrieron los indígenas. 4. Un descenso radical de la población indígena, cercano al 67%, motivado, en parte, por las enfermedades virales (gripe, viruela y sarampión), contra las cuales el organismo de los indígenas carecía de defensas biológicas y los caucheros no suministraron tratamientos adecuados. 5. La vida cotidiana en el barracón, o casa central de acopio del caucho, estuvo signada por los castigos en el cepo, una permanente situación de aislamiento (entre las secciones, los barracones, los centros urbanos, etc.), el permanente retumbe de los tambores manguarés o yadikos, que constituyeron un verdadero "telégrafo de la selva", una gran cantidad de rumores, chismes y escándalos, un cada vez mayor distanciamiento cultural entre las formas de organización social y cultural de las sociedades indígenas y los patrones culturales del propio cauchero.

A lo largo del libro se muestran diversas formas de protesta, de resistencia y sublevación indígena, pero especialmente son presentadas en parte del capítulo séptimo y en la totalidad del octavo, noveno y décimo. A veces la resistencia era pasiva, como cuando el indígena destruía la taza o la botella que se le había dado como forma de pago por el caucho. Otras veces era activa, especialmente cuando los indígenas decidían huir de los campamentos caucheros controlados por la Casa Arana y refugiarse en lo más profundo del bosque (especialmente en el área del Miritiparaná) o en otros campamentos caucheros (Campoamor, controlado por Oliverio Cabrera) menos exigentes o más llevaderos, circunstancia que generó una diáspora multiétnica que marcó el posterior proceso de reconstrucción indígena de las culturas andoque, uitota, bora; o decidían no colaborar en la recolección de caucho; o cuando se daban alzamientos, revueltas y asaltos, verdaderos actos de resistencia armada, con distintas modalidades, encabezados en diferentes momentos por destacados capitanes (Katenere, Makapaamine y Yarocamena | 2 ) los que aún están vigentes en la mentalidad de los indígenas del área y son una fuente de reflexión en el contexto de las relaciones de poder regional.

Es sorprendente la similitud de formas de dominación, física y mental, utilizadas como formas de amedrentamiento, con más de trescientos años de diferencia, en la conquista española y por las empresas caucheras: los perros adiestrados para cebarse en la carne humana, las masacres y muertes violentas de indígenas justificadas como acciones preventivas, defensivas o punitivas. Así mismo, los caucheros utilizaron el rebatido argumento, para justificar su dominación y actuación, que los indígenas eran salvajes, caníbales, de una condición social en permanente guerra, y a sus chamanes se les atribuían poderes mágicos, de brujería y transformación; de igual forma persiguieron y trataron de erradicar, de manera violenta -como, por ejemplo, quemar vivos a los indígenas-, usos culturales tradicionales, como el chupe de tabaco, por considerarlos peligrosos.

De acuerdo con lo presentado por Pineda, la imagen del salvaje y del antropófago les infundía miedo e inseguridad a los caucheros, por lo que respondían con absoluta intolerancia, pero era un problema más de mentalidad, de convencimiento, pues nunca se pudieron probar actos de canibalismo, ni siquiera ritual, de los indígenas contra los caucheros, en parte porque el indígena sentía repugnancia por el "civilizado", pues su olor era hediondo, repugnante y les producía náuseas. Era tal la repulsa, que la mentalidad indígena consideró que al blanco no le penetraba la brujería debido, entre otras razones, a su mal olor y lo consideraba como caníbal por sus permanentes prácticas de barbarie.

Aunque todo el libro está lleno de aportes interesantes y novedosos, los relativos a la resistencia y protesta son bastante importantes, pues permiten visualizar, con relativa cercanía temporal, la gran cantidad de elementos de dominación y resistencia que estuvieron en juego en la conquista española y que han tenido una permanencia en el tiempo, una larga duración, por más de quinientos años. Se identifican continuidades históricas como que en la revolución de los Comuneros de 1781, los miembros (manos y pies) y la cabeza de José Antonio Galán fueron cortados, tras ser arcabuceado y colgado en la horca, el primero de febrero de 1782, y expuestos en diferentes lugares (la cabeza en Guaduas, la mano derecha en el Socorro, la izquierda en San Gil, el pie derecho en Charalá y el izquierdo en Mogotes) como escarmiento, represión y estigmatización y como prueba de la suerte que esperaba a los que intentaran acto parecido. Algo similar ocurrió el 5 de octubre de 1816, cuando fue ejecutado Camilo Torres y su cabeza fue exhibida públicamente en la picota a la salida de Santafé de Bogotá, en la Alameda Vieja, donde permaneció hasta el día 14, y se repitió en junio de 1907, cuando la cabeza y las manos del capitán Katenere fueron exhibidas por los caucheros, en el campamento de Abisinia. Así mismo, según la sentencia dictada al líder comunero, sus dos hijas fueron declaradas infames en su descendencia, sus bienes confiscados, su casa destruida y sembrada de sal, para que sólo las piedras, la maleza y los reptiles la habitaran, lo que se cumplió parcialmente, pues cuando se quiso cumplir con la quema y arrasamiento de su casa, el alcalde de Charalá tuvo que declarar que Galán no poseía domicilio en la población; no tanta suerte corrieron la esposa y los pequeños hijos de Katenere, pues, a pesar de sus lágrimas, fueron arrojados a la hoguera y quemados vivos.

El capítulo II está dedicado a contar el permanente estado de impunidad y de complicidad gubernamental que rodeó la actividad de la Casa Arana, muestra de un verdadero vacío jurídico que facilitó la impunidad de dicha empresa. Da una interesante y bien documentada visión de la actividad de sir Roger Casement en el Putumayo y las consecuencias de la misma, como de la investigación que a partir de marzo de 1911 emprendió el doctor Rómulo Paredes, de nacionalidad peruana, en la región, a consecuencia de la cual se mitigó en algo la situación de esclavitud para los indígenas. Sin embargo, la baja en los precios internacionales del caucho amazónico, motivada por las plantaciones inglesas y holandesas en el sudeste asiático, y la primera guerra mundial hicieron que la atención del mundo se centrara en otras regiones del planeta y permitieron la supervivencia de la Casa Arana sin sus socios ingleses. El capítulo za cuenta precisamente los motivos por los cuales la empresa pudo continuar sus andanzas, violando la soberanía colombiana, en el Putumayo y el Caquetá; la principal consecuencia de esta segunda etapa de la Casa Arana fue el despoblamiento indígena de amplias regiones como el Caguán, hoy de tanta actualidad. Son particularmente importantes los datos que suministra Pineda sobre la acción del gobierno peruano en la región, los que dan varias claves para entender el conflicto de 1932.

El capítulo 13 está dedicado a contar el proceso de reconstrucción de la sociedad nativa, el cual comprende desde 1932, cuando, a raíz del conflicto con el Perú, la Casa Arana abandonó la región, y 1985. En dicho proceso ha desempeñado un papel importante la tímida presencia del Estado colombiano y la dinámica étnica regional que, pese a las dificultades demográficas, ha podido reconstruir un buen número de malocas, con lo que se ha permitido el resurgimiento cultural. En general, los principios de organización tradicional y la función ritual siguen vigentes, pero la característica conciencia comunitaria tiene sus fisuras, toda vez que las nuevas entidades son comunidades multiétnicas. El capítulo 14 ejemplifica el proceso de reconstrucción vivido por la etnia andoque.

Así, el libro |Holocausto en el Amazonas de Roberto Pineda Camacho viene a llenar un vacío en la historia colombiana, no solo regional sino étnica, y deja varias inquietudes que muy seguramente los mismos alumnos de Pineda tratarán de resolver con años de paciente investigación.

JOSÉ EDUARDO RUEDA ENCISO

 

| 1 En realidad, Roger Casement escribió y publico varios libroso informes sobre lo que observó e investigo durante su permanenciaen las caucherías; Pineda Camacho centró su atención en cuatro de ellos: |The Putumayo Indians (1912), |The 1910 Diaries (1912), Correspondence respecting the treatment of British colonial subjects and natives indians employed in the collection of rubber in the Putumayo District (1912) |y Putumayo, caucho y san­gre. Relación al parlamento inglés, 1911, (1985). Los que son citados en extenso a lo largo del libro |Holocausto en el Amazonas.
| 2 Yarocamena lideró y organizó, en la sección Atenas (Alto Cahuanarí), en 1917, un movimiento de resistencia social amplio contra los caucheros que  rebasó el nivel tradicional de la acción po­lítica y militar.