Ficha bibliográfica
Titulo: BOLETÍN CULTURAL Y BIBLIOGRÁFICO 65
Autores: Banco de la República
Edición original:
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Notas:
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| BOLETÍN CULTURAL Y BIBLIOGRÁFICO 65

José Gorostiza y su Declaración de Bogotá, 1948 | 1

 

El año 1948 no fue bueno para los colombianos. Luego del asesinato, el 9 de abril, del caudillo popular Jorge Eliécer Gaitán, el clima no parecía mejorar. Así lo corroboran los informes confidenciales que el embajador venezolano en Colombia, el lúcido ensayista Mariano Picón Salas, enviaba a su gobierno. En el fechado el 7 de junio de 1948 diría: "Nuevos síntomas de violencia y perturbación pública que si no encuentran un cauce legal pudieran conducir a una guerra civil, se advierten en la vida colombiana de estos días" | 2 .

El volcán que había estallado seguía emitiendo sus rojizos resplandores, y el Bogotá que ardió por los cuatro costados almacenaba en su memoria imágenes dramáticas. Hombres de ruana con el machete en alto, mientras los tranvías eran volteados y ardían como gigantescas hogueras de duelo. Rostros lívidos de ira y almacenes saqueados sin misericordia. Apenas si un deforme cochecito para niño, con la rueda rota, quedaba abandonado en la puerta del almacén. Así me lo contó mi madre. Así lo registra Hernando Téllez en su crónica y en su posterior reelaboración literaria 3.

Ernesto Volkening, el primero en hablar con la comprensión que merecían, años después, de los cuentos y novelas de Gabriel García Márquez, trabajaba entonces como traductor y contable en la fábrica de un alemán, compatriota suyo, que producía cal. Las grandes reservas no alcanzaron para blanquear las largas filas de cadáveres que se alineaban en el piso del cementerio. Por ese Bogotá también había pasado un Fidel Castro, paralelo y contestatario del evento clave por aquellas fechas: la IX Conferencia Panamericana.

Afilado, y ardido por el fuego de la poesía -la única prueba concreta de la existencia del hombre- el embajador de Guatemala en Colombia, Luis Cardoza y Aragón, buscaba que llamas más altas y más perdurables mantuvieran vivo el calor de la amistad. El 16 de febrero de 1948 los talleres Prag, por su parte, habían impreso los doscientos ejemplares numerados y firmados del pequeño cuaderno de 32 páginas que, ilustrado por Hernando Tejada, presentaba al mundo, con el título de  |La balanza, a dos nuevos poetas: Álvaro Mutis y Carlos Patiño. Mutis asegura que la mayor parte de la edición fue devorada por los incendios del 9 de abril. Conservo, en todo caso, el marcado por el número 130.

En la Bogotá de aquel entonces, la historia y la poesía seguían cruzando sus armas, y a ese magma incandescente arribó por aquellas fechas un poeta mexicano: José Gorostiza (1901-1973). Recurro a la sobria prosa de las memorias de Jaime Torres Bodet:  |La victoria sin alas, publicadas en 1970, para dar una primera imagen suya.

|El barrio de Chapinero, donde se hallaba ubicada la casa que el gobierno me había proporcionado, parecía todavía absolutamente tranquilo. No se oían disparos próximos. Izamos nuestra bandera. Y organizamos -hasta donde era posible hacerlo- lo que juzgábamos más urgente. Cinco eran nuestras preocupaciones: averiguar el paradero de los delegados y asesores y escribientes mexicanos que no habían ido aún a mi domicilio; informar a México acerca de lo que estaba ocurriendo; recuperar los documentos de trabajo que permanecían en las oficinas del Capitolio; ayudar a [Fernando] |Gamboa en la busca de sus tesoros y obtener penicilina para José Gorostiza - que estaba en cama, con fiebre, víctima de una infección. [pág. 285]

En cama, y con fiebre. Padecería, de seguro, la infección poética. La fiebre de la creación. Comenzaría, de seguro, a perfilar el poema que publicaría aquel mismo año y que titularía  |Declaración de Bogotá. Desde su lecho de enfermo, Gorostiza vería mejor que todos ellos. Percibía "la negra montaña tempestuosa". La catedral y la plaza de Bolívar. La misma catedral y la plaza que Carlos Pellicer, en su poema  |Preludio, de 1919, había inmortalizado. Allí donde los dejativos campanazos seguían desgranando horas coloniales sobre la atonía de un pueblo gris, rezandero y solapado. "Campanas de las ocho y media / sobre la catedral de Bogotá, / me ponéis el reloj en la Edad Media / poniéndome a rezar". Pero Gorostiza cambia el tono: no la viñeta en blanco y negro sino el concierto interior. "Te hace sonar el aire: eres su flauta". Poeta: instrumento que usa la poesía para volver a cantar. Convirtiendo en "sonora estatua". Y avanza entonces la mujer-música-poesía con su "sonrisa inescrutable". Ella agita y revuelve su sangre con "un delirio de alas prisioneras". A través de la forma estricta, la jubilosa liberación. El amor vuelve a romper la cárcel del mutismo. El poema posee una gracia singular, valiosa en sí misma. Tiene además el merito, luego de su celebérrima  |Muerte sin fin, de 1938, de romper el silencio poético de Gorostiza un decenio después. Es un poema enamorado y a la vez reflexivo sobre la misma poesía, que mantiene una sugerente ambigüedad en torno al tema, a todo lo largo de su desarrollo, pero que a la vez capta de modo muy preciso el clima de la Bogotá de entonces: "La entristecida Bogotá se arropa / en un tenue plumaje de llovizna", sin desdeñar, por ello, las muy reveladoras referencias históricas al momento: "en medio de la ruina y los discursos / mi oscura voz de silbos cautelosos".

Finalmente, y con sutil ironía, el poema juega y se burla, desde el título mismo, de la prosa diplomática que Gorostiza se veía obligado a usar en su trajín como funcionario. Declara: no su fe americana sino su pasión amorosa. Con lo que bien pudiera parecer un lenguaje árido y funcional alcanza a entonar "el salmo de tus bodas". Todo un logro memorable que nos obliga a volver sobre quien lo escribió y las circunstancias en que se dio esta creación.

Por aquellos días Fernando Charry Lara, en compañía de Aurelio Arturo, lo visitó en la sede de la embajada de México en Bogotá:

Según recuerdo, quedaba por el barrio de La Soledad. Nos recibió muy amable pero la charla fue convencional. Me pareció un hombre neutro, agobiado por el trabajo y no era para menos: integraba la delegación de México a la dramática conferencia de Bogotá que daría origen a la OEA que se realizaba después de la revuelta del 9 de abril de 1948, luego de la muerte de Jorge Eliécer Gaitán. Cuando ardió Bogotá.

A mí me gustan las  |Canciones para cantar en las barcas. Tenían color y música. Escribió poco pero éste es un síntoma del buen poeta: no ser repentista. Corregir y demorarse. Además, el auténtico poeta no se la pasa mirando el reloj, para saber si es romántico, trasnochado o modernista rezagado. Escribe sólo cuando le resulta inevitable. Quien había propiciado la cita fue Cardoza y Aragón, que ya lo conocía de México, pero no pudo acudir. Eso fue todo, y un verso que todavía recuerdo: "sólo un aroma, / una sola blancura de la pluma de paloma".

Así me lo trajo vivo, en el 2001, el recuerdo de Fernando Charry Lara. Acudí entonces a las memorias de Luis Cardoza y Aragón, el contertulio ausente de esta cita, y me encuentro en  |El río (1986) con este retrato insuperable:


|Callado, silencioso. Hablaba con voz casi, casi inaudible. De lo mejor en él era tácito. Todo de fieltro. Audacia y violencia contenidas de tímido, tan buen conversador que mudo permanecía casi siempre. Sus palabras lacónicas o su silencio vi cargado de atención y perspicacia. Fuego invisible, rojo blanco. Monumento a la forma, victoria alada. Pedestal para estatua de tiempo, esbelta y fáustica. Dormida tensión, armoniosa y firme de violín, de crepúsculo. Su mordacidad fue melancólica. Un rayo en estuche de seda. Humor grave y doloroso. Convaleciente de sonrisa lacia, muy cargado de hombros, achaques y desahucios. Medita con un vaso de agua en su mano de Hamlet, muerto sin fin de sed de tiempo y espacio de cristal. El espectro de más ingenio que he conocido: José Gorostiza. [pág. 425]

Este escritor, que hacía pensar en monsieur Teste y que no vaciló en titular sus esbozos como "Del poema frustrado", era también, máscara sobre máscara, uno de los más cumplidos funcionarios del servicio exterior mexicano. Mantenía allí una clara línea de independencia política, en el plano internacional. Así lo demuestra las quince páginas de su trabajo "La tesis de México entre Chapultepec y Bogotá", fechado el 1 de junio de 1948- Uno de sus pocos trabajos diplomáticos que publicó y rubricó con su firma, donde entre una postura "bolivariana", que llevara a estos países a una "sociedad de naciones libres y soberanas", se inclina por la segunda, en un proyecto que abarque la totalidad de nuestra cultura y no sólo sus aspectos de seguridad militar. Consciente, como dice al final del mismo, de cómo "la paz no es obra de la mente humana. El pensamiento puede crear arte y ciencia, derecho e historia, pero no puede crear paz. La paz está en la voluntad que se forja en actos" (pág. 38).

Coherente con tal filosofía se opondría, años más tarde, a la expulsión de Cuba de la OEA, creada precisamente a partir de la reunión a la que asistió en Bogotá, y mantuvo vigentes las relaciones diplomáticas entre Cuba Y México cuando era subsecretario de Relaciones Exteriores.

Pero es la parquedad silenciosa de sus actos poéticos la que subsiste intacta un siglo después de su nacimiento: |Canciones para cantar en las barcas (1925) |, Muerte sin fin (1939) |y Declaración de Bogotá (1948) |.

En ésta última, su vida íntima y su tarea pública se fusionan en un enigmático manantial de música. La objetividad documental da paso a una trascendencia estética de perdurable sugestión. El cumplido funcionario ha resultado traspasado de nuevo por la acerada flecha de la poesía: "Cediendo a los dominios de la estrella / su estatura de llama endurecida". Así nos habla Gorostiza desde Bogotá:

|He aquí los hechos.
En la virtud de su mentira cierta,
transido por el humo de su engaño,
he aquí mi voz en medio de la ruina y los discursos,
mi oscura voz de silbos cautelosos que vuelta toda claridad
Declara:
Me han herido en la flor de mi silencio
|4 |.

 

JUAN GUSTAVO COBO BORDA

 

| 1 Fernando Charry Lara, Alí Chumacero, José Luis Martínez, Gabriel Zaid, José de la Colina y Álvaro Mutis han compartido generosamente conmigo sus impresiones y recuerdos de la obra de José Gorostiza y su breve pero no por ello menos fecunda estadía bogotana. Argentina Rodríguez me animó a concretar esta visión colombiana de un poema singular. A todos ellos mi gratitud.
2
Incluido en Juan Gustavo Cobo Borda, Colombia-Venezuela: Historia intelectual, Bogotá, Biblioteca Familiar Presidencia de la República, 1997, págs. 213-218.
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3 Juan Gustavo Cobo Borda, "Hernando Téllez: estética y violencia", en Hernando Téllez, Cenizas para el viento, Bogotá, Editorial Norma, 2000, págs. 9-25.
|4 He utilizado la edición de la Colección Archivos coordinada por Edelmira Ramírez: José Gorostiza: Poesía y poética (1988).