Ficha bibliográfica
Titulo: BOLETÍN CULTURAL Y BIBLIOGRÁFICO 65
Autores: Banco de la República
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| BOLETÍN CULTURAL Y BIBLIOGRÁFICO 65

Los caminos de la identidad y el mito prehispánico

 

Titulo del libro: Por los caminos del piedemonte. Una historia de las comunicaciones entre los Andes Orientales y los Llanos. Siglos XVI a XIX

Autor: |Carl Langebaek, Santiago Giraldo, Alejandro Bernal, Silvia Monroy, Andrés Barragán, con la colaboración de Jorge Morales
Editorial: Ediciones Uniandes, Bogotá, 2000, 141 págs., il.

 

En los últimos años, un nuevo tema de investigación ha aparecido en nuestro país. Los caminos y las vías de comunicación empiezan a ser objeto de los investigadores de lo social y de los de las ciencias y las técnicas. La historiografía colombiana todavía está en deuda con la comunidad académica, pues, a pesar de las tendencias de la historia social, la historia de las mentalidades, la historia de las ciencias y las técnicas, y de los once congresos realizados hasta hoy, no faltan los que siguen creyendo que la historia debe ocuparse sólo del clero, las llamadas elites y uno que otro proceso de gran aliento, como las instituciones administrativas, la esclavitud y las encomiendas. En la historiografía colombiana hacen falta estudios que precisen cuál fue el papel de las comunicaciones terrestres y marítimas en la economía del virreinato. El mito del atraso de la economía por falta de caminos parece ser más un obstáculo en la mente de los antropólogos y los historiadores que una tendencia real de la sociedad colonial. Con ello se aseguran de no alejarse de un campo bastante común y, además, se ahorran el trabajo que requiere mostrar por qué las autoridades coloniales recurrían al argumento del "atraso de sus provincias cuando se les pedían obras de comunicación".

Una historiografía conservadora ha visto en el atraso de las comunicaciones los cimientos de la construcción del mito de la  |pujanza que tuvieron que tener los hombres de finales del siglo XVIII y la primera mitad del siglo XIX, para vencer las dificultades del relieve y abrir las fronteras agrícolas de las tierras apartadas. No se nos olvide que, al amparo del mito del atraso de la provincia de Antioquia, la historiografía de la colonización ha engrandecido la imagen de los antioqueños, mostrándolos hacía afuera como "una raza pujante y verraca que con una hacha, un rosario, un carriel y un poncho" se expandió hacia otras tierras.

En este libro,  |Por los caminos del piedemonte, Carl Langebaek, Santiago Giraldo, Alejandro Bernal, Silvia Monroy y Andrés Barragán se propusieron identificar la red de caminos que unían al piedemonte con los llanos orientales. En la introducción anuncian que precisarán las técnicas constructivas, el contexto político, económico y social, y que describirán el sentido que le habían dado los habitantes de esta zona a los caminos. Para conseguir tal objetivo recurren al examen de varias fuentes manuscritas y bibliográficas, en las que muestran los nexos de las sociedades asentadas sobre la meseta del Nuevo Reino con aquellas -que estaban sobre la llanura. Intercambios de sal por oro en polvo se hacían por estos caminos y formaban parte de algunas de las redes mercantiles que se tejían, y por las que comunicaban a estas dos sociedades.

El libro está armado por un estudio documental, uno arqueológico y otro de carácter etnográfico. Y va acompañado de una extensa bibliografía y un índice de mapas. Desde el comienzo, la lectura es sugestiva y prometedora, pero a medida que se avanza las ilusiones se desvanecen porque no existe correspondencia entre los prometedores objetivos y el desarrollo del tema. El estudio arqueológico consiste en una descripción amena que recrea, al estilo de un viajero, el recorrido del camino El Morro-Labranzagrande; explica con detalles los lugares que constituyen el trazado del camino y logra identificar la función económica entre estas dos regiones. Los autores se proponen "hacer un aporte al conocimiento del sistema de su construcción". Para lograr tal objetivo se requiere de una base analítica de las evidencias materiales. En el "análisis" de la técnica, los autores no tratan el concepto del diseño de una manera concreta. pues la forma, las dimensiones, la composición técnica y estructural de camino, por citar sólo algunos componentes básicos, apenas están esbozados. En este capítulo, la investigación no consigue el objetivo propuesto, pues el capítulo carece de un análisis profundo que identifique las diferentes técnicas aplicadas en la construcción del camino, no construye una base de conceptos sobre datos analíticos reales y, por ello, simplemente, hace una exposición descriptiva de la aplicación de las normas coloniales. La técnica que identifican parece reflejar más la imaginación de lo que "debió ser" que el ejercicio minucioso para establecer la relación estructura-diseño-funcionalidad, con base en las evidencias y el análisis sobre las expresiones técnicas que sí pueden leerse en el camino. Entonces, el aporte en la composición de las técnicas constructivas del camino se queda en las expectativas que se crean cuando se lee la introducción, dejando en el lector la sensación de que el tema fue tratado con un nivel muy general.

Uno de los capítulos más acabados es, quizá, el del "Estudio etnográfico". El libro de los caminos del piedemonte trae un sinnúmero de datos que ayudan a construir el mapa de las comunicaciones en Colombia. No obstante las diferencias que se puedan tener con los planteamientos expuestos en este texto, se nota un esfuerzo por documentar las relaciones sociales de los hombres y mujeres de los siglos XVI, XVII y XVIII; para ser sinceros, los datos sobre el siglo XIX son extremadamente parciales y controvertibles. Ello se evidencia en el uso de los conceptos. Hablan, indistintamente, de Nueva Granada en tiempos coloniales y republicanos, mientras que la documentación que citan se refiere al Nuevo Reino de Granada. Tal vez por carecer de una formación histórica sólida, incurren en anacronismos y no establecen qué es lo distinto en la historia de las comunicaciones entre el periodo colonial y el republicano. Si bien algunos historiadores colombianos han establecido que entre el periodo colonial y el republicano se notan más continuidades que rupturas, es claro que, tratándose de las comunicaciones, se puede identificar una ruptura fundamental en cuanto a cómo la apertura de caminos dejó de ser una queja durante el siglo XIX, en una especie de "política de Estado". Contrario a la visión restringida que los autores muestran sobre los caminos y las vías de comunicación, considero que:

Historiar sobre los caminos es algo más que trazar su ruta, medir su anchura y localizar en un mapa su recorrido. Implica, además, detectar las formas de significación a lo largo de la historia y referenciar las huellas que dejaron en la mente de los hombres del pasado y de lo que les posibilitaron a los distintos grupos sociales que interactuaban sobre el territorio. Si el teléfono es una extensión de la voz, el camino es una prolongación de la disposición técnica de los pies y de una manera particular de exteriorización de la memoria, una proyección del deseo, de los imaginarios, de los símbolos y de la civilización de la cultura. A través de los caminos se buscaban nuevas rutas para el comercio, la agricultura y las relaciones afectivas y familiares. Por los caminos, los fugitivos de la justicia y de la Inquisición, los bígamos y los inconformes con el proyecto de sedentarización de la colonia, buscan abrirse paso en las "sociedades fractales". Por ellos, no sólo circulaban ideas y bienes materiales, sino también otras manifestaciones menos tangibles al discurso histórico. Las epidemias, la peste, la pobreza y el rumor de las "novelerías" hacían su tránsito por los resbaladizos caminos en los que el ritmo de los días se medía con otras categorías distintas de las del tiempo que se mide a horas. Un plano del "camino de los tuberculosos" en el Medellín de la primera mitad del siglo XX, trazado paralelo a otro camino real, indica los significados de control epidémico con que fue construido.

Los caminos evidencian la herida que deja el hombre en el paisaje cuando busca nuevos horizontes. Ellos indican hacia dónde dirigió sus intereses sociales, económicos, políticos, territoriales y culturales. Su antigüedad es difícil de determinar, máxime cuando han sido intervenidos y modificados a través del tiempo. No obstante, todos los caminos esconden en sus entrañas una  |trama polifónica que no debe ser reducida a la construcción de la identidad de los pueblos, ni mucho menos a, la visión reduccionista de los caminantes que, a la manera de los viajeros del siglo XIX, los ven como un medio estético. Hay que ir más allá. Por caminos, los aires del pasillo y las coplas republicanas recorrían la geografía de la patria para llegar a nuevas poblaciones en las que se quedaron para siempre. Así, por ejemplo, en el nordeste antioqueño, un etnógrafo con ojo adiestrado y oído educado podrá registrar en su diario de campo cómo una copla local de la fiesta de  |los diablitos, en el Remedios de la segunda mitad del siglo XIX, llegó por los caminos desde las minas de Porce hasta las poblaciones de Zaragoza e Ituango.

Dicen que yo soy el diablo.
Yo no soy el diablo, no.
Yo me confieso en Remedios,
y oigo misa en Yolombó.

La multisignificación puede apreciarse en las técnicas constructivas, la permanencia o desaparición de su ruta y en los pedazos discontinuos que se han conservado con vallados y canoas de desagüe. Los caminos pueden explicarse por medio de significados como el de 'tránsito, itinerario, guía, recorrido, ruta y desplazamiento'. Los caminos son a la formación territorial lo que las venas al cuerpo. Vistos a través de un mapa, ellos son las venas antrópicas de la tierra; en el siglo XIX se decía que eran las venas de la nación. Tal expresión se usó durante todo este siglo y las dos primeras décadas del siglo XX para significar que el atraso de la república tenía una relación directa con el mal estado de los caminos y las demás vías de comunicación. A diferencia de la historiografía tradicional, consideramos que esta afirmación está más cerca del imaginario burgués del progreso que de la realidad colonial o republicana.

En las fuentes manuscritas y en la cartografía histórica aparecen varias expresiones para nombrar los caminos:  |camino viejo, camino real, trocha y servidumbre. Camino viejo para referirse, bien a las rutas que se conservaban desde tiempos de la conquista, bien las que se abrieron en tiempos tempranos de la ocupación española y que los grupos indígenas utilizaban para comunicarse con sociedades vecinas;  |camino real para referirse a los que conducían a las ciudades y villas de Hispanoamérica. Sobre ellos, las autoridades coloniales establecían un control a través de puertas en las que se cobraba por la introducción, transporte y paso de esclavos, mulas, mercancías y ganado. Aunque la legislación colonial no estableció  |impuestos de pontazgo, sí trató de hacer confluir los distintos caminos hacia los ríos y puertos más importantes del reino, o bien hacia los  |puertos secos en los que comerciantes de toda laya asistían para traficar con esclavos, telas y alimentos. Finalmente, la trocha y la servidumbre definían las comunicaciones que se tejían entre los  |caminos reales y los propietarios de las  |estancias vecinas. En sentido estricto, los caminos reales eran los que comunicaban a los centros de poder colonial con las zonas periféricas.

Finalmente, en el siglo XIX, los caminos fueron los medios más útiles para los agentes de la nueva legitimidad del Estado. Por tales caminos se desplazaron los ejércitos de la Independencia y las facciones rebeldes y leales de la guerra de los Supremos. Por ellos, se difundían las ideas y rumores de la guerra, pero también los mensajes, las cartas y las comunicaciones entre quienes habían partido a tierras lejanas y sus familias asentadas en los centros urbanos. Como  |espacios para la circulación de ilusiones, los caminos guardan en su estructura silenciosa los secretos de hombres y mujeres de todas las condiciones, desde los transeúntes, los comerciantes y los funcionarios públicos hasta los recuerdos de colonos para quienes el camino les abrió la posibilidad de una mejor vida.

¿Cuánto sudor de indios, esclavos, vagos, peones, presos y colonos se esconde en los muros simétricos y las lajas con las que los técnicos se deleitan? ¿Cuál es el interés de algunos investigadores por hacer coincidir la historia de los caminos con la de las sociedades indígenas? Con sus mitos y leyendas, en los caminos de hoy la mirada del viajero se posa para observar montículos de piedra y cruces de madera con inscripciones que todavía indican qué tanto peligro pudo correr el caminante en los peores tiempos de la violencia política de mediados del siglo XX. Los caminos son la prueba más reciente de la trama polifónica del pasado y la necesidad de integrar la  |historia natural y la |historia cultural para construir nuevos temas de investigación y abrir el abanico de la explicación más allá de la historia del poder que sólo va tras el rastro de los indios y los blancos, de quienes se refugian en la supremacía de los datos para tejer los mitos de las sociedades venideras.

 

ORIÁN JIMÉNEZ MENESES