Ficha bibliográfica
Titulo: BOLETÍN CULTURAL Y BIBLIOGRÁFICO 65
Autores: Banco de la República
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| BOLETÍN CULTURAL Y BIBLIOGRÁFICO 65

Al árbol le conviene una poda

 

Titulo del libro: Grandes insurrecciones. Colombia prehispánica, conquista y colonia

Autor: |Rafael Mauricio Méndez Bernal
Editorial: Intermedio Editores, Bogotá, 2000, 359 Págs.

 

El breve escrito de Michel Foucault "¿Es inútil sublevarse?" apareció originalmente en Le Monde del 11 de mayo de 1979. Las sublevaciones pertenecen a la historia pero, en cierto modo, se le escapan, observa el autor. Mayo 68 es un buen ejemplo, como chispas incendiando la pradera, en París, en Berlín, en Chicago, en California, en Praga y en México, la tarde y la otra Noche Triste de Tlatelolco; también la chispa prende en la plaza de Tiananmen, en China, veinte años después; el fulgor del acontecimiento pareciera encandilar los espíritus, aplazándoles una y otra vez el acceso al ser del acontecimiento. ¿Qué pasó? Un turbión, y pareciera querer anidar provisoriamente en otra parte que en la historia, como por debajo de ella, o atravesándola, ocurriendo en una "nube no-histórica", como sugiere Nietzsche. He aquí como lo pone Juan Friede en el prólogo a la segunda edición de  |Los quimbayas (1977): "La lucha de los indios contra la invasión de sus tierras fue mucho más pertinaz y trascendental de la que nos presentan los cronistas, quienes se ocuparon preferentemente con la historia 'blanca' de América. La tenaz defensa de que hicieron gala los quimbayas ante la ocupación de sus tierras, constatada documentalmente, no encontró prácticamente resonancia en las crónicas coloniales".

Por su parte, en el prólogo al libro, Méndez Bernal anota: "La búsqueda de una nacionalidad, el reiterado recurso del Estado que pretende -todavía en nuestros días- forzar modelos de unificación a partir de una racionalidad abstracta, ajena, cuando no opuesta, al dinamismo de las sociedades y los individuos concretos, hallan una expresión cabal en las incontables insurrecciones que hemos padecido. Ellas nos representan, nos constituyen y nos permiten percibirnos en nuestra complejidad" (pág. 10). Bolívar, perspicaz, justo luego de la batalla de Boyacá, en 1819, ante el Congreso de Angostura, señala:

Séame permitido llamar la atención sobre una materia que puede ser de una importancia vital. Tengamos presente que nuestro pueblo no es el europeo, ni el americano del norte, que más bien es un compuesto de África y de América que una emanación de Europa, pues que hasta la España misma deja de ser europea por su sangre africana [los moros, aun los gitanos], por sus instituciones y por su carácter. Es imposible asignar con propiedad a qué familia humana pertenecemos. La mayor parte del indígena se ha aniquilado y el europeo se ha mezclado con el indio y con el africano. Nacidos todos del seno de una misma madre, nuestros padres, diferentes en origen y en sangre, son extranjeros, y todos difieren visiblemente en la epidermis; esta desemejanza trae un reato [esto es, una obligación o una deuda que queda de la pena correspondiente al pecado aún después del perdón] de la mayor trascendencia.

Si lo más profundo es la piel, ella está de manera principal en medio de nuestros desencuentros y nuestras desavenencias, bajo la trinca del colonialismo. Bolívar alerta sobre sus consecuencias.

Si por los frutos los conoceréis, ¿es, pues, inútil sublevarse? "No puedo estar de acuerdo con quien dijera -observa Foucault-, `Es inútil sublevarse, siempre será lo mismo' [la revolución americana, desde los Estados Unidos hasta la Patagonia, traicionada, igual que la Revolución Francesa y la Revolución Rusa]. No se hace ley para quien arriesga la vida ante un poder. ¿Se tiene o no razón para sublevarse? Dejemos la cuestión abierta. Hay sublevación, es un hecho; y mediante ella es como la subjetividad (no la de los grandes hombres sino la de cualquiera) se introduce en la historia y le da su soplo", incluso si "el hombre que se alza carece finalmente de explicación; hace falta un desgarramiento que interrumpa el hilo de la historia, y sus largas cadenas de razones, para que un hombre pueda 'realmente' preferir el riesgo de la muerte a la certeza de tener que obedecer. [...] Si las sociedades se mantienen y viven, es decir, si los poderes no son en ellas 'absolutamente absolutos', es porque, tras todas las aceptaciones y las coerciones, más allá de las amenazas, de las violencias y de las persuasiones, cabe la posibilidad de ese movimiento en el que la vida ya no se canjea, en el que los poderes no pueden ya nada y en el que, ante las horcas y las ametralladoras, los hombres se sublevan. [...] Nadie está obligado a encontrar que esas voces confusas cantan mejor que las otras y dicen el fondo último de lo verdadero. Basta que existan y que tengan contra ellas todo lo que se empeña en hacerlas callar, para que tenga sentido escucharlas y buscar lo que quieren decir".

El primer capítulo del libro de Méndez, "El último rebelde de la Sabana (¿el último?)", adolece de la falla anotada por Friede, y anunciada ya en la introducción a este capítulo del libro objeto de esta reseña: "Aunque la documentación a nuestro alcance es inexacta, vaga e imprecisa, nos es posible considerar la realidad de la insurrección como una constante histórica desde nuestro pasado más remoto". ¿No sería mejor decir "como una variable histórica"?, pues la constante pareciera no ser la sublevación, aun si ella ha sido inmanente a nuestra historia, sino la tiranía. En los dos primeros capítulos, el autor vuelve sobre los pasos de la historia "blanca", al decir de Friede, "en procura de un centro respecto al cual sentirse genuinamente equilibrada [nuestra comunidad titubeante] ", según escribe Méndez en el prólogo. El cacique guerrero Bacatá lidera una sublevación contra el "hijo de dios" Guatavita. "Convertido para entonces en un anciano sensualista e indolente [...] entregado a la molicie y a la codicia, terminó por delegar los asuntos estatales en sus subordinados, guardando para sí únicamente el usufructo de las contribuciones" crecientes. Echamos de menos los archivos de Sevilla, en este relato, los innumerables folios destruidos en 1949 en Cartago, cuando "un alto empleado ordenó el desalojo de un cuarto repleto de viejos papeles que declaró sin valor", nos cuenta Friede, porque "no se podían leer y la habitación apestaba". Así desaparecieron la mayor parte de los antiguos papeles relativos a la historia de la región quimbaya en su centenaria ciudad, Cartago. Es que la narración de Méndez en estos tres primeros capítulos: "El último rebelde de la Sabana, ¿el último?", "Españoles rebeldes" e "Indígenas alzados", es demasiado convencional -salvo por algunas breves alusiones, algunas luces, en el episodio de Vasco Núñez de Balboa (pág. 52), por ejemplo- para inspirarnos un buen sentimiento sobre lo que verosímilmente ocurrió, más allá de la caricatura heroica o del folletín romántico sobre la india Catalina o la Gaitana. En el primer capítulo, el autor no cita sus fuentes, pero se echan de menos las buenas fuentes. Friede dice, al comienzo del prólogo citado: "Los cronistas coloniales, que merecen todo nuestro respeto, no presentan una visión completa de esta tribu [los quimbayas, para el caso vale cualquiera de ellas] ni de su trayectoria histórica y por varios aspectos se apartan de lo que realmente es a la luz de los documentos". Así, pues, sería preciso manejar con cautela estas fuentes de los cronistas, siendo la mayoría de ellos prelados más bien que poetas; el diablo es el dios de los otros, y es su maestro, tal como dice Juan Rodríguez Freile en su célebre obra  |El carnero (pág. 15).

En breves pinceladas, Méndez revela esta especie de etnocentrismo, cuando, refiriéndose al protoestado chibcha, escribe: "Lejos quedaban sus comienzos de barbarie y terror en los cuales, en medio de angustiosas condiciones de indigencia, promiscuidad, intemperie, enfermedad e impotencia [!], aquellos hombres primitivos consiguieron mantener viva su voluntad de sobrevivencia". Pierre Clastres, en su obra  |La sociedad contra el Estado (en la Biblioteca Luis Ángel Arango), había resaltado la importancia de renunciar a la visión evolucionista que hace de los grupos guerreros, nómadas o sedentarios -como los panches, pijaos, caribes, motilones, coyaimas y otros que "constituían una permanente amenaza para el protoestado muisca" "unos pueblos mucho menos adelantados" (Méndez, pág. 17). Clastres muestra que el Estado no se explica por un desarrollo de las fuerzas productivas, ni por una diferenciación de las fuerzas políticas. Éstos son más bien ya derivados del Estado. El surgimiento del Estado no remite a factores progresivos. Los arqueólogos han encontrado que el Estado siempre ha estado ahí, muy perfecto y muy formado, a su manera, y no imaginamos sociedades primitivas que no hayan estado en contacto con Estados imperiales, en la periferia o en zonas mal controladas. El Estado mismo ha estado siempre en relación con un afuera, y no es pensable al margen de esta relación. Este "afuera" conviene a la pluma de Friede tratando sobre los quimbayas o los andaquíes, bebiendo en las fuentes de Sevilla y en el resto documental de la otra Cartago, también desolada, como cuando, en el libro de los quimbayas, nos trae la plegaria del Cabildo de Cartago: "Plega a Nuestro Señor la remedie [la rebeldía] y nos dé victoria contra estos miembros del diablo", que habían matado a tres cristianos que les enseñaban la doctrina. Friede prefiere las innumerables pequeñas sublevaciones a las grandes insurrecciones; no se contenta con señalar su existencia, sino que se sumerge en ellas, como cuando, en 1542 y en 1557, "se rebelan los páez en el valle del Magdalena, los sutagaos en el sur y los indios de la provincia de Vélez en el norte, poniendo en grave peligro a estas ciudades e incluso a Tunja y a Bogotá. También se alzaron los gorrones y los bugas en el valle del Cauca".

Nos parece que Méndez Bernal quiere plantar un árbol con muchas hojas gruesas, pero este mismo árbol impide ver el bosque, al árbol le conviene una poda, son demasiadas páginas en torno al botín de las sepulturas zenúes descubiertas por Pedro de Heredia y su tropilla, así como describiendo los antecedentes y el desarrollo de la rebelión de La Gaitana, quien "atravesada por una determinación inaplazable, enfrentó la singularidad de su destino" (pág. 167). En el capítulo sobre los españoles rebeldes, dice el autor: "Pese a las extralimitaciones [!], en ocasiones brutales, que marcaron su conducta, el conquistador nunca llegó a considerar la posibilidad de 'desnaturarse' de la Corona Española", salvo el caso, que trae el libro luego, del venido del Perú Álvaro de Oyón. Así, Méndez ignora la carta de Lope de Aguirre a Felipe II, que le hace decir a Bolívar que era "el acta primera de la independencia de América", y en la que escribe: "Avísote, rey español, que estos tus reinos de Indias tienen necesidad que haya justicia y rectitud para tan buenos vasallos como en estas tierras tienes, aunque yo, por no poder sufrir las crueldades que usan tus oidores e visorrey, he salido de hecho de tu obediencia y decidido desnaturarme de mi tierra que es España, para hacerte en estas partes la más cruel guerra que mis fuerzas pudieran sustentar e sufrir". Aguirre no podía creer en la buena fe de Sebastián de Belalcázar, y de sus herederos, cuando aquél inventa la manida divisa: "Se obedece pero no se cumple". Él sabía que las penalidades vividas por los indígenas americanos no eran producto de las "extralimitaciones" de algunos aventureros, sino que obedecían a una política imperial patrocinada, bien que mal, por la corona, pese a sus medidas "atenuantes", procurando no extinguir de una a los indios (en el siglo XVI). Aunque dejando en el olvido el caso de Lope de Aguirre, el autor reitera a lo largo de su obra la expresión "desnaturarse" (págs. 85, 125, 236; "amenaza de una horda de 'desnaturados'", pág. 253). Expresión ambigua como el mismo Natal que evoca, el cual, quizá, está situado en un foco fuera del territorio, aunque sea un centro intenso de este mismo territorio, y no sea preciso salir de él -como ocurre en las grandes migraciones solares o magnéticas, o las de salmones- para alcanzarlo, este Natal, o al menos para sentir su bocanada de aire y polvo cósmico. Bolívar, en carta de 1828 al general Páez, retorna la cuestión, cuando escribe que "la corrupción de los pueblos americanos es contraída por la esclavitud a que han sido sometidos estos pueblos", y que "sólo desnaturalizándose podrían desprenderse de los hábitos, costumbres y vicios de la tiranía".

En el capítulo sobre los "monarcas inconquistables", Bioho y Bayano, el autor mejora su encomienda, a nuestro parecer: es grato de leer y provee buena información, por ejemplo respecto al nivel tecnológico de las regiones africanas de donde venían estos negros industriosos y altivos, que conocían la metalurgia del hierro y del bronce, la cría de ganado y las artes y oficios de la estancia de caña. El libro termina como empieza, mostrando que los altos tributos impuestos a la población fue el germen de las revueltas, la indix precolombina y la de los comuneros en Santander (fe de errata con la fecha: dice 1871, debe decir 1781), al calor de los ideales revolucionarios de Thomas Jefferson en los Estados Unidos, entre otros, aunque el autor pasa por alto estas resonancias ocurridas sin duda en América. Méndez resbala al sugerir que el proceso de "conquista y colonización españolas en América no fue radicalmente distinto del que siguieron otras potencias colonialistas en distintas latitudes" (pág. 92). Sí que lo fue, radicalmente distinta, la empresa española, de la emprendida por los ingleses y por los franceses en Norteamérica, por su manera propiamente cabal de colonizar, de perseverar en su ser colectivo, sin mezclarse con los indios, a quienes exterminaban, o encerraban en guetos, al paso, y que no fueron mano de obra principal, como en el caso español con las encomiendas y mitas, salvo con los negros en el sur, lo cual dio lugar precisamente a la guerra de Secesión. Los españoles, incluso fundando ciudades, trajeron consigo una política económica rapaz del territorio, que practican hoy todavía sus herederos, los distintos grupos en contienda territorial.

Esa tendencia a presentar la conquista como una sucesión de hechos "heroicos", tonalidad predominante en este libro de Méndez, es contrastada por las palabras del cacique citadas por Friede en su libro sobre los andaquíes. El jefe indio le hizo saber a García de Lerma que "él no quería paz ninguna [la que éste le ofrecía], que le quemase los bohíos de aquellos pueblos que eran suyos, que tenía frío, que se quería calentar con ellos", pues, como asevera Erasmo de Rotterdam por esta misma época, "la paz" es cosa ambigua y, a menudo, a sus mejores defensores se les da de comer la carne del cordero que bala, algo que ilustra bien la carta de Jerónimo Lebrón del 5 de junio de 1538 a la Real Audiencia de Santo Domingo: "Háseles hecho algún daño e les talar ciertos conucos y maizales que son su mantenimiento, y hanse salteado algunos indios de la sierra. Y pienso salir de aquí a 20 días a les talar ciertas labranzas que tienen en los llanos para ver si por este camino les podré atraer a la paz, porque de otra manera [...] es imposible sujetarlos". Estas prácticas continúan hasta el sol del crepúsculo de hoy.

 

RODRIGO PÉREZ GIL