Ficha bibliográfica
Titulo: BOLETÍN CULTURAL Y BIBLIOGRÁFICO 65
Autores: Banco de la República
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| BOLETÍN CULTURAL Y BIBLIOGRÁFICO 65

Le sobran páginas

 

Titulo del libro: Las ideas políticas de Bolívar

Autor: |Ramiro de la Espriella
Editorial: Editorial Grijalbo, Bogotá, 1999, 299 Págs.

 

Es una pena que este libro, cuyo autor, según leemos en la contracarátula, es miembro de la Academia de Historia de Cartagena, esté plagado de erratas; valgan unos ejemplos: "rompería en demuestos" (sic, pág. 19), "con esta noble diferencia" (pág. 223), donde sin duda debe decir "con esta notable diferencia"; de errores ortográficos: "ironisa contra los gobiernos  |liberales" (pág. 39), "la creación de un cuerpo político escéptico" (pág. 75); suprima casi siempre el signo que abre la interrogación y la admiración (no se pueden equiparar en este sentido el idioma inglés, que prescinde de estos dos signos, y el castellano); escriba "estado" en lugar de "Estado": "Bolívar lleva incipiente su estado en la cabeza" (pág. 55), ¿un estado febril, un principio de cefalalgia?; menudean los errores tipográficos: "pastores de la antigüedad cuyo gobierno era el (sic) propio tiempo un | imperar y un  |apacentar" (pág. 95); puntos donde debe haber comas, etc., todo lo cual hace harto embarazosa su lectura. También, aunque en el prólogo de 1999 José Consuegra nos advierte que el autor le ha enviado las pruebas de una nueva edición del libro, en la página 97 resalta una nota de anacronismo: "hoy mismo los partidos comunistas de Europa reviven el cisma de las iglesias cristianas frente a la Roma de los Papas". Hay, además, problemas de edición, así, en la página 110 dice: "En el capítulo correspondiente a 'El origen de las instituciones' ya he examinado a espacio el proceso de la crisis política". Y bien, este capítulo aparece más adelante, en la página 163. Pero, sobre todo, nos resiente la manera tan árida como esta obra se concentra en los textos claves de Bolívar, citando pocas cartas suyas, tan ilustrativas como suelen ser, de modo que resulta un alivio grande ir al libro de Fernando González,  |Mi Simón Bolívar (1930), aun si le sobran muchas páginas (el libro propiamente comienza en la página 130), por las citas anecdóticas que lo frecuentan (las voluminosas  |Memorias de O'Leary le sirven mucho), aparentemente marginales, como que, al comienzo de la campaña libertadora de Venezuela, resistiéndose Santander a acudir presto, Bolívar le dice: "Marche usted, marche usted para Caracas, porque de lo contrario o lo fusilo a usted o me fusila usted a mí", que era este caraqueño un "airado de la cabeza pero no del corazón". O bien abrir el librito de Alberto Miramón,  |Bolívar, por la cantidad de información biográfica y por las anécdotas que trae -por ejemplo, acerca de la pasión de Bolívar por el baile, que cuenta Luis Perú de Lacroix en el  |Diario de Bucaramanga-, y que sin duda nos ayudan a comprender mejor el pensamiento político de Bolívar, si consideramos que sus ideas políticas tienen que ver con todo su ser. En efecto, he aquí, como relata Perú de Lacroix, que en medio de la campaña y de la campiña, si a un lado estaban las caballerizas, no faltaba al otro lado un tinglado de baile: "Sean cuales fueren las fatigas de la jornada, bailará un poquito, luego se irá a juntar a sus ayudantes, trabajará, dará órdenes. Una hora después, otra vez volvería al baile. Sus ideas eran entonces más claras, más tenaces y su estilo más elegante. Esta pasión no lo abandonará sino dos años antes de su muerte, envejecido su cuerpo más que por la edad, por el más intenso de los trabajos intelectuales y físicos, y por el dolor". En 1828 fue su septiembre negro, escondido bajo los gélidos puentes cerca a Palacio, a causa del atentado criminal alcahueteado, si no instigado, por Santander, y en el que el poeta cortesano Luis Vargas Tejada era "el alarma" (hay texto de Bolívar al respecto). Era este Bolívar un "animal político" por antonomasia, y en él no puede separarse el hombre que viaja, el que estudia, el que nada y el que rema, el que ama, el que baila en los salones y el que baila en "las trincheras", el filósofo político que escribe en su escritorio o bien mientras cabalga y el que acomete en la guerra, siendo esta última componente la clave de todo su ser: "la guerra es mi elemento".

El abuelo quería que se llamara Santiago, patrono de España, pero su padre prefirió llamarlo Simón, como Macabeo, gran luchador contra el invasor de su pueblo; como Simón  |el mago, como su tutor, Simón Rodríguez, tomó también el nombre de los primeros inmigrantes vascos Bolívar, Simón  |el viejo y Simón  |el mozo, o |el americano. Ya en relación con sus padres, se acusaba el rasgo tan característico de este personaje, quien no se ajusta a los tonos "tibios" (en el sentido en que Cristo impugna a éstos): moreno, de pelo negro rizado y ojos oscuros, como su hermana María Antonia, estos dos hermanos eran Bolívar más bien que Palacios, en contraste con otro hermano y otra hermana que eran blancos, rubios, de ojos claros, más cercanos a su madre, Concepción Palacios, quien depone al bebé en el regazo de la negra Hipólita (la cual, en 1783, tenía 28 años y valía $ 300),  |su nodriza: "Acuérdate que yo no he conocido más madre que ella", escribirá a su hermana encomendándosela. Nos parece que para comprender a cabalidad las ideas políticas de Bolívar son preciosos estos datos que leemos en el primero de los dos libritos, publicados por el Instituto Colombiano de Cultura, de Alberto Miramón,  |Bolívar, la forja del héroe (valía tres pesos en 1972), donde aprendemos que Simón era huérfano a sus nueve años, y que a los doce se voló de la casa de su tutor el tío Carlos Palacios, procuró asilo donde su hermana Maria Antonia y el marido, y, tras disputas legales, acosado por este abusivo tío suyo, fue a la postre encomendado a su tutor permanente Simón Rodríguez, quien le enseñó a Rousseau y lo sacó a caminar, a montar en mula y a caballo, a remar: "Llamo humano -escribe Bolívar- lo que está más en la naturaleza; lo que está más cerca de las primitivas impresiones", sin desmedro de porfiar también contra la naturaleza, como cuando el terremoto de Caracas, pregonado por el clero como un castigo de Dios por "tanto pecado, tanto error de la filosofía del libertinaje", a Bolívar, en mangas de camisa por la calle, el tremendo sismo le hace decir, a un realista (del rey) que encuentra al paso: "Si la naturaleza se opone, lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca".

Salvador de Madariaga, en su extensa obra  |Bolívar (1941), resalta su mestizaje -su sangre blanca, su sangre negra, como la de Hipólita, y su sangre india en su sangre mestiza-, sin el cual "no hubiera podido tener acceso -como lo tuvo- a las capas más profundas del alma de las Indias". Este mismo temperamento ardiente (era un Leo del 24 de julio), no suele admitir, cuando se lo considera despacio, más que amor, incluso adulterado, u odio, aun si taimado, como el de Santander, los dos polos del espectro de la  |simpatía, palabra que literalmente quiere decir 'con pasión'. Es el mismo caso de Napoleón Bonaparte, con toda la ambivalencia afectiva que le guardaba Bolívar, y es el caso también de Lope de Aguirre, cuya carta de 1561, en la que desafía al rey Felipe II -"Creo bien excelentísimo, rey y señor, que para mí y mis compañeros no has sido tal, sino cruel e ingrato..."-, fue estimada por Bolívar como "el acta primera de la Independencia de América", esta carta que Bolívar ordenó, en 1821, a uno de sus edecanes que copiase íntegra y que fuera publicada en El Correo Nacional, de Maracaibo, cosa que nunca se hizo y, aún más, la historia de Venezuela considera esta carta como "la prueba más evidente de lo rústico de su natural grosero y de los desacatos a los que llegó la desvergüenza y el descaro de aquel bruto". Mientras Miguel Otero Silva, en  su |Lope de Aguirre el Peregrino, acaba condenando a Aguirre al infierno, Ramón J. Sender, en su  |Viaje equinoccial de Lope de Aguirre, concluye así su novela: "Ahora, cuatro siglos después [de la muerte de Aguirre], cuando en las noches oscuras se levantan de las llanuras y pantanos de Barquisimeto, Valencia y lugares de la costa de Burburata, fuegos de luz fosfórica que vagan y se agitan a los caprichos del viento, los campesinos cuentan a sus hijos que allí está el alma errante de Lope de Aguirre el Peregrino, que no encuentra dicha ni reposo en el mundo". Bolívar también era una especie de peregrino, un extranjero en su tierra -"yo no tengo patria a quien hacer el sacrificio" escribe a José M. Restrepo, quien le pedía en 1830 que se sacrificara por la patria-, un peregrino cuyo ímpetu o estro vital, el mismo que lo empujó a luchar por desamarrar los nudos impuestos por la tiranía española y por la tiranía criolla -"estoy aquí por no querer entregar la Nueva Granada al colegio de San Bartolomé", escribe ya cerca de levar anclas para su Viaje al Final de la Noche-, este ímpetu, decimos, el célebre Madariaga convierte en mera ambición, y aún más, al final de su obra, pone en boca del mismo Bolívar -de una forma tan perversa que recuerda la truculencia de leguleyo propia de  |La carta al padre de Kafka, según cuenta el mismo Kafka a su amiga Milena, a través de la cual conocemos esta carta que Kafka nunca envió a su padre-, Madariaga, decimos, hace decir a una especie de Bolívar póstumo lo siguiente: "Nací esclavo de la pasión de mando, menos libre, como hombre, que los negros que yo mismo llamaba  |mi esclavitud, siendo así que era yo más esclavo de ellos que ellos de mí. Toda mi vida fui esclavo de mis pasiones [...] Al día le hacía falta el hombre. El hombre fui yo. ¿Quién me designó para aquel destino histórico? Mi ambición". Además, le hace decir que estaba equivocado, y que la que tenía razón era España, habiendo "bordado un gran diseño hispano-indio", que él en vano había intentado rehacer después de roto. ¿Era Bolívar, como Aguirre, un  c |onquistador de lo inútil? ¿Aró en el mar? ¿Las obras son ilusorias, como sostiene Fernando González? Pero es que tal vez uno no es hijo de sus obras sino de sus acontecimientos, y en este sentido, la acción y la pasión de Bolívar no son vanas, y él no era un Uno-Solo frente al mundo, como lo pone De la Espriella, sino que medraba en relación con  |el pueblo, la multitud. Tal como Otero Silva condena a Aguirre al infierno, así Madariaga degrada a Bolívar, "el gran réprobo de nuestra historia" -según afirma De la Espriella que "debía ser" Bolívar (pág. 18)-, y enlaza su destino al de Aguirre, pero al de Aguirretirano, no al de Aguirre-peregrinolibertario, poniendo a decir a Bolívar: "Yo no soñé que el alma en pena del tirano Aguirre que ardía en fuegos fatuos sobre las llanuras de Venezuela os tiranizaría al verterse en mar de petróleo estéril sobre vuestros valles antaño fértiles". ¿El alma de Aguirre vertiéndose en mar de petróleo? Ya Madariaga nos había acostumbrado a sus desplantes mixtificando a Colón, a quien provee de "esa impresión de espaciosa sencillez que llamamos grandeza", atributo harto cuestionable en alguien que, por ejemplo, se apodera de los 10.000 maravedís prometidos por la corona a quien primero viese tierra en América, y que correspondían sin sombra de duda al marinero de |La Pinta llamado Rodrigo de Triana, por no referirnos al desprecio que le inspiraban los  |naturales, aunque admire su buena complexión: es en estas pequeñas cosas donde se conoce a la gente, grande o pequeña; decididamente no era el talante del Almirante como el del Quijote, tal como presume Madariaga, y tampoco era Bolívar como el Quijote, "el hombre tal como debiera ser", pese a que, al final de su peregrinaje, Bolívar se comparara con él y con Cristo, por "majaderos"; es decir, por necios y porfiados.

Este libro objeto de la reseña resalta los aspectos más relevantes de la Carta de Jamaica, del discurso de Angostura, del mensaje al Congreso de Panamá y a la Convención de Ocaña, recalcando ciertos temas que se reiteran una y otra vez, "la civilización produce una indigestión en nuestros espíritus", por haber sufrido el triple yugo de la ignorancia, la tiranía y el envilecimiento desde la conquista, ha madurado el cuerpo mas no el alma, temas sobre los que Bolívar mismo vuelve desde la Carta de Jamaica en 1815, donde escribe: "No somos ni indios ni europeos, sino una especie media entre los legítimos propietarios del país y los usurpadores españoles: en suma, siendo nosotros americanos por nacimiento y nuestros derechos los de Europa, tenemos que disputar éstos a los del país y que mantenernos en él contra la invasión de los invasores; así, nos hallamos en el caso más extraordinario y complicado". Es como si nos hubieran puesto a luchar contra nosotros mismos. Bolívar era "el hombre de las dificultades", así lo ve De la Espriella, como un ser que también se contradice, que vacila, que se vuelve sobre sus pasos, siempre obstinado y a la postre consecuente; sin embargo, por otro lado, el autor declara al mismo tiempo que "la historia es sabia [...] y no se contradice" (pág. 100); uno se queda pensando: ¿la historia es sabia y no se contradice?, como cuando afirma que "está en la naturaleza de las cosas el  |parto sangriento de la historia" (pág. 35), y que la tiranía es una fase natural del desarrollo de los países; resulta por lo menos cuestionable esta atribución racionalista de la historia. Bolívar era "el hombre de las dificultades", como Hamlet era "el príncipe del peñasco", y es a este personaje melancólico, o a la sombra de su padre asesinado por su tío usurpador y su madre reina, a quien el autor pareciera evocar al principio cuando escribe: "¿Por qué un hombre que padeció tanto, que murió tanto, tan distinto y tan lejano de todos los demás hombres, y tan diferente de quienes lo exaltan y encomian, resulta a la postre, y en último término, el fantasma recalcitrante y obligado de nuestra desolada pesadumbre?". Y luego: "En verdad, Bolívar debía ser el gran réprobo de nuestra historia" (pág. 35). Ya hacia el final, leemos: "Un Bolívar moribundo transitaba aún por la historia. No permanecía pero su sombra era eso: una sombra" (pág. 151). Estaban en las componendas alrededor de su "dictadura": "Bolívar no esquiva el compromiso. Mas ahora no es el solo dueño de la situación. Las sombras de sus amigos hacen sombra a su sombra" (pág. 154). Hamlet hizo del ánimo y la promesa de venganza, prometido a la sombra de su padre que se le aparece en las terrazas del castillo de Elsinor, una empresa de abolición que corona con su propia muerte. Nos preguntamos si no está ligado este evento, que compromete fatalmente a Hamlet y a quienes tiene cerca, con el acontecimiento de la toma del Palacio de Justicia realizada por el M-19 en 1986, que el cineasta Jorge Alí Triana recrea al final de su segunda aproximación al personaje, ahora con "Bolívar soy yo", película en la que precisamente el Bolívar se empeña en cambiar el final de la historia, trágico, lo van a fusilar, y en el entrevero, el destino del personaje resulta tan infernal como el de don Juan (de Mozart, en el filme de Joseph Losey), igual al de tantos jueces, guerrilleros y civiles en la toma del Palacio, la demolición concertada que pareciera atraer la figura de Bolívar, vuelto un fantasma, en su intermitente reaparecer, y que hace a De la Espriella evocarlo con abierta melancolía, incluso cuando razona: "Su presencia es nuestra deuda. La deuda de patria que padecemos" (pág. 19). El Padre de la Patria vuelve como el padre de Hamlet, como un fantasma, y fue así como escribió al general Briceño Méndez en 1828: "...¿para qué necesitaré yo de Colombia? Hasta sus ruinas han de aumentar mi gloria". A lo que anota De la Espriella: "Históricamente el vaticinio es cierto:", es porque se disolvió la Gran Colombia que sobreviven sus ideas, en la medida en que su obra no alcanzó a cristalizar "permanece como pensador político" (pág. 197). Sólo que doscientos años no han pasado en vano, y nos parece que el autor, intentando hacer valer en la actualidad las ideas políticas de Bolívar, las invoca sin mella del tiempo, pasando por alto las profundas variaciones en las relaciones de poder político que han ocurrido en todos estos años, y que precisamente afectan sobre todo a los Estados del Tercer Mundo, en su relación con "el pueblo" (que falta) y con los Estados del Norte, que han modificado sus economías y sus políticas sobre todo desde la segunda Gran Guerra, sin desmedro de las importantes referencias que el libro trae al pensamiento proyectivo y precursor de Bolívar, por ejemplo en relación con la política de los Estados Unidos, y su antagonismo con Santander, a propósito del Congreso de Panamá.  |Actualizar a Bolívar es algo complicado, siendo como era él, un ser opaco y complejo, pero sin duda que, si viviera, no repetiría sus argumentos, no leería más a Bonaparte y habría remontado quizás las tesis de Clausewitz, particularmente su divisa: "La guerra es la continuación de la política por otros medios", hasta encontrar que Clausewitz había invertido una tesis difusa que circulaba ya a partir de los siglos XVII y XVIII, tal como nos muestra Foucault en  |Genealogía del racismo (1976), donde asevera que "la ley no nace de la naturaleza, junto a las fuentes a las que acuden los primeros pastores. La ley nace de conflictos reales: masacres, conquistas, victorias, que tienen su fecha y sus horríficos héroes [...] La ley no es pacificación, porque detrás de la ley la guerra continúa encendida y de hecho hirviendo dentro de todos los mecanismos de poder [...] No existe un sujeto neutral. Somos necesariamente el adversario de alguien. Una estructura binaria atraviesa la sociedad. Hay siempre dos grupos, dos ejércitos que se enfrentan". O uno está con Bolívar o uno está con Santander, no hay término medio, aunque haya muchos matices en esta adhesión, y aún truculentas perversiones, ellos son animales políticos  |incomposibles, en cuanto que el mundo donde se criaron los hace necesariamente incompatibles, divergentes, contrarios, una alma del llano y una alma de "lanudo" (aunque Santander era de Cúcuta, se hizo hijo adoptivo del alma de Bogotá).

¿Estaba Bolívar solo, como insiste en afirmar De la Espriella, Uno-Solo contra el mundo? Es una idea del romanticismo alemán, así como la peregrina idea de "la tierra virgen", después de la guerra de independencia, que reitera el autor, y que el personaje de Bolívar no deja de evocar, aunque él era complejo y opaco y más bien estaba en relación con  |el pueblo. Quizá su más justa expresión la capta, no tanto el historiador -siendo el hombre de la tempestad, intempestivo, pertenecía más a la esfera del acontecimiento que de la historia, a la que sigue eludiendo, como el pintor Lorenzo Jaramillo, en su retrato del Libertador, al lado del retrato de Rimbaud que también pinta, siendo que las últimas palabras de estos dos peregrinos, Rimbaud en Marsella y Bolívar en Santa Marta, fueron casi las mismas: "Vámonos... vámonos... esta gente no nos quiere en esta tierra... vamos, muchachos... lleven mi equipaje a bordo de la fragata...".

 

RODRIGO PÉREZ GIL