Ficha bibliográfica
Titulo: BOLETÍN CULTURAL Y BIBLIOGRÁFICO 65
Autores: Banco de la República
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| BOLETÍN CULTURAL Y BIBLIOGRÁFICO 65

Un señor poco común

 

Santa Eulalia: Memorias de una casa abierta (Biografía de Enrique Uribe White)

Autor: |Efraim Otero Ruiz
Editorial: Ediciones Fondo Cultural Cafetero, Bogotá, 1999, 95 Págs.

 

Efraím Otero Ruiz, el autor de esta biografía, es profesional de la medicina, ex ministro de Estado, ex presidente de la Academia Nacional de Medicina, director de Colciencias, presidente de la Sociedad Colombiana de Historia de la Medicina, miembro de la Sociedad Bolivariana y correspondiente de la Academia Colombiana de Historia, galardonado en concursos de poesía, finalista en otro de cuento, traductor de poetas norteamericanos e ingleses, honores éstos representativos de su devoción por el quehacer intelectual.

Las buenas y novedosas fuentes de que está nutrido este libro vienen de la amistad que biógrafo y biografiado mantuvieron durante muchos años, estimulada por el fervor hacia intereses que les eran comunes, los de la cultura, que en uno y otro reverdecían aún más con el diálogo inteligente, crítico, sin que faltaran los desacuerdos, las confrontaciones y las conciliaciones muy propios entre traductores de poesía, más aún en el caso de Enrique Uribe White, temperamental, erudito, controversial y experto en el conocimiento del idioma inglés.

Este libro, editado por el Fondo Cultural Cafetero (1999), trae un prólogo del doctor Belisario Betancur, en el que describe a Uribe White como personaje que lleva a evocar el Renacimiento italiano, por su versación en distintos aspectos del pensamiento, por su interés en conversar con sus pares sobre arte, poetas y poemas, traducciones, a la vez que sobre las innumeras inquietudes científicas e intelectuales que atenaceaban su espíritu.


Efraím Otero Ruiz nos lleva de la mano por la que fuera residencia de Uribe White en los últimos años de su vida -Santa Eulalia, en Bogotá-, la que evoca entre la nostalgia y la emoción, como que sus paredes albergaron mucho afecto y muchos recuerdos, que lo llevan a escribir: "Por ella pasaron tantos amigos y a la vez fue refugio de tantas confidencias, de tantos juegos mentales, de tantos actos brillantes del intelecto, que uno quisiera sus ladrillos y sus muros fuesen grabadoras electromagnéticas y conservaran para la posteridad siquiera fragmentos de lo que una vez oyeron o admiraron".

La construcción de la casa correspondía a un diseño elaborado por su propietario, en quien se conjugaban con el ingeniero experto la imaginación creadora, la rebeldía ante los convencionalismos, una personalidad definida, la tenacidad en la acción, que le permitieron hacer un trazado original que consultaba, desde el punto de vista arquitectónico, sus personales intereses, abrigo de sus inquietudes y pretensiones múltiples. Fue allí el habitante gozoso de su propia creación.

Cuenta Otero Ruiz que Uribe White nació (1898) en "la hacienda señorial Valparaíso, que se encontraba en las vecindades de Tuluá", que su padre fue el eminente médico doctor Tomás Uribe Uribe, "hermáno del doctor y general Rafael Uribe Uribe"; que su madre, Luisa White Uribe, era "mujer de gran cultura", que leía "hasta altas horas de la noche libros en francés, en castellano y en inglés". El "cultivo de otros idiomas y sobre todo de este último venía ya como una tradición de familia". Pasa a referir los antecedentes familiares del apellido y las acciones cumplidas en el país. Cita a Rafael Serrano Camargo, "su cuñado y biógrafo", para dar noticias de su vida durante aquellos años, entre otras "que culminó con éxito la carrera de ingeniero en la Escuela de Minas de Medellín". La docencia que allí se impartía lo era por eminentes profesores y había rigor en los estudios, lo cual le ha permitido conservar a la Escuela una aureola de sapiencia.

Uribe White estudia en los Estados Unidos, donde se especializa en ingeniería civil, y en este libro se encuentran referencias a su permanencia allá, a sus actividades, a sus amistades, y a episodios muy significativos en su vida. Luego, su regreso al país, los compromisos profesionales que adquirió, ya en la costa, ya en el sur, en donde tuvo la oportunidad de conocer, entre otros, al maestro Guillermo Valencia, con quien hizo una gran amistad en lo personal e intelectual, sobre quien se detiene en muchas páginas el autor de esta obra. Conoció, también, al poeta y traductor Carlos López Narváez, con quien mantuvo trato permanente, dada la pasión que uno y otro tenían por las traducciones y en cuya labor tuvieron las diferencias propias de una actividad que ofrece, para su realización, tan variados caminos.

Da noticia de cómo surgió su afición a la música y la idea de publicar la revista Pan, que marcó una época en el mundo intelectual y editorial colombiano; su iniciación en la vida política y cómo, habiéndole sido ofrecido por el presidente López Pumarejo, en su segunda administración, el Ministerio de Educación, no aceptó, y sí el cargo de director de la Biblioteca Nacional, que encontraba cercano a sus preferencias.

Armador de veleros, navegante a toda vela, constructor de su casa con imaginación inusual en la cual albergó símbolos marinos y representaciones planetarias, creador de espacios para alojar sus sueños, con amplios ventanales al paisaje decorado de pinos y de flores, con silenciosos recodos para el trabajo intelectual, con gatos siempre discretos en su ejercicio de compañía.

El autor de esta biografía describe esa casa en detalle, con delectación y nostalgia, advirtiendo cómo estaba dispuesta para múltiples servicios dentro de los variados propósitos creadores de su dueño, volcado, como era su afición, sobre disciplinas diversas: el arte y la historia, en su comunidad de caminos, la astronomía y la náutica, en su reciprocidad de lecturas, la astrología y el zen-budismo, en sus influencias inadvertidas, la tertulia y el solaz. A todo esto agregaba libros, planos, esculturas, pipas, diccionarios en varios idiomas, cuadros, iconografías y, como una distracción más para las horas de descanso, una mesa de billar, un viejo y enorme radio marca Telefunken que le aseguraba una cercanía a lo distante, el deporte de la arquería como una diversión más.

Visitantes nacionales y de procedencia extranjera, llenos de conocimientos, de merecimientos y de admiración y cariño hacia el maestro, integraban la tertulia abundante en sabidurías, en especial los días sábados y domingos, en que estaban aún más abiertas las puertas de su reino de vida, ideado por él con imaginación y alegría muy propias de su temperamento.


Y a todos estos desplazamientos intelectuales agregaba su condición de traductor exigente, de crítico literario implacable, de polemista bien equipado para la controversia, de inteligente conversador, de amigo afectuoso, de indagador de mundos, que paseaba su mirada por estrellas y constelaciones, museos, hazañas de héroes y la aureola de las imágenes sagradas. Amigo afectuoso y persona cordial en la comunidad de intereses que los reunía bajo su alero familiar.

Valioso testimonio de amistad y recordación, de reconocimiento y exaltación a un nombre y a una existencia comprometida con los más altos intereses de la cultura, de la que fue habitante sin pausa ni fugas, como que le representaba la atmósfera vital necesaria a cada día. No otra es la gratísima sensación que queda después de leer este libro, escrito con respeto y hondo afecto hacia el amigo, hacia el intelectual, hacia el admirable ser humano que era Enrique Uribe White.

Libro que, a la vez que constituye un gran aporte para el conocimiento de la personalidad -poco común y que suscita admiracionesdel biografiado, honra y acrecienta el orgullo de la ciudad donde él balbuceó las primeras palabras e inició su diálogo vital, al calor de un hogar en el cual la inteligencia, la bondad y el señorío mantuvieron su presencia en forma permanente.

 

OSCAR LONDOÑO PINEDA