Ficha bibliográfica
Titulo: BOLETÍN CULTURAL Y BIBLIOGRÁFICO 65
Autores: Banco de la República
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Notas:
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| BOLETÍN CULTURAL Y BIBLIOGRÁFICO 65

Enano, demasiado enano

 

Titulo del libro: Memorias enanas

Autor: |Elkin Obregón
Editorial: Colección Celeste, Editorial Universidad de Antioquia, Medellín, 2000, 62 págs.

 

Elkin Obregón fue conocido inicialmente, hace unos veinticinco o treinta años en Medellín, como caricaturista del periódico El Colombiano. También en casas de ciertos amigos podía verse tal cual acuarela que nos señalaba que, aparte del oficio de caricaturista, ejercía el de pintor. Más tarde conocimos sus dotes de traductor. Si no estoy mal, lo primero que tradujo del portugués fue un pequeño volumen con poemas de poetas brasileños, Manuel Bandeira entre ellos. Más adelante se supo de su traducción de las novelas de Nélida Piñón. Pero salvo unas crónicas publicadas en la década de los ochenta, en  |De Paso, un libro colectivo dedicado a este género cuyas páginas compartía con Víctor Gaviria, Iván Hernández y Elkin Restrepo entre otros, no teníamos noticia de que fuera escritor. Parece ser que en los días de la navidad del año noventa y nueve, al quedarse durante una temporada solo, pues sus habituales amigos habían salido de vacaciones fuera de la ciudad, Obregón se compró un cuaderno escolar y un lápiz y se sentó a escribir -aprovechando los días apacibles de fin de año- sus recuerdos de infancia. Según sus propias palabras, nunca había pasado unas mejores vacaciones, ni más baratas: cerca de dos mil pesos. El resultado es un pequeño volumen de 62 páginas en el que aparecen veintisiete textos breves, ninguno de ellos de más de dos páginas, en los que van pasando, deshilvanadas, sus memorias.


Los libros de memorias son de diferente índole: los hay dolorosos y desgarrados, los hay pedantes y pretenciosos, los hay amenos, entretenidos e incluso, creo, abundan los bobalicones. Pero creo que todos suscitan en el lector las ganas de escribir, pues aunque no se tenga el talento necesario para urdir grandes zagas en las que esté cifrado todo el destino humano, aunque estemos desprovistos de la agudeza para desentrañar las claves de la existencia en episodios heroicos, todos tenemos historias de nuestras vidas, recuerdos, memorias, que sin duda merecen ser narradas, dando por descontada, claro está, una mínima destreza necesaria.

Ajenas a la sensiblería con la que suelen mirarse los hechos de nuestros primeros años, estas páginas escuetas están cargadas de un tono evocador y amoroso. Es obvio que hay pasajes crueles y duros -porque la infancia es así- como el del niño de  |El culpable que se orina en clase y a quien la maestra humilla ante todo el curso y que después, como una sutil revancha, aparece como un ser superior, pues es visto rumbo a sus clases de violín cargando el estuche con el instrumento. Esos mínimos incidentes del colegio son los que a nuestros ojos de adultos se nos revelan como las escenas definitivas sobre, las cuales la vida tejerá insospechadas variantes, pues en el colegio "conocemos por primera vez al mezquino, al hipócrita, al noble, al astuto. También al gracioso, al tonto, al que por alguna razón o sin ella nos inspira afecto o rechazo: son nuestros condiscípulos, y también, quizá en menor escala, nuestros profesores. Todo está allí, hemos entrado sin remedio a la vida. Los años no harán otra cosa distinta que desplegar, con luces y sombras, ese abanico".

En este tono encantador van apareciendo el abuelo, el tío Jorge, los vecinos rusos, el viaje a Cartagena, los primeros amores con la vecina de la finca, las primeras lecturas. Es un tono en el que, si bien hay reflexión, se nos exime de la enseñanza moral. Este libro tiene alguna cercanía, y es de cierta forma un homenaje  |a La gloria de mi padre, el inolvidable relato de memorias del escritor francés Marcel Pagnol; incluso en alguna de estas breves prosas, al hablar del padre, lo nombra con el título mismo de este libro.

El género de estos textos es impreciso (si es que hay algún género que sea preciso): pueden ser crónicas, pueden ser poemas en prosa, pero son esencialmente eso: memorias, retazos, fragmentos, recuerdos de una vida. El problema es que el lector queda con ganas de más, pues este libro es enano, demasiado enano. Se me dirá que no se debe pedir extensión o brevedad a los textos que ya están. Pero yo creo que sí, que habría que decirles a todos los amigos de Elkin Obregón que lo abandonen, que lo dejen solo, que no vuelvan a llamarlo por teléfono, que no lo inviten a fiestas ni a paseos, y que deslicen en su mesa algunos cuadernos nuevos y unos cuantos lápices. Los lectores de Obregón sabremos agradecérselo a todos ellos.

 

FERNANDO HERRERA GÓMEZ