Ficha bibliográfica
Titulo: BOLETÍN CULTURAL Y BIBLIOGRÁFICO 65
Autores: Banco de la República
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| BOLETÍN CULTURAL Y BIBLIOGRÁFICO 65

Un golpe explosivo y repentino que venía de adentro de la tierra

 

Titulo del libro: La tragedia continúa: el terremoto contado desde adentro

Autor: |Oscar Manuel Escamilla Valderrama y José Luis Novoa
Editorial: Universidad de Antioquia, Medellín, 2000, 2.ª ed., 229 págs.

 

Hoy, cuando los satélites construidos por hombres y mujeres surcan el espacio, el genoma humano es develado y ninguna otra especie distinta de nosotros mismos nos amenaza, es fácil pensar que los seres humanos somos dueños y señores del planeta. Sin embargo, cada año la Tierra está presta a sacarnos de nuestro error por medio de una variedad de desastres naturales: terremotos, inundaciones, erupciones, |tsunamis, etc. Desde cierta óptica, todos ellos parecieran no tener otra función que la de restar fuerza a la soberbia humana, que nos lleva a arrogarnos el título de señores del planeta sin merecerlo.
El lunes 25 de enero de 1999 a la 1:19 de la tarde, la Tierra dejó sentir su poder en el Eje Cafetero. El sismo sólo tuvo una intensidad de 6,0 grados en la escala de Richter, por lo que estaba en la frontera incierta entre un temblor común y un terremoto; así que, en teoría, sólo debería dañar seriamente las construcciones más débiles. Sin embargo, la ciudad de Armenia fue devastada, 1.185 personas murieron y hubo un número de damnificados diez veces mayor que en Armero. ¿Cómo pudo suceder esto?

Como revela este libro, las razones principales de la tragedia fueron, no las fuerzas naturales, sino la estupidez y arrogancia humanas. A lo largo de este extenso reportaje, la denuncia periodística es constante. Entre otras cosas, se habla de la total desobediencia de las autoridades municipales y departamentales a las normas de sismorresistencia; de la pésima planeación urbana; de la tan inolvidable como patética pelea entre el gobernador del Quindío y el alcalde de Armenia, principal causa de la descoordinación y confusión estatales que tanto daño hicieron a las víctimas; y de la ineficiencia burocrática, única responsable de la demora en la entrega de alimentos y, en consecuencia, de los saqueos que ocurrieron después.

Es importante la denuncia, al menos para conservar la esperanza de que los errores y los atropellos no vuelvan a repetirse, así en nuestro país a veces parezca que el papel se acabará antes que los problemas terribles. Sin embargo, este libro no es sólo una denuncia periodística. Es eso y algo más... Afortunadamente, pues en "lo otro" es donde está la mayor parte de su fuerza.

El periodismo es una de esas profesiones exaltadas y denigradas más allá de toda medida. Lo que pasa con el periodista se parece mucho a lo que sucede con el médico. Al periodista lo rodea un "aura", porque es el encargado de mostrar a la inmensa mayoría de la población los "síntomas" de las enfermedades que corroen la sociedad donde vivimos. Quizá por eso al periodista se le pide que sea objetivo, que evalúe sin comprometerse. Tal como sucede con el médico, las escuelas de periodismo clásicas forman al periodista para que sea una máquina, capaz de realizar su trabajo sin que sus emociones interfieran. De ese mismo fondo inhumano, donde sólo la ambición se considera una emoción profesional, salen por igual tanto la noticia fría como el sensacionalismo amarillista, ya que hay cosas sobre las que sólo un autómata es capaz de escribir.

En ese sentido, este libro rompe los esquemas, gracias al uso del más liberador de los géneros periodísticos: el reportaje. Un camino marcado por huellas tan ilustres como las de Castro Caicedo, García Márquez y Silvia Galvis, pero que aún tiene mucho trecho por recorrer en nuestro país. De hecho, aunque el reportaje basado en los conceptos del nuevo periodismo tiene ya decenios en los medios de comunicación europeos y norteamericanos, no es frecuente verlo en nuestros lares. Esta obra sobre el terremoto de Armenia -ganadora del Premio Nacional de Reportaje y Crónica Periodística Universidad de Antioquia 1999- corre además otro riesgo: a menudo el periodista toma su propia voz y relata desde lo que comió al almuerzo hasta las dificultades para mantenerse "objetivo" frente a la catástrofe que presencia. No es un periodista-máquina, es un periodista-testigo.

|Habíamos acabado la sopa y comenzábamos a comernos los frijoles del seco cuando se sintió un golpe explosivo y repentino que venía de adentro de la tierra y que reventó en la superficie. Primero lo sentimos en la planta de los pies y después en la cabeza. Luego hubo un ruido, el más extraño que he sentido en mi vida, un atronador gemido que parecía el lamento de un animal terriblemente grande. Fue un golpe seco, un golpe que levantó todo lo que estaba ahí: levantó las mesas y los asientos, y nos levantó a nosotros de donde estábamos sentados. [pág. 10]

Gracias a esta intromisión del periodista, la tragedia del eje cafetero gana no sólo en realismo sino en humanidad. Estamos viendo los sucesos sobre los que leemos a través de los ojos de otro ser humano, no de un autómata bien entrenado. Y de este modo se consigue algo que es cada vez más difícil en el periodismo escrito: impactar con las palabras más que con las imágenes televisadas. En el libro no sólo vemos rostros angustiados, sino que sentimos esa angustia; no sólo nos estremecemos ante la pequeñez de lo humano, sino que palpamos el terror de una ciudad donde de un día al otro se vienen abajo todos los referentes de la cotidianidad; no sólo se nos muestra un ejemplo de valor ante la adversidad, sino que respiramos el mismo aire de los sobrevivientes que continuaron a pesar de haberlo perdido todo.

En este punto, algo especialmente interesante es que, gracias a que el periodista confiesa sus flaquezas -miedo, impotencia, hambre, desconcierto-, la misma escena que resultaría odiosamente amarillista en la pantalla de un televisor se convierte en un suceso cargado de ternura y horror.

|Cuando entré al barrio Uribe dejé de ser el periodista frío porque vi la primera de las imágenes que me perseguirían durante esos días. Se trataba de un hombre joven en una motocicleta con una niña de unos cuatro años. Morena, con una cara hermosa y cabello crespo, en el que llevaba prendidas un par de pinzas, tenía un vestidito infantil y un par de moretones en el rostro. Me paré dos pasos frente a él y me puse a observarlo fríamente: el hombre insistía en llevarse a su hija muerta al hospital. "Está viva, está viva -les decía a los familiares, quienes le replicaban que no, que la niña ya estaba muerta-. Es que ustedes no la ven, pero ella está viva ", les insistía, y trataba de montarla en la moto, pero lo más desesperante era que no encontraba la forma de acomodarla. Si la ponía adelante, la niña, que era un cuerpo inerte, no tenía como agarrarse. Entonces él la apretaba contra el pecho y trataba de acelerar, pero necesitaba la otra mano para meter el embrague, y si lo metía, no tenía modo de acelerar. No podía hacer nada. Tomaba las manos de la niña para intentar que le rodearan el cuello y que ella se estuviera así, abrazada. Pero la pequeña no tenía cómo cerrar y apretar sus manos. Después el hombre la sentó detrás de él e intentó meterle las manitas en los bolsillos de su pantalón, para que se sostuviera. Sin encontrar ninguna solución le pidió a un familiar que se sentara en la parte trasera y lo abrazara a él, para que entre los dos sostuvieran a la niña mientras la llevaban al hospital. En un par de minutos el cuerpo desgonzado de la niña bailó alrededor del hombre mientras él intentaba enrollársela, subirla, aguantarla, pero nada le resultaba, y no quería darse cuenta de que su hija había muerto y que ya no había nada que hacer. [pág. 59]

En el libro hay algunas fallas relativamente obvias. Por ejemplo, en la jerarquización de los temas, pues se relatan algunos sucesos que, por estar al margen de la tragedia, sin duda podrían ser obviados; o cierta descoordinación entre las partes que revela que fue concebido a cuatro manos. Sin embargo, la obra resalta con fuerza, como un reportaje completo, ameno y multifacético.

La tragedia continúa no sólo es un libro sobre un desastre. Además de aquellos elementos particulares del terremoto -especialmente la denuncia de la ineptitud y desidia estatales-, el reportaje es también un retrato de nuestra sociedad. En la obra encontramos múltiples ejemplos de nuestras principales características: un pueblo valeroso, donde los enfermos no se quejaban en los hospitales porque pensaban que el paciente de al lado estaba peor; y una sociedad egoísta, donde la mayoría de los habitantes del norte de Armenia se mostraron por completo indiferentes a la caída de los barrios populares. Hallaremos tanto la hermandad, en la forma de las múltiples ayudas que llegaron al Quindío, como el abuso, reflejado en la especulación con los alquileres después del terremoto.

Por todo esto, quizá el mejor halago que puede hacérsele a este libro es que se trata de un reportaje sobre hombres y mujeres escrito por periodistas que se confiesan humanos.

 

ANDRÉS GARCÍA LONDOÑO