Ficha bibliográfica
Titulo: BOLETÍN CULTURAL Y BIBLIOGRÁFICO 65
Autores: Banco de la República
Edición original:
Edición en la biblioteca virtual:
Notas:
Consulte y lea en línea libros completos, textos, revistas, imágenes y páginas interactivas sobre temas relacionados con Colombia.

|
|

Desastres naturales, rogativas públicas y santos protectores en la Nueva Granada (siglos XVIII y XIX)

JUAN CARLOS JURADO JURADO | 1
|Trabajo fotográfico: Ián Flórez. Colecciones Biblioteca Luis Ángel Arango

 

|Es dogma de fe católica que Dios produce todas las causas y efectos; y siendo efectos naturales los terremotos, truenos y tempestades, concurre Dios a su producción, como a otro cualquier efecto natural.
(
Cevallos |, Censura de las Cartas de Feijoo sobre terremotos)

Los peruanos consternados ante un eclipse de luna (tomado de Découverte de i'mérique, París, imprenta de J. B. Imbert, t. 3, 1812).

¿Como eran enfrentados los desastres naturales en los siglos XVIII y XIX, cuando no existían los mecanismos institucionales que hoy conocemos bajo el moderno concepto de la 'prevención de desastres', con todo su sistema de ayudas tecnológicas, médicas e institucionales? Los desastres se asemejan a las enfermedades, al ser un elemento de |desorganización social y un factor de temido desarreglo para la vida cotidiana, por lo que permiten hacer visibles las articulaciones internas de una sociedad y las tensiones que la atraviesan. Son un punto privilegiado para percibir el significado de mecanismos administrativos y prácticas religiosas en torno a fenómenos que vulneran una comunidad, así como la imagen que una sociedad tiene de sí misma | 2 .

A pesar de que los archivos coloniales y republicanos poseen información dispersa sobre el tema, es posible identificar la manera como se sucedían con recurrencia fuertes temporadas de invierno que obstaculizaban el comercio y la movilización de personas y mercancías. Los documentos históricos también permiten conocer la ocurrencia de tempestades, granizadas, inundaciones, largas temporadas de sequía, vendavales, erupciones volcánicas, terremotos y deslizamientos de tierra y lodo. que podían arrasar cultivos, animales del campo y poblaciones enteras. Al hecho de que sucedieran estos eventos, contribuían las acciones humanas de intervención sobre los paisajes naturales.

Extendiendo el concepto de las catástrofes a otra serie de eventualidades no "Geográficas", pueden sumárseles las plagas de langosta u otros insectos, que trastocaban la vida local al arrasar extensos cultivos dejando sumidos en el hambre a grupos de población. También, |las catástrofes epidémicas, podían tener efectos desvastadores en aquella época, siendo las más comunes las de sarampión, viruela, fiebre amarilla y cólera, designadas con el nombre genérico de |pestes | 3 .

La precariedad de las construcciones y del mundo urbano colonial para contener y domeñar los desbordantes flujos de agua de quebradas y ríos en los inviernos; la falta de eficientes tecnologías de construcción antisísmica; la inexistencia y desconocimiento de modernas técnicas para el cultivo y la conservación de alimentos a gran escala durante largas temporadas de escasez causadas por el invierno, la sequía o las plagas; y la falta de ayudas preventivas y médicas eficientes para combatir las plagas y el contagio de enfermedades, tuvieron efectos devastadores sobre la población y sobre sus recursos para la sobrevivencia. Esta precariedad de medios para enfrentar los desastrosos efectos de la naturaleza y la enfermedad, está íntimamente relacionada con la forma como se recurría a un "utillaje" religioso y mágico para sobrellevar la calamidad.

Irrupción de avispas en la Vanguardia (tomado de América pintoresca. Descripción de viajes al Nuevo Continente, Barcelona, Montaner y Simon, Editores, 1884, pág. 561).

FAMILIARIDAD CON UNA NATURALEZA AMENAZANTE E INCONTROLABLE

La sociedad colonial era predominantemente rural y campesina; de modo que la forma de vida de la población, que en su mayoría vivía fuera y en torno a las ciudades y villas, estaba regida estrechamente por los ciclos y los fenómenos naturales. Tanto el trabajo, que era predominantemente agrícola, como la vida social, estaban a merced de las variaciones del cielo y de las estaciones climáticas. Los centros urbanos, donde la población podía sustraerse en cierta manera a los efectos meteorológicos, eran bastante precarios en su materialidad; de modo que se vivían con intensidad todos los fenómenos naturales, en especial los catastróficos. Entonces el mundo natural no era considerado, como en nuestras sociedades occidentales del siglo XXI, frágil, dependiente y a merced del hombre, sino, por el contrario, amenazante, terroríficamente poderoso e incontrolable; es decir, triunfaba fácilmente sobre los hombres. De ahí que frente a él se desarrollaran técnicas pero también actitudes y sentimientos religiosos para compensar y contrarrestar sus amenazantes poderes sobre lo humano.

La familiaridad con una naturaleza amenazante e incontrolable en los siglos XVIII y XIX pudo suscitar en la población, mayoritariamente campesina en la Nueva Granada, un sentimiento de fatalismo resignado, más visible en los angustiosos momentos del desastre, cuando "la vida estaba a merced de la muerte" y no había "nada que hacer" frente a las calamidades. Muchas de éstas podían suscitar o transformarse en "crisis de sobrevivencia", como la que al parecer se presentó en Antioquia a principios del siglo XIX, según lo indica el historiador Alvaro Restrepo Eusse:

|Desde mediados de 1807 comenzó a sentirse en la provincia el efecto de un prolongado verano o falta total de lluvias, por escasez de víveres para atender la ordinaria alimentación de sus habitantes; situación que se agravó considerablemente con el consiguiente verano de 1808, produciendo una calamidad de hambre cuya memoria con todos sus horrores se ha conservado con espanto. A pesar de los filantrópicos esfuerzos que hicieron las autoridades y los ciudadanos, no pudo obtenerse eficaz remedio hasta que se estableció el curso regular de las cosechas | 4 .

Frente a estos acontecimientos fueron comunes los autos de los cabildos, "para que no se extraigan los maíces de la jurisdicción en tiempos calamitosos", lo cual suponía un control más estricto sobre el comercio de los escasos víveres y, de este modo, evitar alzas exageradas en sus precios. Las autoridades también trataron de estimular la agricultura, la entrega de limosnas para los más pobres, y vigilaron con mayor celo el orden público y la mendicidad, confiriendo permisos especiales para ejercerla. La efectividad de tales medidas fue limitada, debido a su precipitud, a la deficiencia de recursos para aplicarlas con duración | 5 .

DE LA IRA Y LOS CASTIGOS DIVINOS. LAS ROGATIVAS PÚBLICAS

|Señor, tú eres también el Dios de amor en la tempestad, y el Dios de bondad en la tormenta.
(Oración durante la tormenta, en |Ejercicio del Amor Divino)

En las situaciones catastróficas los campesinos se sentían a merced de la naturaleza. Durante ellas se generaban tensiones y pánico colectivo, en medio de los cuales la religión ofrecía respuestas sobre el origen sobrenatural de los males que afectaban a la comunidad y salidas para atenuar o escapar a sus efectos. Aquí la religión respondía a la profunda necesidad de nombrar los miedos. Y era que resultaba una experiencia terrorífica, en esta sociedad católica, morir repentinamente sin los auxilios sacramentales en medio de la catástrofe, arriesgándose a "perder el alma para la eternidad". El historiador de las mentalidades Philippe Ariés ha mostrado cómo en las sociedades occidentales tradicionales la muerte repentina era indeseable y traumática para las personas, pues se valoraba sobremanera un "bien morir", con el tiempo suficiente para recibir los sacramentos, testar, despedirse de los allegados y familiares y vivenciar la muerte misma en el lecho propio en un acto de sentido fervor religioso, contrición y espera | 6 .

En medio de la catástrofe era cuando los sentimientos de precariedad de la vida material y de impotencia frente a la naturaleza se experimentaban con más fuerza. Se acudía entonces con afán a los poderes de la "Divina Magestad" mediante rogativas, romerías o novenarios, dada la inoperancia de los remedios humanos, o al mismo tiempo que se recurría a éstos.

Montaña maravillosa Popocatepeque (tomado de John Ogilby, América, Londres, 1671, pág. 85).

Escenas colectivas de terror y pánico, un tanto graciosas y pintorescas, donde se desencadenaban verdaderas oleadas de fervor religioso en medio del desorden general, componen las descripciones que se conservan sobre los desastres naturales. José María Caballero narra de manera jocosa lo sucedido en medio de un temblor de tierra el 18 de noviembre de 1814, en Santafé:

|En esta misma noche tembló como a las diez y media, pero como a las once y cuarto fue más grande, por cuya causa se asustó y alborotó toda la gente, en términos que no quedó uno acostado; todos salieron a las calles y amanecieron en las puertas de las casas y tiendas y en las plazas, rezando a gritos por todas partes. La comunidad de San Francisco dio vueltas por la plazuela, cantando letanías, de suerte que en medio del susto daba gusto ver a todas las gentes por todas partes, porque unos rezaban el rosario, otros el trisagio, otros las letanías de la Virgen, otros las de los santos, unos cantaban el Santo Dios, otros la Divina Pastora, unos gritaban el Ave María, otros el Dulce Nombre de Jesús, unos lloraban, otros cantaban, otros gritaban, otros pedían misericordia y confesión a gritos. En particular, las de mayor alboroto eran las mujeres. Yo me reía a ratos de ver tanto movimiento, sin sino, como locos, pues ninguno sabía lo que hacía; y aun en aquellas personas doctas y de mayor civilización. ¡Válgame Dios, lo que es un susto repentino, y más si viene por la mano del Altísimo! | 7 .

Aquí es importante señalar que el miedo como "respuesta al riesgo" no se agota en ella y se constituye en una experiencia social, construida cultural e históricamente. De acuerdo con esto y como se señalará más adelante, el poder de lo religioso permite contrarrestar la fragilidad de los cuerpos frente a la enfermedad o la del cuerpo social frente a las impredecibles fuerzas de la naturaleza, a diferencia de lo que acontece en las sociedades contemporáneas, donde las ciencias y el aparato jurídico del Estado cumplen estas funciones | 8 .

Además de las respuestas religiosas más inmediatas e instintivas frente a la catástrofe y de las medidas de carácter práctico para neutralizar sus devastadores efectos, sobresale que estuviera estipulado, como norma de acción de los cabildos, decretar y organizar rogativas públicas en concierto con las autoridades eclesiásticas. Las rogativas eran una práctica religiosa, cuyos orígenes se remontan a España, según se las reglamentaba en la |Novísima recopilación de las leyes | 9 . Se dictaminaba que el cabildo debía acordar las rogativas con el vicario, acordando el día y convocatoria entre los vecinos, "haciendo que todos concurran a pedir el socorro de la Magestad Divina".

 

| 1
Historiador; magíster en historia. Universidad Nacional de Colombia (sede Medellín), docente de la Universidad Eafit; integrante del grupo de investigación "Religión, cultura y sociedad", conformado por investigadores y docentes de la Universidad de Antioquia, Universidad Nacional de Colombia (sede Medellín), Universidad Pontificia Bolivariana y Fundación Universitaria Luis Amigó.
| 2
Jacques Revel y Jean-Pierre Peter, "El hombre enfermo y su historia", en Jacques Le Gofl, y Pierre Nora (directores), |Hacer la historia, vol. III: Nuevos temas, Barcelona, Editorial Laia, 1980, Págs. 176-177.
| 3
Renán Silva, |Las epidemias de la viruela de 1782 y 1802 en la Nueva Granada, Cali, Universidad del Valle, 1992. En esta obra se acuña el concepto de `catástrofe epidémica' (véase pág. i). En la correspondencia de Enriqueta Vásquez de Ospina con sus familiares en Guatemala y Bogotá y en especial con su esposo Mariano Ospina Rodríguez durante gran parte del siglo XIX, ella informaba de manera continua y casi telegráfica sobre la sucesión de distintas "pestes", en Nueva Granada: "peste de viruela" en 1841, "peste en la Costa" por 1843, "peste en Mompós" por 1856, "peste de tifo y de fiebre amarilla" de 1856. Sobre esta última comentaba: "Dicen que en Ambalema sigue haciendo estragos la fiebre amarilla, no he sabido que haya muerto otra persona que Zamarra a quien he sentido mucho"; "peste de fiebre de humor negro" de 1857, "peste de disentaría" de 1865, "peste de tosferina" de 1870, "peste de viruela" de 1870 en Cali, Chocó, Cartago y "otros puntos del Cauca"; y diferentes "pestes" de langosta, como la de 1879. Archivo Mariano Ospina Rodríguez, Colección de Fuentes Primarias, Fundación Antioqueña para los Estudios Sociales (Faes).
| 4
Álvaro Restrepo Eusse, Historia de Antioquia (departamento de Colombia). Desde la Conquista hasta el año de 1900, Medellín, Imprenta Oficial, 1903, Pág. 99.
| 5
Archivo de la Casa de la Convención de Rionegro (ACCR), Fondo Judicial, sección I, año 1815, vol. 543, fol. 89.
| 6
Philippe Ariés, El hombre ante la muerte, Barcelona, Paidós, 1987. Como un "arcaísmo" religioso, todavía hoy es común encontrar en las novenas de santos la oración que refiere el temor a una muerte repentina. En la novena a Santa Bárbara, la conclusión de la oración para todos los días dice: Líbranos en esta vida / Oh prodigiosa doncella / de muerte desprevenida / del rayo y la centella. Concédenos que al morir / logremos los sacramentos / y que gocemos después / de los eternos contentos.
7
José María Caballero, |Diario de la Patria Boba, Bogotá, Editorial Incunables, 1986, págs. 165-166.
8
Rosin Reguillo, "Los laberintos del miedo. Un recorrido por el fin de siglo", en Revista Estudios Sociales, núm. 5, enero de 2000, Facultad de Ciencias Sociales, Uniandes/Fundación Social, págs. 63-65.
9
|Novísima recopilación de las leyes de España, mandadas formar por el Sr. Don Carlos IV, impreso en Madrid, año 1805. Véase tomo I, libro primero, título primero, ley XX.