BOLETÍN CULTURAL Y BIBLIOGRÁFICO 65
Ni lo uno ni lo otro, sino
esto
Titulo del libro: Cultura italiana
en Colombia
Autor:
|Armando Silva Téllez
Instituto Italiano de Cultura,
Editorial: Tercer Mundo Editores, Bogotá, 1999, 134 págs., il.
En la página 67 se lee: "[...] así como Hugo, Sue y la
Martínez fueron los verdaderos guías literarios y espirituales
desde mediados del siglo".
Que don Eugenio Sue, tan importante en su época, quede reducido
a tres letras que nada significan para las gentes de hoy, es una
descortesía injustificada; pero que al gran Alfonso de Lamartine le
cambien de sexo después de muerto, y le rebajen de categoría hasta
convertirlo en "la Martínez", ese incalificable
delito no puede quedar impune, por muy bajo que hayamos descendido
en el antiguo arte de hacer libros. Y además, hoy no se dice
"Hugo", como se dijo ayer, porque podría ser
cualquiera. Resulta necesario escribir Víctor Hugo. Hay que tener
en cuenta que ese solo nombre representa un siglo.
Existieron hasta hace poco los correctores de pruebas, cuya
función era de verificación. Al acabarse los escritores, fueron
reemplazados por "correctores de estilo",
encargados de enmendar la plana al autor. Lo hacen del modo que
acabamos de ver. Ni siquiera dudan, ni son capaces de consultar al
autor, puesto que no creen en él. Son la ignorancia con poder. En
el libro
|Poemas útiles de Geraldino Brasil (U. de A.,
1999), el corrector de estilo cambió el título
|Primer día en la
eternidad, que se le hizo raro, por el de
|Primer día en la
fraternidad, que le resultaba más comprensible. Y transformó el
título
|Sueñodeamar, que es nombre de fruta, por
|Sueño
de amar, pues, según él, ya no se admiten más las palabras
compuestas. También modificó el título
|Admirable mendigo
por
|Admirables mendigos. Según parece, los mendigos son
tantos que uno solo no puede representarlos a todos. Resultado: así
es como están saliendo los libros hoy en día en Colombia, gracias a
los autónomos "correctores de estilo", que al
igual que las casas de poesía han decidido gobernar
dictatorialmente la literatura, a su exclusivo capricho.
Lo primero que retiene la atención en el librito que se comenta
son los defectos editoriales. Siendo Italia maestra en el oficio,
su embajada en Bogotá debió de esbozar cierta piadosa mueca de
disgusto al recibir el primer ejemplar, que en nada representa el
proyecto originario, no carente de prestancia, como corresponde a
la imagen de una cultura cuya influencia en el mundo es de gran
respeto y admiración.
El tamaño de la letra, las reducidas márgenes, y detalles de
presentación, indican economía en el papel, así como el propósito
de eludir la fotocopia. Mal cálculo, que subestima las reacciones
del público. La industria editorial no está en condiciones de
abusar del cliente. Ante la competencia que la enfrenta, se hace el
haraquiri.
Acompaña el texto un cuadernillo de fotografías, fuera de folio,
algunas muy deficientes, y casi todas con la misma tacañería que
distingue al librito, desde la portada, donde el nombre del autor
por poco desaparece, y la falta de índice onomástico, necesario en
obras históricas. La composición en galeradas carece de atractivo,
y lo que podría ser interesante resulta aburrido porque el diseño
gráfico no colabora para nada. Como remate, la encuadernación es
del tipo libro cerrado, difícil de abrir, porque se supone que
nadie lo intentará. A todo lo que se hace en Colombia le queda
faltando algo, por ignorancia, afán o mezquindad, cuando no por
malicia, como los sándwiches que venden en las carreteras de La
Guajira, que muestran por fuera al ansioso pasajero la carne y la
lechuga, pero adentro no tienen nada.
El texto es el resultado de una investigación parcial sobre
italianos en Colombia, Colombianos en Italia e influencia de la
cultura italiana en Colombia, por encargo del Instituto Italiano de
Cultura. Obra de consulta, especie de catálogo con información
esquemática, sin proyección, sin vida, como todo lo que se hace en
la actualidad, contratado a plazo fijo, rápido y descuidado, para
gentes también apresuradas, a quienes en realidad nada interesa a
fondo. Se reduce a una mera constancia lo que pudo haber sido
historia de lectura amena, si hubiese estado a cargo de un
escritor. Los nuevos historiadores colombianos, fabricados en serie
como los poetas, carecen del arte de escribir. Su historia es una
aburrida acumulación de datos sobre los cuales no se ha tenido
tiempo de reflexionar, porque la historia dejó de ser un género
literario. En consecuencia producen ladrillos compactos, parecidos
a malas traducciones, sin sentido de la historia ni del idioma.
Aunque el estudio se reconoce como primera aproximación al tema,
para el lector resulta superficial. Los personajes son sólo
nombres, con la etiqueta de alguna obra sometida a nuestra incuria.
Están todos muertos, sin que para ellos alcance el soplo vital del
historiador. La pobre redacción en primera persona sólo atina a
decir "yo" y "mi". Desde la
profundidad del ego es imposible acceder a conceptos universales.
Dar el título de filósofos a quienes han estudiado historia de la
filosofía es una exagerada concesión. Imposible reprimir una
sonrisa cuando se escucha decir: "La filósofa fulana de
tal". Un solo ejemplo (pág. 39), típico de la redacción:
"Se inauguró en 1874, con la Compañía de ópera italiana
con la obra de Hernani". (¡La obra de Hernani!).
Puesto que al final de la introducción se ofrecen excusas por
las omisiones involuntarias, conviene decir que también forman
parte de la cultura italiana en Colombia quienes se compenetraron
con ella, la asimilaron como propia y llegaron a ser eruditos en su
historia, artes, literatura y en todos los aspectos de la vida en
sus diferentes regiones. Tal el caso del doctor Eduardo Mendoza
Varela, autor del bello libro
|El Mediterráneo es un mar
joven (Colección Guberek, 1989, núm. 30), para amantes de
Italia y Grecia, no para turistas desaprensivos. Experto en Dante,
dominaba el tema al derecho y al revés para su propio placer, pues
él pertenecía al linaje de aquellos hombres de excepción que,
habiendo alcanzado un alto grado de sabiduría, de nada se
envanecen, todo lo comprenden y excusan y, afables y misteriosos,
ocultan su ciencia con sencillez. Esos hombres no abundan, pero
siempre existirán algunos, principalmente en monasterios y en la
intimidad de sus libros. Mendoza Varela falleció en 1986, por lo
cual debe citarse un ejemplo actual en el noble espíritu de don
Alfonso Jaramillo Velásquez, autor de libros de temas políticos
algo quijotescos, para un supuesto país que no hubiese perdido
totalmente su identidad. Sólo mencionarlos los mancilla, pero la
humanidad necesita paradigmas, reales o inventados, aunque sea para
apreciar en ellos lo que no se es. A propósito de lo cual, y puesto
que hemos hablado del editor del libro, cabe recordar a don Juan
Bernal, quien atendió la librería principal por muchos años, y fue
el último ser humano que existió en Tercer Mundo.
JAIME JARAMILLO ESCOBAR
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