Ficha bibliográfica
Titulo: BOLETÍN CULTURAL Y BIBLIOGRÁFICO 65
Autores: Banco de la República
Edición original:
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Notas:
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| BOLETÍN CULTURAL Y BIBLIOGRÁFICO 65

El título es engañoso, porque  |Los últimos pasos del poeta Raúl Gómez Jattin fueron nocturnos, y los testimonios de dos colegas de acera, Luis Cuadrado García y Luis Eduardo Tovar Acosta (véanse las páginas 95-97), son los decisivos. Sin embargo, esos nombres no aparecen en la lista de agradecimientos de Marinovich P. Vale decir, los marginales (y ésta es una simple constatación), desde las prostitutas hasta los guardias de la Escuela, no participan en el itinerario, siendo ellos precisamente los que habrían podido ocupar la escena | 6 . Es en este sentido en que el título es engañoso; no por mala fe, sino por obra, tal vez, del apresuramiento. Se trata más bien de un modesto artículo periodístico elevado a la condición de libro: son diez breves capítulos (más introducción y cierre), un total de noventa páginas (el prólogo empieza en la página 13 y el epílogo termina en la 106). Pero el empleo generoso de las veintidós páginas en blanco (los títulos de cada sección van en impar y el texto empieza a media página) hace que hablemos en oro de un libro de setenta páginas redondas, ni más ni menos. Y si hubiéramos de especular tan sólo a partir de las dos páginas de agradecimientos, entonces creeríamos -despistadamente que estamos a punto de leer un volumen como el de Jacobo Burckhardt sobre el Renacimiento italiano.

Hay una línea narrativa secundaria que se termina imponiendo sobre la principal: sabemos tanto o más del "autor" Marinovich que del propio Gómez Jattin:

|Tenía miedo de que se burlara del escrito o de que hipócritamente me dijera "está bueno", pero lo leyó ahí mismo a la entrada de la Dirección, de pie, sin un tris de teatralidad, mientras me ruborizaba de pena. Con ingenuidad me preguntó si lo había escrito de verdad el computador, a lo cual respondí que sí... [ ... ] me miró por largo rato como reservándose para sí el comentario, o haciéndome entender que no se había tragado la carreta, pero se guardó el papel en el bolsillo de la camisa y soltó una estruendosa carcajada, que resonó por todos los pasillos de la Escuela, y se marchó de la institución sin decirme nada, y nunca más me dijo nada. [pág. 44, subrayados de E. 0.]

  |Entonces aproveché este momento de euforia para decirle que el escritor | del próximo siglo era yo.  |No me dijo nada. Me pasé de osado porque a la larga no tengo nada publicado, lo poco que he escrito se ha vuelto nada porque nunca lo termino, me canso al final, no me gusta o me absorbe el trabajo de subsistencia. [pág. 48, subrayados de E. O.]

  |Me dio miedo mirarlo a los ojos [el autor se refiere a Eduardo Tovar Acosta], los tenía vidriosos, su tufo no era el de un borracho, sino el de una herida recién desinfectada con alcohol. Bebía de una botella pancha de alcohol antiséptico, en cuya etiqueta verde se distinguía el símbolo de la Cruz Roja y a un lado la leyenda: "Alcohol antiséptico 75% sólo de uso externo". Y se lo bebía a pico de botella, a secas, sin ningún líquido acompañante que le refrescara la garganta. Pensé si sería ésa la última vez en que lo vería vivo. Me dio pesar despedirme de él, dejarlo en el piso del pórtico como casi siempre lo veía, sucio, a veces rodeado de moscas, y le pregunté si tomaba cerveza. Me dijo que sí, pero que no tenía plata. Le compré una, pensando que el alcohol bueno -el etílicopodía salvarlo del alcohol malo -el metílico-. [págs. 100-101, subrayado de E. 0.]

El autor del libro no oculta su propia ingenuidad... Es un narrador bastante crudo, prefreudiano, sin complejos de ninguna especie: la "buena acción del día" (o de la noche) fue "comprarle" una cerveza a Tovar con la esperanza de que ese líquido bueno lo salvara del malo... En realidad, por el hecho de que en su narración aluda a Gómez Jattin como el "maestro", no invalida el hecho de que el cronista se nos muestre como un personaje de ambiciones marcadas: ser un escritor reconocido. Uno de los grandes vacíos es la poca reflexión del libro, pues a Marinovich Posso le faltó establecer desde un principio la lógica de la tragedia del poeta de Cereté. Sabemos que, cuando empezó a darse cuenta de la existencia de Gómez Jattin, éste ya era un poeta que, como persona, iba por el despeñadero. Pero Marinovich Posso se exime por completo de darnos algunos datos, por insustanciales que parezcan, de la vida en general del poeta y de cómo "los últimos pasos" se atan al resto de pisadas. Tenemos, en cambio, los rasgos menos deseados. Ser inaguantable, ser gracioso hasta la ingenuidad. A veces resulta mejor dejar a la gente en paz. O darle una mano sin que los lectores nos enteremos de tales gestos. Por un lado, Marinovich Posso ya nos confesó que el "trabajo de subsistencia" lo absorbe y no puede dedicarse a su vocación. Por otro lado, esto:

  |Cuando me vio, me pidió prestado dos mil pesos para comer. Esta vez sí se los podía prestar, pues hacía una semana me había hecho un pedido semejante, recién amistados nosotros, y como no pude, se echó a reír, diciéndome que después los conseguiría por ahí, como si quisiera llenarme de culpa. [pág. 23, subrayado de E. O.]

  |A las dos semanas lo vi sentado enfrente de la tienda La Placita. Estaba sin zapatos, con la pijama del hospital. Me llamó con voz fuerte. Yo iba de la calle Cochera del Hobo a la Escuela, cruzando el parque San Diego. Cuando me acerqué, sin rodeos me pidió plata. Al darle unas monedas que me sonaban en el bolsillo de la camisa, las miró con desdén y me obligó a ponérselas en el andén,  c |erca de él, sobre una pila de monedas que iba creciendo. [pág. 29, subrayado de E. 0.]

|...al tiempo que el poeta quería regalar varias copias del trabajo a sus amigos, entre ellos a Carlos, a quien utilizaba como intermediario para pedirme, además de veinte mil pesos,  |papel para imprimir en computador varios ejemplares de Los poetas... [pág. 34, subrayado de E. 0.]

|...para luego pasar a la agresividad de un momento a otro tirándonos lo que bebía en ese momento, incluso bebidas calientes, quitándonos a la fuerza billetes, monedas, billeteras, bolsos, aretes, cadenas, pulseras, o jalando pelo... [pág. 47, subrayado de E. O.]

  |Llegaron los libros de El esplendor... a la tarde siguiente. Raúl se dedicó a venderlos por la calle a diez mil pesos cada uno, y cuando encontraba al amigo sin plata le pedía siquiera la mitad con un fiado para el día siguiente -a mí me ofreció uno por cinco mil pesos, a mitad de precio, pero nunca me lo vendió. [pág. 53]

Para todo el que conozca algo del comportamiento de los adictos, comprenderá que lo que dice aquí el autor es perfectamente verosímil. No se discute. Pero llama la atención el protagonismo que respecto del dinero solicitado por Gómez Jattin adquiere Marinovich Posso. ¿Por qué? Si él reconoce que se trata de "apenas un modesto testimonio de su vida y de su obra" (pág. 105), ¿por qué insistir en los episodios en que tal inesperado protagonismo se refuerza? Por ejemplo, en las páginas 34-39 el autor pasa a la computadora el manuscrito de  |Los poetas... Bien. ¿Por qué contarnos además que le corrigió -sacándole el diccionario como fuente de autoridad- ciertos descuidos, por muy cierto que haya sido esto? Y cuando nos confiesa, por otra parte, que consideró oportuno "realizar cuanto antes" (pág. 105) este trabajo, sabemos retrospectivamente que la meta era, pues, un concurso.

En el estricto campo literario no es impertinente decir que, como lector de poesía, Marinovich Posso es mejor cuentista. No sólo parece ignorar que desde las vanguardias de comienzos del siglo XX la palabra poética toma posesión de la página en blanco según le dé la gana, sino que intenta responderse preguntas que nada tienen que ver con el arbitrio con que los poetas les hablan a otras entidades. El poeta que sabe -como Gómez Jattin- se fascina con unas mínimas certezas y en esa pequeña dinámica, digamos, se orienta en su noche. A Marinovich Posso, narrador o aspirante a narrador, le cuesta entenderlo:

  |Me llamó la atención la estructura de estos dos últimos poemas porque partía la línea sin rima, sin lógica, sin ilación, sin descanso, sin una pausa respiratoria. Le manifesté mi preocupación; en ningún momento se atrevió a revirarme a pesar de sentir cerca de él el hálito de una grosería de mala madre. [..] ¿Será que el desequilibrio entre la línea y la imagen, la línea y la musicalidad, la línea y la rima, tenía una relación especular con sus comprometidas transgresiones en la vida pública? Ése no era el único problema que invitaba a la reflexión... [págs. 50-51]

Otra vez debemos recordar que, así como es poco conveniente apoyarse en la obra de ficción para intentar "entender" o "juzgar" la vida personal de un escritor, de la misma manera deviene inútil empresa el establecer desde las modalidades formales unas conexiones con la existencia inmediata. Si tal analogía fuese cierta, entonces los poemas de  |Trilce (1922) nos señalan que Vallejo estaba  |más rayado (es decir, loco, Lima dixit)  |que la pampa de Nazca; o el canto final de  |Altazor (1931), de Vicente Huidobro, indica a las claras que su autor estaba a punto de tirarse de un edificio como el personaje de su poema... El "razonamiento" de Marinovich Posso es, por donde se lo mire, innecesario: tenemos a un ser de carne y hueso que duerme en la calle, se droga, hace sus necesidades en la puerta de la Escuela de Bellas Artes, se pone agresivo, pesado, capaz de hacerle perder la paciencia al más santo, ¿y vamos después a vislumbrar en los encabalgamientos de sus poemas una raíz psicológica? No, de ninguna manera. Y la poesía es, por mandato del allá, mucho más sencilla: sueño, sonido, escapatoria, tajo, encierro...

Finalmente, ¿valió la pena la publicación de  |Los últimos pasos...? La respuesta es afirmativa. Por la cantidad de nombres que allí se juntan, todo futuro estudio -serio, hay que recalcar- sobre los últimos meses de Gómez Jattin ha de volver a estas páginas. Y desde ellas ha de iniciarse una pesquisa (que llegaría hasta La Habana) con entrevistas, recopilación de textos dispersos entre diferentes personas (por ejemplo, los estudiantes -cf. págs. 50 y 69- que no aparecen identificadas en el libro y que le compraron poemas en hojas, como quien compra cigarrillos sueltos) y testimonios que tengan que ver estrictamente con el quehacer poético. ¿Dónde escribiría el poeta los textos de ese libro "que tenía madurado ya en mente y que pensaba terminar entre agosto y septiembre próximos, y trataba del diálogo entre un poeta y un psiquiatra"? (pág. 53) ¿Serían los poemas de  |El libro de la locura? Es muchísimo lo que se podría recopilar gracias a Marinovich Posso. Hasta los silencios se transforman en testimonio potencial.

Los últimos pasos vienen a ser, en realidad, los primeros.

 

EDGAR O'HARA
Universidad de Washington (Seattle)

 

| 6 La lista de Marinovich P. ("los que me animaron y me colaboraron", pág. 9) incluye sólo a personas de oficios reconocidos o de reputación pública.