Ficha bibliográfica
Titulo: BOLETÍN CULTURAL Y BIBLIOGRÁFICO 65
Autores: Banco de la República
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| BOLETÍN CULTURAL Y BIBLIOGRÁFICO 65

Intelectual en país periférico

 

Titulo del libro: Diario de la luz y las tinieblas. Francisco Joseph de Caldas

Autor: |Samuel Jaramillo González
Editorial: Grupo Editorial Norma, Bogotá, 2000, 474 págs.

 

Francisco José de Caldas nació en Popayán en octubre del 1768, y Samuel Jaramillo González en Bogotá en el año 1950. Dicho de este modo, parece imposible que ambos señores se hubiesen cruzado de camino en alguna callecita de Bogotá, pese a que don Francisco también vivió y realizó sus estudios de derecho en el Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario, en Bogotá. Sin embargo, algo habrá que sucedió entre ellos. Toca aventurarnos en esa búsqueda en las 474 páginas de este diario minuciosamente escrito y reescrito. Minuciosa deberá ser nuestra lectura durante la búsqueda para encontrar un punto de coincidencia entre Caldas y Jaramillo; una mirada; un pensamiento filosófico, Caldas había estudiado latinidad y filosofía en Popayán; idéntica contemplación quizá de la sabana de Bogotá, su flora y su fauna, especialmente su fauna, que los incluye y al mismo tiempo los excluye. Perspicaz búsqueda, realizaremos durante el recorrido de esta biografía novelada, compartida por ambos poetas (qué otra cosa que poeta puede ser un científico naturalista) y editada por el Grupo Editorial Norma:  |Diario de la luz y las tiniéblas, novela realizada con el apoyo de una beca de creación de Colcultura obtenida en 1996. Samuel Jaramillo González ha publicado además las siguientes obras:

|Geografías de la alucinación (1982) |, Doble noche (1998) |y Selva que regresa (1988), y ha sido merecedor del premio nacional de poesía de la Universidad de Antioquia. En efecto, científico uno, poeta el otro, no es tan difícil encontrar los puntos de referencia que nos lleven a imaginar por qué eligió Jaramillo González a Francisco José de Caldas como personaje y protagonista de su primera novela. Imposible saber qué es lo que Jaramillo buscaba en realidad y si lo encontró, entre las hojas sueltas de aquel diario íntimo de Caldas. Leer esta novela me despierta la curiosidad de conocer la biografía de Jaramillo. Consecuencia inevitable que ocasiona elegir personajes de la historia como protagonistas de nuestras novelas. Qué otra cosa que un pretexto para ser nosotros mismos. Toca al escritor la ardua tarea de recrear la vida de estos señores o señoras, y al lector la no menos ardua tarea de buscar paralelos entre autor y personaje.
Dice Samuel Jaramillo González, a modo de Palabras Preliminares:

Desde los confines de una provincia perdida de las colonias españolas, la Nueva Granada, tuvo la pretensión de hacer ciencia, relevante para su época, rigurosa, sin concesiones. Ese fue su desafío vital más genuino y lo vivió como una aventura. Su tenaz batalla contra el aislamiento, que lo sometió a precariedades sin límite, constituye una metáfora conmovedora de un drama que está lejos de desaparecer: la del intelectual de un país periférico que pretende construir un pensamiento significativo sin perder sus raíces. Caldas pagó un precio elevadísimo por esta condición periférica y su parábola nos hace pensar si para el intelectual latinoamericano de nuestros días ha disminuido el peso de este tributo.

Mal acostumbrada como estoy, o como soy, a lanzar una opinión antes de que se me diga de qué se trata, o peor aún acostumbrada a fusilar antes de que llegue la orden de fusilamiento, esa opinión había sido previa a la lectura de las Palabras Preliminares.

Por suerte, en este caso no me equivoqué. Repito la frase, que no solo incluye al mismo Jaramillo González e incluye a Caldas, sino que incluye a la que suscribe y a muchos de ustedes (¿todos?) que leen esta desordenada reseña: ...una metáfora conmovedora de un drama que está lejos de desaparecer: la del intelectual de una país periférico que pretende construir un pensamiento significativo sin perder sus raíces.

Y el que no se identifique que arroje la primera piedra... Pero vayamos a la novela en sí y no tanto a las coincidencias del autor con el personaje y a nuestras coincidencias con el personaje y el autor. En el Cuaderno I (Inza. Timaná. 1795) Caldas y Jaramillo González nos dicen para empezar: ¡Cómo quisiera poder ignorar que soy un hombre desdichado! Afortunadamente, a lo largo de los diecisiete cuadernos o capítulos restantes, ambos nos demuestran que pese al infortunio (según ellos) de haber nacido no sólo en Popayán sino en Latinoamérica, donde "...Con los gobernantes que tenemos, este Reino no tiene ninguna oportunidad y viviremos por siempre en la barbarie"; o de contraer, Caldas, una fiebre similar al tabardillo que finalmente no lo es; o de perder a causa de la lluvia y los malos caminos la mitad de la carga que lleva para vender en el mercado, bayetones de Quito, ponchos y sombreros; o de que, pese a las dificultades, la pobreza y la soledad: "Haré cosas que apreciarán los amantes de la Sabiduría y la Ciencia".

De este modo nos prepara el autor a transitar estas nuestras tierras de América, de la mano de un tal señor Caldas que irá por la vida esforzándose por conducirse un poco a contravía de la realidad. Único método para poder ser un Ser que ha elegido la Ciencia (o la Poesía) y el estudio minucioso de este terruño de múltiple biodiversidad, tanta como subyace en cada uno de los seres que lo pueblan. Seres biodiversos que alimentan el amor a una profesión, o manía, ejerciendo oficios que permitan apenas una magra supervivencia para poder seguir investigando y descubriendo y analizando y escribiendo y, en el mejor de los casos, publicando.

Apasiona vislumbrar la pasión de Caldas, por ejemplo, cuando cuenta: "Hice un hallazgo que me tiene muy excitado [.... ] tropecé con un tuno que resultó ser el que aloja a la cochinilla". Maravilloso hallazgo, me dije cuando leía, y acá también debería pedirles que el que no se identifique arroje la primera piedra, quién no sabe qué se siente en esos casos. Por ejemplo, el día que llegaron a manos de Samuel Jaramillo González esos garrapateados papeles de Caldas donde cuenta su tropezón con el tuno que aloja la cochinilla, o donde Caldas cuenta que don Manuel María le ha conseguido la  |Flora española de José Quer y Martínez, y la  |Parte práctica, de Linneo, y las  |Instituciones de Tourneford y el  |Curso escaso de Ortega... Papeles donde Caldas muestra su fascinación ante la espera de Humboldt y Bonpland, popes del estudio de la biodiversidad por esos días. Sus popes.

Revivimos, al leer estas páginas reescritas por Jaramillo González, la gloria vivida por Caldas cuando comprueba que con medios tan precarios como los suyos logra casi la misma medición de la altura sobre el nivel del mar de Santafé y del cerro de Guadalupe, que poco después calcula Humboldt. Cómo no compartir, por ejemplo, la dicha de Caldas en este otro caso: "Ayer, 3 de agosto de 1801, ha sido uno de los días más importantes de mi vida, de mis estudios botánicos, de mi carrera de científico [...] cuando aparece el propio del correo con una carta y un paquete para mí. ¿Y qué era? ¡Una carta de Mutis para mí! De Mutis, el sabio más importante de América [...] A mí. Al pobre Caldas. Mi corazón dio un vuelco, y desde entonces ando haciendo locuras". Dentro de esas locuras, leemos (cuaderno I I - Santafé - 1810) su pudor ante el comentario que hace a Pombo, caro amigo, de poner fin a su soltería y confiesa: "Sé que Pombito me estima y me quiere de verdad, hartas oportunidades de probarlo he tenido [...] ¿Que me iba a casar lo más pronto posible pero que no sabía con quién? [...] ¡Así me ven! como un loco". Y mientras realiza esa búsqueda de la mujer, y el hallazgo de Manuelita Barahona que, tiempo después, lo mantiene excitado y entusiasta como cuando tropezó con el tuno que aloja a la cochinilla, mientras tanto, repito, nos cuenta: "Continúan las reuniones secretas aquí en el Observatorio (Observatorio Astronómico al que es designado en su dirección por Mutis). Camilo (Camilo Torres) que es importante mantener la plaza en sigilo, porque ahora que las cosas están tan difíciles, todas las casas están vigiladas. El observatorio es un arrabal. Y siempre hay justificación para una reunión nocturna".

En efecto, con el grito de independencia, en 1810, la vida de Caldas viró su rumbo. Abogó por la conformación de una junta local que adhiriera a Fernando VII y defendió el proyecto de la Expedición Botánica, pero el instituto fue cerrado. Falló también su intento de reabrirlo durante la presidencia de Tadeo Lozano. Las cosas van de mal en peor; de todos modos la ilusión de sus amores le hace acreedor, entre sus amigos, del mote "el novio Caldas". Entre las intrigas, los malentendidos y entremeses, leemos: "El Virrey, los Oidores tienen la autoridad, que las gentes acatan. Mandan batallones que les obedecen y que estarían dispuestos a todo. En sus arcas reales descansa toda la riqueza de estas tierras. Tienen detrás suyo una cadena que se extiende por dos continentes y que se movilizará contra nosotros para aplastarnos. ¿Qué oponer a esto? ¿Nuestras quimeras? ¿Nuestros alegatos de justicia? ¿Nuestra experiencia? Camilo Torres opina, en cambio, que esto no es más que esa oscuridad que es más cerrada precisamente en los momentos que preceden a la alborada".

Quizá así sea, quizá así haya sido. Lo cierto es que Caldas se ve sumergido en la actividad política. Vive al mismo tiempo una especie de romance epistolar y platónico, virtual se diría hoy, que lo mantiene unido a su amada hasta el punto de casarse por poder. Luego padece un andar obsesionado, por la vida y durante las situaciones políticas en las que participa, imbuido del sentimiento de culpa por no poder concretar hogar marital con la pobre Manuela, que aún permanece en Popayán. Cuando las cosas parecen distenderse, y sus amigos son gobierno, cuentan Caldas y Jaramillo González, que no se reúnen secretamente en el Observatorio sino en la casa de Camilo Torres, que ya no es un conspirador sino el secretario de gobierno de la Junta Suprema de Gobierno. Entre otras cuestiones, sus amigos esperan ansiosos el arribo de Manuela, ansían conocerla. Los acontecimientos se suceden y se precipitan en esos años, en una horda de situaciones no tan esperadas por Caldas. Es nombrado capitán del cuerpo de ingenieros; participa en la rebelión armada contra el presidente Nariño; es nombrado, en Antioquia, director de fábricas e ingeniero general, crea la fábrica de fusiles y pólvora. Allá por el quince fue asignado, por el entonces presidente y entrañable amigo Camilo Torres, a la Academia Militar y continúa el Atlas de la Nueva Granada. Luego, es enviado a prestar sus servicios al ejército del norte y fortificar los caminos del Quindío. Ante el avance español, urgido quizá de escapar de tantos episodios que lo alejan de lo suyo, Manuela, sus dos hijitas y la ciencia, Caldas huye hacia el sur. Es apresado y puesto a las órdenes del virrey Juan Sámano. Lo trasladan a Bogotá y es fusilado en el 1816. En fin, un grato paseo, aunque tan duro como la historia misma de la Nueva Granada, nos da Jaramillo González de la mano de Caldas o del espíritu aún errante de Caldas por esta Bogotá que lo vio morir. La novela nos despierta curiosidad o nos obliga, si somos capaces de leer minuciosamente, a retomar los manuales de historia para rever la trayectoria de nuestros antepasados cómo único camino para no perder, o recuperar lo perdido, de nuestra identidad americana y quizá poder entender.

 

SILVIA MIGUENS