Ficha bibliográfica
Titulo: BOLETÍN CULTURAL Y BIBLIOGRÁFICO 65
Autores: Banco de la República
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| BOLETÍN CULTURAL Y BIBLIOGRÁFICO 65

De la metaficción y otros juegos

 

Titulo del libro: El último diario de Tony Flowers

Autor: |Octavio Escobar Giraldo
Editorial: Editorial Magisterio, Bogotá, 1998, 106 págs.

 

Comentar esta novela, para un novelista o alguien que quiera serlo, implica una discusión peligrosa. En la apreciación crítica que se tenga irán involucrados los principios más íntimos, toda una manera de ver el mundo y de ver la literatura -lo cual, para el novelista, es lo mismo-. Hablar de metaficción o de posmodernismo es poner sobre la mesa preferencias o afectos que comprometen todo lo que un novelista cree. En ello no hay pocos riesgos. Comienzo por sortear el más notorio: la definición. En la novela de Escobar Giraldo, y sospecho que en cualquier otra novela parecida, los dos términos (metaficción y posmodernismo literario) son equivalentes. Prefiero el primero, que me parece estar incluido en el segundo y ser, entonces, más específico. La metaficción, no importa con qué bagaje teórico se le adorne, no es otra cosa que la narrativa que examina a la narrativa, la narrativa que está consciente de serlo. Sus características, pues, operan por contraste con la ficción "convencional". El autor de metaficciones comienza por rechazar los presupuestos tradicionales de la ficción, que considera caducos o que han dejado sin más de interesarle. La imaginación de una historia, de eso que los anglosajones llaman  |plot, le parece artificial y, por ello, prescindible. La invención de detalles que contribuyan a crear la ilusión de realidad en el lector no le interesa, porque el lector sabe que lo que lee es ficción y no hay por qué obligarlo a olvidar ese hecho. Hipnotizar al lector, abolir su realidad circundante, crear un mundo que compita en claridad con el mundo real, lograr la identificación moral, emocional y humana del lector con los personajes: todo aquello, en fin, a lo que la ficción convencional aspira, le parece menos necesario que el diálogo intelectual entre el lector y el libro. La participación del lector de la novela convencional es pasiva: no importa con qué intensidad se involucre en los conflictos y en el destino de los personajes, su papel en la lectura se limita a presenciar unos acontecimientos. El escritor de metaficciones quiere que el lector participe activamente, que contribuya a la creación del significado.


El último diario que la novela nos presenta es un manuscrito sin terminar en el que el escritor Tony Flowers (Lincoln [Nebraska], 1946) trabajó hacia el final de su vida. Dos textos introducen al lector: primero, el traductor del diario, que fue evidentemente redactado en inglés; enseguida, el editor del diario, que fue también el editor de la obra de Tony Flowers. Ambos (traductor y editor) nos confiesan haber modificado el material. No sólo el diario es, en sí mismo, incompleto (los demás cuadernos que lo conformaban desaparecieron en un incendio), sino que el editor, en una elegante aliteración, suprimió "pasajes que pueden perjudicar a prestigiosas personalidades", y el traductor atemperó las descripciones que juzgó procaces. Nos llega, pues, un texto doblemente mutilado. El interés con respecto al personaje de Tony Flowers ha sido creado, y ha sido creado con habilidad. Un aura mítica flota a su alrededor, y el lector olvida gustoso dos o tres frases de estilo torpe o simplemente descuidado. Pero no serán las únicas, y con frecuencia Tony Flowers incurrirá en los mismos errores -y, de vez en cuando, en francas incorrecciones gramaticales-. La siguiente es una frase poco afortunada: "Greenwich Village era un hervidero de promesas artísticas, sin embargo participó en muchas obras, la mayoría de escaso interés, y logró algún reconocimiento en el medio a pesar de sus precarias dotes dramáticas". La siguiente es una frase caótica: "La travesía por aquel heterogéneo conjunto de barrios apiñados alrededor de la idea de ser la capital de un país en crisis permanente, había terminado en una casa pequeña de una planta en la que la mugre de la ciudad se acumulaba en los rincones volviendo aún más grises las paredes". La siguiente es una frase incorrecta: "Esto explica [...] el número relativamente elevado de individuos que [...] se encuentran actualmente..." (El subrayado es mío, por supuesto). La escritura de  |El último diario no falla por razones distintas de su falta de rigor, pero la novela falla por razones distintas de su mera escritura: el aspecto formal, en conjunto, es descuidado. Si se intercala una entrevista, ¿no debería respetarse el formato del texto a través de la entrevista entera? Las preguntas del entrevistador aparecen en bastardilla primero, en bastardilla negrita después, y en bastardilla de nuevo al final. Si Tony Flowers escribe un diálogo, ¿no debería respetar  |siempre las convenciones tipográficas de la escritura de diálogos? En una novela que juega a llamar la atención del lector sobre sus propios procedimientos, sobre los aspectos de su escritura, estas circunstancias no son desdeñables.


Intercaladas en el diario de Tony Flowers aparecen dos narraciones: una es la última e inconclusa novela del autor; otra, un encargo inconcluso para la revista Playboy. La eficacia de este mecanismo es notoria, no sólo como acicate al lector, cuya curiosidad es espoleada, sino como recurso técnico. En efecto, uno de los resultados más notables de la intertextualidad es el realce de la noción de realidad en el texto principal. El lector que lee el diario, entonces, saldrá de las narrativas con la sensación de que el diario es más real que ellas, que son meras invenciones del autor del diario. Hacia el final de la novela -que, como en toda metaficción, es arbitrario y no causal, siempre decidido y nunca necesario-, el lector es testigo de un proceso interesante: primero, la invasión de la vida de Tony Flowers en los escritos narrativos (el texto para Playboy y la novela); y, segundo, la invasión de los escritos narrativos en la vida del autor, cuyo caos mental -drogas, alcohol y, para colmo, vudú- es reflejado en su escritura.

El gran logro de la novela es la sugerencia, que no la creación, del mundo particular del personaje, de su ciudad y de su momento histórico. Si hacemos un esfuerzo -el esfuerzo que toda metaficción exige de nosotros, lectores activos-, Tony Flowers nos impone, el final, su imagen, y sentimos de alguna manera que lo conocemos. Pero este conocimiento no es suficiente para interesarnos por su suerte, y sentimos que el editor nos ha mentido descaradamente al presentarnos un documento "íntimamente conmovedor". No, el diario de Tony Flowers no conmueve, quizá porque no pretende hacerlo. El libro, que acaso tiene la intención de trascender en algo los inmediatos juegos intelectuales de su género, se pierde en sus propios vericuetos posmodernos. No basta el escepticismo de Tony Flowers frente a ciertas novelas: "...una novela llena de citas, chistes privados, alusiones; retórica. Algo [...] que no le dé todo al lector para que participe y llegue por sí mismo al meollo del asunto". No basta porque, aunque la novela de Octavio Escobar no es uno de "esos aburridos balbuceos intelectuales franceses", comparte sus inquietudes y adolece de las mismas ausencias: la humanidad, la vida, aquello que Faulkner creyó la esencia de toda ficción literaria: la visión del corazón humano en conflicto consigo mismo.

 

JUAN GABRIEL VÁSQUEZ