Ficha bibliográfica
Titulo: BOLETÍN CULTURAL Y BIBLIOGRÁFICO 65
Autores: Banco de la República
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| BOLETÍN CULTURAL Y BIBLIOGRÁFICO 65

Brasas

 

Titulo del libro: No hay llamas, todo arde

Autor: |Óscar Castro García
Editorial: Fondo Editorial Universidad Eafit, colección Antorcha y Daga, Medellín, 1999, 177 Págs.

 

En estos cuentos de Oscar Castro a veces, aunque no hay llamas, todo arde. Pero en otros sí que hay llamas y arde todavía más. Y estos últimos son los mejores. Los tres bloques en los que está dividido este libro -"Deseos", "Soledades", "Constancias"- tienen mucho que ver con esta dinámica de ascenso del delirio y del soltarse del lenguaje, en primera instancia contenido, hasta que poco a poco como una cascada termina por salir a borbotones intensos, profundos, febriles y espléndidos para dar cuenta de su material salvaje.

Este delirio nunca se conjuga en presente, a pesar de las apariencias. El presente es sólo el no-lugar sepultado por el |detritus del pasado, las fiebres de la locura o el manto oscuro de las anticipaciones, de terribles recuerdos del futuro. Sólo que no siempre es evidente desde dónde se cuenta ni desde cuándo, y en ciertos relatos y en ciertos momentos del relato esta característica se esconde bajo cierta calma, cordura y orden.

"Deseos"

Es el caso de algunos cuentos de este bloque, narrados, en principio, con una sintaxis austera y con la promesa de una introducción, clímax y desenlace. Bajo esta estructura aparecen principalmente |El parque hundido, Al otro lado de la pared y En San Francisco. Después de plantear escenarios típicos (la panorámica de un parque lleno de enamorados comiéndose a besos, la clásica fascinación de un solitario por la bella mujer del piso alto, o una larga convalecencia en un hospital de un país donde el protagonista es extranjero), las historias terminan torciéndose en el lugar más inesperado. No es que pasen abruptamente de un lugar real a otro surrealista, sino que se van deshaciendo tenuemente por el camino, perdiendo la manía del final, desvaneciéndose sin cerrar las puertas, sugiriendo tal vez que la historia apenas va a empezar después del punto final. Y en otra dimensión.

Sin embargo, en |Ininterrumpidas olas y |El encuentro, el juego del autor es directo desde la primera frase. Las cartas están desde un comienzo sobre la mesa: ("... cuando mar bravo tragábase playas, hoteles sin electricidad desde las 2 de la mañana sin dinero con ansias y sufriendo y asesinando mi ternura entre las olas masturbándose en playa solitaria entre la arena piedras sobre canoa abandonada..."). Es el baile del deseo el que aquí se va a bailar. Y para ello se necesita unas zapatillas especiales. El narrador sabe usarlas y se tira de cabeza a la rudeza de este juego, a navegar sobre las encrespadas aguas del amor homosexual en una provincia hecha para los conventos, los negocios y el billar. El autor ruge, desbarata frases, pone en evidencia las trampas de los códigos literarios. Por ejemplo, |El encuentro se narra en doce versiones, no caprichosamente, sino precisamente buscando ese límite donde por fin pueda aflorar límpidamente ese obscuro objeto del deseo de bellos dientes, hermosas caderas y mal aliento, con su promesa de respiración cósmica.

Un poco más tradicionalmente narrativo es el cuento |Sola en esta nube, donde una prostituta vieja de senos tristes se desmorona en un último desayuno viendo caer también en pedacitos lo que fue su lugar en el mundo, el viejo Guayaquil y sus monstruosos duendes.

El Deseo escrito con mayúscula, como una fatalidad, como el único salvavidas en el mar rojo de la vida que, sin embargo, termina indefectiblemente por hundir al náufrago que puso en él sus esperanzas. El deseo ciego, sin destinatarios tangibles, buceando en todas las metamorfosis y combinatorias de la carne: hombre y mujer, hombre y hombre, hombre y fascinación fantasmal. El deseo como un dios cruel que sólo se alimenta del desasosiego.

Mientras tanto, los hombres se quedan solos. No se pueden tocar las pieles a través del espejo... Si acaso podrán arañar las sucias esquinas de las ciudades, esas avaras amantes y escenarios finales para el desencuentro. Pero el tema de los "desencontrados" y las urbes se desarrollará más cabalmente en el siguiente bloque.

"Soledades"

Desde el primer relato de este segmento - |Ometochtli, según las crónicas-, el huracán interior va subiendo como el humo de un cordero quemado dulcemente en el horno que termina por asfixiar a los comensales. El libro se parte, con este relato, en dos. Si el lector ha seguido hasta aquí el orden propuesto por la edición, muy seguramente se sorprenderá con un escritor mucho más sólido de lo que podría haber pensado por los relatos anteriores. El dominio del lenguaje, el tono mayor, el endiablado ritmo y una profundidad inédita salen a relucir en las plumas empolvadas de un dios caído, que trata de resucitar de las cenizas de la memoria y termina apedreado por jovencitos ignorantes y las fatalidades de la historia. Una fábula trágica de un extraño color que logra recrear los dolores de un cielo que se quiebra lúgubremente sobre templos profanados ("El sonido que produce con sus dientes recuerda a todos el poder y el esplendor, los dioses, su hora al vaivén del viento, del canto, del sonido de las hojas y papeles. El mercado es ahora un templo. No existe el templo ni éste es un mercado. No bailan conmigo, me dejan solo...").

Le siguen otras historias no tan directas, en tono menor, por las que reptan fantasmas ya conocidos. En ellas empieza a pasar cada vez más a un primer plano la ciudad y sus víctimas hechas pedacitos en las calzadas. La lenta intromisión del monstruo de concreto comienza con una carta que no se deja escribir mientras la ciudad se intenta colar por las rendijas en |El hilo de una carta. De ahí en adelante las grandes urbes histéricas, dementes, apasionadas, convulsionadas, asesinas, fascinantes, crueles, indiferentes, salen a la palestra. Es un espectador en el ojo del huracán que nos cuenta la ciudad, un personaje herido de muerte por sus abismos, profundos e irresistibles, que sabe que con las ciudades no hay segundas oportunidades.

En |Una cita en Chapultepec, el metro emerge como una máquina trituradora de tiempo, que vomita hombres en cada estación con su fuerza centrífuga descomunal. No hay manera de permanecer en el centro, de acceder a los paraísos de almíbar del bienestar y el progreso. El personaje que lucha penosamente por un jirón de normalidad terminará, después de esta marcha infernal, sin aliento, indefectiblemente al margen, sin empleo, sin futuro, sin el hijo que hubiera querido tener en una ciudad de vientre más ancho y menos ajeno. Las ciudades son para pocos, muy pocos; los otros son su carne de cañón para los sacrificios diarios.

Ése es precisamente el tema de los dos relatos siguientes. El sacrificio de |Sólo recordé que regresaba es masivo. Y la piedra ritual donde se abren las entrañas y corre sangre lo es nuevamente el sistema de transporte -un metro y un bus que se entrelazan en el recuerdo-, ese corazón palpitante de las ciudades que decide sus afanes, sus círculos viciosos, sus destinos. Los pasajeros, "la escoria de una ciudad abandonada", son atacados por la violencia ciega de una pandilla juvenil que sube en espiral, cada vez más roja, más loca, más densa, y termina por apoderarse de un ciudadano común convertido en un espontáneo "vengador justiciero" que nadie quiere y que para nada sirve en un lugar de muertos vivientes:

... y frente al desorden general, la falta de tristeza, la imposibilidad de recuperar entre los que había en el bus un poco de piedad o de respeto, alguna ayuda para salvar esas vidas a punto de diluirse, me sentí acorralado pisando ya el último escalón de la nada...

Este relato se muerde la cola, empieza y termina con la misma frase como para acentuar ese círculo de infamia del que es imposible salir.
Termina este bloque con un sacrificio individual y prosaico: un joven estudiante es atropellado en un país extranjero e indolente:

Esto es un sacrificio en la cima de una pirámide. El sacerdote, ante la docilidad del elegido, vacila con su cuchillo de obsidiana. Se siente el desenlace de una venganza, mientras el pelotón de fusilamiento busca un blanco.

En su agonía, mientras se confunden las coordenadas reales con las psíquicas o existenciales ("Más adelante estará la Alameda y, más abajo, los túneles del tiempo"), surge una profunda y original reflexión sobre la muerte. El accidente se convierte en un sacrificio que hacen los muertos para creer que siguen vivos en una ciudad de muertos más muertos que el muerto:

Los siento morir, se escucha, se alejan a sus tumbas, se han quedado sin voz. Cada cual huye, quiere morir entre los brazos de quien ama. No hay lugar para los intrusos. Me han dejado solo sobre la banqueta sin el peligro de ser atropellado o auxiliado. Se han ido a morir y esperan a encontrarse conmigo el día de la resurrección.

No en vano este relato de altares, sacrificios y días de resurrección transcurre en México, ese pueblo que se inventó calaveras con piel de azúcar para comerse dulcemente la muerte el día de las ánimas.

"Constancias"

Cuando el libro llega a este bloque, las llamas han envuelto todo, contenido y continente. El delirio se ha desbocado y corre con los ojos abiertos después de haber conocido el abismo detrás de sus miles de máscaras. Entonces, el autor da paso al monólogo, a un discurso elaborado con las vísceras y la carne de personajes arrojados a los abismos de la senectud, el olvido, la tortura o la muerte.

Hay, sobre todo, tres relatos que logran terminar este libro en ascenso en un incandescente ascenso de ríos de lenguaje endemoniados, sin diques, que nombran la palabra del terror.

El primero de ellos es |Constancia, que es un deshojarse sistemático, incisivo, extenuante de las infinitas fibras de la oscuridad a la que es arrastrado un torturado político. Oscuridad real y simbólica, a la que se ha ido a vivir como a una casa infinita sin puertas ni ventanas y, sobre todo, sin el presente atormentador. Cuento nervioso, zigzagueante, convulsivo, en el que se describen una a una las esquirlas en las que se quiebra una lucidez a punta de corrientazos en el cuerpo.

Luego siguen dos excelentes relatos, sin duda los mejores de este libro, que a pesar de sus universos diametralmente opuestos realizan un inquietante puente entre dos vengadores (el tema ya se había tratado en relatos anteriores como |Sólo recordé que regresaba). Son ciudadanos comunes que deciden tomar la justicia por su cuenta, como en el primer relato, o al menos convertirse por dinero en su más candente apéndice, como en el segundo.

|Alma, en mí te retratas es un relato atípico en el universo de este libro, donde la mayoría de sus protagonistas son hombres jóvenes, sueltos, sin brújulas, en ciudades vibrantes y desoladas. En este caso la perspectiva es la de una envejecida mujer del campo, enredada en sus canas y sus odios, que se revuelca en una ácida venganza aguijoneada por terribles versos místicos, plegarias a la Virgen, santos y humo de incienso.

El tiempo del relato es una cuerda tensa entre el pasado marcado por un crimen atroz, el de una familia degollada cuyas cabezas quedaron no sólo en las estacas de la casa de campo sino en las del recuerdo, y un "futuro posible dentro de un presente insoportable". Un futuro donde el violador y asesino de la familia de la protagonista muriera bajo todo tipo de torturas en manos de la mujer que, paradójicamente, debió pagar esos muertos.

Esta historia es una metáfora de la locura sangrienta de la Violencia. Sus crímenes son cometidos con ese transfondo histórico y según sus códigos. La protagonista se ve envuelta así en la locura de la sangre derramada del clan y siente que sólo podrá respirar el día que haya hecho justicia. Es una venganza perpetrada a luz de las veladoras a los santos y sentida con carne de mística. Al igual que el amor |divino, "que no es nada sensual ni corpóreo sino puro afecto del alma", su odio es espiritual. Por eso busca |ese "momento crucial en que el rito se termina y el alma se transporta". Pero eso no podrá lograrlo sino cuando la cadena de los odios fluya, corra hacia el siguiente eslabón. Ella ha sido la víctima del desorden general, el chivo expiatorio, y de eso su alma no se podrá sanar hasta encontrar al hombre a quien transferirle su dolor. Por esto "no buscaba devolver venganza sino castigo. No odio sino justicia". Sin embargo, tal vez él no llegará a la cita de su muerte, podría desvanecerse como un fantasma... o podría haber muerto sin lavar su sangre roja. Y entonces la costra del tiempo no se removerá, y el odio, el amor al odio, seguirá por los siglos de los siglos. Excelente relato mítico y místico, de un complejo ser de carne y hueso atravesado por la historia sangrienta de nuestro país.

El segundo gran relato, |Desafiando esta ciudad, es el vértigo de un sicario que baja a Medellín al ritmo de un orgasmo de velocidad, muerte y metal con su moto, su metralleta y su "hembra". La atmósfera mística, fantasmagórica, rural, de odios como deberes atávicos, del anterior relato es transformada aquí en un negocio urbano, limpio, sin remordimientos, ni fantasías. Es el paso de una Violencia (la de los años cincuenta) a la actual violencia, con v minúscula y muertos en mayúscula, a sus nuevos códigos y tecnificadas prácticas. Es el cambio de mentalidades entre los degolladores que terminaban manchados hasta los dientes y los pulcros y precisos asesinos que matan hoy sin ensuciarse las manos.

El pistolero dandi de La Virgen de los sicarios o la difusa Rosario Tijeras nunca llegan a alcanzar la riqueza de matices de este "pistoloco" que penetra la ciudad como una vagina, en "un orgasmo de nunca acabar". Su monólogo, que sube de temperatura a medida que baja de Matasanos, viene desde adentro y no es narrado por quienes se quedaron mirando la montaña de las comunas desde una terraza, abajo, sin atreverse a subir. Quien escribió este relato sí subió y por eso su personaje puede desabrochar en cada curva la psicología del personaje, el tiempo que le tocó vivir y el papel que debió desempeñar en una ciudad donde lo único que está sincronizado es "la venganza, los deseos de que desaparezcan todos los que me estorban"...

Él es el apéndice ciego de esa nueva ley: "Somos la ley, vos y yo, la moto y esta hermosa metralleta sin estrenar". Y puede serlo porque, como confiesa: "ya perdí todo lo que los demás están tratando de conseguir o de mantener". Más allá del bien y del mal, cuando aprieta el gatillo... suda, pero no por miedo, sino porque "hace calor".

Es, pues, la tensión entre un lenguaje exacto, moderado, atenuado, que el autor puede esgrimir con altísima precisión, y un material turbulento que lucha por regarse sin remordimientos en los pisos limpios de la sintaxis, las leyes de la narrativa y la construcción de personajes, la fuerte columna vertebral que cohesiona los tres bloques, tres delirios, de esta excelente antología de cuentos escrita con solidez y profundidad. Constituyen, en todo caso, una manera fresca de mirar nuestra última historia, nuestros últimos ritos asesinos, nuestros últimos desencantos con personajes nuevos e inéditos cuya voz vale la pena escuchar.

 

SOL ASTRID GIRALDO E