Ficha bibliográfica
Titulo: BOLETÍN CULTURAL Y BIBLIOGRÁFICO 65
Autores: Banco de la República
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| BOLETÍN CULTURAL Y BIBLIOGRÁFICO 65

Un lenguaje de aristas

 

Titulo del libro: No hay llamas, todo arde

Autor: |Oscar Castro García
Editorial: Fondo Editorial Universidad Eafit, colección Antorcha y Daga, Medellín, 1999, 199 págs.

 

En un feliz acierto, el Fondo Editorial Universidad Eafit ha realizado la edición de |No hay llamas, todo arde, reunión de cuentos de Oscar Castro García, de quien durante unos quince años hemos conocido textos ganadores de concursos, o enantologías del género, o en dos pequeños tomos, de escasa circulación.
|Sola en esta nube y Constancia son los dos cuentos, digamos, emblemáticos de este autor, señalado por alguna crítica como de los mejores en el género, pero también de alguna manera estigmatizado por ese solo par de piezas. Recientemente su cuento |El encuentro, presente en esta colección, fue incluido en la |Antología del cuento colombiano, 1975 -1995, del Fondo de Cultura Económica de México, y ganó allí mismo, por segunda ocasión, un concurso internacional.

Lo meritorio de un libro como |No hay llamas, todo arde es que descubre plenamente al autor que es Oscar Castro, permite sopesar sus mundos y entrar de lleno en una narrativa amplia, expuesta desde un adentro de complejidades, intrincamiento y dificultad. Creo no equivocarme al decir que el lector necesita pasar al menos dos veces por varios de estos cuentos para encontrar allí una verdadera comunión. Porque una especie de mordedura y de aciago talante los acompaña. La palabra del autor de los cuentos antes mencionados se frena, se introduce por calles angostas y poco iluminadas, de donde logra salir, al fin, a otra. Perviven sí la angustia, la soledad y tal vez el grito de sus narraciones más conocidas, pero ahora están fraguándose desde adentro, desde un conflicto humano que entronca más con nuestra propia visceralidad. No hay un incendio total, no hay lenguas de llamas alcanzándolo todo, devorándolo todo con la eficacia del fuego delirante. Hay un ardor lento, producto de brasas vivas, pacientes, ardor que quema en vez de devorar.

Por estos dieciocho cuentos corre un lenguaje de aristas, lenguaje de alguna manera endurecido al fragor de destinos marcados, de personajes a veces solitarios, confundidos en sus contradicciones. Enamorados, ilusionados, frustrados. Inmersos todos en la ubre de la urbe, viviéndola, padeciéndola, odiándola, queriéndola, rechazándola, asumiéndola, matándola. Muriendo en ella, a veces, de la peor manera: renunciando al alma.

Un libro con el don de la morosidad, a juzgar por las fechas a la vista. Varios cuentos, incluso, aparecen con dos fechas, de comienzo y fin, que señalan diez o más años de trabajo (¿de cocción?).

En la mayoría de estas historias existe un combate a muerte contra la soledad, una permanente contradicción con el lugar de origen, una búsqueda incesante de arraigo, de algo como el amor, que cambie la vida, que provoque nuevos bríos contra la resaca de la muerte. Personajes a la espera de que el destino les regale una sorpresa que los devuelva a la vida, a la ilusión de seguir existiendo. Hombres grises que portan el fardo de la frustración y arriesgan una última jugada, aunque en ella pierdan el poco de alma que les queda. En ocasiones la locura es el espaldarazo que les da la vida, la tonta embriaguez de no entender nada.
No es casual este libro. No es azarosa la reunión de estos cuentos. Están unidos por un hilo perverso, lúcido, que teje la oscura metáfora de la decadencia irremediable de los hombres que somos. De la cultura apabullada por la irrisoria miseria del poder que vivimos.

Sólo uno de los relatos manifiesta explícitamente esa decadencia, por boca de su personaje. Se trata de Ometochtli (según las crónicas), en que Ometochcocoya, un antiguo sacerdote indígena mexicano, decide realizar un ritual de canto, baile y oración en la plaza de mercado, donde los de su sangre andan embebidos en las miserias de sus vidas, en el hambre de sus cuerpos y de sus almas, donde la estupidez, insuflada por los invasores a su estirpe, yace regada por doquier. En un último acto vital, se viste y se orna para cumplir lo que considera su deber, el deseo de sus dioses. En lo alto de su canto, de su ira y de su dignidad, muere embestido por los imberbes guardaespaldas del dios del cielo, celosos y a su vez dueños de la convicción de no permitir que prospere la locura de ningún otro sueño, la voz de ningún otro dios. Piedras le llueven a |Ometochtli, "según las crónicas", que lo ciegan para siempre bajo el amparo del silencio y la cobardía de los de su raza. Los nuevos sacerdotes le ganan la partida al intento del canto, al último vestigio de los dioses. Cuento hermoso, cruel, despiadado y veraz de lo que ahora mismo nos ocurre a todos, de lo que les ocurre a los personajes de estos cuentos de dolor y soledad.

Algunas de estas historias transcurren en México, y otras en Medellín, lo cual no incide en su unidad, en la idéntica convicción que comportan y que las hace casi un solo rictus, una misma exasperación que late y conturba.

El primer cuento del libro, |Parque hundido, fechado en México (1985) y Medellín (1998), es un redondo relato de sólo una página, de amor puro, de puras manos, de besos absolutos, de cuerpos entregados, de sabor a puro arte. El único cuento del libro que triunfa enfáticamente en el amor, quizá porque el único conflicto allí (buscarse y encontrarse) está resuelto en el abrazo fugaz y desaprensivo de los amantes en el parque. Cualquier parque, cualquier cielo, cualquier tiempo. Como si en el cortísimo texto estuvieran compendiados todos los anhelos de los siguientes diecisiete personajes, desamparados de un abrazo, de una chispa de felicidad.

|Algo vino a buscar aquí narra la absurda situación en que se encuentra, súbitamente, un recién llegado a un pueblo mexicano, a orillas del mar. Un extranjero que sólo busca matar algo de la soledad que lleva adentro. La pesadilla lo alcanza enmascarada en una trifulca gratuita en la que su anónimo e inopinado agresor resulta golpeado y apresado por la policía, denunciado por el extranjero. Lo que sigue es la paranoia de éste, camuflada y aumentada en el alcohol, respirando la angustia de la venganza contra él, sintiendo la proximidad de la muerte a manos de la horda que hará justicia con el llegado de lejos, de un país extraño. Hace pensar este cuento en los miedos y las pesadillas alcohólicas de Geoffrey Firmin, personaje de |Bajo el volcán, y en las propias palabras de Malcolm Lowry sobre el miedo que llegó a sentir viviendo en México, y acerca de los ojos vigilantes que sentía encima de él, sobre el inminente ataque que presentía a manos de los agentes del Estado, por el solo hecho de ser un extranjero, de ser alguien que les despertaba sospechas, por ser un escritor. Basta recordar, para saber de qué nos habla este cuento, el desenlace de esa novela extraordinaria del autor inglés.

No sabemos exactamente qué sucedió con el personaje de este relato, y tal vez no importa. Esa parte, que lo puede ser de la mera realidad, queda relegada ante el sentimiento que nos despierta el personaje, ante el miedo que sentimos con él, en una tierra extraña, lejos del origen. Un alma excéntrica, como la de tantos de estos personajes.

|Alma, que en mí te retratas, relato que en apariencia se sale del curso por donde discurren casi sin excepción estas historias, en un contexto urbano contemporáneo, cala hondo, mucho más allá del conflicto que surge del texto: una de las tantas y sangrientas tragedias enmarcadas en la época de la Violencia colombiana. Si bien el hecho que da origen al cuento ocurre en aquella época, el centro de atención del mismo, su desarrollo final, ocurre en los años recientes. Una joven mujer se oculta para ser testigo de cómo su esposo degüella en la noche, dormidos, a todos los componentes de la familia, incluso a la propia madre. El hombre habría sabido del interés de su suegro, entre otros, por su fortuna económica. La mujer purga más de treinta años en la cárcel, acusada de complicidad. Pero sólo iré hasta aquí en el recuento del texto (recuentos que no pueden ser más que torpes), y subrayar la hondura humana de este conflicto, la proverbial manera del escritor de hacernos ver que, pese a cualquier suposición, esa mujer amaba a su hombre, de manera mística, imposible de alcanzar. Que, a pesar de que fraguó una eficaz venganza ("Contempla el cielo estrellado y escucha los muchos ruidos y sonidos de la noche. Ha logrado que su prima se quede en el pueblo, todo está listo y prefiere que no se dilate más el ejercicio de la justicia, a su edad ya quién va a encarcelar a una mujer pero no cuenta con alguien de su parte, el pueblo no es el mismo, piensa mientras busca otra cosa en qué ocupar la mente y sobrevienen los versos |Que mi amado es para mí / Y yo soy para mi amado, observa los estacones y el alambre de púas, llora por primera vez y trata de saber por qué y por quién, busca entre sus manos la camándula y siente el acero frío, recobra la seguridad y vuelve a sus oraciones..."), todo obedecía más a una suerte de sublime demencia, acariciada hasta el momento final, donde, después de varias apariciones del asesino en la casa donde todo había ocurrido, tantos años después, sólo sobrevenía un desvanecimiento, sucesivas apariciones que culminaron en la confusa pero apaciguada neblina de la muerte.

¿Cuántos cuentos de esta factura, de esta finísima trama (más por su lenguaje implícito) se han escrito, se escriben sobre aquella malhadada época, repetida de mil otras maneras en nuestro país?

Este nuevo libro de Oscar Castro nos enseña una narrativa que, además de sus ritmos y registros absolutamente personales, exhibe una garra y una fuerza que, diría, demuelen al lector, entrándole a desvirtuar sus comodines, a enervar las tranquilas aguas de conceptos acostumbrados, de lecturas clasificables. Un libro hecho de tiempo, de los riesgos que corre un creador cuando renuncia al facilismo de gustar, de juntar lectores alrededor de dulces palabras o de palabras piedras, cuando renuncia a los intentos de entronizar la literatura sicariesca mediante esquemáticas historias, provistas más de oportunismos que de talento y sensibilidad. Un libro de cuentos, creo, como hace muchos años no se publicaba en Colombia. Un libro que difícilmente se pondrá de moda, ni se venderá con cintas que anuncien récords de ventas. Que caerá casualmente a un secreto lector sin miedo a la dificultad, quien lo leerá una, dos, varias veces, siempre otro libro, siempre otro lector.

 

LUIS GERMÁN SIERRA J.