BOLETÍN CULTURAL Y BIBLIOGRÁFICO 65
La vaga noción de haber sido embaucado
Titulo del libro: Los cuentos de Jardín
Autor:
|Javier Echeverri Restrepo
Editorial:Editorial Manuel Arroyave, Medellín, 1999, 286
págs.
Nunca sabré cuál es la verdadera utilidad de comentarios como el
siguiente. La labor de la critica no es la de educar la
sensibilidad, ni la de informar al autor sobre los rudimentos de la
escritura, ni la de emprender el inventario de las erratas de un
libra. He intentado leer
|Los cuentos de Jardín, y es
exagerada y arrogante decir que lo he conseguido. (Pero escribo
consciente de la línea delgada que separa mi indignación de la
arrogancia). Una lectura tan penosa como la que he hecho debería
echar el libro al olvido del que nunca debió salir, no refutar las
razones de su publicación ni indagar en los motivos -suicidas,
vanidosos, megalómanos- que pudo tener un autor para publicarlo.
Quizá debería reproducir aquí las líneas con que intenté
justificarme en otra reseña, y decir que, a pesar de la naturaleza
del comentario, el lector se acercó al libro sin prejuicios
negativos, sin la intención de leer a contracorriente, con la
disposición mínima de quien se enfrenta a una página de ficción.
Así me he enfrentado a la lectura de estos cuentos (la palabra es
demasiado generosa), decidido a suspender la incredulidad y a
dejarme engañar por los artificios de la trama. No he conseguido
más que la vaga noción de haber sido embaucado, y la certeza de
haber perdido mi tiempo.
Un examen del libro concluirá forzosamente con su destrucción,
porque nada en él es redimible. En él no hay personajes, sino
figuras de cartón superficiales y, para el lector, invisibles.
Echeverri los ha utilizado como vehículo de diálogos inverosímiles,
equivocados gramaticalmente e incapaces de caracterizar a quien los
pronuncia. La puntuación del vocativo no existe para el autor; las
convenciones tipográficas, tampoco. Y un glosario de localismos,
insertado al final de cada relato, pretende que el lector penetre
el misterio de intercambios como el siguiente:
|-Padre loco, parece un cusumbo solino.
-Parece una devoción muy suya, alguna manda devota.
Como ellos, la prosa de Echeverri resulta un mero artificio. El
abuso de las metáforas y la cursilería de ellas, la dicción
desquiciada, el pésimo gusto literario en la escogencia de las
palabras, la ignorancia de las más elementales normas ortográficas
y gramaticales, la terca convicción de que una historia se
construye mediante la acumulación de localismos incomprensibles y
gratuitos -el afán del color local, sin duda- y de que para
conmover al lector bastan los sentimentalismos, más o menos
abstractos. ¿Cómo es Jardín, el escenario de los relatos?
Jardín es un pueblo de montaña
enterrado cañón arriba entre dos quebradas de monte: La Volcanes y
La Salada. Pueblo de clima medio, montañas de sol triste, cielo
andino y cristiano con dos campanas de iglesia que suenan como los
mismísimos hierros del infierno cuando llaman a un muerto. Pueblo
de novias y flores, lo completan unas calles alegres de casitas
pintadas y coquetas de risueño color con balcones floridos.
Evitar los defectos de registro no conducirá a una mayor
satisfacción frente al texto.
|Pueblo de clima medio
pertenece más a un folleto turístico que al citado inventario de
nostalgias; pero esta constatación nos deja todavía frente a las
casas
|coquetas y
|de risueño color de las que se
menciona, más adelante, que están
|apretujadas unas contra otras
para prestarse calor y darse aguante en abrazo de vecindario.
El lector lo ha adivinado: la cursilería no tiene límite en estos
textos. Echeverri busca conmovernos con cada frase, cada paisaje
quiere ser profundamente humano; pero sus descripciones, físicas o
psicológicas, son sentimentalismos mediocres cuando se entienden, y
abstracciones pseudopoéticas cuando no. "La confusa
memoria infantil de Ana ha triunfado y consagra a un solo amor su
fracaso de mujer. Extraña desventura pueril y agraria amargura. Un
secreto poder infantil y la viveza dulce de los sueños dominan sus
fuerzas de mujer. ¡Es tan fiel a los disparates de su sangre que
cae víctima de la fidelidad ladrona del amor!". Semejante
parrafada, después de la cual ignoramos de Ana tanto como
ignorábamos antes, viene seguida de este epigrama: "Esta
vida es juego de éxito y derrota y este mundo no cumple a todos por
igual, es un juego desigual de la dicha y la desdicha que está
entre los errores más viejos del tiempo". No sorprenderá,
entonces, que el prologuista, cuya redacción es la de un infante,
considere "filósofo" a Echeverri, o
"profundo y demoledor" su estilo. No: su estilo
no procede por demolición, sino por desconsuelo; no es profundo,
sino alambicado y pretencioso. "Ninguno es más grande que
su verdad. La curva insensata de esta vida es una efímera línea de
humo que asciende lo mismo hacia lo demás de lo demás y desciende
luego hasta perderse entre las trenzas del agua". La frase
parece la de un adolescente fascinado por los poemas en prosa; pero
constituye, ella sola, un párrafo en medio de una narrativa de
ficción. Cualquier edificio se desploma después de semejantes
faltas -al registro del lenguaje, a la inteligencia del lector, a
la claridad de la exposición-; Echeverri nos entrega un ejemplo por
página. Leer las frases en voz alta hubiera sido suficiente para
purgar al texto de cacofonías; para dotarlo de sentido, para
otorgarle algún valor estético, para volverlo revelador de la
esquiva condición humana, una reescritura era imprescindible. Pero
por estas páginas no ha pasado una sombra de rigor -ni la
reescritura, ni la corrección más simple-, y quizá en eso radique
el fracaso: en la indulgencia del autor, en su poca exigencia
frente a la labor de la escritura y también de la construcción
narrativa.
|Character or plot?, se preguntaba Henry James,
¿personajes o historia? El peso que el autor otorgue a uno o a otro
elemento de la complicadísima mimesis que implica una ficción en
prosa determinará su ubicación en los espectros literarios. Para
los autores que admiro, la trama resulta del conflicto de los
personajes; para otros, existe sólo la historia, y los personajes
se limitan a poblarla; en
|Los cuentos de Jardín se ha
preferido prescindir de la trama en favor de la acumulación de
incidentes chatos; de los personajes, en favor de caricaturas sin
fondo, artificiosas e inverosímiles, que ni por un instante
obtienen la independencia de su autor. Ni siquiera el lenguaje
tiene la dignidad estética que produce admiración en tantos relatos
vacíos de contenido metafísico.
No puedo comentar los relatos, porque en ellos no hay nada
concreto. Hay carrieles, por supuesto, y hay rocolas y hay totumas
y hay corotos de todas las clases, pero nada de eso basta para
crear el ambiente, para dar la sensación de lugar de que hablaba
Hemingway. Las anécdotas trascenderían la banalidad de su pequeña
mitología si estuvieran pobladas por personajes visibles, pero éste
no es el caso. No las pueblan, sino las agobian, imágenes
ajetreadas y las más de las veces incomprensibles, el abuso de los
diminutivos: "Ana empieza a hacer el ajuarito y a juntar
chiritos en una petaca de cuero: ropita de ella y ropita de camas,
en fin cositas menorcitas de casa y otras cositas más finitas
también". Como si eso fuera poco, y para rematar, esa
|filosofía de dudosa penetración de la cual se nos prevenía
en el prólogo: "Sin más espejo queda la niña peinada y Ana
se sienta a esperar la fecha numerando los días. A todos nos acecha
el olvido y el goteo de las horas del diablo y sin formas de
chistar, pero hay gentes a quienes la vida no da respiro y luego
escoge el momento para darles una paliza final".
El resto, en este caso, no es literatura.
JUAN GABRIEL VÁSQUEZ
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