Boletín Cultural y Bibliográfico No. 23
"En la Makuira está un arroyo que nunca se seca; de
allí salieron los primeros hombres para poblar el desierto. Muy
cerca de este lugar está Aalas, donde hay grandes piedras en las
que están grabados los signos que identifican los clanes; a cada
clan le toca uno. Los Wayúu trabajan duro tejiendo, cuidando los
rebaños, pescando, recogiendo la sal, buscando el agua. Lo que debe
hacerse y lo que puede pasar se sueña; los muertos
-los yoluja- también se comunican con los vivos en los sueños. A
veces les piden que hagan una fiesta -yonna-; entonces los guajiros
danzan hasta el amanecer al ritmo del tambor, la trompa o el maasi,
reparten mucha carne y bebida. Los Wayúu viven y trabajan
intensamente sobre la arena y cuando se cansan, buscan refugio bajo
ella. Entonces su espíritu recorre el camino hacia Jeripa, que
queda en el Cabo de la Vela, para ingresar definitivamente al mundo
de los yoluja, las palowi y los wanürü: al mundo de los
muertos".
Al texto le siguen una fotografía del desierto y una serie de
imágenes de las salinas.
Las leyendas de pie de foto son como si las musas se hubieran
posado sobre cardos antes de cantar: "...en complicidad
con su ventana, una mujer espera la llegada de barcas cargadas de
collares, perfumes y telas de colores". La fotografía
muestra a una mujer joven que sonríe al lente de Rouillard a través
de una ventana en Nueva Venecia. "A ser marineros no
juegan los niños de Nueva Venecia porque no es un juego la vida. Su
vida se repite en el constante remar de la escuela a la casa, de la
casa a la tienda, y de la tienda a un puerto más grande, del que no
regresan jamás".
El texto de la ciénaga no está, y la parte gráfica de este sitio
se halla incluida en el capítulo "Santa
Marta".
Decae notablemente el trabajo del fotógrafo parisino, que, si
bien nunca se acercó a nuestra cultura, tuvo la sensibilidad y la
técnica de un excelente fotógrafo en libros anteriores como
|Colombia, en el que, además, no se dejó almibarar con textos
como los del presente volumen.
El prólogo del libro está firmado por Consuelo Cepeda, del que
transcribo un poema con el que su autor finaliza el milagro del
país en que vivimos:
Que no se digan más frases,
que el viento se lleve los
murmullos,
que callen las voces vanas...
que aquí está Colombia en sensaciones y colores,
Colombia que habla con tinta-mar, cielo, montañas.
Colombia que habla mostrando y muestra soñando.
Esta Colombia que no alcanza a describirse con palabras Y que todo
se ¡o dice a las miradas.
ENRIQUE CASTRO
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