Boletín Cultural y Bibliográfico No. 23
A continuación, traza una sucinta historia de las conquistas de
Gonzalo Jiménez de Quesada por el interior del país, aunque en
diversas ocasiones Jaramillo advierte que la lectura que El Cojo
hizo de Lucas Fernández de Piedrahíta y de Rodríguez Freyle se
evidencia en fragmentos de
|El carnero de Medellín. A este
respecto, la nota 9 del apéndice es harto ilustrativa:
"Hay partes del texto de Benítez que son copiadas
textualmente de
|El carnero de Rodríguez Freyle, lo que
parece indicar que consultó una de las copias manuscritas que
existían de tal crónica, pues solamente se editó en 1859 por el
doctor Felipe Pérez. Sostiene monseñor Mario Germán Romero que en
el archivo departamental de Antioquia había una copia manuscrita de
|El carnero de Rodríguez Freyle" (pág. 384).
Y ya en materia estrictamente medellinense, Benítez reproduce
copias de la cédula de fundación de la Villa y pasa a relacionar la
larga nómina de funcionarios: alcaldes ordinarios, alcaldes de la
hermandad, así como a explicar las razones del nombre de la Villa
("en obsequio del Excelentísimo Señor Don Pedro
Portocarrero, Conde de Medellín"). A continuación,
transcribe la lista de gobernadores, desde "el fundo y
erección de la Villa de Medellín, en el sitio de Ana", y
elabora una amplia relación que comprende los nombres y fechas de
los jueces ordinarios, regidores de cabildo, jueces de residencia,
tenientes de gobernadores, secretarios de cabildo, escribanos de
número y capitanes de milicias urbanas. Un apartado donde se
regodea El Cojo es el de la historia sobre la fundación de
conventos y parroquias y en la lista de curas párrocos, comisarios
de la Santa Cruzada y comisarios de la Santa Inquisición, datos
que, según confiesa, "los he sacado del Becerro
Eclesiástico" (pág. 77). Reproduce una carta pastoral de
fray Mariano Garnica a los párrocos de su jurisdicción, y gracias a
dicho texto el lector podrá darse cuenta de la censura imperante y
del ánimo represor de las autoridades eclesiásticas, sobre todo en
lo pertinente al cuidado de las buenas costumbres y al peligro
derivado de los malos libros. Razón no le falta a Jaramillo cuando,
al pensar en el contexto histórico que registra El Cojo, apostilla
contundentemente:
"Teníamos, pues, una sociedad más que religiosa,
fanática; más que inexpresiva y quieta, marrullera; quisquillosa,
melindrosa y puntillosa en lo que concernía al 'honor'; mestizas y
mulatas, abundantes, coquetas, y prontas..." (XLVIII). Sin
embargo, la recreación de la más que probable transgresión de éste
rígido esquema de valores -lamentablemente marginada de la memoria
de El Cojo-, le hubiera dado un tono más ameno y significativo a la
crónica, a la manera de lo que con excelente sentido de la picardía
y el humor hizo el santafereño Rodríguez Freyle.
Al socaire de tan extensas como tediosas nóminas, El Cojo
Benítez se limita a transcribir algunas adivinanzas de su propia
cosecha y promete premios mitológicos a quien las descifre. Una de
ellas, ejemplo de la más bien precaria solvencia literaria del
autor, dice: "Yo soy el anteojo de larga vista, en que las
líneas visuales, giran a los inmensos espacios de la eternidad,
donde todo es principio y nada es fin". Y, tal vez para
orientar al lector en el sentido de su aserto, dibuja al lado de la
frase un enorme esqueleto con una guadaña (pág. 281). Menos
soporífero resulta leer fragmentos como el que so pretexto de unos
globos ganan su atención, aunque es el lector quien a la postre
queda sorprendido por el extraño
|modus operandi del
cronista. En efecto, el autor escribe: "Don Juan
Carrasquilla en vista del globo anotado al frente aprehendió e hizo
otro globo, mucho más grande y lo echó en el llano y casa de don
José Muñoz en la noche de 7 de septiembre de este año de 1799 a las
9 de la noche, y tomó mucha más elevación que el otro, y duró más,
de modo que tuvo más vista y lucinamiento que el de
Valera" (pág. 69). El lector bucea para saber a qué otro
globo se refiere el cronista y constata que éste no ha hablado para
nada del asunto. Tampoco ha citado al tal Valera. La crónica
prosigue y el lector se enfrenta a otra de las nóminas de El Cojo,
la lista de escribanos de número, y es entonces cuando descubre el
relato del lanzamiento que "Fernández" hizo del
primer globo, el 15 de agosto de 1799. Pero lo curioso es que
Benítez aclara que "el tal Fernández resultó después
llamarse Don Mariano Valera". Este desorden, primero
cronológico y luego onomástico, da idea de la actitud con que El
Cojo conforma su texto, y que si bien resulta a la larga divertida
para el literato, no lo es tanto para los graves historiadores que
se adentran en estas materias, próximas a la arqueología.
Tal vez el momento menos ingrato de
|El carnero de
Medellín sea aquel en el que, en el tono de lo que hoy se
conoce como realismo mágico, se transcriben los componentes del
séquito que acompaña al embajador del Gran Señor de Constantinopla
en su visita al rey Carlos IV, así como la relación de los
obsequios: "El Bajá de Siete Colas, Mustafá Edim,
embajador del Gran Señor" viaja a Madrid -el texto debe
ser un informe de la oficina de prensa de palacio- con
"Quince mujeres en calidad de Sultanas. Treinta
concubinas, quince blancas y quince negras retintas. Cuatro amas.
Cuatro criadas. Dos Secretarios. Tres Maestros de la Ley. Dos
Malandrines. Dos Caballerizos. Dos Maestros de Ceremonias. Dos
intérpretes. Ocho Gentiles Hombres. Cuatro camareros. Veinticuatro
pajes, doce blancos y doce negros [...] Dos eunucos y su jefe
agigantado". También viajan médicos, "capellanes
con subalternos", cincuenta jenízaros, "sesenta
criados de escalera abajo" y cien esclavos de servicio y
caballería. En cuanto a los regalos para su Majestad Católica
destacan piedras de diverso color y valor, joyas, dos elefantes
(macho y hembra), un "dromedario verdoso", dos
camellos, dos leones, cuatro tigres, diez pelícanos, diez literas
con veintiocho "mulas trigadas", y mil treinta y
dos cautivos que por la Gracia del Gran Señor son liberados y
devueltos a la cristiandad... Y la relación agrega algo que, a la
luz del cosmopolitismo actual, resulta sintomático: todos son
turcos menos los médicos, que son ingleses; los cocineros son
franceses, los reposteros italianos, los cafeteros griegos y los
intérpretes españoles. Se dice que tan impresionante delegación
salió de Constantinopla el I de abril de 1791, aunque en ninguna
parte el boletín informa si llegó o no a su regio destino.
El prólogo de Jaramillo es rico en datos pero algo desordenado:
las digresiones familiares distraen el motivo central del discurso
y hay reiteraciones innecesarias. La genealogía materna de Benítez
es un ejemplo casi policiaco en pro de la verdad, aunque a la
postre resulta excesiva e intrascendente. A todo ello se agregan el
nulo interés de doña Francisca Javiera Betancur por su retoño,
habido en clandestina lid con don Nicolás Benítez, a quien incluso
se le disputa su presunta paternidad, lo cual dice mucho de la
madre. El Cojo no se prodiga en esta clase de confidencias
autobiográficas y de ahí el denso nudo genealógico en el que se
enredan el editor y el lector. Por otro lado, Jaramillo abusa de
cierto coloquialismo "paisa" que dificulta un
poco la lectura para quienes no son iniciados en la prosodia del
valle del Aburra. Habla, así mismo, de personajes muertos
"hace unas semanas", sin especificar la fecha de
la referencia, con lo que la mención queda adscrita a una
intemporalidad casi mítica. Obviamente, estas salvedades no le
restan interés al valioso aporte bibliográfico que constituye
|El
carnero de Medellín. así como a la exhumación de un texto casi
arcano y la presentación de un autor que, más en el campo de la
historia doméstica que en el de la literatura nacional -a pesar de
la obligad a invocación de El carnero de Rodríguez Freyle-, debe
atraer la atención de los historiadores, a la vez que despertar el
estímulo para investigaciones futuras. Cabe advertir que, a nuestro
juicio, la partemás valiosa del libro es laque Benítez dedica a sus
contemporáneos y que abarca hechos en los que él participó, en
especial los agitados lustros del proceso independentista.
Confesamos, finalmente, que por momentos creímos estar ante una
curiosa impostura literaria, aunque la ausencia de una anécdota
sólida, el estilo plúmbeo y la tediosa manía onomástica del autor
desterraron cualquier honorable sospecha al respecto. Desprovisto
el texto de la menor aspiración literaria, son los historiadores y
arqueólogos quienes ante la memoria de El Cojo tienen la
palabra.
R. H. MORENO-DURAN.
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