Ficha bibliográfica
Titulo: Boletín Cultural y Bibliográfico No. 23
Autores: Banco de la República. Biblioteca Luis Ángel Arango. Bogotá Colombia.
Edición original: Bogotá:1986
Edición en la biblioteca virtual: Diciembre 2006
Notas: reseñas y artículos sobre arte, literatura e historia.
Consulte y lea en línea libros completos, textos, revistas, imágenes y páginas interactivas sobre temas relacionados con Colombia.

|
| Boletín Cultural y Bibliográfico No. 23

A continuación, traza una sucinta historia de las conquistas de Gonzalo Jiménez de Quesada por el interior del país, aunque en diversas ocasiones Jaramillo advierte que la lectura que El Cojo hizo de Lucas Fernández de Piedrahíta y de Rodríguez Freyle se evidencia en fragmentos de |El carnero de Medellín. A este respecto, la nota 9 del apéndice es harto ilustrativa: "Hay partes del texto de Benítez que son copiadas textualmente de |El carnero de Rodríguez Freyle, lo que parece indicar que consultó una de las copias manuscritas que existían de tal crónica, pues solamente se editó en 1859 por el doctor Felipe Pérez. Sostiene monseñor Mario Germán Romero que en el archivo departamental de Antioquia había una copia manuscrita de |El carnero de Rodríguez Freyle" (pág. 384).

Y ya en materia estrictamente medellinense, Benítez reproduce copias de la cédula de fundación de la Villa y pasa a relacionar la larga nómina de funcionarios: alcaldes ordinarios, alcaldes de la hermandad, así como a explicar las razones del nombre de la Villa ("en obsequio del Excelentísimo Señor Don Pedro Portocarrero, Conde de Medellín"). A continuación, transcribe la lista de gobernadores, desde "el fundo y erección de la Villa de Medellín, en el sitio de Ana", y elabora una amplia relación que comprende los nombres y fechas de los jueces ordinarios, regidores de cabildo, jueces de residencia, tenientes de gobernadores, secretarios de cabildo, escribanos de número y capitanes de milicias urbanas. Un apartado donde se regodea El Cojo es el de la historia sobre la fundación de conventos y parroquias y en la lista de curas párrocos, comisarios de la Santa Cruzada y comisarios de la Santa Inquisición, datos que, según confiesa, "los he sacado del Becerro Eclesiástico" (pág. 77). Reproduce una carta pastoral de fray Mariano Garnica a los párrocos de su jurisdicción, y gracias a dicho texto el lector podrá darse cuenta de la censura imperante y del ánimo represor de las autoridades eclesiásticas, sobre todo en lo pertinente al cuidado de las buenas costumbres y al peligro derivado de los malos libros. Razón no le falta a Jaramillo cuando, al pensar en el contexto histórico que registra El Cojo, apostilla contundentemente:

"Teníamos, pues, una sociedad más que religiosa, fanática; más que inexpresiva y quieta, marrullera; quisquillosa, melindrosa y puntillosa en lo que concernía al 'honor'; mestizas y mulatas, abundantes, coquetas, y prontas..." (XLVIII). Sin embargo, la recreación de la más que probable transgresión de éste rígido esquema de valores -lamentablemente marginada de la memoria de El Cojo-, le hubiera dado un tono más ameno y significativo a la crónica, a la manera de lo que con excelente sentido de la picardía y el humor hizo el santafereño Rodríguez Freyle.


Al socaire de tan extensas como tediosas nóminas, El Cojo Benítez se limita a transcribir algunas adivinanzas de su propia cosecha y promete premios mitológicos a quien las descifre. Una de ellas, ejemplo de la más bien precaria solvencia literaria del autor, dice: "Yo soy el anteojo de larga vista, en que las líneas visuales, giran a los inmensos espacios de la eternidad, donde todo es principio y nada es fin". Y, tal vez para orientar al lector en el sentido de su aserto, dibuja al lado de la frase un enorme esqueleto con una guadaña (pág. 281). Menos soporífero resulta leer fragmentos como el que so pretexto de unos globos ganan su atención, aunque es el lector quien a la postre queda sorprendido por el extraño |modus operandi del cronista. En efecto, el autor escribe: "Don Juan Carrasquilla en vista del globo anotado al frente aprehendió e hizo otro globo, mucho más grande y lo echó en el llano y casa de don José Muñoz en la noche de 7 de septiembre de este año de 1799 a las 9 de la noche, y tomó mucha más elevación que el otro, y duró más, de modo que tuvo más vista y lucinamiento que el de Valera" (pág. 69). El lector bucea para saber a qué otro globo se refiere el cronista y constata que éste no ha hablado para nada del asunto. Tampoco ha citado al tal Valera. La crónica prosigue y el lector se enfrenta a otra de las nóminas de El Cojo, la lista de escribanos de número, y es entonces cuando descubre el relato del lanzamiento que "Fernández" hizo del primer globo, el 15 de agosto de 1799. Pero lo curioso es que Benítez aclara que "el tal Fernández resultó después llamarse Don Mariano Valera". Este desorden, primero cronológico y luego onomástico, da idea de la actitud con que El Cojo conforma su texto, y que si bien resulta a la larga divertida para el literato, no lo es tanto para los graves historiadores que se adentran en estas materias, próximas a la arqueología.


Tal vez el momento menos ingrato de |El carnero de Medellín sea aquel en el que, en el tono de lo que hoy se conoce como realismo mágico, se transcriben los componentes del séquito que acompaña al embajador del Gran Señor de Constantinopla en su visita al rey Carlos IV, así como la relación de los obsequios: "El Bajá de Siete Colas, Mustafá Edim, embajador del Gran Señor" viaja a Madrid -el texto debe ser un informe de la oficina de prensa de palacio- con "Quince mujeres en calidad de Sultanas. Treinta concubinas, quince blancas y quince negras retintas. Cuatro amas. Cuatro criadas. Dos Secretarios. Tres Maestros de la Ley. Dos Malandrines. Dos Caballerizos. Dos Maestros de Ceremonias. Dos intérpretes. Ocho Gentiles Hombres. Cuatro camareros. Veinticuatro pajes, doce blancos y doce negros [...] Dos eunucos y su jefe agigantado". También viajan médicos, "capellanes con subalternos", cincuenta jenízaros, "sesenta criados de escalera abajo" y cien esclavos de servicio y caballería. En cuanto a los regalos para su Majestad Católica destacan piedras de diverso color y valor, joyas, dos elefantes (macho y hembra), un "dromedario verdoso", dos camellos, dos leones, cuatro tigres, diez pelícanos, diez literas con veintiocho "mulas trigadas", y mil treinta y dos cautivos que por la Gracia del Gran Señor son liberados y devueltos a la cristiandad... Y la relación agrega algo que, a la luz del cosmopolitismo actual, resulta sintomático: todos son turcos menos los médicos, que son ingleses; los cocineros son franceses, los reposteros italianos, los cafeteros griegos y los intérpretes españoles. Se dice que tan impresionante delegación salió de Constantinopla el I de abril de 1791, aunque en ninguna parte el boletín informa si llegó o no a su regio destino.

El prólogo de Jaramillo es rico en datos pero algo desordenado: las digresiones familiares distraen el motivo central del discurso y hay reiteraciones innecesarias. La genealogía materna de Benítez es un ejemplo casi policiaco en pro de la verdad, aunque a la postre resulta excesiva e intrascendente. A todo ello se agregan el nulo interés de doña Francisca Javiera Betancur por su retoño, habido en clandestina lid con don Nicolás Benítez, a quien incluso se le disputa su presunta paternidad, lo cual dice mucho de la madre. El Cojo no se prodiga en esta clase de confidencias autobiográficas y de ahí el denso nudo genealógico en el que se enredan el editor y el lector. Por otro lado, Jaramillo abusa de cierto coloquialismo "paisa" que dificulta un poco la lectura para quienes no son iniciados en la prosodia del valle del Aburra. Habla, así mismo, de personajes muertos "hace unas semanas", sin especificar la fecha de la referencia, con lo que la mención queda adscrita a una intemporalidad casi mítica. Obviamente, estas salvedades no le restan interés al valioso aporte bibliográfico que constituye |El carnero de Medellín. así como a la exhumación de un texto casi arcano y la presentación de un autor que, más en el campo de la historia doméstica que en el de la literatura nacional -a pesar de la obligad a invocación de El carnero de Rodríguez Freyle-, debe atraer la atención de los historiadores, a la vez que despertar el estímulo para investigaciones futuras. Cabe advertir que, a nuestro juicio, la partemás valiosa del libro es laque Benítez dedica a sus contemporáneos y que abarca hechos en los que él participó, en especial los agitados lustros del proceso independentista. Confesamos, finalmente, que por momentos creímos estar ante una curiosa impostura literaria, aunque la ausencia de una anécdota sólida, el estilo plúmbeo y la tediosa manía onomástica del autor desterraron cualquier honorable sospecha al respecto. Desprovisto el texto de la menor aspiración literaria, son los historiadores y arqueólogos quienes ante la memoria de El Cojo tienen la palabra.

R. H. MORENO-DURAN.