Ficha bibliográfica
Titulo: Boletín Cultural y Bibliográfico No. 23
Autores: Banco de la República. Biblioteca Luis Ángel Arango. Bogotá Colombia.
Edición original: Bogotá:1986
Edición en la biblioteca virtual: Diciembre 2006
Notas: reseñas y artículos sobre arte, literatura e historia.
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| Boletín Cultural y Bibliográfico No. 23

El otro Carnero: crónicas de la edad del Plomo

|Título: El carnero de Medellín
|Autor: José Antonio Benítez
Editorial: Edición, transcripción, prólogo y notas de Roberto Luis Jaramillo. Ediciones Autores Antioqueños, Medellín, 1988, 440 págs., más CIII de prólogo

La tarea a la que se dedicó durante años Roberto Luis Jaramillo es a todas luces titánica, aunque una vez finalizada la lectura del texto recuperado queda la sensación de haber emprendido un viaje para el cual no eran necesarias tantas alforjas. Eso por lo menos en lo que respecta al lector no adicto a la historia de Medellín, ya que ni siquiera es Antioquia en su totalidad el ámbito que abarca la crónica de José Antonio Benítez, también conocido como El Cojo.

Confesamos que, atraídos por un título que de inmediato hace evocar el texto homónimo de Juan Rodríguez Freyle, esperábamos regocijarnos con toda clase de remembranzas y noticias sobre los primeros tiempos de Medellín, como lo sugiere la obra - |El Carnero, y miscelánea de varias noticias, antiguas, y modernas, de esta Villa de Medellín, tal es su denominación completa-, pero a la postre, y no sin derrochar infinita paciencia, pudimos dar término a una vasta y desordenada relación de hechos administrativos, tanto civiles como eclesiásticos, sin el menor valor literario, aunque probablemente sí ofrezca interés para los investigadores del valle del Aburra y, como cree el editor, para los aficionados a la |microhistoria.

En su bien documentado prólogo, Jaramillo reconstruye la época que Benítez registra en lo que, en palabras de León de Greiff, es un apretado |mamotreto. El prologuista nos acerca así a la vida de quien fue escribano oficial de Antioquia desde finales del siglo XVIII hasta mediados del siglo XIX, y hombre público de cierta relevancia durante las lides de la Independencia. Jaramillo traza la historia del manuscrito -sólo existe un ejemplar y la presente es la primera edición-, al mismo tiempo que reúne los pocos datos que existen sobre su autor. Como hizo Rodríguez Freyle en el siglo XVII, El Cojo filtra en su crónica algunos hechos de su vida civil, que contribuyen a conformar parte de su biografía, aunque hay aspectos nebulosos, como el de su nacimiento, que más allá de los elementos empíricos obtenidos se presta a la especulación. El libro se cierra, precisamente, con la noticia que el autor da sobre la muerte de uno de sus hijos, el capitán José Celedonio Benítez, de particular desempeño durante los hechos de la Independencia, y quien antaño había protagonizado un hecho curioso y por el cual fue puesto preso, pues no vaciló en "morderle el labio a otro capitán".

Hijo natural, Benítez nunca fue tenido en cuenta por su madre, quien ni siquiera lo mencionó en su testamento. Su probable padre sí mostró cierta inclinación por su suerte, aunque al niño se le atribuía otro progenitor, "un tal Marcos Osorio". El autor nació alrededor de 1770, pero son tantos los datos confusos sobre su nacimiento y las circunstancias que lo rodearon, que a la larga no vale la pena detenerse en ellos. No obstante estos hechos, el niño expósito pasó a formar parte de una familia putativa notable: "Primo del único abogado de la Villa, y sobrino de tres clérigos importantes, aunque no muy letrados". Físicamente era feo y casi contrahecho, y harto asustadizo ante fenómenos naturales como temblores, vendavales, crecientes. Creía en lo sobrenatural, en brujas y aparecidos, y su |Carnero da testimonio de algunos hechos considerados prodigiosos, como el milagro con que fue honrado el gobernador Juan Buesso de Valdés. Cuenta Benítez que un día, "de los del Octavario de la Patrona de la Candelaria", el gobernador salió a la plaza de toros y, al ver que nadie se enfrentaba a un toro "de temible y extraña ferocidad", decidió sortearlo, pero la fiera lo derribó del caballo y "cayéndole encima, y estrechado del toro, en aquella desgraciada hora no le quedó al gobernador otro recurso que implorar el auxilio de Nuestra Señora de la Candelaria, de quien era especial devoto, y Nuestra Señora que no desampara a las criaturas que con fe viva se acogen a su poderoso patrocinio, milagrosamente se dejó ver en el aire sobre una nube, del gobernador y de la fiera, publicándolo ésta, con la relevante demostración de arrodillarse y aquél con fervorosas alabanzas a la Madre de Dios por tan singular beneficio, quedando por él, en aquel momento, libre de la muerte súbita y desgraciada que le preparaba el Janee" (págs. 85 y sigs.}, En este orden de prodigios, el autor no es indiferente a los que ocurren incluso en latitudes tan remotas como la Roma dieciochesca y que incluso transcribe de la carta de un exjesuita a su sobrino. Ciertamente, a partir del 2 de agosto de 1796 la cristiandad se conmueve porque las imágenes de la Virgen abren los ojos, miran de un lado a otro, e incluso hablan. La conmoción que tales noticias producen en el valle del Aburra es notable, tanto como los temblores y terremotos que desde Guatemala al Ecuador se desatan sobre el continente.


Benítez ejerce las labores de escribano, que al decir de Jaramillo es "tal vez el oficio público más desacreditado de la Villa". En 1791 El Cojo se casó con la hija de su patrón, María Micaela López de Arellano, "solterona de 28 años", cinco años mayor que el novio, y con quien tuvo cuatro hijos; dos varones: Francisco de Paula (que sería sacerdote) y José Celedonio (el capitán del labio); y dos mujeres: Mariana y María de los Dolores. A la muerte de El Cojo (el 13 de octubre de 1841), el manuscrito de |El carnero de Medellín pasó a manos del sacerdote, y a su deceso (1871) lo heredó una de sus hijas, María de los Dolores, fallecida tres días después. El manuscrito apareció luego en poder del historiador Estanislao Gómez Benítez, y éste lo obsequió a la familia de José María Mesa Jaramillo, en cuya biblioteca reposa desde 1914. El Cojo comenzó la redacción de su |Carnero en 1797 y terminó su primera parte en 1809. En 1825 volvió a escribir, hasta 1831. En 1836 retoma su asunto, y la última nota es de 1840.

Es preciso destacar el hecho de que Benítez siempre estuvo preocupado por el desarrollo de la educación en Antioquia, sobre todo en Medellín, y un comentario de Jaramillo (apéndice, nota 331) traza una acertada y rica evaluación de los proyectos e inquietudes de Benítez en pro de los avances pedagógicos de la región. El Cojo se las daba a veces de poeta y lo demuestra cuando Bonaparte invadió España: su numen se enfureció pero la prueba de su talento le fue hurtada, como él mismo advierte: "Me robaron dicha poesía de este libro" (pág. 134). Fue modesto y servicial, y en su oficio como tinterillo y oficial de pluma fue solicitado por regidores, que acudían a sus "déviles talentos para que los formase, y dictase el Memorial" ( |sic). La política lo tentó antes, durante y después de la Independencia, y fue él uno de los cinco miembros de la Asamblea que aprobó una prórroga en el período presidencial de Juan del Corral. Con sentido de lo nacional, relaciona a los héroes de la revolución granadina y hace una apología del genio de Bolívar, aunque no debía apostar mucho por la suerte del país que vio nacer, ya que a su "adolesciente época" la llama "el Siglo del Plomo", expresión ajena a connotaciones balísticas y patentada por oposición a los valores supremos, lamentablemente superados y lejanos, del Siglo de Oro.

Quizás la característica más acentuada de este |Carnero sea la obsesión del autor por la nomenclatura, sobre todo la eclesiástica y la administrativa, aunque esporádicamente se detiene en algunos hechos de índole histórica. En este sentido, el libro se abre con la tachadura de dos párrafos que informan acerca de la muerte del mariscal Robledo. Una vez hecha la advertencia, muy en el estilo notarial, se abordan los "sucesos del dicho Mariscal Jorge Robledo": narra cómo Belalcázar, celoso de la empresas de Robledo, lo detiene y lo cuelga de un árbol. Curiosamente, los párrafos tachados daban cuenta de la muerte de Robledo y de la ejecución de Belalcázar, aunque a la postre éste es absuelto. Como sucedía con Rodríguez Freyle, cuando El Cojo se enfrenta a alguna duda no se pierde en especulaciones y advierte: "SÍ lo averiguase, lo anotaré". Por lo que, una vez hecha la precisión, prosigue.