Boletín Cultural y Bibliográfico No. 23
El segundo nace del primero
|Título: Machado: reflexión y poesía
|Autor: Rafael Gutiérrez Girardot
Editorial: Tercer Mundo Editores, Bogotá, 1989
La disyuntiva entre la reflexión o la poetización fue propuesta
por la escuela romántica y hecha conjunción por la modernidad,
entendiendo por ésta ese "romanticismo
desromantizado", como la calificara Baudelaire, y Antonio
Machado formó parte no ya de la escuela sino de la categoría de
romántico. Allí está para decirlo su definición del verso:
Ni mármol duro y eterno,
Ni música ni pintura,
Sino palabra en el tiempo.
Con el primer verso descalifica la escuela parnasiana, con el
segundo la simbolista y con el tercero adhiere a la romántica. Pero
con lo romántico, el pensamiento es uno de los imperativos a los
que se enfrenta la mente del poeta (ya del poeta moderno), siendo,
además, el pensamiento sobre la poesía parte de la emoción poética.
Aunque se trata, más bien, del pensar como actividad del poeta,
problema que quiere abordar en el caso del poeta español el libro
|Machado: reflexión y poesía, del profesor Rafael Gutiérrez
Girardot.
Sería el Machado meditador en horas de ocio poético, en primer
término, y luego el pensador que hay o debe haber detrás de cada
quien que es o quiere ser poeta. Y en una primera conclusión de los
dos términos que como enunciado hacen el título de este libro, el
segundo nace del primero, siendo la posibilidad de reflexión la que
genera cualquier capacidad de emoción o de ser transmutada en
creación poética. No obstante, es tradición (de la cual se aparta
el autor del libro), en los intérpretes de la obra de Machado,
afirmar que el poeta se acerca a los temas de la filosofía y al
ejercicio de la reflexión en la segunda parte de su vida,
justamente cuando le ha abandonado la facultad poética. El mismo
Machado, tras la invención de Juan de Mairena, así lo creyó y
dijo:
Poeta ayer, hoy pobre
filósofo trasnochado,
tengo en monedas de cobre,
el oro de ayer cambiado.
El personaje, entonces, es Juan de Mairena, por cuya virtud
tiene el libro dos partes; una primera: "La poesía de
Antonio Machado" y la segunda: "Juan de
Mairena". Una tercera parte consta de dos ensayos ajenos
al tema. Si de definirse tratara esas primeras dos partes, diríamos
que son un registro, una puntual anotación de alusiones, giros con
peculiar connotación reflexiva, asociación de pasajes y aun una
paráfrasis de los dichos (mejor sería "decires")
de don Antonio y don Juan. ¿Pero qué dijo o pensó Machado?
Hay, inicialmente, en la Introducción que haría las veces
también de conclusiones, una alusión en cita a la
"tentación metafísica" del poeta de
|Campos de
Castilla, a la cual es llevado su sistema de símbolos. Está la
idea de que la aproximación a lo conceptual implica una depuración
sentimental, haciendo a un lado la intención primera de Machado de
hacer residir la tensión lírica o cualquier posible contagio en los
"universales del sentimiento", tras dejar sentado
que el intelecto no ha cantado jamás. Aunque no se trataría de esto
sino del poeta fuera de horas de oficina, esto es, cuando no canta
y piensa, o cuando piensa antes de cantar. Lo que don Antonio dice
es: "Pensaba yo que el elemento poético no era la palabra
por su valor fónico, ni el color, ni la línea, ni un complejo de
sensaciones, sino una honda palpitación del espíritu; lo que pone
el alma, si es que algo pone, o lo que dice, si es que algo dice,
con voz propia, en respuesta animada al contacto del
mundo". Digamos que esta respuesta animada es lo contrario
a cualquier acto reflexivo.
El censo de los tópicos machadianos sirve al autor de este libro
para preguntarse por los presupuestos del lengaje del poeta, tras
abordarlo como especialmente cargado de significación y haber
anotado que su evolución va del verso a la prosa. Delante del
intelecto del hombre que es el poeta se alzarían las cuestiones del
Tartarín de Koenigsberg, que deberían imponerse, creemos, si no
fuera por el imperio de lo íntimo: "Si miramos hacia
afuera y procuramos penetrar en las cosas, nuestro mundo externo
pierde en solidez y acaba por dispersársenos cuando llegamos a
creer que no existe por sí mismo, sino por nosotros. Pero si,
convencidos de la íntima realidad, miramos adentro, entonces todo
nos parece venir de fuera, y es nuestro mundo interior, nosotros
mismos, lo que se desvanece". También sabemos que la
inteligencia analiza y disuelve.
|