Boletín Cultural y Bibliográfico No. 23
En Bogotá ni siquiera tenemos un
puente para tirarnos al Sena
|Título: En busca del Moloch
|Autor: Ricardo Cano Gaviria
Editorial: Tercer Mundo, Bogotá, 1989, 184 págs.
Ciertas recurrencias literarias van constituyendo una obsesión,
o un estilo. El antioqueño Ricardo Cano Gaviria publicó en 1981 la
novela
|Prytaneum, en la que narra la existencia de una
suerte de academia grandiosa y secreta del arte, la ciencia y la
literatura, que supuestamente rigió desde la sombra la conducta de
nuestros políticos, por los días aciagos de 1863 y 1886. Combinando
literatura e historia, Cano Gaviria refleja, en esta novela,
inquietudes sobre nuestro pasado y parentescos con lo europeo, que
ahora encontramos replanteados desde varias perspectivas en En
busca del
|Moloch.
Este libro no es una novela; son tres relatos de cierta
extensión escritos en un estilo imaginativo y erudito.
El primero,
|Noticias del altozano, ocurre en la Santafé
de 1885: al fondo, la guerra civil, las presencias un tanto
perturbadoras de Núñez, Caro, Reyes, los antecedentes inmediatos de
la Constitución del 86, y los escarceos de los estadounidenses por
hacerse con Panamá. En escena, las calles incipientes pero hidalgas
de Bogotá, y la presencia de poetas que aún no habían llegado al
parnaso, como Fallón, Pombo y el joven Silva.
El relato acentúa el carácter de incomunicación de la capital,
en la que se desconocen las noticias más esenciales de la guerra.
Comenzaba la época "del cachaco positivo" (pág.
76), es decir, el arribo del positivismo y la modernidad a la
Colombiana tradicional. ¿Cómo vencer la incomunicación? La solución
es típica de la época: invocando a los espíritus. Así, en el
apartado lugar de Chapinero, algunos fervorosos seguidores de
madame Blavatsky llaman al espíritu de moda: Víctor Hugo. El
protagonista, Leonardo Acevedo, participa con escepticismo, más que
todo atraído por la bella Fina, quien, por ser sonámbula, resulta
ser una médium excepcional.
El relato describe o enuncia ciertos tics de la época: la
llegada predecible del
|esprit frappeur, la actitud
sempiterna del
|tedium vitae; las revistas francesas, el
prerrafaelismo y las citas a Poe, Prudhomme y al mismo Victor
Hugo.
El segundo relato,
|Las flores del retorno, narra la
historia de Joaquín Rovira, un colombiano que llega a Barcelona en
1933, en busca de información sobre el fallecido escritor catalán
modernista Ramón Arnau Vinyals, quien se había exiliado en
Colombia, y sobre quien Rovira desea escribir una biografía. El
nombre de este personaje, y su nacionalidad, recuerdan al famoso
librero Ramón Vinyes, mentor del Grupo de Barran-quilla, y quien
hacia 1920 participó en la revista Voces, de esta ciudad. Las
menciones o coincidencias, sin embargo, no parecen ir más allá de
esta primera impresión.
Rovira, para lograr su empeño, cuenta con ciertas instrucciones,
y sobre todo con sus recuerdos de la amistad que los unió. Debe
darse prisa en su investigación, porque un "pomposo
crítico de origen argentino, Rafael-Reinero
López-Dantesco"(pág. 94) (en realidad dos hermanos que
trabajan con el mismo seudónimo), anda tras el mismo objetivo.
Rovira. debe sortear algunas prefiguraciones oníricas, que lo
llevan, en pleno invierno, al pueblo de Pobla de Segur, en medio de
los Pirineos. Sentía que en "aquel tramo de su existencia
no le estaba permitido tomar ninguna iniciativa" (pág.
110), como si se viese obligado a transitar por el lado contrario
del espejo de la vida de Vinyals: éste, al llegar a Colombia, se
había enamorado, en el acto, de una mulata guajira. Rovira cae en
las redes de una catalana. Ambas se llaman Eulalia. A partir de ese
momento, ya no puede controlar su destino y rueda por peripecias
idénticas a las de Vinyals.
El tercer relato,
|En busca del Moloch, es el más extenso,
y le da el título al libro: en primer lugar, Moloch alude a Moloc,
aquella terrible divinidad cana-nea, una de las formas de Baal,
siempre sedienta de sangre fresca. Flaubert le dedica, en su novela
|Salambó, extensos párrafos: "comparados con Moloc
el devorador, los hombres eran seres insignificantes. La vida y la
carne misma de los hombres le pertenecían, de forma que los
cartagineses, para salvarlas, tenían la costumbre de ofrecerle
niños que eran quemados en su honor..." (
|Salambó,
cap. XIII).
¿Qué importancia tiene esta mitología en el relato de Cano
Gavina?
Cano Gavina "transcribe" ocho cartas que
supuestamente la dama santafereña Carolina Tovar Merizalde le envió
al gran novelista francés, y las seis cartas que recibió de
respuesta, entre abril de 1858 y mayo de 1861, época en la que
Flaubert escribía
|Salambó.
Carolina toma la iniciativa: conmovida por la lectura de
|Madame Bovary, se decide a escribirle al autor. Le confiesa
su admiración, le invita a venir a Santafé, en donde
"usted viviría cómodamente [...] o en la hacienda que en
el Gran Cauca poseemos mi sobrino y yo" (pág. 151), y lo
anima a crear una gran novela americana. Flaubert declina la
invitación porque se ha propuesto describir la guerra terrible
entre las huestes cartagineses, comandadas por Amilcar, y los
mercenarios bárbaros, cuyo jefe era Matho; hechos históricos
sucedidos en el norte de África, alrededor del año 241 antes de
Cristo. Y le solicita a Carolina información sobre la lepra y
ciertas serpientes, información que espera utilizar en su novela.
La bogotana le ayuda en sus pesquisas y pronto se da cuenta de que
comparte con el francés una terrible inquietud: la guerra civil
colombiana va corroyendo las entrañas de la nación; es una matanza
tan indiscriminada e insulsa como la de los cartagineses y
mercenarios. Las comparaciones se hacen más frecuentes. El dios
también campea por tierras americanas. Entonces vienen otras
referencias: Moloch es el mismo demonio de la espada del círculo
octavo del infierno, al que Carolina, en sueños, desciende, como en
la
|Commedia, guiada por Flaubert. Allí encuentra Carolina a
su sobrino, muerto en la refriega, quien demuestra la inutilidad
del sacrificio: todos llevamos un Moloch por dentro. Finalmente,
Flaubert describe la muerte horrible del leproso Hammon, otro de
los jefes cartagineses; Carolina muere aquejada por esta misma
enfermedad, y la guerra trae su violencia a las propias calles
santafereñas.
En todos estos relatos, y en la novela
|Prytaneum, Cano
Gavina acentúa la cercanía espiritual de nuestra Atenas
Suramericana con lo más auténtico europeo ("En Bogotá, ni
siquiera tenemos un puente para tirarnos al Sena", (pág.
47) y muestra cómo, ya en el XIX, participábamos en el diálogo
universal. Quizás este autor, interpretando nuestra historia, esté
escribiendo algunas de las obras que faltaban en nuestra
bibliografía finisecular decimonónica.
ALVARO PINEDA-BOTERO
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