Ficha bibliográfica
Titulo: Boletín Cultural y Bibliográfico No. 23
Autores: Banco de la República. Biblioteca Luis Ángel Arango. Bogotá Colombia.
Edición original: Bogotá:1986
Edición en la biblioteca virtual: Diciembre 2006
Notas: reseñas y artículos sobre arte, literatura e historia.
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| Boletín Cultural y Bibliográfico No. 23

Más allá de la devoción

|Título: Crepúsculo
|Autor: Laura Victoria
Editorial: Universidad Central, Bogotá, 1989

Los códigos éticos -aún más que los estéticos- aspiran a la eternidad. Pero una "verdad" tan "inobjetable" como "no hagas a otro lo que no quieres que te hagan a ti" presenta sus bemoles cuando uno la sitúa en un contexto freudiano o psicoanalítico, y uno se pregunta entonces si los principios morales de un sujeto en plena vigilia corresponden ciento por ciento a sus deseos inconscientes. Incluso aquella recomendación bíblica de amar al prójimo como a uno mismo ha sido la menos practicada por sociedades que no cesan de reclamarse, con altivez, occidentales y cristianas. No en balde Jesús, que conocía a su gente al dedillo, se atrevió a lanzar una propuesta más osada: "No juzguéis y no seréis juzgados, no condenéis y etc.". Cada quien puede hacer uso de la sentencia de la manera más inofensiva posible, pero cuando se trata del terreno literario es preciso emitir un juicio, que |no una condena.

Estas y otras reflexiones me revoloteaban al leer la colección de poemas de Laura Victoria. Hay vocaciones que nadie puede discutir, y en poesía nada es eterno, ni mucho menos. Sin embargo, vale la pena destacar cómo el señor Gustavo Páez Escobar, autor del prólogo a |Crepúsculo -"Laura Victoria, una alondra de los vientos", trata por diversos medios de insertar esta poesía en una eternidad más modesta: la "predestinación para la poesía" (pág. 9). Y luego, como si ello no fuera poco, enumera las "sorprendentes similitudes que existen entre ella [la autora] y Gabriela Mistral" (págs. 12-13), sin tocar para nada la textura de ambas obras, limitándose al uso de seudónimos, cargos diplomáticos, parecidos desengaños sentimentales y hasta rasgos físicos.

Evidentemente, no ha sido la mejor estrategia para presentarnos la poesía de Laura Victoria, aunque la intención fuera encomiable. Y lo mismo sucede cuando, al referirse al libro ("en vía de imprenta") A |ctualidad de las profecías bíblicas, nos señala que "las indagaciones en la sabiduría de los Evangelios" (pág. 15) de Laura Victoria cuentan con el aval de un parapsicólogo (el jesuíta Osear González Quevedo), por más que sea una eminencia en los arcanos de lo suprasensible. Así, a la segunda parte de |Crepúsculo, titulada sobriamente "Poesía mística", le cae de carambola un aceite |mediúmnico que no le sienta. Porque, además, para el autor del prólogo la vía de la purificación (¿poética?) pasa primero por la carne débil, como decía Saulo: "Admirable este viraje de quien salta, después de haber recorrido a plenitud los senderos del sensualismo y el placer romántico, a las temperaturas del misticismo" (pág. 15). En esas temperaturas procuraremos detenernos para demostrar que la carne del lenguaje es más pesada que la del espíritu.


En toda vocación poética hay un elemento trágico (y en esto no le falta razón al prologuista cuando habla de predestinación), pero éste tiene que ver con la lucha del poeta con las palabras en el campo de la heroicidad cotidiana. Laura Victoria mantiene un trato con la lengua poética (formas estróficas y versos medidos, vocabulario de fácil acceso) que le permite adjudicarse una primera victoria (hagámosle homenaje al apellido ficticio) basada en un dominio técnico. Pero a la vez dicho trato es casi un pacto que consiste en la plena confianza en el lenguaje como medio. Esta es una herencia modernista de la que puede sentirse orgullosa la poeta, y en ello no veríamos un motivo de alarma. Pero el problema se manifiesta por sí solo cuando notamos un cruce de tonos y actitudes. Hablamos únicamente de la primera parte del libro, la más prolija. Es interesante, al respecto, observar cómo los poemas insisten en una sensación de límite u orilla (págs. 36, 39, 41, 42) que, al margen de hacer referencia a sus contextos específicos, bien puede dar cuenta de los peligros que se avecinan:

¿ |Quién clavó mi albedrío
en esta orilla estéril
donde no crecen pájaros ni
lluvias,
donde tejen las horas
su telaraña de fastidio
y en la comarca de la brisa
sopla viento iracundo?

[Elegía del regreso imposible, pág. 39]

|Así llegaste un día y así te ve mi
anhelo,
suspendido en el límite de la
angustia y el vuelo...

 [Así llegaste un día, pág. 41]

Dentro de los |límites de esta primera parte, es factible detectar la garra de la tradición ("Yo no sé cómo vivo/ en esta helada sombra/ donde sólo se escuchan/ las lenguas de mis muertos...", pág. 40) junto al deseo de superarla, remontarla o simplemente desprenderse de una vez por todas: "Todo, todo me anuncia/ que el momento postrero se aproxima,/ pero tengo el valor que da la fe/ y la certeza de la palabra eterna/ que promete, que la carne mortal/ con Cristo resucita" ( |La recta final, pág. 38). Esta declaración de fe, amén de su esperanza religiosa, tiene que ver con la poesía ("carne mortal") que vehementemente la proclama. No es fácil, pues, desligarse de los tics de una retórica, que es la |entidad (no religiosa: expresiva) que motiva esa mezcla, en la poesía de Laura Victoria, de aires de fray Luis de León o san Juan de la Cruz (he dicho aires, nada más) con títulos de poemas que apuntan a la zona boleril en que se transformó parte del legado modernista. |Apuesta cruel (pág. 44), |La carne (pág. 29) -y recuerdo una película de Isabel Sarli, de título semejante, cuyo presupuesto se limitaba, al margen del costo de la cinta de celuloide, a un camión frigorífico y, claro está, a una cama dentro del camión-, |Desolación (pág. 23), |Hay almas que sufren (pág. 63), ¿no nos hacen pensar en los surcos de algún "elepé" de Agustín Lara? Que conste que no estoy hablando peyorativamente ni de Lara ni de los títulos de Laura Victoria. Pero sí debemos ser conscientes de que -salvo mejor opinión- el bolero y el devocionario nunca hicieron buenas migas, ¿verdad?