Boletín Cultural y Bibliográfico No. 23
Del espesor a la calidad
Título: Critica constitucional. Del
Estado Liberal a la crisis del Estado Providencia
Autor: Pablo J. Cáceres Corrales
Editorial: Banco de la República, Bogotá, 1989, 585 págs.
Las muchas páginas son, en general, promesa de tedio o de la
mera rutina.
He aquí un ejemplo acabado de este aserto. Tras las primeras
cien de las seiscientas páginas, el resto es tan previsible, que la
rutina lleva irremediablemente al tedio.
Es evidente que el derecho es factor primordial digno de estudio
dentro del análisis político. Las tesis fundamentales de este libro
son simples y trilladas: los elementos de la relación de producción
afectan esencialmente al derecho, y el derecho, claro está, es un
arma del sistema y del aparato estatal capitalista, mientras que el
Estado, y no es necesario acudir a una de las miles de
publicaciones de la Academia de Ciencias de la URSS para saberlo,
es "la relación permanente de dominación capitalista que
se concreta históricamente en el sistema jurídico" (pág.
11). Es, pues, lo que Rosenbaum llama el "estado
burgués".
Fuera de ser una exposición marxistalenínista, ¿qué puede
rescatarse en este libro? En primer término, que es una obra de
derecho comparado, así éste sea sólo el producto de la época
capitalista y represente un instrumento de dominación, por lo que
más bien es una crítica al mismo.
Pero veamos, con la brevedad que el espacio de la reseña
permite, cómo procede el autor. Según su enfoque, el derecho
comparado actual persigue la formulación de soluciones dogmáticas.
Su objeto (muy limitado, por cierto) es mejorar los sistemas
jurídicos nacionales, interpretar el derecho positivo y las
instituciones políticas y a la vez unificar el derecho. El autor,
para ejemplificar su visión, no ve en el desarrollo del derecho
penal sino el resultado de las oposiciones a regímenes políticos
totalitarios (entiende, a lo que conjeturo, dos años antes de que
la realidad echara por tierra todas sus ingenuas creencias, que los
regímenes totalitarios son propios sólo del capitalismo).
Los enfoques comparativos tradicionales pecarían porque
esencialmente no son comparativos sino descriptivos, porque son
localistas, estáticos y monográficos, "con prescindencia
de la realidad que imponen las relaciones de producción
capitalista".
Hay, pues, que hacer una crítica de ese derecho comparado
tradicional.
Nada mejor, entonces, que estudiar históricamente su evolución,
en especial dentro del llamado Estado Liberal, es decir, el Estado
más o menos en su forma actual de gran intercambio comercial y
existencia de grandes mercados, pero previo a la época
intervencionista.
Para ello se vale de un estudio de las viejas instituciones del
régimen feudal o, como prefieren absurdamente los marxistas, de los
tiempos precapitalistas, que es tan válido como hablar de los
tiempos pregamínicos, de los tiempos posproustianos, o de antes de
Ford, como querría Aldous Huxley. Semejante enfoque es lo que se
quiera, menos científico.
De algún interés es el traslado que hace del estudio de las
grandes potencias capitalistas a sus países satélites, o, para
decirlo pomposamente, a la periferia capitalista o los países
subdesarrollados, esquema que gira alrededor del círculo vicioso de
la pobreza, con una estructura primaria esencialmente agrícola y
minera y con una balanza comercial conformada por uno o dos
productos, una de cuyas características es la de que dichos países
carecen de estudios de derecho comparado entre ellos.
Fue Jean-François Revel quien anotó que hace un par de siglos el
mundo entero era subdesarrollado y no lo sabía, y que lo que hoy
llamamos subdesarrollo no es sino el estado normal de la humanidad.
Sin embargo, con el ánimo de negar las tesis subdesarrollistas,
Cáceres afirma: "Francamente, los países que actualmente
tienen un escalafón desarrollado [...] jamás sufrieron el
subdesarrollo" (pág. 74).
El tercer mundo, igualmente, es término de orígenes poco
recomendables, originado en el fascismo de Mussolini. Según el
autor, la distinción surge en 1956 y es de origen francés. En todo
caso, nadie sabe cuáles son las naciones del segundo mundo. Porque
si para Den Xiao Ping el primer mundo lo conforman las grandes
potencias y el segundo mundo está compuesto por las naciones
industrializadas (China sostuvo incluso la existencia de no tres
sino cuatro mundos), ciertas obras especializadas en derecho
internacional sugieren que el primer mundo es el de las potencias
capitalistas, mientras el segundo mundo estaría constituido por las
naciones de la órbita socialista. En cualquier caso, todos los
autores consultados se apresuran a afirmar que no son lo mismo el
tercer mundo que los países subdesarrolla-dos. Quizá tranquiliza
saber que a partir de esta lectura ya no somos ni subdesarrollados,
ni tercermundialistas sino periféricos. En todo caso, redefinir
términos, digan lo que digan los normalistas, no ha solucionado
nunca los problemas.
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