Boletín Cultural y Bibliográfico No. 23
Revista de la Universidad Nacional
o la tradición de la ruptura
CLAUDIA CADENA SILVA
Trabajo fotográfico: Mario
Rivera
LAS REVISTAS,
UNA UTOPIA
LAS REVISTAS, AL IGUAL que el hombre, conjugan estricta mente
los verbos nacer, crecer, reproducirse y morir; mejor: la revista
reproduce, en un lapso temporal mucho más corto, aquel ciclo
tajante y sintético que cumple el hombre irremediablemente. Pero el
origen de éstas no se corresponde, sin embargo, con el del hombre;
habrán de constituirse en testigos fieles de sus épocas, sí, pero
sólo cuando el hombre así lo exija y tan sólo, además, cuando el
universo que puebla lo permita. Si las revistas logran originar una
tradición, ésta no se da en un mundo distinto del regido por las
pautas de la modernidad, y la característica inherente a la
tradición que fundan no es otra que la que distingue lo moderno, la
ruptura: "La modernidad es una tradición polémica y que
desaloja a la tradición imperante, cualquiera que ésta sea; pero la
desaloja sólo para, un instante después, ceder el sitio a otra
tradición que, a su vez, es otra manifestación momentánea de la
actualidad. La modernidad nunca es ella misma: siempre es otra
[...] La modernidad es una suerte de autodestrucción
creadora"
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Portada del primer número de la revista publicado en octubre de
1944 bajo la dirección de Gerardo Molina y redacción de Fernando
Charry L.
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El mundo comienza a fragmentarse, lo caracteriza la diversidad,
la aparición de un infinito número de grupos humanos con tendencias
ideológicas disímiles, con búsquedas y aspiraciones contrarias. El
hombre ahora atestigua, con obvio temor, el destronamiento
paulatino de lo que solía constituir su verdad única; ya no puede
negar que el derecho de la realidad es también su revés; que sus
construcciones son perennes en la medida en que contienen en sí
mismas la posibilidad de renovación, de negación, para luego
afirmarse en algo distinto. La relación del hombre con la realidad
deja de ser unívoca. Su historia ahora está marcada por la
tradición de la ruptura: negar para afirmar, destruir para
construir. El mundo donde esa tradición tiene lugar es el moderno,
y su motor es la dialéctica.
El ser de las revistas contiene ese movimiento dialéctico:
surgen siempre como respuesta a un estado de cosas del mundo y del
hombre; y encarnan la tradición de la ruptura: al interior de ellas
mismas, cuando logran cierta permanencia en el tiempo y se hacen
expresión de más de una generación; al exterior, porque son gesto y
respuesta frente al mundo.
Ruptura, dialéctica, heterogeneidad; lo efímero, lo fugaz, son
las características inherentes al ser de las revistas y son también
aquello que determina su relación y expresión del momento
histórico. Las revistas se presentan, retrospectivamente y en
conjunto, como una presencia múltiple de voces en las que entre
ecos se escucha el diálogo que han establecido con su contexto y
entre ellas mismas. Por lo demás, es siempre un diálogo corto, en
ocasiones interrumpido abruptamente, en otras manipulado o confuso
por encontrar en ellas el hombre público la manera perfecta de
abrir paso a sus arengas en un momento en que no sólo la revista
representa un medio eficaz de comunicación -no se accedía aún a la
televisión-, sino en que el político y el intelectual conforman una
sola presencia indivisible.
Además de las características anotadas, se insiste siempre en
otra cada vez que se alude a la significación de una revista en su
momento y durante, por lo general, su corta vida. A todas y cada
una de ellas se les atribuyen las características de Prometeo,
personaje de la mitología griega que ofrece a la humanidad la
antorcha de fuego, la luz, la sabiduría, la civilización. Ninguna
se salva de estos atributos. Este curioso fenómeno hace pensar en
dos cosas: primero, lo más obvio, en un lugar común; segundo, en la
comprobación de que, en efecto, el surgimiento de las revistas son
presagio de rasgos modernos de la época en que se inscriben: no
todas podrían fundar los precedentes de una vanguardia y de manera
simultánea, de no ser por la diversidad y complejidad del mundo que
expresan.
Hago referencia a las revistas de carácter cultural y a una
etapa específica de su tradición: la que va del primer decenio del
siglo a los años setenta; la que inicia la revista Voces, dirigida
por Ramón Vinyes (1917-1920), y termina con Mito (Jorge Gaitán
Duran, 1955-1962) y Eco (1960-1984). Entre una y otra, aparecen una
gran cantidad de revistas que conjugan el sentir, las creaciones y
el espíritu de esa época que, además de ser oscura, retardataria y
todo lo demás, posibilita de una u otra forma la existencia y
producción de un número bastante significativo de ellas; basta
enumerar unas cuantas: ya en el último decenio del siglo pasado,
surgen El Montañés, Miscelánea y Alfa y, con ellas, Tomás
Carrasquilla. Se anuncia la aparición de Panida. Aparecen revistas
que surgen de las tertulias, como El Bodegón (1920) y Los Nuevos
(1925), acusada de cosmopolita, afrancesada, y que prefigura lo que
habría de ser Mito. Desde 1933, Plinio Mendoza Neira, hombre
público y periodista, emprende la creación de Acción Liberal, Unión
Liberal, Diario Nacional y El Mes Financiero y Económico, donde
colaboran Jorge Eliécer Gaitán, Carlos Lleras, Octavio Paz, Vicente
Huidobro, Hernando Téllez, Gerardo Molina y muchos otros. Esta
serie de publicaciones dan cuenta de la característica fundamental
del momento: las manifestaciones del hombre tienen un doble
carácter, literario y político.
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Octavio Paz, Los hijos del limo. Bogotá, Oveja Negra, 1985,
págs. 9-10.
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