Ficha bibliográfica
Titulo:
Boletín Cultural y Bibliográfico No. 17
Autores: Biblioteca Luis Ángel Arango - Banco de la República
Edición original: Bogotá: 1981
Edición en la biblioteca virtual: Bogotá: febrero de 2007
Notas: Publicación cuatrimestral de la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República, que presenta importantes artículos sobre las distintas disciplinas de investigación en el campo cultural
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Reseña sociología: Historias de nuestras violencias

Historias de nuestras violencias

Crónicas de la vida bandolera

Pedro Claver Téllez

Editorial Planeta, Bogotá, 1987, 265 págs.

En las páginas de este libro están relatadas -en forma tal que raya con la fantasía- historias, hazañas, victorias y derrotas de legendarios bandoleros que recorrieron el territorio colombiano durante este siglo XX que ya termina.

Pedro Claver Téllez, periodista nacido en las entrañas de la violencia- violencia que vivió en carne propia junto a su familia-, rastreó los pasos de sus antepasados y de bandidos que vivieron, nacieron o rondaron, principalmente, en la zona que comprende hoy los departamentos de Santander y Boyacá. Es así como para el presente trabajo se apoya en recuerdos de viejos habitantes de la zona, en su experiencia personal y en datos que toma de aquí y de allá.

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El libro está integrado por una serie de capítulos o historias, cada uno de los cuales se refiere a las andanzas de uno o varios bandoleros. La narración igualmente varía en su estilo; hay reportajes, crónicas, relatos en primera persona y, en general, un manejo periodístico ameno -unas veces más que otras- que entremezcla los géneros ya citados.

El mayor interés que despierta este volumen radica en que podría considerarse un libro de aventuras, con héroes y antihéroes cuya gran virtud es el coraje. Abundan las anécdotas casi increíbles, pero contadas en forma cuidadosa, sin dar cabida a la condena o el endiosamiento esquemáticos de los protagonistas. Al fin y al cabo, y aunque se trata de seres humanos que casi por obligación -por persecuciones, las más de las veces de origen político- tuvieron que optar por la vida al margen de la ley, igualmente son en su mayoría personas con un pensamiento crítico poco elaborado o claro, que se convierten más en instrumentos de determinada política que en portadores de un pensamiento radical propio. Se trata de hombres que ante el acoso oficial, prioritariamente, se inclinan hacia la lucha armada y en ella salen adelante, parcialmente, gracias a su ingenio y a su malicia, impulsados por el afán de venganza o de supervivencia y apoyados por humildes o poderosos.

A través de las anécdotas -columna vertebral del texto-, el autor se refiere a las violencias colombianas del presente siglo; las de antaño, las de los años cincuenta, y llega a acercarse a la actual. Esto sin detenerse mucho en sus causas de diferente tipo; al fin y al cabo, no es el objetivo de la obra. Pero es importante señalar que este tipo de acercamiento a las violencias mediante las aventuras, fácilmente puede llamar a escudriñar en trabajos cuyo objetivo sí es la reflexión profunda sobre el tema, como Bandoleros, gamonales y campesinos de Gonzalo Sánchez y Donny Meertens (Bogotá, El Ancora Editores, 1983).

Ellos y sus aventuras

Virgilio Salinas, anciano que es algo así como la memoria colectiva de un pequeño poblado santandereano llamado Jesús María, recogió, mediante recortes de prensa y su buena memoria, historias de bandidos posteriores a la guerra de los Mil Días, haciendo resaltar como valores comunes el menosprecio por la vida, la exaltación del valor personal y el heroísmo. Pedro Claver Téllez esculca entonces en los recuerdos del poeta Salinas para hablar de los bandidos, en las páginas iniciales del libro:

La Provincia de Vélez se vio sujeta al arbitrio de estos hombres y los caminos se obstruyeron con los residuos de las patrullas oficiales empeñadas en la persecución grotesca e infecunda. El pueblo los amaba, los temía o los auxiliaba; les ofrecía el amparo y el refugio de sus cabañas y les ayudaba a eludir la persecución que sólo se aplacó cuando la muerte descendió sobre sus jefes hasta entonces invulnerables, que ejercieron su heroísmo fuera de la ley y, luego, elevaron su recuerdo sobre el pedestal de sus hazañas ( pág.23)

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Relata pasajes de las vidas de José del Carmen Tejeiro y Antonio Jesús Ariza, bandidos de principios de siglo, nacidos como resultado de las arbitrariedades cometidas por los vencedores de la guerra de los Mil Días. Tejeiro, bandido que azotaba a sus enemigos y luego los hacía firmar un recibo: "Recibí de José del Carmen Tejeiro cincuenta azotes en pago de mi persecución contra él. Firma capitán Luis Bernal" (pág. 31). Y entre leyendas y realidades, al igual que las historias de otros bandoleros, Tejeiro se convirtió en símbolo de respuesta a los atropellos oficiales; admirado inclusive por el dictador venezolano Juan Vicente Gómez, quien le envió de regalo una carabina con incrustaciones de oro, según el relato de Téllez. Se refiere a Clemente Roncancio,  "el bandido más solo y triste del mundo" (pág. 84). Relato ameno y vivencial proveniente de la experiencia personal del narrador con este bandolero que perteneció a guerrillas liberales y finalmente murió crucificado.

Habla de Jaír Giraldo, compañero de andanzas del también famoso Efraín González, con quien conformó "la cuadrilla de pájaros más espantosa que haya registrado región alguna" (pág. 91). Giraldo, que se cuenta entre los iniciadores del hoy célebre boleteo, fue un antisocial enamoradizo ("Los bandidos también saben amar", se titula el capítulo donde se habla de él) que murió en su ley cuando lo sorprendieron visitando a su amada. En él se observaron intentos de cohesionarse con otros alzados en armas para conformar un movimiento antioligárquico, para lo cual convocó a una gran cumbre con Chispas, Desquite y Sangrenegra, entre otros. Las anécdotas se suceden. Efraín González, fetichista e idólatra, estuvo en el convento del Desierto de La Candelaria, recluido y dedicado a socorrer a los pobres bajo el nombre de Hermano Juanito. De Chispas, muy cercano a posiciones de izquierda, cuenta Téllez que envió una carta a la reina nacional de belleza de 1962, explicándole los motivos de su lucha. Son crónicas, relatos, historias que no poseen el rigor del trabajo investigativo histórico, pero sí el sabor del cuento ameno, que despierta interés. Remata con tres historias que se salen un tanto del tema global, pero que son lazo de unión con la violencia actual. Una, la de Evelio Buitrago Salazar, cazabandidos condecorado con la Cruz de Boyacá que luego se convirtió en narcotraficante. Otra, los comienzos de la guerra sucia en el Magdalena medio, cuando, según el relato, en Socorro y San Gil se juntan finqueros con los comandantes zonales del ejército y la policía: cada propietario aporta un millón de pesos para contratar sicarios con el fin de eliminar liberales radicales y comunistas, lo que da como resultado la muerte de doscientas personas en los meses siguientes. Por último habla de El Colmillo, delincuente de la zona esmeraldífera que, apoyado en su cuadrilla, mantiene la región en manos de sus patronos.

Precisiones y complemento

Hay que reafirmar que se trata de un libro que posee cierto encanto, por el tema que aborda y la forma amena y sencilla en que lo hace, para señalar igualmente que en algunos de los apartes, digamos el caso de los capítulos dedicados a Chispas y a Efraín González, entrega pasajes seductores sin llegar a aportar una visión o un marco que englobe sus vidas para proporcionar una visión coherente. Igualmente en los capítulos finales -historia de Evelio Buitrago, en concreto- cae en un moralismo ausente en los anteriores capítulos e inclusive en contradicciones: señala que Buitrago tomó la determinación de ingresar al ejército en forma voluntaria, pero afirma posteriormente que cayó en una redada y luego que ingresar en el ejército era "lo único que podían hacer los muchachos sanos de entonces ante la terrible ola de violencia que azotaba los campos y ciudades" (pág. 199). No obstante, páginas atrás había indicado que mucha gente se iba a combatir al monte precisamente ante los atropellos oficiales. Volviendo a la totalidad del trabajo, es necesario señalar que ofrece una visión humana de estos bandoleros; seres en su mayoría de extracción social baja que, como cualquier hombre, se apasionan, aman, sienten soledad y por sobre todo tratan de sobrevivir a como dé lugar. Buscados por una ley y una justicia en las que no creían; instrumentos en algunos casos de políticas que no les pertenecían, dada su posición social, pero sin formación apropiada para rechazarlas abiertamente. Personas profundamente religiosas y en varios casos consentido de la ética, a las que en repetidas ocasiones se les imputaron horribles masacres.

No con la intención de menospreciar este trabajo de Pedro Claver Téllez, Crónicas de la vida bandolera. sino por el contrario,  con el ánimo de complementarlo, vale la pena acompañar su lectura con la del libro de Sánchez y Meertens ya citado, por cuanto este último brinda elementos de anclaje analítico del tema: definen los autores a los bandoleros como "forma de expresión, no claramente articulada, de protesta social" (pág. 18).

Y agregan: "Para comprender su invulnerabilidad hay que tener en cuenta, por tanto, más que el grado de protección que reciben de los al menos en la historia occidental del siglo XX " (pág. 42).

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Señalan lo que refleja este fenómeno: "derrota política y desengaño del movimiento popular frente a las ilusiones que se habían forjado en torno a la Revolución en Marcha de López Pumarejo; decapitación, con el asesinato de Gaitán, de un proyecto democrático-burgués en ascenso; sensación de impotencia tras la heroica pero frustrada insurrección nacional del 9  de abril de 1948, y, finalmente, liquidación inesperada del movimiento guerrillero de los años cincuenta que, a pesar de su eficacia en el plano militar y de las transformaciones que a su interior se venían gestando, sucumbe ante el doble juego de la amnistía  y la  represión [. . .] el bandolerismo surge, explicablemente, en amplias zonas rurales, como una respuesta campesina anarquizada y desesperada. y como para los desesperados el único programa con sentido es el de destruir por destruir, el terror se convierte entonces no sólo en parte integrante sino también, en la mayoría de los casos, en elemento dominante de sus actuaciones" (pág. 52).

A partir de un documento firmado por Chispas, muestran la trayectoria personal y política común a "los hijos de la violencia": "una infancia vivida en un ambiente de terror, traducido generalmente en la pérdida de miembros de la familia y de los bienes de ésta; el ingreso prematuro -apenas en la adolescencia- a una lucha armada fundamentalmente defensiva; la insurgencia permanentemente traicionada por sus promotores intelectuales, los gamonales y los 'guerrilleros de notarías'; la dificultad evidente por trascender  los estrechos marcos que estos últimos le imponen a su rebelión y, finalmente, la ausencia de garantías efectivas para estimular su retorno a la normalidad y el trabajo" (pág. 73).

Luego caracterizan a esos hijos de la Violencia: "desquites y venganzas en retaliación de las agresiones sufridas en carne propia o de su familia; defensores de lo propio, atrapados por las políticas oficiales de sangre y fuego; o despojados cuyas personalidades formadas entre el miedo, la frustración y la descomposición que engendró la violencia, sólo aspiran con su ingreso a la banda procurarse cierta estabilidad económica, cierto grado de poder, así fuera ilegítimo, y un medio, el único posible, de ascenso social" (pág. 187).

Dos libros que pueden contribuir a aclarar el panorama de nuestra violencia pasada y dar luces par adesentrañar  la presente.

GUILLERMO GONZALEZ URIBE