Reseña sociología: Historias de nuestras
violencias
Historias de nuestras violencias
Crónicas de la vida bandolera
Pedro Claver Téllez
Editorial Planeta, Bogotá, 1987, 265 págs.
En las páginas de este libro están relatadas -en forma tal que
raya con la fantasía- historias, hazañas, victorias y derrotas de
legendarios bandoleros que recorrieron el territorio colombiano
durante este siglo XX que ya termina.
Pedro Claver Téllez, periodista nacido en las entrañas de la
violencia- violencia que vivió en carne propia junto a su familia-,
rastreó los pasos de sus antepasados y de bandidos que vivieron,
nacieron o rondaron, principalmente, en la zona que comprende hoy
los departamentos de Santander y Boyacá. Es así como para el
presente trabajo se apoya en recuerdos de viejos habitantes de la
zona, en su experiencia personal y en datos que toma de aquí y de
allá.
El libro está integrado por una serie de capítulos o historias,
cada uno de los cuales se refiere a las andanzas de uno o varios
bandoleros. La narración igualmente varía en su estilo; hay
reportajes, crónicas, relatos en primera persona y, en general, un
manejo periodístico ameno -unas veces más que otras- que
entremezcla los géneros ya citados.
El mayor interés que despierta este volumen radica en que podría
considerarse un libro de aventuras, con héroes y antihéroes cuya
gran virtud es el coraje. Abundan las anécdotas casi increíbles,
pero contadas en forma cuidadosa, sin dar cabida a la condena o el
endiosamiento esquemáticos de los protagonistas. Al fin y al cabo,
y aunque se trata de seres humanos que casi por obligación -por
persecuciones, las más de las veces de origen político- tuvieron
que optar por la vida al margen de la ley, igualmente son en su
mayoría personas con un pensamiento crítico poco elaborado o claro,
que se convierten más en instrumentos de determinada política que
en portadores de un pensamiento radical propio. Se trata de hombres
que ante el acoso oficial, prioritariamente, se inclinan hacia la
lucha armada y en ella salen adelante, parcialmente, gracias a su
ingenio y a su malicia, impulsados por el afán de venganza o de
supervivencia y apoyados por humildes o poderosos.
A través de las anécdotas -columna vertebral del texto-, el
autor se refiere a las violencias colombianas del presente siglo;
las de antaño, las de los años cincuenta, y llega a acercarse a la
actual. Esto sin detenerse mucho en sus causas de diferente tipo;
al fin y al cabo, no es el objetivo de la obra. Pero es importante
señalar que este tipo de acercamiento a las violencias mediante las
aventuras, fácilmente puede llamar a escudriñar en trabajos cuyo
objetivo sí es la reflexión profunda sobre el tema, como
Bandoleros, gamonales y campesinos de Gonzalo Sánchez y Donny
Meertens (Bogotá, El Ancora Editores, 1983).
Ellos y sus aventuras
Virgilio Salinas, anciano que es algo así como la memoria
colectiva de un pequeño poblado santandereano llamado Jesús María,
recogió, mediante recortes de prensa y su buena memoria, historias
de bandidos posteriores a la guerra de los Mil Días, haciendo
resaltar como valores comunes el menosprecio por la vida, la
exaltación del valor personal y el heroísmo. Pedro Claver Téllez
esculca entonces en los recuerdos del poeta Salinas para hablar de
los bandidos, en las páginas iniciales del libro:
La Provincia de Vélez se vio sujeta al arbitrio de estos hombres
y los caminos se obstruyeron con los residuos de las patrullas
oficiales empeñadas en la persecución grotesca e infecunda. El
pueblo los amaba, los temía o los auxiliaba; les ofrecía el amparo
y el refugio de sus cabañas y les ayudaba a eludir la persecución
que sólo se aplacó cuando la muerte descendió sobre sus jefes hasta
entonces invulnerables, que ejercieron su heroísmo fuera de la ley
y, luego, elevaron su recuerdo sobre el pedestal de sus hazañas (
pág.23)
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Relata pasajes de las vidas de José del Carmen Tejeiro y Antonio
Jesús Ariza, bandidos de principios de siglo, nacidos como
resultado de las arbitrariedades cometidas por los vencedores de la
guerra de los Mil Días. Tejeiro, bandido que azotaba a sus enemigos
y luego los hacía firmar un recibo: "Recibí de José del Carmen
Tejeiro cincuenta azotes en pago de mi persecución contra él. Firma
capitán Luis Bernal" (pág. 31). Y entre leyendas y realidades, al
igual que las historias de otros bandoleros, Tejeiro se convirtió
en símbolo de respuesta a los atropellos oficiales; admirado
inclusive por el dictador venezolano Juan Vicente Gómez, quien le
envió de regalo una carabina con incrustaciones de oro, según el
relato de Téllez. Se refiere a Clemente Roncancio, "el
bandido más solo y triste del mundo" (pág. 84). Relato ameno y
vivencial proveniente de la experiencia personal del narrador con
este bandolero que perteneció a guerrillas liberales y finalmente
murió crucificado.
Habla de Jaír Giraldo, compañero de andanzas del también famoso
Efraín González, con quien conformó "la cuadrilla de pájaros más
espantosa que haya registrado región alguna" (pág. 91). Giraldo,
que se cuenta entre los iniciadores del hoy célebre boleteo, fue un
antisocial enamoradizo ("Los bandidos también saben amar", se
titula el capítulo donde se habla de él) que murió en su ley cuando
lo sorprendieron visitando a su amada. En él se observaron intentos
de cohesionarse con otros alzados en armas para conformar un
movimiento antioligárquico, para lo cual convocó a una gran cumbre
con Chispas, Desquite y Sangrenegra, entre otros. Las anécdotas se
suceden. Efraín González, fetichista e idólatra, estuvo en el
convento del Desierto de La Candelaria, recluido y dedicado a
socorrer a los pobres bajo el nombre de Hermano Juanito. De
Chispas, muy cercano a posiciones de izquierda, cuenta Téllez que
envió una carta a la reina nacional de belleza de 1962,
explicándole los motivos de su lucha. Son crónicas, relatos,
historias que no poseen el rigor del trabajo investigativo
histórico, pero sí el sabor del cuento ameno, que despierta
interés. Remata con tres historias que se salen un tanto del tema
global, pero que son lazo de unión con la violencia actual. Una, la
de Evelio Buitrago Salazar, cazabandidos condecorado con la Cruz de
Boyacá que luego se convirtió en narcotraficante. Otra, los
comienzos de la guerra sucia en el Magdalena medio, cuando, según
el relato, en Socorro y San Gil se juntan finqueros con los
comandantes zonales del ejército y la policía: cada propietario
aporta un millón de pesos para contratar sicarios con el fin de
eliminar liberales radicales y comunistas, lo que da como resultado
la muerte de doscientas personas en los meses siguientes. Por
último habla de El Colmillo, delincuente de la zona esmeraldífera
que, apoyado en su cuadrilla, mantiene la región en manos de sus
patronos.
Precisiones y complemento
Hay que reafirmar que se trata de un libro que posee cierto
encanto, por el tema que aborda y la forma amena y sencilla en que
lo hace, para señalar igualmente que en algunos de los apartes,
digamos el caso de los capítulos dedicados a Chispas y a Efraín
González, entrega pasajes seductores sin llegar a aportar una
visión o un marco que englobe sus vidas para proporcionar una
visión coherente. Igualmente en los capítulos finales -historia de
Evelio Buitrago, en concreto- cae en un moralismo ausente en los
anteriores capítulos e inclusive en contradicciones: señala que
Buitrago tomó la determinación de ingresar al ejército en forma
voluntaria, pero afirma posteriormente que cayó en una redada y
luego que ingresar en el ejército era "lo único que podían hacer
los muchachos sanos de entonces ante la terrible ola de violencia
que azotaba los campos y ciudades" (pág. 199). No obstante, páginas
atrás había indicado que mucha gente se iba a combatir al monte
precisamente ante los atropellos oficiales. Volviendo a la
totalidad del trabajo, es necesario señalar que ofrece una visión
humana de estos bandoleros; seres en su mayoría de extracción
social baja que, como cualquier hombre, se apasionan, aman, sienten
soledad y por sobre todo tratan de sobrevivir a como dé lugar.
Buscados por una ley y una justicia en las que no creían;
instrumentos en algunos casos de políticas que no les pertenecían,
dada su posición social, pero sin formación apropiada para
rechazarlas abiertamente. Personas profundamente religiosas y en
varios casos consentido de la ética, a las que en repetidas
ocasiones se les imputaron horribles masacres.
No con la intención de menospreciar este trabajo de Pedro Claver
Téllez, Crónicas de la vida bandolera. sino por el contrario,
con el ánimo de complementarlo, vale la pena acompañar su
lectura con la del libro de Sánchez y Meertens ya citado, por
cuanto este último brinda elementos de anclaje analítico del tema:
definen los autores a los bandoleros como "forma de expresión, no
claramente articulada, de protesta social" (pág. 18).
Y agregan: "Para comprender su invulnerabilidad hay que tener en
cuenta, por tanto, más que el grado de protección que reciben de
los al menos en la historia occidental del siglo XX " (pág.
42).
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Señalan lo que refleja este fenómeno: "derrota política y
desengaño del movimiento popular frente a las ilusiones que se
habían forjado en torno a la Revolución en Marcha de López
Pumarejo; decapitación, con el asesinato de Gaitán, de un proyecto
democrático-burgués en ascenso; sensación de impotencia tras la
heroica pero frustrada insurrección nacional del 9 de abril
de 1948, y, finalmente, liquidación inesperada del movimiento
guerrillero de los años cincuenta que, a pesar de su eficacia en el
plano militar y de las transformaciones que a su interior se venían
gestando, sucumbe ante el doble juego de la amnistía
y la represión [. . .] el bandolerismo surge,
explicablemente, en amplias zonas rurales, como una respuesta
campesina anarquizada y desesperada. y como para los desesperados
el único programa con sentido es el de destruir por destruir, el
terror se convierte entonces no sólo en parte integrante sino
también, en la mayoría de los casos, en elemento dominante de sus
actuaciones" (pág. 52).
A partir de un documento firmado por Chispas, muestran la
trayectoria personal y política común a "los hijos de la
violencia": "una infancia vivida en un ambiente de
terror, traducido generalmente en la pérdida de miembros de la
familia y de los bienes de ésta; el ingreso prematuro -apenas en la
adolescencia- a una lucha armada fundamentalmente defensiva; la
insurgencia permanentemente traicionada por sus promotores
intelectuales, los gamonales y los 'guerrilleros de notarías'; la
dificultad evidente por trascender los estrechos marcos que
estos últimos le imponen a su rebelión y, finalmente, la ausencia
de garantías efectivas para estimular su retorno a la normalidad y
el trabajo" (pág. 73).
Luego caracterizan a esos hijos de la Violencia: "desquites
y venganzas en retaliación de las agresiones sufridas en carne
propia o de su familia; defensores de lo propio, atrapados por las
políticas oficiales de sangre y fuego; o despojados cuyas
personalidades formadas entre el miedo, la frustración y la
descomposición que engendró la violencia, sólo aspiran con su
ingreso a la banda procurarse cierta estabilidad económica, cierto
grado de poder, así fuera ilegítimo, y un medio, el único posible,
de ascenso social" (pág. 187).
Dos libros que pueden contribuir a aclarar el panorama de
nuestra violencia pasada y dar luces par adesentrañar la
presente.
GUILLERMO GONZALEZ URIBE