Reseña filosofía: Santo Tomás y lo demás
Santo Tomás y lo demás
La filosofía del medioevo. VIII Coloquio de la Sociedad
Colombiana de Filosofía
J. A. Diaz, J. P. Margot, A. L. Gámez, E. Lákatos, A. Cárdenas.
G. SOTO. D. Herrera. A. Papacchini, J. Zabalza
Biblioteca Colombiana de Filosofía, Universidad de Santo Tomás,
Bogotá, 1987, 138 pags
El presente libro, publicado por la Universidad de Santo Tomás
en la Biblioteca Colombiana de Filosofía, recoge las ponencias
presentadas en el VIII Coloquio de Filosofía los días 8,9 Y 10 de
abril de 1987.
Es indudable el interés que, en la actualidad, ha suscitado la
época medieval entre los investigadores; los trabajos desarrollados
en los últimos años, sobre este período, han proyectado nueva luz
en campos tan variados como la literatura, la historia, la
filosofía, la lógica, la filosofía del lenguaje. Las ponencias
recogidas en esta obra representan los esfuerzos que se hacen en
diversas universidades del país por abordar la amplia temática
filosófica de la época medieval.
Gonzalo Soto P., en su contribución "Santo Tomás de Aquino y la
Universidad" hace una presentación breve y clara del contexto
histórico del siglo XIII, de la universidad y, dentro de ella, de
la persona y de la obra de santo Tomás. Siguiendo las líneas
ofrecidas por Marc Bloch, en el campo de la historia, y por
Dominique Chenu, en su obra sobre santo Tomás, destaca las
características de la llamada "segunda edad feudal". En ésta se
producen cambios considerables y fenómenos importantes: paso de la
estabilidad feudal campesina a la movilidad de las fortunas
mercantiles, reactivación de las rutas comerciales, crecimiento
urbano, desarrollo de las corporaciones y gremios, movimientos de
renovación evangélica, cruzadas, hambrunas; la vida monacal, de
tipo benedictino, centrada en el monasterio, cede el campo a nuevas
comunidades religiosas: los franciscanos y los dominicos. En este
contexto aparece, crece y se consolida la universidad como
institución. Esta se caracteriza por ser fundamentalmente un gremio
o corporación: el gremio de profesores y estudiantes. En el
horizonte intelectual de la época, aparece la obra de Aristóteles,
suscitando numerosas y variadas reacciones. Dentro de este ambiente
cultural el problema de las relaciones entre la razón y la fe ocupa
lugar de privilegio. Soto presenta el itinerario intelectual de
santo Tomás, subrayando el hecho de que "la universidad juega un
papel decisivo en la obra intelectual de Tomás y Tomás juega un
papel decisivo en la actividad universitaria (pág. 15). El autor se
detiene en señalar los acontecimientos que tuvieron lugar durante
el primer profesorado de santo Tomás en París (1252-1259): querella
entre maestros seculares y maestros regulares, y durante su segundo
profesorado allí mismo (1269-1272): problema de las relaciones
cristianismo -aristotelismo, fe y razón. Soto cierra su exposición
con una cita de Giullermo de Tocco, biógrafo del Aquinate, que
condensa muy acertadamnete la novedad y la obra de santo
Tomás : " En efecto, durante sus cursos planteó problemas nuevos,
descubrió nuevos sistemas probatorios.." He aqui todo un reto para
cualquier universidad, concluye Gonzalo Soto.
Jean Paul Margot diserta sobre "El problema de la creación.
Metafísica del Ens y metafísica del Esse". Para considerar el
problema de la creación en el período medieval es necesario
referirse al Liber de Causiso Esta obra, "escrita probablemente por
un árabe, ofrece, en efecto, para la sabiduría cristiana un texto
atribuido a Aristóteles que permite comprender el monoteism (pág.
19)
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El libro preserva la estructura neoplatónica del mundo con sus
leyes meta físicas que van de lo más perfecto a lo menos perfecto,
del uno a lo múltiple, pero introduce un elemento nuevo, a saber:
el hecho de que la causa primera, Dios, es creadora de todo lo que
es. El problema de la creación es planteado, sin ambigüedad,
en el Liber de Causis. Margot se pregunta si no es legítimo esperar
encontrar también en Platón una doctrina de la creación. Hay que
afirmar, sin embargo, que la filosofía platónica subordina la
personalidad del demiurgo a la ejemplaridad de las ideas. Lo divino
precede entonces a Dios y las ideas son trascendidas por el bien.
Con Aristóteles el primer principio filosófico es también Dios.
Para Aristóteles la materia es eterna y no se da causalidad
eficiente metafísica. Es, por tanto, vano buscar en el Estagirita
una teoría de la creación que es del todo ajena a su mentalidad.
"Es preciso insistir en que, aunque sea primer motor del universo,
Dios no es creador y ello aun en el sentido en que la creación
puede ser reconciliada con la eternidad del mundo" (pág. 23). "Pese
a los esfuerzos de un gran número de intérpretes desde la Edad
Media hasta nuestros días, los textos impiden rebasar el
pensamiento de Aristóteles hacia una interpretación que busca
encontrar en él una doctrina de la providencia divina o una
doctrina de la creación" (pág. 24). Dios, principio exterior a la
naturaleza, explica el movimiento de la naturaleza mas no el ser de
ella. Al ignorar la distinción real entre esencia y existencia, la
causa de una cosa ha de buscarse en su forma. Margot, en el
resto de la exposición, intenta mostrar que la doctrina de la
creación es solidaria con una modificación radical de la
metafísica, y que tal modificación tiene por autor a santo Tomás de
Aquino. Con la doctrina de la creación el mundo deja de ser la
fuente de la realidad: Dios es la fuente de todo lo que existe y la
esencia pasa a ser una función de la existencia. Todos los
pensadores anteriores a Tomás han quedado prisioneros de una
metafísica de las esencias, y aunque la doctrina de la causalidad
eficiente metafísica haya visto la luz con los neoplatónicos, tal
doctrina sólo con santo Tomás alcanza las dimensiones de una
doctrina de la creación. Santo Tomás pone en evidencia los límites
de una metafísica de la esencia. Lo que hace falta a los griegos es
la noción de esse. Inclusive el Liber de Causis sigue manteniéndose
en el interior de una metafísica de la esencia, ya que el ens
primum creatum es un ser, ciertamente el más perfecto, pero un ser.
Como tal debe, entonces, poseer el ser por participación, es decir,
recibir la existencia. Es mediante una crítica de la finitud, en
tanto que ella está determinada por la recepción de la existencia
(participación), como santo Tomás postula un Esse infinitum que es
pura actividad de existir y, por consiguiente, único capaz de dar
la existencia, es decir, de crear. Al liberar al ser (esse) de la
esencia, santo Tomás hace posible una respuesta filosófica al
problema teológico de la creación.
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Eugenio Lákatos expone "El concepto extensivo e intensivo de la
naturaleza en santo Tomás". Afirmando que el concepto de 'fysis' ha
sido uno de los más estudiados desde las épocas más tempranas de la
filosofía griega, se propone estudiarlo en el pensamiento de santo
Tomás. Este "abordó el estudio del problema desde el principio de
su carrera docente en París (1252) trabajando en él hasta el final
de su vida (1274)", (pág. 34). Todas sus obras dan testimonio de
ello. E. Lákatos hace un recuento de los conceptos generales de
santo Tomás acerca de la naturaleza y señala al menos cuatro: l. La
naturaleza es un ente que pertenece al género de las categorías; es
una substancia, que puede ser simple o compuesta; 2. La naturaleza
es una esencia, o sea 'quididad', porque por ella la cosa es lo que
es; 3. Por cuanto la naturaleza es una substancia, depende de la
'substancia primera simple' que es el mismo Dios; en el caso de
Dios, la existencia pertenece a su naturaleza, o sea a su esencia.
"Estos conceptos generales sobre la naturaleza engendrarán en santo
Tomás los conceptos extensivos e intensivos de la naturaleza" (pág.
37). El concepto de la naturaleza en santo Tomás es análogo y
depende de dos conceptos esenciales: el concepto de la 'proporción'
y el concepto de la 'participación'. "En el primer caso todo ser,
fuera del ser divino, es un ser producido, o ser creado por el
Creador, tiene dentro de sí un aptitud (= proporción) que lo hace
armónico con los demás seres y naturalezas. En el segundo caso,
todo ser, o sea toda naturaleza creada por el Creador tiene un
grado de 'participación' de la naturaleza divina de la cual depende
su grado de perfección. De esta manera el concepto de la naturaleza
no es estático sino dinámico. No es equívoco porque registra
diferenciaciones. Pero tampoco es unívoco porque cada naturaleza
creada no es idéntica sino semejante a la otra. El concepto de
naturaleza en santo Tomás es análogo según la analogía del ente"
(pág. 41).
Alberto Cárdenas Patiño aborda el tema del lenguaje en la
ponencia" Aproximación a la semiótica tomista". Nos dice que la
filosofía del lenguaje es un ingrediente clave del sistema tomista,
aunque no aparezca en forma de tratado aparte. Dicha filosofía
funciona unitariamente como semiótica o teoría general de cualquier
sistema de signos y como teoría del lenguaje articulado o verbal.
Ha recibido, ciertamente, la herencia de Alberto Magno y las
influencias de Aristóteles, del neoplatonismo, del estoicismo y de
san Agustín, pero llega a constituirse como elaboración personal, a
lo largo de su vida. Cárdenas se propone presentar una aproximación
a uno de los temas centrales de la semiótica tomista: el de las
relaciones entre "semiosis " cognoscitiva y "semiosis"
comunicatoria verbal. La teoría tomista de la ideo génesis es el
punto de partida de la teoría semiótica. Aquella es un proceso
sígnico o "semiosis", Cárdenas presenta el proceso cognoscitivo tal
como lo desarrolla santo Tomás: desde la experiencia, como punto de
partida, hasta el 'verbum mentis', por medio del cual el hombre se
dice a sí mismo lo que entiende. Luego viene el lenguaje verbal,
"el verbum exterius ", que se convierte en significante del "verbum
interius". La necesidad de conservar el significado, que es el
"verbum mentis ", a través del espacio y del tiempo, obliga al
hombre a susti tuir el "verbum exterius" oral por el "verbum
exterius escrito". Tanto el "verbum exterius " como el "verbum
interius" son signos de la realidad, pero signos distintos. El
primero es signo natural, el segundo es creación voluntaria.
Cárdenas hace un recuento de lo que fue la suerte posterior de la
semiótica tomista y lamenta que, por razones diversas, no se haya
valorado suficientemente el aporte de santo Tomás. Cree que algunos
hallazgos de la semiótica contemporánea son planteamientos que se
encuentran ya en la semiótica tomista y concluye afirmando que "la
semiótica general y las semióticas especiales del lenguaje
articulado y del lenguaje estético [ ... ] pueden sin duda,
aprovechar, por lo menos para el contraste y la crítica, los
análisis de la filosofía del lenguaje tomista" (pág. 56). Nos
parece que convendría señalar, de manera explícita, la influencia
que la semiótica tomista recibió, sin duda, del pensamiento de san
Agustín y de su doctrina sobre el signo.
Daniel Herrera Restrepo propone una reflexión sobre "La
concepción lingüística del conocimiento en Ockman".Después de
una introducción al contexto histórico e intelectual dentro del
cual vivió el pensador franciscano, Herrera presenta la concepción
significativo-lingüística del conocimiento según Guillermo de
Ockham, "concepción que implica una metamorfosis del discurso
escolástico, una conversión de la problemática filosófica en
problemática lingüística, en fin, una afirmación clara de la
autonomía de la subjetividad, abriendo así caminos hacia la
subjetividad moderna, hacia el reconocimiento de la actividad total
del espíritu finito y hacia el análisis de los elementos formales y
apriorísticos del conocimiento" (pág. 65). La ponencia consta de
tres partes: l. Del concepto-imagen al concepto-signo; 2. Del
concepto a la proposición. El conocimiento verdadero; 3.
Pensamiento y realidad. Herrera afirma que Ockham pasa de la
metafísica de lo universal, característica de los pensadores
anteriores, a una metafísica de lo singular; para él ser real es
ser singular. Si sólo existe lo singular, el gran problema es
explicar la universalidad de los conceptos, necesarios para la
ciencia. Ockham explica el conocimiento universal a partir de: l.
La primacía del espíritu cognoscente sobre el objeto conocido; 2.
Una metafísica de la individualidad; 3. La posibilidad del
conocimiento intelectual intuitivo de lo singular; 4. La concepción
del concepto como signo lingüístico natural, signo en sí vacío
que excluye toda causalidad externa y cuyos aspectos fundamentales
son, por una parte, su carácter intencional o referencial, y, por
otra, su carácter posicional o su capacidad de ocupar el puesto del
objeto significado dentro de una proposición; 5. La centralidad del
juicio en la constitución del conocimiento: conocer es abordar
proposicionalmente la realidad. La estructura conceptual de su
teoría implica algunas nociones fundamentales: 1. Intuición; 2.
Evidencia; 3. Juicio y 4. "Misma noticia". Herrera explicita: a) la
noción de signo: la esencia del signo está en su carácter
intencional o referencial. Todo signo remite a una realidad
diferente, gracias a lo cual esta realidad se hace conocida. El
concepto no es una imagen ni un símbolo sino un signo, su
universalidad descansa en su carácter de signo que le permite
significar a muchos singulares. La universalidad es una
cuantificación lógica, extrínseca al signo mismo. La capacidad
referencial le compete única y exclusivamente en su calidad de
signo lingüístico, y no en su calidad de imagen o símbolo; b)
la primacía del nivel molecular de la proposición sobre el atómico
del concepto como explicación lingüística del conocimiento:
conocer es abordar proposicionalmente la realidad exterior. La
verdad del conocimiento está en función de la verdad de la
proposición, y la verdad de la proposición, está en función de la
coincidencia de suposición entre sujeto y predicado; e) el problema
de la génesis del signo y del papel de la realidad en esta génesis.
Finalmente, Herrera hace un recuento de las tesis fundamentales de
Ockham.
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Adolfo León Gómez presenta unas consideraciones sobre "La
mentira para santo Tomás y san Agustín". Como lo advierte al
comenzar la exposición, el asunto lo ha desarrollado ampliamente en
otro trabajo. En esta ocasión se contenta, tan sólo, con sugerir
algunas ideas. En primer lugar, presenta los elementos
constitutivos de la mentira en la definición que de ésta ofrece
santo Tomás en la Suma teológica. Para santo Tomás, el primer
elemento: lo dicho contrario a la mente, constituye la falsedad
material de la mentira; el segundo: la voluntad de decir una cosa
falsa (contraria a la mente), constituye la falsedad formal; y el
tercero: la intención de engañar a otro como consecuencia de tal
falsedad, constituye la falsedad efectiva. De estos tres elementos,
es el segundo el que propiamente constituye la mentira. Sobre el
tercer aspecto agrega un punto muy importante por los problemas que
trae: "querer engañar a otro haciéndole creer lo que es falso no es
propiamente mentira, sino cierta consecuencia de la misma" (pág.
78). Además, santo Tomás afirma que "el deseo de engaño es
consecuencia del acto del mentiroso, al margen de la esencia de
ésta; lo mismo que el efecto no es de la esencia de la causa". Esta
consideraciones de santo Tomás llevan a León Gómez a plantear el
problema de la mentira dentro del ámbito de los actos de habla. "Si
pudiera decirse con exactitud que la mentira es un acto
ilocucionario, diría que la mentira es un acto ilocucionario
insincero que intenta esencialmente producir un efecto
perlocucionario, el ser creída (el engaño). Desde este punto de
vista, santo Tomás, más que ninguno otro, estuvo cerca del análisis
correcto (para él el engaño es una consecuencia), pero su
terminología fisicista y causalista lo aleja de la solución" (pág.
79). Hubiera sido conveniente precisar mejor esta última
afirmación. El interés de santo Tomás por situar la esencia de la
mentira en la falsedad formal radica en el hecho de que él quiere
situar la mentira frente a la afirmación e insistir en que la
mentira es intrínsecamente mala: la malicia de la mentira no
depende del daño que acarrea al oyente, "radica en el desorden
consistente en emplear un signo dando a entender que se quiere
significar lo que voluntariamente no se significa" (pág. 79). Sin
embargo, santo Tomás no descarta el aspecto social e intersubjetivo
de la mentira. Según León Gómez, santo Tomás, al hablar de la
verdad y afirmar que "los hombres no podrían vivir en relación los
unos con los otros si no tuvieran unos con otros una confianza
fundada sobre el hecho de que se dicen recíprocamente la verdad",
introduce el tema kantiano del imperativo categórico (pág. 80).
Esta doctrina tomista encuentra un antecedente en san Agustín, en
el libro Contra la mentira cap. IV. León Gómez pasa luego a
considerar la doctrina sobre la mentira que san Agustín propone en
sus dos opúsculos Sobre la mentira (395) y Contra la mentira (420),
en particular la división que establece, a saber, ocho clases de
mentiras. Santo Tomás, por su parte, reclasifica las mentiras,
siguiendo el mismo esquema agustiniano. En la parte final de la
ponencia, el autor plantea un poco de casuística en torno a la
licitud de la mentira según la doctrina de san Agustín, y concluye
diciendo que al traducir la teología tanto de san Agustin como de
santo Tomás a un lenguaje jurídico, se podría decir que la mentira
siempre es delito aunque pueda tener circunstancias atenuantes,
tanto como agravantes. Frente a la teoría de que la norma superior
es la de decir la verdad, el autor considera que la mentira por
humanidad es obligatoría, y, a fortiori, la restricción mental.
A. Papacchini nos deleita con una fresca e interesante ponencia
titulada "Boccaccio: el otoño de la concepción medieval del mundo".
Al comenzar nos dice que "quien trabaja en filosofía tiene a veces
el derecho a una sana diversión, en el sentido literal de la
palabra" (pág. 85). El objeto de su trabajo es esbozar, siguiendo
al Decamerán, la concepción que tiene Boccaccio de la divinidad y
de la fortuna, su teoría de las pulsiones, su actitud frente a la
muerte, su interés por las instituciones políticas y eclesiásticas,
tratando de enmarcarla en la crisis, en la transformación y en los
cambios radicales que experimentó la vida y la cultura italiana en
la mitad del siglo XIV. Son fundamentalmente dos las pulsiones que,
en el Decamerán, empujan a los humanos al movimiento y a la acción:
el deseo de conservar la vida y el impulso erótico. Este último es
el que domina, todo lo demás le está subordinado. El deseo y el
goce humanos revisten en Boccaccio un carácter natural. Buscar el
placer significa respetar las leyes de la naturaleza, cooperar con
el orden y con la armonía del universo. Los problemas y los
conflictos podrían derivar, eventualmente, de la organización
cultural, que no siempre resulta tan favorable a la satisfacción
como el orden natural. En el Decamerón aparece también el tema de
la muerte. Boccaccio no oculta ni olvida esta dimensión esencial de
la condición humana. Pero la imagen de la muerte no enturbia el
goce y el placer presente. Eros triunfa sobre Tánatos: la pulsión
erótica, cuando logra sublimarse en pasión amorosa, adquiere un
poder misterioso que se impone sobre la muerte. Papacchini presenta
su visión sobre la moral del Decamerón: el bien soberano parece
consistir en la búsqueda del placer, valorado como un fin en sí,
más que como la coronación de una función o acción virtuosa. La
razón desempeña un papel importante en la búsqueda y en el logro
del bien soberano. Para conseguir el placer es indispensable contar
con riquezas,honor, poder, que a su vez se consiguen con talento,
habilidad e ingenio. La razón cumple también una función
reguladora, en el sentido en que aleja al ser humano de los excesos
y del desenfreno; además, ella contribuye a sublimar la vida, el
goce y el placer por medio del arte. La concepción de la divinidad
que tiene Boccaccio es la de un ser poderoso, sabio y benigno que
no esconde deseos de castigo o de venganza, y que mira con buenos
ojos el placer y la felicidad de los humanos. Boceaccio no es
antirreligioso ni anticristiano. En su obra se aprecia una cara del
mundo medieval. Boccaccio, escritor medieval, nos presenta la trama
de los deseos y de las pasiones humanas sin relacionarlas con la
divinidad o con el más allá. Además le da gran preeminencia a lo
singular e individual. Lo real en su singularidad es visto por él
como algo digno de ser representado por sí mismo, sin necesidad de
buscar su fundamento en algo trascendente, universal o ideal.
Finalmente, Papacchini nos habla de lo viejo y lo nuevo en
Boccaccio. En su obra la moral erótica, la concepción abierta y
tolerante de la divinidad, el realismo y el interés por el mundo
humano constituyen sin duda los rasgos más novedosos de su visión
de lo real. Su ética contrasta, ciertamente, con la moral cristiana
tradicional. Sin embargo, Boccaccio se encuentra cercano a la
teoría tomista del deseo, con la cual comparte algunos postulados
básicos. Tratar de averiguar en qué medida Boccaccio sigue apegado
a la tradición y en qué medida vislumbra motivos más cercanos a
nuestra concepción del mundo, es un trabajo meritorio pero, en el
fondo, secundario. "Lo verdaderamente importante reside en el hecho
de que los temas viejos y nuevos, los elementos más propios de la
tradición medieval y las intuiciones de un nuevo sentir se acoplan
en una de las más hermosas sinfonías del amor, en un canto jovial y
sereno que la humanidad raras veces volverá a escuchar"(pág.
107).
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Joaquín Zabalza diserta sobre "La filosofía colonial de los
siglos XVII y XVIII: ¿Nuestra tardía Edad Media?
"El autor alude, al comienzo de su ponencia, a los meritorios
esfuerzos y realizaciones que se han hecho en pro de la
reconstrucción del pasado filosófico de Colombia. Luego se propone
estudiar el sentido de la expresión "tardía Edad Media" con la cual
la historiografía liberal de la segunda mitad del siglo XIX
denominó el orden colonial. Zabalza afirma que esta expresión
manifiesta una analogía con un fondo de verdad. En la comparación
establecida hay tres analogados: la Edad Media, la segunda
escolástica española y nuestra tardía Edad Media. Es necesario
caracterizarlas en lo que tienen de común y en sus diferencias,
para no caer en interpretaciones simplistas. Estos tres espacios y
tiempos distintos constituyen tres horizontes irreductibles. El
autor los describe. El primero es el horizonte de la filosofía
medieval. Aquí se suelen distinguir cuatro etapas: la de formación
(siglos IX-XI), 2a. de desarrollo (siglo XII), 3a. de apogeo (siglo
XIII), 4a. de decadencia (siglos XIV -XV). En este período aparecen
las grandes figuras escolásticas y se crea la universidad. El
segundo es el de la segunda escolástica española, más próxima y de
influencia más inmediata sobre nuestra llamada Edad Media o
filosofía colonial. Tal como se dio en España en los siglos XVI y
XVII, no fue una mera repetición de la primera, y no podía serlo,
porque no en balde el horizonte había cambiado profundamente. Hecho
decisivo de estos nuevos tiempos fue el descubrimiento y la
conquista del nuevo mundo. En este período sobresalen Francisco de
Vitoria y Francisco Suárez, gozne entre el pensamiento medieval y
el moderno, según palabras de Heidegger, y llegan a su edad de oro
las letras castellanas. El tercer horizonte es nuestra tardía Edad
Media. "La época colonial que abarca los siglos XVII y XVIII es,
efectivamente, una edad 'media', porque media entre el siglo XVI de
la conquistas y el siglo XIX de la emancipación de España y de la
constitución de nuevas repúblicas independientes" (pág. 116). Pero
este período se llama "edad media" porque tiene características
internas que recuerdan aspectos de los analogados anteriores. Como
en la Edad Media, la educación seguía en manos de la Iglesia.
Fueron las órdenes religiosas las que abrieron las primeras
escuelas de gramática y las que fundaron las universidades. El
horizonte de las prácticas filosóficas en los claustros coloniales
dependía de las características del imperio español y de sus
necesidades fundamentales en las colonias: la actividad misionera,
la unidad de fe, la unidad política y administrativa con la
distante metrópoli. Las universidades tenían como objetivos
satisfacer dichas necesidades formando sujetos idóneos. Zabalza nos
ofrece un retrato de la universidad colonial por dentro y se
refiere al espacio físico, a los alumnos, a los profesores, a la
organización y métodos, a los diversos partidos o escuelas y
finalmente a la producción escrita. Al terminar su ponencia, afirma
que si se echa una mirada a algunas interpretaciones que de la
colonia, y en especial de la filosofía colonial, se han dado, salta
a la vista que han estado viciadas por intereses ideológicos,
políticos y partidistas. Ni la historiografía liberal ni la
historiografía conservadora han mostrado objetividad en el estudio
de la época; se han movido entre el rechazo y la apología. La nueva
historia de Colombia ha ido subsanando los desenfoques
decimonónicos y ha llegado a conclusiones más equilibradas. "Por lo
que hace a la historia de las ideas en la época colonial, apenas
estamos empezando a estudiarla con este nuevo espíritu que
manifiesta la actual historia social" (pág. 125).
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El libro se termina con unas "Notas para la historia de la
Sociedad Colombiana de Filosofía", escritas por Germnán Marquínez
Argote. La edición de la obra ha sido hecha con cuidado. Sin
embargo, encontramos algunos errores en las palabras griegas (págs.
20, 26, 30) en expresiones latinas (mentienti in uno, non haberi
fidem in allis) (pág. 80) Y algunos errores en las notas (págs.
29-32).
ALFONSO RINCÓN