Reseña historia: Un nivel envidiable El Caribe Colombiano.
Selección de textos históricos
Un nivel envidiable
El Caribe colombiano. Selección de textos históricos
Gustavo Bell Lemus (compilador)
Ediciones Uninorte, Barranquilla, 1988, 227 págs.
Esta recopilación, que está precedida por un ensayo
bibliográfico de su editor, recoge siete artículos cuya publicación
original se escalona entre 1980 y 1986. Se ha añadido uno más
antiguo, que data de 1954. Los artículos se ocupan de alguna
sección del Caribe colombiano y abarcan temas de historia
económica, de historia empresarial, de historia urbana y de
historia política. La aproximación a cada uno de estos temas varía
en profundidad y en extensión, como varía la cronología y, por
supuesto, el enfoque y los presupuestos de cada autor.
El artículo más extenso y que abarca un período más largo es el
de Adolfe Meisel Roca ("Esclavitud, mestizaje y haciendas en la
provincia de Cartagena 1533-1851 "), que trata básicamente de la
hacienda esclavista cartagenera de la época colonial. El autor hace
algunas consideraciones preliminares sobre la conquista española en
la región, sobre la evolución de la demografía indígena en el siglo
XVI, sobre la encomienda y sobre las mercedes de tierras. Tales
otorgamientos de tierras, que se multiplicaron en las cercanías de
Cartagena entre 1589 y 1631, hicieron posible la aparición de una
hacienda esclavista desde comienzos del siglo XVII. Estas nuevas
unidades productivas debían servir para procurar el abastecimiento
de Cartagena y de las flotas españolas una vez que quedó cegada la
fuente de géneros agrícolas y de trabajo que proveían los tributos
indígenas, al extinguirse casi totalmente la población nativa. El
autor describe en detalle los rasgos de la hacienda esclavista que
se consolidó en la provincia de Cartagena durante el siglo XVII y
alcanzó un apogeo y entró en decadencia en el siglo siguiente.
Según Meisel, esta hacienda esclavista se transformó en hacienda
feudal al sustituir el trabajo de los esclavos por el de peones
mestizos. Como los sistemas anteriores, el nuevo tipo de hacienda
estaba destinado a abastecer a Cartagena y a Mompox, centros
urbanos que movían los intercambios comerciales de toda la colonia
de la Nueva Granada con la metrópoli. Cuando estos centros
comerciales declinaron, la hacienda se encerró en sí misma
reforzando todavía más sus rasgos feudales.
El artículo de Adolfo Meisel constituye en sí una pequeña
monografía, en muchos sentidos más completa que, por ejemplo, el
voluminoso estudio de la española Carmen Borrego Plá. A pesar de la
riqueza de la información factual, la monografía quiso evitar los
escollos del ernpirismoadoptando un esquema teórico según el cual
ciertas formas de producir se transforman fatalmente en otras. La
virtud de este esquema consiste en que otorga la debida importancia
a unas relaciones de trabajo que se transforman, según el autor, de
esclavistas en simplemente serviles. Cabría observar, sin embargo,
que la hacienda esclavista cartagenera no define por sí sola un
modo de producción. La inversión en esclavos y su utilización en
las haciendas era apenas la consecuencia de los privilegios que
ostentaba Cartagena como principal puerto de la trata negrera. La
hacienda resultaba ser así un sector subsidiario de un tráfico
comercial cuyo género más importante, los esclavos, estaba
destinado primordialmente a los centros mineros del interior.
Muchos cartageneros prominentes participaron en este comercio y sin
duda aprovecharon algunos esclavos en sus propias explotaciones
agrícolas, no muy alejadas de la ciudad de Cartagena. Por estas
razones, la decadencia de la trata en el curso de la segunda mitad
del siglo XVIII trajo consigo la decadencia de las haciendas
esclavistas. Por otra parte, lo que se describe como
"enfeudamiento" no parece tener en cuenta la ampliación de la
frontera agraria de la provincia de Cartagena en el curso del siglo
XVIII y la multiplicación de los hatos que recurrieron a una mano
de obra mestiza, por lo demás muy escasa. El uso de la tierra en
Cartagena con la ampliación de la frontera agraria se acomoda así
más bien al esquema clásico de Von Thünen.
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El ensayo de Catherine LeGrand (Campesinos y asalariados en la
zona bananera de Santa Marta, 1900-1935") retoma el problema
agrario, esta vez en Santa Marta y en relación con el enclave
capitalista de la United Fruit Co. Aquí, de nuevo, los problemas de
la mano de obra aparecen en el centro de las formaciones económicas
y de sus conflictos. La autora vincula, de manera novedosa y
convincente, la suerte del proletariado agrícola de las bananeras
con la del campesinado de la región. Este trabajo tiende a mostrar
cómo el orden de sucesión de las relaciones sociales de producción
no es inflexible. Si inicialmente un proletariado agrícola resulta
de la conversión del campesino en asalariado, este último puede
reintegrarse a una economía campesina, como ocurrió en Santa Marta
a raíz de la crisis de 1930. Esta conclusión, que contrasta con el
rígido esquema de Meisel (y el esquematismo todavía mayor de
Orlando Fals Borda), se deriva del planteamiento de un problema
mucho más amplio, a saber, de qué manera la implantación de una
agricultura comercial pudo afectar a una sociedad campesina. Sin
embargo, como lo anota la autora, poco sabemos de la formación del
campesinado costeño. Si la mano de obra de la que podían disponer
las haciendas tradicionales descritas por Meisel para Cartagena
siempre fue escasa, esto no constituyó obstáculo para que surgieran
poblamientos y procesos espontáneos de colonización que se
resistieron a incorporarse a las haciendas como mano de obra servil
y semiservil, tal como lo ha demostrado Fals Borda. Ahora C.
LeGrand argumenta que inclusive la aparición de un enclave
agroindustrial estimuló movimientos migratorios que no sólo
alimentaron la masa de asalariados sino también la de colonos que
disputaban el monopolio de la tierra y de las aguas que ejercitaba
la United Fruit.
Estos esbozos de historia económica y social agraria, que abren
amplias perspectivas para el debate y la investigación, encuentran
su contraparte en una historia urbana de Barranquilla. El debate se
inicia con una síntesis de las tesis clásicas de Theodore E.
Nichols ("El surgimiento de Barranquilla'') sobre las ventajas
geográficas que condicionaron el vertiginoso crecimiento del puerto
en el curso del siglo XIX. Manuel Rodríguez Becerra y Jorge
Restrepo ("Los empresarios extranjeros de Barranquilla, 1820-1900")
profundizan en el fenómeno barranquillero a través del estudio de
una elite empresarial de origen extranjero. El estudio persigue las
actuaciones de esa elite a partir de la aparición de algunos
británicos en la primera época republicana, cuando el comercio con
Europa se hacía todavía por intermedio de las colonias antillanas.
Se describen las actividades de holandeses, estadounidenses,
franceses, alemanes, venezolanos, cubanos, etc. en los transportes
(navegación fluvial y trasatlántica, ferrocarriles), en el comercio
y en las industrias. Todas estas actividades reflejan bien la
creciente importancia del puerto en el proceso de incorporación del
país en la economía mundial y el modelo de economía exportadora
dominante desde mediados del siglo XIX. En este sentido, este
trabajo es deudor, como tantos otros, de las investigaciones de
José Antonio Ocampo.
La tesis de fondo, inspirada en los trabajos de Frank Safford y
según la cual la preeminencia de este grupo de extranjeros no
revela otra cosa que el carácter abierto de una sociedad que,
partiendo de orígenes modestos, se afianzó en la iniciativa y en la
experiencia de este grupo para alcanzar el primer lugar entre los
puertos del Caribe, es, sin embargo, discutible. Es muy probable
que los extranjeros y sus descendientes se hayan incorporado
definitivamente a la ciudad y a la región. Pero, como lo ha probado
Anthony Mac Farlane para la estructura del comercio colonial, los
agentes de las casas de la metrópoli que operaban en Cartagena eran
españoles en su mayoría. No sería de extrañar, entonces, que en una
estructura de comercio neocoloniallos extranjeros hayan desempeñado
un papel similar.
Dos artículos de la recopilación están dedicados al estudio de
la política regional. Por un lado, Gustavo Bell Lemus ("Conflictos
regionales y centralismo: una hipótesis sobre las relaciones
políticas de la costa caribe con el gobierno central en los
primeros años de la república, 1821-1840'')
explora una hipótesis según la cual el dominio del centro del
país sobre la costa explotó deliberadamente conflictos y tensiones
internos de la región. El tema de la región y de la unidad nacional
se presta para contrapuntos de este tipo. Hay que pensar, sin
embargo, que la formación regional ha sido paralela y concomitante
con la formación nacional. A partir de núcleos dominantes en la
colonia y durante el primer período republicano (y lo que se dice
de las rivalidades entre Cartagena- MompoxSanta Marta podría
alegarse con razones muy parecidas para PopayánCali-Buga o para
Socorro-PamplonaVélez) el siglo XIX negoció, a través de infinidad
de conflictos, zonas jurisdiccionales cuya expresión más acabada,
antes de lograrse una expresión institucional estable de unidad,
fueron los estados soberanos.
Por su parte, Eduardo Posada Carbó ("Estado, región y
nación en la historia de la costa atlántica colombiana: notas sobre
la alianza regional de 1919") estudia las interioridades de la
liga costeña de 1919. Tal vez en ningún momento los intereses
regionales se expresaron más nítidamente que cuando el Estado tuvo
los medios de emprender obras de comunicaciones en vasta escala. E.
Posada muestra cómo, ante la inminencia de estas obras, los
diversos intereses de la región costeña encontraron un acuerdo
momentáneo. Dichos intereses abarcaban la preferencia por la
navegación fluvial contra un proyecto antioqueño de ferrocarriles,
la defensa de industrias que el interior calificaba de
"exóticas", iniciativas priva das sobre explotaciones
petroleras y un conflicto entre salinas marítimas y salinas
terrestres. Sobre el segundo punto, vale la pena observar que, para
esa época, un plan nacional de industrialización habría debido
favorecer la implantación de industrias en la costa, a donde podían
acceder fácilmente materias primas extranjeras y desde donde las
exportaciones hubieran resultado más baratas. El interior, a su
vez, hubiera podido especializarse en la producción de alimentos.
Contra esquemas de este tipo conspiraban no sólo los localismos de
la costa sino todos los localismos del resto del país
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El artículo de René de la Pedraja ("La Guajira en el siglo
XIX: indígenas, contrabando y carbón") se ocupa de una típica
situación de frontera en donde la estabilización de una empresa
colonizadora se logró mediante sucesivos compromisos con las tribus
guajiras. El trabajo describe los altibajos de un contrabando
asociado en el siglo XVIII con la vecindad de colonias francesas,
inglesas y holandesas en las Antillas. El autor hace énfasis en las
dificultades (y los desaciertos) de un gobierno central con
respecto a esta frontera. Una parte final relata los lejanos
antecedentes del carbón del Cerrejón.
Todos los ensayos mencionados están repletos de sugerencias y
sitúan los debates de la historia regional de la costa en un nivel
envidiable. Por esta razón la presencia del artículo sobre
"Núñez y la filosofía política", repleto de banalidades y
fruto evidente de la improvisación, parece inexplicable.
GERMÁN COLMENARES
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