Ficha bibliográfica
Titulo:
Boletín Cultural y Bibliográfico No. 17
Autores: Biblioteca Luis Ángel Arango - Banco de la República
Edición original: Bogotá: 1981
Edición en la biblioteca virtual: Bogotá: febrero de 2007
Notas: Publicación cuatrimestral de la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República, que presenta importantes artículos sobre las distintas disciplinas de investigación en el campo cultural
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Reseña humorismo: Zoografía nacional Fauna social colombiana

Zoografía nacional

Fauna social colombiana

Antonio Montaña

Ediciones Gamma S.A., Bogotá, 1987, 289 págs.

Aunque en Colombia quizás no existe una ciudad o un pueblo que no se vanaglorie, cuando no hay otra cosa qué mostrar, de su "humor proverbial", éste a veces ocurre en el país. Por ejemplo, podría hablarse de una tradición santafereña (el adjetivo bogotana parece ser demasiado ecuménico), esa actitud que en vivo y en directo es por lo general amanerada y pretensiosa, pero que por escrito es lo mejor que existe para el consumo nacional.

Los discurrires de la capital (la utopía cortesana, la realidad de la burocracia medianera, el cosmopolitismo departamental) han ofrecido siempre un vívido y divertido cuadro de migraciones y combates animales. Los nativos, añejos y ya en vías de extinción desde los tiempos coloniales, gustan de contemplarlo bajo el espíritu de resignación que los caros ingleses definirían como "grace under pressure". Hay que aclarar aquí que lo nativo en este caso es un concepto de barriada, de modo que las presiones zoológicas pueden surgir en ciertas zonas de la capital que jamás han quedado en Bogotá.

Antonio Montaña sobre que este estoicismo, que los acerbos estudiantes de las universidades públicas tildarían "de clase", es en sí mismo divertido. No ignora que no perder de vista la refriega al mismo tiempo que se mantienen las distancias es quizás la manera más engorrosa de inmiscuirse en ella, porque para lograrlo es necesario tener los ojos, las orejas y la lengua más grandes. Sabe que una especie condenada a mantenerse alerta, no sea que, por ejemplo, se vuelva lobo criticar a los lobos, libra también una lucha vacía; y que precisamente por haber basado su estrategia en descubrir e ir corriendo las reglas del combate es que no tiene escapatoria.

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Fauna social colombiana está escrito desde este hostigado (en ambos sentidos) punto de vista de la sorna capitalina. Su mérito reside en que le tiemble el pulso pocas veces, en que en estos tiempos de políticos ejerza la más estricta de las frivolidades. Con un lenguaje que da en el blanco siempre, Montaña clasifica, describe y analiza los especímenes sociales y los comportamientos que en Colombia reciben apodos zoológicos. La malicia infinita, la absoluta subjetividad y la franqueza le han deparado conjusticia un numeroso público.

Vivisecciona lobos, mandriles, gallinazos y lagartos de todos los sexos, fuera de piscos y gallinas y demás sapos y culebras que más corrientemente salen por las bocas compatriotas. Vale decir, con ponzoña de víbora enciclopédida que hace de ésta una lectura tan entretenida como esclarecedora. N o olvidemos que cuando en el país se menciona una bestia, es porque se espera escuchar el disparo de inmediato. Antonio Montaña se aparece con el cuero de ñapa.

Merece citarse su desdén clarividente, el elemento más constante en este libro:

"El snob es capaz de gastar una fortuna eJ;l piezas precolombinas que su 'guaquero de confianza' fabricó hace una semana, y afirmar con aire de conocedor impecable que las de su vecino son falsificadas. El logo, a quien el barro le parece poca cosa, preferirá adornar su casa con las reproducciones en cobre de los diseños precolombinos. Al fin y al cabo el metal bruñido es mucho más elegante" (pág. 13).

Pero no todo es displicencia. Tal es el caso del mandril, por quien el autor deja entrever alguna simpatía, dispar pero en el fondo honesta. La etología de este ser que a fuerza de calentanismo, autenticidad y desmesura ya ni levanta ampollas, constituye quizás el más logrado capítulo del libro.

También hay ascos y bravatas que afortunadamente no disfrazan del todo al personaje detestado. Así, el rey de los lagartos, que asciende a las cimas del poder, "habla gangosamente y va soltando las palabras con pausas que hacen semejar su alocución a la cadencia con la que un camello produce en marcha la boñiga" (pág. 104).

Y hay historia, para la cual ostenta el autor una capacidad de síntesis realmente ejemplar:

"En un país que tuvo vocación de mico, es decir, de mimador y entonces podríamos decir que también de lobo, el mandril apareció en las zonas rurales. Los lagartos se volvieron hombres de las leyes. Los lobos defensores de la opción democrática y los mandriles guardianes de ambas cosas. No para imitar ni para ganar, sino para ser, simplemente. Boves fue, y así lo llamaban, zambo y por lo tanto lobo. Maza y Urdaneta, mandriles. Santander, lagarto. Si alguien quisiera seguir el tránsito de esta fauna hacia el poder, se encontraría con algo que no causa a nadie sorpresa: el mandril se volvió gorila. El lagarto, poder. Y los lobos, la 'vocación demo crática' de los países fraudulentos' (págs. 68-69).

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Sólo por no seguir citando habría que pasar a señalar dos estorbosos desentonos de este libro. El primero sería el del capítulo sobre las culebras, que cae en el romo alegato econosociológico, tal vez porque éstas no forman propiamente parte de nuestra fauna social y son más bien un malo una costumbre universales. El segundo sería el del capítulo sobre los pájaros, que por tocar episodios de sangre (como si al de los mandriles le faltara hemoglobina) olvida la inclemencia del humor y, dando el brazo a torcer, pasa a la denuncia abierta. Busca ser serio. acaso conmover, en medio de la farsa; pero mejor habría reposado en el volumen original, La violencia en Colombia. de donde fue tomado, según cita Montaña, textualmente.

Es curioso -mejor decir curioso que significativo- este desliz de querer darle "peso" a una obra cuya virtud más destacada es la volatilidad. Hay que esperar que esta concesión a los tiempos aciagos no sea un indicio de que se está gestando un nuevo "compromiso" de nuestra literatura, en este caso el letal compromiso de dudar de sí misma.

CARLOS JOSÉ RESTREPO