Reseña humorismo: Zoografía nacional Fauna social
colombiana
Zoografía nacional
Fauna social colombiana
Antonio Montaña
Ediciones Gamma S.A., Bogotá, 1987, 289 págs.
Aunque en Colombia quizás no existe una ciudad o un pueblo que
no se vanaglorie, cuando no hay otra cosa qué mostrar, de su "humor
proverbial", éste a veces ocurre en el país. Por ejemplo, podría
hablarse de una tradición santafereña (el adjetivo bogotana parece
ser demasiado ecuménico), esa actitud que en vivo y en directo es
por lo general amanerada y pretensiosa, pero que por escrito es lo
mejor que existe para el consumo nacional.
Los discurrires de la capital (la utopía cortesana, la realidad
de la burocracia medianera, el cosmopolitismo departamental) han
ofrecido siempre un vívido y divertido cuadro de migraciones y
combates animales. Los nativos, añejos y ya en vías de extinción
desde los tiempos coloniales, gustan de contemplarlo bajo el
espíritu de resignación que los caros ingleses definirían como
"grace under pressure". Hay que aclarar aquí que lo nativo en este
caso es un concepto de barriada, de modo que las presiones
zoológicas pueden surgir en ciertas zonas de la capital que jamás
han quedado en Bogotá.
Antonio Montaña sobre que este estoicismo, que los acerbos
estudiantes de las universidades públicas tildarían "de clase", es
en sí mismo divertido. No ignora que no perder de vista la refriega
al mismo tiempo que se mantienen las distancias es quizás la manera
más engorrosa de inmiscuirse en ella, porque para lograrlo es
necesario tener los ojos, las orejas y la lengua más grandes. Sabe
que una especie condenada a mantenerse alerta, no sea que, por
ejemplo, se vuelva lobo criticar a los lobos, libra también una
lucha vacía; y que precisamente por haber basado su estrategia en
descubrir e ir corriendo las reglas del combate es que no tiene
escapatoria.
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Fauna social colombiana está escrito desde este hostigado (en
ambos sentidos) punto de vista de la sorna capitalina. Su mérito
reside en que le tiemble el pulso pocas veces, en que en estos
tiempos de políticos ejerza la más estricta de las frivolidades.
Con un lenguaje que da en el blanco siempre, Montaña clasifica,
describe y analiza los especímenes sociales y los comportamientos
que en Colombia reciben apodos zoológicos. La malicia infinita, la
absoluta subjetividad y la franqueza le han deparado conjusticia un
numeroso público.
Vivisecciona lobos, mandriles, gallinazos y lagartos de todos
los sexos, fuera de piscos y gallinas y demás sapos y culebras que
más corrientemente salen por las bocas compatriotas. Vale decir,
con ponzoña de víbora enciclopédida que hace de ésta una lectura
tan entretenida como esclarecedora. N o olvidemos que cuando en el
país se menciona una bestia, es porque se espera escuchar el
disparo de inmediato. Antonio Montaña se aparece con el cuero de
ñapa.
Merece citarse su desdén clarividente, el elemento más constante
en este libro:
"El snob es capaz de gastar una fortuna eJ;l piezas
precolombinas que su 'guaquero de confianza' fabricó hace una
semana, y afirmar con aire de conocedor impecable que las de su
vecino son falsificadas. El logo, a quien el barro le parece poca
cosa, preferirá adornar su casa con las reproducciones en cobre de
los diseños precolombinos. Al fin y al cabo el metal bruñido es
mucho más elegante" (pág. 13).
Pero no todo es displicencia. Tal es el caso del mandril, por
quien el autor deja entrever alguna simpatía, dispar pero en el
fondo honesta. La etología de este ser que a fuerza de
calentanismo, autenticidad y desmesura ya ni levanta ampollas,
constituye quizás el más logrado capítulo del libro.
También hay ascos y bravatas que afortunadamente no disfrazan
del todo al personaje detestado. Así, el rey de los lagartos, que
asciende a las cimas del poder, "habla gangosamente y va soltando
las palabras con pausas que hacen semejar su alocución a la
cadencia con la que un camello produce en marcha la boñiga" (pág.
104).
Y hay historia, para la cual ostenta el autor una capacidad de
síntesis realmente ejemplar:
"En un país que tuvo vocación de mico, es decir, de mimador y
entonces podríamos decir que también de lobo, el mandril apareció
en las zonas rurales. Los lagartos se volvieron hombres de las
leyes. Los lobos defensores de la opción democrática y los
mandriles guardianes de ambas cosas. No para imitar ni para ganar,
sino para ser, simplemente. Boves fue, y así lo llamaban, zambo y
por lo tanto lobo. Maza y Urdaneta, mandriles. Santander, lagarto.
Si alguien quisiera seguir el tránsito de esta fauna hacia el
poder, se encontraría con algo que no causa a nadie sorpresa: el
mandril se volvió gorila. El lagarto, poder. Y los lobos, la
'vocación demo crática' de los países fraudulentos' (págs.
68-69).
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Sólo por no seguir citando habría que pasar a señalar dos
estorbosos desentonos de este libro. El primero sería el del
capítulo sobre las culebras, que cae en el romo alegato
econosociológico, tal vez porque éstas no forman propiamente parte
de nuestra fauna social y son más bien un malo una costumbre
universales. El segundo sería el del capítulo sobre los pájaros,
que por tocar episodios de sangre (como si al de los mandriles le
faltara hemoglobina) olvida la inclemencia del humor y, dando el
brazo a torcer, pasa a la denuncia abierta. Busca ser serio. acaso
conmover, en medio de la farsa; pero mejor habría reposado en el
volumen original, La violencia en Colombia. de donde fue tomado,
según cita Montaña, textualmente.
Es curioso -mejor decir curioso que significativo- este desliz
de querer darle "peso" a una obra cuya virtud más destacada es la
volatilidad. Hay que esperar que esta concesión a los tiempos
aciagos no sea un indicio de que se está gestando un nuevo
"compromiso" de nuestra literatura, en este caso el letal
compromiso de dudar de sí misma.
CARLOS JOSÉ RESTREPO