Reseña narrativa: La artemisa de don Aristarco
La artemisa de don Aristarco
Cuarto menguante
Eduardo Santa
Plaza y Janés, Bogotá, 1988, 244 págs.
El título de la novela, Cuarto menguante, el breve prólogo que
anuncia la luna como símbolo y la presentación nos hacen esperar el
enfrentar nos con una novela sensacional y mágica, porque, "al
decir del crítico Eduardo Pachón Padilla, se trata de una de las
mejores novelas de escritor colombiano publicada en el presente
siglo".
No obstante, una realidad es otra.
Cuarto menguante nos lleva con dificultad por un camino.
Episodios en la vida de un pueblo, Artemisa, enclavado en las lomas
de alguna montaña de clima cafetero, donde la humedad y los rojos
frutos pasan inadvertidos, porque el clima no se siente, solo se
menciona, como también se mencionan una prosperidad y su
decadencia; en Artemisa la vida no transcurre, la luna desaparece.
El conjunto de la novela está formado por recuerdos desordenados y
repetidos de acontecimientos. Adela recuerda: es la nieta de don
Aristarco de la Rosa, fundador del pueblo, de quien se dice que es
teósofo y espiritista, dos adjetivos que a veces aparecen para
calificarlo, como decir que su apellido es De la Rosa. El llegó
tumbando monte con otros hombres y con su hijo don Vicente, el
padre de Adela, farmacéutico y también teósofo, y en el sitio
escogido fundaron el pueblo, construyeron el Parque del Triángulo y
el Tabernáculo en honor del Gran Arquitecto Universal, sembraron
caléndulas y establecieron sus festividades. Después llevaron una
imprenta de pedal, y repartían en el pueblo papelitos de colores
manchados de tinta, papelitos al viento, (nos quedamos sin saber
que contenían); solo la narración nos dice que los teosofos se
comunicaban con el más allá, pero en el más allá nada ocurre.
Adela, la nieta del fundador, intenta ser el eje, eje que se
pierde entre las memorias del uno o de la otra. Recuerda don
Vicente, recuerda Macario, Otilia, Vigornia, traen "en el río de
los recuerdos" acontecimientos. Sabemos que lo micro nos puede
enseñar lo macro, pero en Cuarto menguante esos pequeños
acontecimientos son solo pequeños chismes. Adela recuerda: después
de fundado el pueblo llegó el padre Filemón con doce hombres y
construyeron el templo con una torre muy alta, y desde el púlpito
el cura comienza a combatir a don Aristarco, por lo de los
papelitos de colores y el Festival de la Caléndula. Entonces el
fundador quiere dinamitar el templo, y el cura lo excomulga. Don
Aristarco aparece muerto en el parque que él fundara con jardines
de las flores amarillas; lo han asesinado los fanáticos seguidores
del padre Filemón. Sigue una cruenta guerra, y para detenerla
cambian al padre Filemón por el padre Pompilio, mandan al general
Caballero con su ejército y como alcalde nombran al general
Clodomiro Quintero, quien luego renuncia y se queda a vivir en
Artemisa con su esposa Rosalina, que no era su esposa: era una
monja escapada del convento. Allí, en el pueblo, construye los
muros de una obra inconclusa, lleva tres automóviles y la energía
eléctrica.
La historia sigue. Adela, a los 16, se casa con Marcelo, un
músico que llega sin nombre; don Vicente la des hereda, su hijo
Jorge se muere ) Marcelo se vuelve alcohólico, hasta que Adela le
quema la guitarra y él se marcha de la casa para siempre. Adela,
muy pobre, cose de sol a sol para sostener a sus hijos Felipe,
Cecilia y Eladio, que no va a la escuela porque no tiene zapatos,
tiene once años, y sabe leer y escribir cartas a su novia
platónica, Leila, y también sostiene monólogos casi con la misma
madurez del narrador: "y era lindo escucharlo así parado en la
mitad de la sala tocando solo para mi madre "Y para mí, que estaba
entre sus brazos contemplando el brillo de las cucharitas de cobre
moviéndose sobre los huequecillos, como pequeños renacuajos de
cobre, como diminutos enanos dorados, tapando y destapando los
huequecillos, mientras mi padre se llenaba de música y la arrojaba
luego rítmicamente a través de aquellos ojos indefinibles y
profundos ... "(pág. 79).
Son veintidós capítulos de recuerdos, recuerdos que se repiten
iguales. Están contados por los personajes en primera persona, sin
perspectiva ni distancia. Son episodios del momento presente, o de
aquel pasado en la época de esplendor, o monólogos donde los
personajes se expresan de la misma manera, tanto Eladio, de apenas
once añitos, como Macario, o el cura Pompilio, o la antigua
empleada de la familia De la Rosa, Otilia, quien ahora vive con
Adela. El lenguaje es un lenguaje sin tiempo, sin geografía, ajeno
a las costumbres de un pueblo donde se asienta tanto chisme. Se nos
olvida que todo ocurre a principios de siglo o en el siglo pasado.
Solamente la cantidad de lugares comunes nos permite aceptar la
atmósfera: el reloj siempre des grana el tictac de las horas;
Vigornia está detrás de los resplandores de la herrería y del ruido
persistente y mon6tono de los martillos sobre el yunque.
En la novela no hay acción. El narrador cuenta, con lenguaje
sencillo, sin grandes figuras ni malabares, la nostalgia de otra
época, la del esplendor donde todo es caricaturesco
"Adela lo guardó en el armario, al aldo de los mejores trajes, la
piel de zorro, los collares de fantasía, los perfumes franceses, la
sombrilla que su padre le había encargado de Italia para que la
luciera en las noches de retreta, los abanicos, los bellos camafeos
y el cofre de las joyas, recuerdos todos de la época de esplendor"
(pág. 71). ¿De dónde había sacado Adela todo ésto? O narra
el momento presente, la decadencia donde los personajes son planos,
sin vida interior, como el cura Pompilio, las tres beatas
Margaritas, el hombre Araña, o Macario, quien anda detrás de la
viuda Zulma para casarse con ella porque la ama; o la loca
Ifigenia, hermana de Adela, que sufre ataques en noches de luna,
presentada en una escena que intenta ser erótica pero que resulta
terriblemente vulgar. Sí, reinan los estereotipos, hay una gran
ausencia de una mínima reflexión necesaria, o la expresión de las
emociones, amores, odios, dolores.
La novela del escritor Eduardo Santa concluye con la llegada del
fin del pueblo tras una larga decadencia y la huida de la
población, anunciada con cucarrones que caen de la torre de la
iglesia, una visión de Otilia en los resplandores del fuego en la
cocina, la enfermedad de Eladio, el último descendiente del
Fundador, y la extraña muerte de una personaje de origen francés
que aparece y desaparece en cualquier capítulo de la novela.
DORA CECILIA RAMÍREZ