Reseña narrativa: Los fantasmas de la historia La ceniza
del libertador
Los fantasmas de la historia
La ceniza del libertador
Fernando Cruz Kronfly
Planeta, Bogotá, 1987,341 págs.
"Su excelencia ha decidido partir para siempre. "Tendida, la
tierra predica su viejo sermón de perro echado, muerde ella misma
el polvo húmedo en medio de vientos que lo cubren todo de un cierto
color de daguerrotipo", (Frases iniciales de La ceniza del
Libertador).
En una narración que no tiene prisa transcurre el último viaje
de Su Excelencia por el río Magdalena, hacia el Atlántico. En un
vapor, acompañado por su fiel mayordomo José Palacios, por su
sobrino Fernando, su secretario el coronel Santana, el cocinero
Bernardino y un séquito de fantasmas y recuerdos, viaja un general
desterrado de la gloria, el poder y la vida. Morirá, siete meses
después que emprenda el viaje desde Honda, en la Quinta de San
Pedro Alejandrino. Bolívar y el Magdalena son dos cauces que
orientan nuestro destino histórico y geográfico, así como la
corriente del río que va a morir al mar es una de las metáforas
eternas que fluye por el lecho de la literatura. Sobre las bases de
esta tradición, Fernando Cruz K. novela los episodios finales de la
vida del Libertador.
La metáfora del ocaso de una vida adquiere volumen gracias al
contrapunteo entre los datos históricos y los ficticios y a través
de un lenguaje que tiende hacia la imagen poética más que hacia la
descripción narrativa. Pero también el diálogo da ritmo a este
relato. Un narrador posesivo, que desde el punto de vista de Su
Excelencia transmite la experiencia de un héroe derrotado y
moribundo, cede su voz a unos personajes que dentro del vapor (como
dentro de una trampa) intentan descifrar el misterio de las sombras
que lo pueblan y conversan acerca de los detalles cotidianos del
viaje. Estos niveles de lo cotidiano y lo misterioso son
dimensiones con las que el autor ha jugado en Cámara ardiente
(1979) Y en La obra del sueño, sus dos novelas anteriores.
En las narraciones de Cruz K. siempre hay un mundo misterioso
que irrumpe súbitamente en el acontecer diario y que ya se
vislumbraba en sus primeros cuentos. Se trata de hechos
sorprendentes que subvierten el orden establecido y que, por lo
general, metaforizan el estado interior de los personajes o las
situaciones que viven. En la casa de Eloy Salamando, por ejemplo,
la muerte toma formas concretas y se sienta a la mesa o en una
mecedora ("Nadie se muere en esta vida"). En Cámara ardiente,
Uldarico y los notables de la ciudad violan la interdicción de
la Mansión de las Cadenas y penetran en un laberíntico pasado
que termina por enfrentar al protagonista con un punto en que la
nada y la muerte se confunden. Leopoldo, uno de los personajes de
La obra del sueño, viaja oculto en un baúl sobre el lomo de una
bestia que fuma y toma café negro. También por La ceniza del
Libertador ronda el misterio. Fernando Cruz desarrolla un relato
que para alejarse de la novela histórica y biográfica se nutre,
entre otros elementos, del suspenso; un suspenso que oscila entre
el dramatismo y la farsa.
En el vapor que se dirige a Cartagena, viajan los últimos leales
a Bolívar y los fantasmas de la historia: presencias-ausencias que
son la metáfora de los hilos ocultos que se mueven amenazantes en
torno a los idea les bolivarianos. Del segundo piso del barco,
separado del primero por una puerta inexplicablemente
infranqueable, provienen sonidos de pasos que bailan o que marchan,
de voces que murmuran, de risas y de música; ruidos que enrarecen
la atmósfera del primer piso del vapor. Al barco lo guía un capitán
inaccesible e invisible, y por sus corredores circula un abogado
como una sombra, siempre a la caza de firmas y sellos que legalicen
los documentos que luego llevará a la segunda planta. El antes
héroe es ahora el prisionero de un poder que permanece escondido y
que le mantiene ignorante de la realidad que lo circunda.
"Puesto que, con los principios y no con los hombres se
gobierna, para nada necesitan ustedes de mí". Estos son los
términos con que Bolívar se dirige a Santander luego de que, en la
conformación de la Gran Colombia, la acción política ha desplazado
a la militar. Aunque el referente histórico está mediatizado al
máximo en la novela, estos son también los términos que rigen la
configuración de la metáfora del "arriba": cuando se pregunta a
Bernardino qué es lo que hay allí, el cocinero responde que ratas y
papeles. Es el imperio de los documentos y los abogados del Colegio
de San Bartolomé, de los principios y los debates que en el seno
del Congreso y bajo la dirección de la vice-presidencia se oponen
cada vez con mayor fuerza y número de subterfugios, a las
orientaciones de Bolívar. Y él los mira, mientras, "muy pulcros,
abanican sus alas extendidas al sol de la plaza de San Bartolomé,
[y] dejan ver debajo sus códigos, sus leyes como cuchillos" (pág.
137).
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La ceniza del Libertador se construye a base de motivos
repetitivos: la oposición entre "el arriba" y "el abajo" es uno de
ellos; igualmente lo serán las sucesivas plagas (de mariposas,
moscas y palomas muertas) que atentan contra la tranquilidad de los
viajeros. También las reflexiones de Su Excelencia giran alrededor
de unos pocos temas: el del hastío, el del deseo de vomitar tan
pronto llegue al mar, el de la gloria perdida. Cuenta el militar
granadino Posada Gutiérrez que un día, habiéndose ya retirado de la
presidencia, Bolívar paseaba con él por las orillas de un riachuelo
en su retiro de Funcha y contemplando las aguas dijo:
"¿Cuánto tiempo [ ... ] tardará esta agua en confundirse con
la del inmenso océano, como se confunde el hombre en la podredumbre
del sepulcro con la tierra de donde salió? Una gran parte se
evapora y se sutiliza, como la gloria humana, como la fama [ ... ]
¡Mi gloria! ¡mi gloria! ¿Por qué me la
arrebatan? Por qué me calumnian?"
(Indalecio Liévano Aguirre, Bolívar, Bogotá, Oveja Negra, 1985,
págs. 504-505). Esta es una de las ideas frecuentemente expresadas
por el militar, quien se apoya en las memorias de sus triunfos,
agasajos y amantes, para atrapar un tiempo del cual se aleja por el
río.
Porque así como la novela se con forma gracias a la acumulación
de símbolos que se repiten, la imagen del pasado del personaje se
traza por la suma de trozos de recuerdo. Simón Bolívar, al igual
que Uldarico (Cámara ardiente) y muchos de los personajes de Cruz
Kronfly, se halla en un estado límite a partir del cual empieza a
reconstruir su vida a través de la libre asociación de los
episodios que aún conserva su memoria. Ellos se suceden de manera
delirante en la mente afiebrada del Libertador. Rosita Jaramillo
señala a este respecto, en su excelente entrevista al autor, que el
recuerdo es el recurso literario del que éste se vale para sumir a
sus personajes "en un abismo delirante, allí donde se confunden
sueño y realidad, memoria y presente" (Gradiva, núm. 2, pág. 21).
Por la ventana del camarote de Su Excelencia, entran los fantasmas
de su mundo privado:
Fanny de Villars, Manuela Madroño y Manuela Sáenz, Simón
Rodríguez, el ama de la infancia.
y otra presencia constante en el texto: el pasajero de estribor
que se sitúa al lado de la mesa del comedor donde toman sus
alimentos Bolívar y sus amigos. Un hombre, el bicho, que lee y
escribe de continuo. ¿Qué escribe? No lo tiene muy claro.
Sólo observa, calla y anota. Se duda de la calidad de sus apuntes,
dada la indiferencia que manifiesta por el entorno y la actitud
pasiva que mantienen con cuanto allí sucede. ¿Está
confabulado con los de arriba? Finalmente, "Su Excelencia comprende
que aquel hombre, que aquel testigo mudo lo ha escrito, lo contará
todo algún día. Entonces descansa, se despide por última vez y se
abandona a los ajenos brazos que lo arrastran") (pág. 330).
¿Es acaso el escriba un doble del autor? Las reservas que
mantiene el narrador frente a esta figura parecerían negar tal
parentesco; este testigo aparece ironizado y enjuiciado a la par
que el leguleyo de los documentos. Tal vez el narrador de La ceniza
... se propone entonces, como un relator más auténtico, como un
historiador que participa en las últimas etapas de la vida del
Libertador e intenta descifrarlas. De ser así, Cruz Kronfly dirige
la perspectiva de este nuevo narrador activo y crítico. Logra
construir una novela donde el lenguaje poético, lo sjuegos
temporales y espaciales, así como el nivel de tensión que la
sostiene, aportan una nueva visión, una visión muy personal, acerca
de aquél sobre quien se han escrito tantas páginas.
ALICIA FAJARDO M.