Reseña narrativa: El recuerdo y la prisa
El recuerdo y la prisa
Relatos de Gil
Guillermo Jaramillo Montoya
Biblioteca de los escritores caldenses, Imprenta Departamental,
Manizales, 1987, 325 págs.
Estos "relatos" versan, cuando quieren, sobre la
colonización del valle del Risaralda. No aspiran a la historia o a
la sociología sino a la charla vespertina (tanto menos canónica
cuanto más resabiada a la que suelen dedicarse nuestros notables de
todos los calibres, o sus proles, cuando llega la hora de que vuele
más la palabra que las piernas. En estos casos, se supone, el
testigo ocular o auricular querría legarle al mundo el colorido
anecdotario que sólo él ha podido acopiar.
Pero en la actualidad cualquiera sabe que a las susodichas
disciplinas les parece que quien se limite a hacer esto no es
realmente serio. Jaramillo Montoya, andariego de este territorio e
hijo de uno de los protagonistas de la empresa colonizadora, se
cree obligado a insertar en su mosaico datos "sólidos"
que apuntalen sus impresiones personales sobre este proceso. Queda
a medio camino: las presiciones que pretenden satisfacer los
rigores modernos en este libro son superficiales cuando no son
superfluas; pero ocupan el espacio que debería servir para explayar
las impresiones, lo que tendría valor para el curioso del
futuro.
Divididos en tres libros "libros" más o menos temosos,
estos relatos contienen la historia de la zona (a las volandas), la
de la fundación de sus poblaciones (deteniéndose un poco en la de
Pereira), apuntes sobre los medios de transporte, detalles
dispersos sobre los primeros moradores y sobre los sucesivos
usurpadores, listas de colonos e inventarios catastrales de sus
fundos, apologías de sus obras, evocaciones de las viejas gestas y
nostalgias de los viejos delitos, geografía, botánica, tradiciones
locales y un cuento que compendia todo esto.
Como se habla de uno de esos libros que se originan en las
mejores intenciones, queda el remordimiento de no ser desprevenidos
y joviales, como seguramente es el autor. Pero sus feas
desproporciones se pueden achacar a los amigos acuciosos que
celebran la memoria del contertulio, apremian la redacción del
libro, aprueban los manuscritos y echan a rodar imprentas oficiales
sin que haya tiempo de pararse a pulir, poner en orden y
profundizar
Porque otra vez faltó pulir, eliminar repeticiones y la cita
de fuentes resabidas, así como los entusiasmos líricos y
patrióticos que no tienen que ver con el recuerdo; por ejemplo, las
recomendaciones que el civismo deja colar sin previo aviso.
Faltó orden también. El libro es paso a paso inexplicable. Se
pica aquí y allá sobre la historia general de la región, desde el
pasado de la conquista hasta el futuro del Chocó, en un arrume
caprichoso que no se justifica ni en la maleabilidad de la memoria
ni en la severidad de las cronologías. Los capítulos son
descabelladamente abruptos, cosa que los conversadores, cuando
escriben, confunden muchas veces con la gracia. Se cita un viejo
texto, se intercala una pregunta extemporánea, se dice esto y
aquello a manera de datos, por ahí se remata con una copla
popular.
La incuria y el desorden afectan hasta la redacción, lo cual
produce episodios ambiguos:
"Era el momento de los colonos, arrendatarios, agregados [
... ], familias de antioqueños ambiciosos, que con sus parientes,
tumbaban selvas, para luego vender el fruto de su trabajo a los
insaciables latifundistas que no conocían linderos; éstos sacaban
enorme provecho, porque con el dinero adquirido, redoblaban su
esfuerzo y tumbaban nuevamente una extensión más grande, hasta que
al fin, llegaban a ser propietarios de su propio fundo" (págs.
82-83).
Cuando no llenos de humor involuntario:
"Bernardo tiene actualmente un complejo turístico
modernizado, siguiendo la línea de su vieja clientela: la postrera
fresca con su cuca, el casado de cuca y gelatina ... " (pág.
89).
En fin, faltó profundizar. No en las exactitudes de la Historia,
que para eso hay expertos, sino en la singularidad de las
vivencias. El desperdicio es evidente. En aras de la elegía se pasa
muy por encima de los personajes, los Marulandas y los Jaramillos
que se sacaban de la manga todo un departamento. Está el recuento
panegírico de sus obras, pero el carácter no aparece. Y es para los
retratos de carácter que hace falta el testigo.
Igual cosa sucede con las remembranzas sobre los cultivos del
café y de la caña. Fuera de que faltó un glosario que definiera los
términos que el autor prodiga como chupándose los dedos.
El cuento con el que Jaramillo Montoya remata el libro permite
entrever lo que dejó guardado bajo el sombrero. Ambienta el proceso
de apertura de la rica comarca y revela el papel, injusta y
constantemente omitido, desempeñado por los negros colonos que se
asentaron allí tras las guerras civiles del siglo pasado. Aunque
también está plagado de exabruptos, posee la virtud de no tener más
pretensión que la de novelar su modo de vida, con sus pleitos,
pecados, supersticiones, sabiduría telúrica y su final
desplazamiento. Estas últimas páginas, al fin y al cabo, dejan un
ligero regusto de lo que fue la vida en la región. Un ligero
regusto, nada más.
CARLOS JOSÉ RESTREPO