Reseña crítica literaria: Contra ... Punto crÃtico del
biografismo
Contra ... Punto crítico del biografismo
Tras los clásicos rusos (Pushkin, Lérmontov, Gógol,
Chéjov)
Henry Luque Muñoz
Editorial Progreso, Moscú, 276 págs.
Una inmensa equis bermellón, cruzando altaneramente una página
de Almas muertas, de Gógol, podría darnos el sentido de este libro
del poeta colombiano Henry Luque Muñoz (Bogotá, 1944). "La
censura zarista", anota el poeta, contemplando la página a
través de una vitrina de casa-museo. La censura zarista, además,
parece haber conseguido el martirio y enaltecimiento de tres
grandes escritores rusos: Pushkin, Lérmontov y Gógol (al abordar a
Chéjov, el autor ha olvidado -o no hay pretexto- que también aquél
vivió esa sombría época, los siglos y siglos precedentes a octubre
de 1917). Su verdadero trabajo, su especialización, en este caso,
es ir visitando museos, antiguos documentos y calles, para
mostrarnos por qué hay autores que al mundo socialista lo llenan de
orgullo, muñecos dóciles al abanderamiento, a la escultura y a la
muy contemporánea muerte de la mirada turística.
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Lo que Henry Luque ha olvidado es que trata con escritores y no
con símbolos nacionales; que pretende ir tras los
"clásicos" rusos, pero al poner punto final no se ha
dicho qué es lo clásico en ellos, es decir, en sus obras, ya que no
aparece ninguna obra ante la lupa del análisis medianamente
crítico, sólo la persona (y el mito de su supuesta personalidad
omniiluminadora) del escritor, sus datos biográficos más
recónditos, no exentos de curiosas e irrisorias ambientaciones del
historiador imaginativo. El aprendiz revolucionario, el húsar
enamorado, el semicampesino de gran nariz y el cuentista
tuberculoso aparecen perfilados, a veces contra el fondo gris y
congelado de la Rusia zarista, o, a veces, ellos mismos en el
fondo, sosteniendo levemente el primer plano de unas pinceladas
históricas en las que Rusia muestra su cara ruda y cruel, condenada
al gran cambio que reanudaría el ejercicio de exaltación de sus
héroes literarios, antes humillados. Reanudación que, si nos
atenemos al presente libro, fomenta más la visita al museo y la
exhibición biográfica que el estudio profundo -y riesgoso- de obras
probablemente universales (tal vez "clásicas", si alguien
se permite usar el término). Los gestores de la literatura rusa
forjan su hazaña y su tragedia a la sombra de zares de cándida
crueldad: Pablo 1 prohíbe los sombreros redondos, los pantalones
rectos y los zapatos con cordones, para no evocar el reinado de su
madre, al tiempo que se estremece cuando le mencionan la Revolución
Francesa; Alejandro 1 lee a Voltaire, obliga a sus cortesanos a
hablar francés y llora cada vez que se le antoja; Nicolás 1, además
de poner en peligro de ser cornudo al bueno de Pushkin,
"colecciona sufrientes en los campos de forzados". Estas
imágenes presiden el panorama seudo histórico con el que Luque
trata de completar la proyección de sus figuras literarias,
haciendo gala -casi alarde- de un descripcionismo histórico cercano
a la novela (y, por lo tanto, a la ficción) y un asomo del afán
crítico (que no biográfico), desafortunadamente hecho retórica e
impresionismo ("Su perfección literaria es la del agua en
reposo que arrastra hondas corrientes y en la que navegan el pétalo
alegre y la raíz podrida, no la de la ola que se encrespa'').
Esa técnica de "satelitismo" tendencioso en la
consideración de una personalidad es la constante durante todo el
libro, a través de Pablo I de quitarse el gorro ante él, orden que
cumple Arina, la fiel aya del poeta, que sabe que es "grave
injuria no descubrirse ante Su Majestad Imperial"; al lado de
Pablo 1, otro hombre público, Alexandr Arakchéev, influye en los
destinos del pueblo ruso, incluyendo el del joven Pushkin, con
reformas importantes como la creación de colonias militares con
reclutamiento de campesinos, obligación de las mujeres de dar a luz
cada tanto, y la pena del knut o látigo para los transgresores;
Luque se solaza transcribiendo el valiente epigrama escrito por
Pushkin sobre dicho personaje ("¿Quién es ese que es
'fiel sin esperar halago'? El pobre soldado de una puta");
Pushkin enferma en 1820, en la modesta alegorización, a causa de
haber presenciado el intento de fuga de dos presos encadenados bajo
una lluvia de balas (ahí están el zarismo y el espectro de Siberia,
que alguna vez es real, como amenaza, para Serguéi). Que el zarismo
haya sido el gran enemigo de Pushkin es discutible, pero que
Pushkin fuera contrario al zarismo era algo que estaba lejos del
propio poeta, quien, en una carta de 1826, escribe: "La
revuelta, la revolución, es verdad, nunca me gustaron. Pero estuve
ligado a casi todos los amotinados y mantuve correspondencia con
muchos de ellos. todos los manuscritos revoltosos se me
atribuyeron, como le adjudican a Barkov los manuscritos
obscenos". Sin embargo, su amor a la libertad, no libre de
byronianos arrebatos, es el pretexto para que en este volumen se
aprecie su obra a la opaca y recortada luz de la lucha
Pushkin-zarismo. También se aprovecha el réquiem que Lérmontov
escribiera a la muerte de Pushkin, titulado La muerte del poeta, y
que en sus estrofas finales hace advertencias apocalípticas a la
aristocracia.
Otra muestra de la técnica aludida es que de la vigorosa
semblanza que Gógol hace de los cosacos, en especial en Tarás
Bulba, Luque se sale para ofrecer versiones posteriores
relacionadas con ellos, como la de Tolstói, y en las que los
cosacos no son ya el modelo ético del ruso, como lo creía el
escritor ucraniano, sino fuerzas manipuladas por el poder zarista
para aplastar revueltas. En el afán historicista olvida el carácter
de un pueblo y pasa por encima de la obra de Gógol, que apenas le
da pie para hacer la reflexión. La técnica es casi fílmica: antes
de la aparición del personaje Gógol, aturdido por su nariz
congelada, se hace una toma neblinosa de Moscú, en que un
funcionario golpea a un cochero: el pie de imagen: "Dos fardos
combaban los hombros del siervo: la subyugación y el
invierno".
Pero lo más representativo del método en cuestión es llegar a la
conclusión de que la muerte de los tres escritores, Pushkin,
Lérmontov y Gógol, es culpa casi personal que se debe cargar al
zarismo. La de Pushkin, porque el estado de cosas y la incitación
final que dan circunstancia al duelo en que éste pierde la vida
fueron provocados por personajes públicos alcahueteados por el zar,
entre ellos el mismo rival, un francés, racista comprobado, y
conocedor de la remota ascendencia africana del poeta (ello sumado
a la situación de celos en que el propio zar había sumido a
Pushkin, galanteando a su esposa). La de Lérmontov, también por
duelo, habría que achacarla a la misma razón ("Su asesinato
refleja mucho más que una banal disputa particular: la evidencia de
que, siendo poeta libertario, tampoco podía, como Pushkin,
sobrevivir bajo el gobierno de Nicolás 1"). Finalmente, la
muerte de Gógol denuncia el precario estado de la medicina en la
Rusia zarista (ante la impotencia de curar la infección de toda la
vida de Gógol, que degeneraría en tifoidea) y el atraso, patente en
la ausencia de canalización, de una nación respecto de las
europeas, atraso que permitía la fácil propagación de las
epidemias.
A este ligero panorama histórico biográfico se añade el recurso
arcaico y falaz del biografismo. Desde SainteBeuve no se ha
intentado análisis "literario" más insólito. Desde la
interpretación del Ruslán y Liudmila, de Pushkin, en la que
Liudmila coincide con un amor de liceo y los caballeros que por
ella luchan, otros tantos liceístas enamorados, o el brujo Chernor
encarna, como "perseguidor de mi esposa", al recién
conocido
D'Antés -rival del duelo- (el reto real estaría ya prefigurado
por el verso "Tú no puedes luchar con una fuerza rusa,
perseguidor de mi esposa"); pasando por la transcripción
tomada de Un hombre extraño, de Lérmontov, en la que se intercalan
breves explicaciones y respuestas a los interrogantes e
incertidumbres del personaje (v. gr.: "La menor ofensa lo
sacaba de quicio, sobre todo si se relacionaba con su amor propio
[el autoritarismo de la abuela contribuyó a hacerlo más
hipersensible] ... "); o bien, mostrando la presencia
literaria de las carencias vitales en Gógol ("El deterioro de
la salud estomacal enredó a nuestro escritor en la soga de la
hipocondría. y puede afirmarse que la reiterada presencia de
alusiones gastronómicas en la obra citada no obedece a un mero
recurso para enriquecer el campo de acción de la novela; responde a
una necesidad psicológica del autor, que devora literariamente los
alimentos que su aparato digestivo rechaza en la realidad"); y
en el caso de Chéjov observando cómo el escritor elige la economía
verbal por estar cansado de "la interminable filípica de la
pobreza y las prolongadas peroratas del padre", hecho
corroborado, o mejor, acentuado, por el inevitable carácter de
precisión y veracidad que el ejercicio de la medicina habría dejado
en su escritura.
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Se echa de menos la crítica literaria, la imparcialidad
histórica, la llaneza en la expresión, la búsqueda de
"nacionalidad" de Pushkin y Gógol (no la banal
"transición" entre romanticismo y realismo), el nihilismo
de Lérmontov -el de El héroe de nuestro tiempo (no su posudo
romanticismo revolucionario) o la imagen deforme de la
burguesía pequeña soviética en Chéjov, de quien sólo se da un
esbozo prebiográfico.
Hermosa edición con fotografías en color y esmerada impresión.
Algún precio ha de pagarse por una edición semejante en editorial
oficial.
OSCAR TORRES DUQUE