EL SENTIDO DE LA POLÍTICA Y LA ESENCIA DE LA POLÍTICA
Presentación
Los pueblos en quienes prevalece la imaginación, ya sea por
exceso de inexperiencia, o ya por achaques de raza y temperamento,
se inclinan siempre a los extremos y están, por tanto, dispuestos a
creer en las cosas absolutas. Es característica de esos pueblos
tener trances de supremo entusiasmo, procedentes de una fe también
tan suprema, que fácilmente se convierten en trances de profundo
desaliento. Ellos son apasionados por las formas, y a un detalle
superficial sacrifican resueltamente, con frecuencia, fundamentales
consideraciones e intereses. Francia es el prototipo de esta
familia de pueblos. En ella predomina la imaginación, y a causa de
eso se distingue tanto por sus sorprendentes peripecias políticas,
como por la incontestable superioridad artística.
Las colonias hispanoamericanas, al emanciparse de la metrópoli,
se encontraron en situación mucho más difícil que las
angloamericanas, al emprender la obra de su reconstitución
política; porque éstas, además de estar sometidas a un régimen
menos antagonista del republicano, lograron pronto reanudar sus
relaciones sociales con la Gran Bretaña; mientras que las colonias
hispanoamericanas estuvieron por largo tiempo segregadas en
absoluto de la antigua madre patria, y sustraídas, por tanto a la
corriente civilizadora en que se habían encontrado respirando
durante más de trescientos años. Esa corriente no era del todo
saludable, sin dude, pero tenía a lo menos en su impulso muchas
condiciones que se conformaban con un encadenamiento de hechos que
no podíamos romper enteramente sin exponernos a continuar la
peregrinación social sin definida brújula y con muy oscilante
itinerario. Ese entero rompimiento se efectuó desgraciadamente, y
una especie de vacío realizóse en torno nuestro.
La influencia natural, histórica, fue luego reemplazada por la
que más cautivaba nuestras aspiraciones y seguimos políticamente
dependiendo de Francia, aunque a veces, en apariencia, tomábamos
ejemplo en las instituciones escritas del pueblo
norteamericano.
Entramos, pues, en pleno mar de quimeras y exageraciones, porque
nuestros cerebros quedaron casi exclusivamente sometidos a la
presión de paradojas brillantes; e incurrimos fácilmente en el
error de creer que el dogmatismo que en determinado dominio
rechazábamos como tiranía insoportable, era perfectamente benéfico
y admirable en todas las demás esferas del pensamiento.
Un grande escritor inglés ha dicho esta verdad profunda: la
esencia de la política es el compromiso, esto es, las concesiones
mutuas. Al escribir estas palabras definió también Macaulay el
espíritu político que en Inglaterra domina, y al cual se debe
seguramente su no interrumpida paz y asombroso progreso. Ese
espíritu es del todo contrario a aquel que implica el sacrificio de
lo fundamental a lo accesorio, de la sustancia a la forma, de la
verdadera ciencia al artificio. Los ingleses detestan toda
exageración, porque la consideran uno de los más peligrosos
aspectos de la mentira, y huyen, consecuencialmente, de incurrir en
extremos y como todo dogmatismo es un extremo, no aceptar en
política, y en cuanto con ésta se relaciona, verdades absolutas.
Sus reformas han sido siempre lentas, excesivamente meditadas, muy
discutidas en el parlamento; y al hacerlas, se ha contemporizado de
ordinario con las opiniones adversas por medio de transacciones
oportunas. Es en Inglaterra donde por primera vez se ha practicado
leal y legalmente el tutelar principio político de la
representación de las minorías porque allí acertadamente se cree
que todos los partidos tienen razón de existir puesto que en todos
ellos hay doctrinas y tendencias bienhechoras, al lado de las
doctrinas y tendencias erradas. Es en Inglaterra también, por
análogos motivos, donde se ofrece el fenómeno de la franca
deserción de un hombre político importante de las filas en que
militaba. M. Disraeli comenzó siendo liberal, y murió de conductor
(leader) del partido contrario. M. Gladstone comenzó, a la inversa,
siendo conservador y hoy es el leader del partido liberal. Lord
Derby, hijo del antiguo Jefe de los conservadores y que ocupó más
de una vez puesto culminante en gabinetes presididos por su padre y
por M. Disraeli, acaba de enrolarse en las filas del liberalismo y
de tomar asiento en un gabinete presidido por M. Gladstone, después
de haber pronunciado un discurso de adhesión en un club político de
Manchester. Esa adhesión la motivó bien el hecho "de que
(son sus palabras) el Gobierno británico estaba ejecutando la obra
de que tenía necesidad el país". Encontró acertada y
patriótica la acción política de sus adversarios, y no vaciló en
tomar posición entre ellos.
Lord Derby declaró además, en su discurso, que, en su concepto,
la política liberal de M. Gladstone era sustancialmente política
conservadora, porque las medidas que había realizado tendían al
mantenimiento del orden social sobre sólidas bases. Tiempo ha, lo
decimos de paso, que nosotros hemos encontrado falsas apreciaciones
en la manera de jazgar el íntimo carácter de los partidos que, a
menudo, no representan lo que las denominaciones convencionales
significan. Si la libertad no conserva sino destruye, es de todo
punto inaceptable; y si el orden excluye el movimiento y el
progreso, conduce a la inanición y la ruina, en tales condiciones
es también inaceptable.
La política británica, es, pues, tan sincera como puede
pretenderse racionalmente. Ella va siempre al grano, es decir, a
obtener un resultado por medios legítimos.
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No dispute
interminablemente por palabras, ni trace alto ante pretendidos
axiomas. El derecho adquirido es objeto de veneración; pero ni aún
respecto de él se procede cual si fuera un principio de verdad
absoluta. El único principio de esta naturaleza en Inglaterra es el
interés nacional perfectamente claro y definido. Hace pocos años se
demostró que el privilegio de que gozaba la célebre Compañía de la
India era perjudicial a los intereses británicos radicados en
aquella vasta comarca asiática, y el Parlamento no vaciló en pasar
la esponja por ese privilegio, que tenía algunos siglos de
existencia. En la reciente reforma de la legislación agraria de
Irlanda, también se ha pasado la esponja por algunos derechos de
los señores de la tierra.
La política inglesa generaliza poco, lo que quiere decir que
procede más bien por análisis que por síntesis. No hay, por eso
según ella, derechos electorales homogéneos, de manera que en unos
lugares se exigen requisitos que no son necesarios en otros para el
ejercicio de la ciudadanía, y aún hay elecciones en que tienen voto
las mujeres. La balanza con que en Inglaterra se pesan esas cosas
no es, por tanto, la misma con que se pesan los artículos de
comercio, porque aquella es, como debe ser, una balanza
inmaterial.
La relegación de la forma, de la simetría, de las exterioridades
no es tampoco absoluta. La Reina es una forma altamente respetada;
la Cámara de los Lores es también otra forma respetada; porque en
esas apariencias se encuentra como razonable fondo el que sirven de
contrapeso a la tendencia excesiva de producir el desprestigio (que
implica pérdida de fuerza moral) de la suprema potestad política. A
la ola que avanza amenazadora se le opone también diques para
evitar la inundación, convirtiéndola en fecundante cauce.
Había en otros tiempos en Inglaterra encarnizadas disidencias
religiosas, y tales disidencias eran terribles escollos para la
marcha del movimiento político; pero esa situación ha cambiado del
todo. Justamente acaba de verificarse en Liverpool una elección
parlamentaria que justifica plenamente nuestro aserto. Estaban en
presencia de un candidato conservador y un candidato liberal; y
este último, a pesar de haber hecho muy explícita manifestación de
creencias protestantes (rama evangélica), obtuvo el sufragio de
electores irlandeses, que son, como es sabido, muy aferrados al
credo católico romano, y que lo anteponen, de ordinario, al credo
político. Y es de observarse que los irlandeses procedieron de ese
modo, no obstante las recomendaciones en adverso sentido que les
comunicaron los directores políticos de Londres. El candidato
conservador era M. Forwood (uno de los de la empresa de navegación
del Dique), y M. Smith el vencedor, aunque por corta mayoría, pues
el primero reunió 18.198 votos, y el segundo 19.880. M. Forwood es
hombre muy popular en Liverpool y pertenece al conservatismo
liberal de Inglaterra; pero el viento sopla hoy allí en otra
dirección, como sopló antes y soplará después en diferente, según
el acierto o desacierto que muestren los partidos en el manejo de
la cosa pública. En todas partes se verifican, en realidad, estas
modificaciones del sentimiento nacional respecto de los partidos
militantes, o respecto de las ideas de que se hacen voceros y
campeones, según los frutos que de la práctica de esas ideas
cosecha el país.
El apaciguamiento de las disensiones religiosas se ha logrado en
Inglaterra por el medio científico de la libertad progresiva
acordada a todas las comunidades disidentes de la Iglesia oficial;
y en Irlanda especialmente por la abolición, allí, de esa Iglesia
oficial, que, siendo protestante, debía sostenerse inicuamente con
las contribuciones de un pueblo católico. No hay otra forma de
pacificar sólidamente, sino la liberal práctica de conceder a cada
uno lo que le pertenece por derecho natural y por derecho escrito
conjuntamente.
Hemos hablado de la reciente evolución política de uno de los
hombres más considerados en Inglaterra, para demostrar la
sinceridad relativa que prevalece en el movimiento político de
aquella gran nación moderna. Hace cerca de cuarenta años que
ocurrió otra conversión, aún más ruidosa, con motivo de la ley que
declaró libre la importación de cereales. Esa trascendental medida
económica perjudicaba directamente a la aristocracia, poseedora del
suelo, y a élla se opuso ésta con toda su poderosa influencia,
mucho mayor entonces que hoy. El apóstol de la reforma fue Cobden,
y el jefe del gabinete Peel, representante genuino de los
privilegiados. Algunos años duró la activa propaganda del
perseverante y convencido reformador, sobre cuya cabeza llovían las
injuries de los que se sentían amenazados de ser heridos en sus
interese. El mismo Peel fue en el Parlamento algunas veces violento
en sus calificaciones de las ideas que sustentaba Cobden; pero
convencido al fin de la fecundidad de esas ideas, no tuvo embarazo
en acogerla, separándose estrepitosamente de sus copartidarios.
El sentido político de los ingleses les ha valido una
transformación gradual, segura, del régimen de los gobiernos
aristocráticos al de los representativos y populares. Allí no se
pronuncia la palabra república; pero lo que se practica no es, en
realidad otra cosa, toda vez que los verdaderos gobernantes son
escogidos por la opinión, y en sus puestos solo se conservan por el
|
tiempo que aquella los acompaña.
Nosotros no tenemos aristocracia de pergaminos; pero, en cambio,
hemos pretendido establecer una casta política con el encargo
perpetuo de gobernar al pueblo de Colombia; y al propio tiempo
hemos adoptado un sistema de rotación vertiginosa de mandatarios,
que ha exhibido prontamente, en toda su plenitud, el absurdo del
pretendido monopolio de la gerencia política porque, buscándose por
un lado la fuente de la opinión, a cada momento se le debe, por
otro obligar a dirigir sus raudales en dirección determinada,
inexorable. El historiador que se ocupe de narrar tales asuntos, se
sentirá perplejo y atolondrado y casi no acertará a creer que hayan
verdaderamente ocurrido.
Por la puerta de la exageración entramos, como nuestros modelos,
en los dominios de la quimera, y al cabo nos encontramos más que
nunca alejados del bello ideal que sinceramente solicitamos al
emprender, con juvenil entusiasmo, nuestra peregrinación
política.
Esto se escribía y publicaba a los cuatro vientos ocho meses
antes del día en que los pueblos de Colombia eligieron por segunda
o tercera vez Presidente al doctor Núñez.
Todos, todos sabían, pues, perfectamente lo que pensaba el
elegido cuando por él votaron a fines de 1883, siendo simple
particular retirado en el Cabrero y gobernando la república el
doctor Otálora, tristemente célebre por sus desleales intrigas
encaminadas a suplantar al doctor Núñez.
Y, como lo insinúa la hoja, fueron varios los escritos en que el
doctor Núñez reveló a los pueblos, antes de la nueva elección, el
espíritu de reforma que lo animaba así como el carácter conservador
(y liberal al propio tiempo sin duda) de tal reforma.
Su ideal era, y es, el mismo de siempre—la libertad opuesta
a demagogia y anarquía esto es, la libertad cristiana—.
Proponíase solamente, como lo ha conseguido, establecer en Colombia
el reinado de la paz y el orden, sin el cual todo derecho es
evidentemente ilusorio.
Desleal sí habría sido Núñez al haberse apartado en la
presidencia de las opiniones manifestadas antes de la elección, y
la persistencia simpatía de lo s que fueron sus especiales
colaboradores, los independientes, demuestra bien la corrección de
su conducta. Algunos, es verdad, han regresado al radicalismo; pero
afortunadamente esos que el año de 1885 vio todavía en torno de la
amenazada bandera y que luego se marcharon, no fueron jamás sino
especie de
|condottieris atraídos por imposibles ambiciones y
listos siempre a desertar, como los ha habido y los habrá siempre
en los partidos políticos militantes.
El socialismo y los cambios en la democracia
Todo el mundo de publicistas—grandes y pequeños—conoce
a M. Emile Leveleye, muerto no ha muchas semanas casi a tiempo que
exhalaban el último suspiro el Cardenal Manning y el duque de
Clarence.
Fue un fecundo, variado y a veces vigoroso escritor político y
economista, novador alejado con frecuencia de los dogmas de Adam
Smith y Say, que, a pesar de la gran copia de verdad que contienen,
están distantes y mucho, de la verdad absoluta.
M. Paul Lafitte, cuyos estudios políticos han sido
frecuentemente citados en el parlamento belga, consagró en la
|Revue Bleue, de París, algunas expresivas palabras al
célebre finado: "Era uno de esos escritores a los cuales
se consulta a menudo como si sus doctrinas fueran una piedra de
toque; y aunque hoy me encuentro en desacuerdo con él, en más de un
punto, reconozco que le debo bastante, y en cave idéntico se hallan
otros hombres de mi generación. Ninguno, talvez, entrevió con mayor
claridad las dificultades y peligros de nuestro estado social; y
desde temprano comprendió que era indispensable iluminar y
organizar la democracia. Durante cincuenta años trabajó sin
descanso en esa vía, y por su independencia en material políticas
así como por la variedad excesiva de sus labores, su mezcla de
sentido práctico y especulativo, el lugar que ocupaba en la extreme
izquierda de la economía política (pumas al socialismo), y su
liberalismo sectario, hacen recordar a Stuart Mill. Como éste,
además, tuvo que incurrir en la antipatía de los reaccionarios y de
los demagogos. En cuanto a mí, no puedo menos que saludar con
respeto a este hombre extraño a partidos y sistemas, que, aunque
será diversamente juzgado, ocupará siempre lugar distinguido por la
solidez del saber, la grandeza del esfuerzo, el valor, la buena fe;
y justamente memorable como espíritu independiente y grande
agitador idealista".
Del último libro de Leveleye se ha ocupado todo el mundo de las
letras, y ha venido a ser como su testamento de pensador. Ese
libro, dividido en dos volúmenes, se llama
|El gobierno en la
democracia; y se le atribuye semejanza con el
|Espíritu de
las leyes, de Montesquieu, considerándosele destinado a larga
influencia. El derecho y el Estado, la formación de los Estados y
el desarrollo de la Comuna la Iglesia y el Estado, las libertades,
las formas de gobierno y su influencia en la prosperidad de las
naciones, la democracia, el poder ejecutivo, el poder legislativo,
el régimen electoral, el régimen parlamentario, la república y sus
condiciones de feliz éxito, las enseñanzas de la historia. . .
tales son los asuntos que trata el autor sucesivamente con una
erudición y profundidad a que vemos rinden tributo pensadores que
no participan mucho de su doctrine. Según el prefacio de la obra,
que tenemos a mano, M. de Leveleye ha dejado de dar importancia
fundamental a lo que tanto preocupa todavía a los partidos llamados
liberales de la generalidad de Hispanoamérica.
La cuestión social y la cuestión religiosa tiene, a su modo de
ver, la primacía. La organización de los poderes es problema
importante, sin duda, pero secundario.
Los obreros se encuentran descontentos de su suerte, y, como en
vísperas de la revolución francesa, sus esperanzas son más
ilimitadas y sus reivindicaciones más impacientes a medida que su
condición mejora. Reclaman una parte mayor del producto anual del
trabajo, y aún del capital de la sierra, y no se comprende todavía
en virtud de qué leyes podría darse cumplida satisfacción a
semejante voto.
La Francia republicana se halla más afectada de la dolencia que
la Francia monárquica o imperial, hasta el punto de estarse allí
viviendo en París a lo menos—como en la plaza sitiada. Pero al
propio tiempo, donde no hay república, como en Alemania, sino
monarca de derecho divino, el mal trace cada día los más alarmantes
progresos.
Hay actualmente treinta y cinco demócratas socialistas en el
parlamento alemán, y parace probable que este número aumente en las
venideras elecciones generales. El socialismo, por tanto, no es ya
simple tesis académica, sino problema apremiante de la vida
práctica.
¿Qué pretender sus sectarios?
En primer lugar, la abolición de la propiedad privada. En
segundo lugar, que todos contribuyan al trabajo manual, esto es,
que todos sean obreros.
El anticipado desarrollo del sistema—agrega el
|Fel zum
Meer, de Stuttgart—puede verse en todos sus detalles en la
interesante obra
|Looking Backward, de Edward de Bellamy.
Todo quedará centralizado. El Estado asumirá la administración
de todos los elementos de riqueza, siendo desde entonces el único
empresario de industria. Se supone que un cambio de condiciones
traerá consigo cambio de móviles. El pobre, no tiene, pues, que ser
malo según esto. Sí, el pobre puede ser honrado, decía Cervantes.
Toda la solución depende sustancialmente de esa purificación de
móviles que los hechos, que todos conocemos, no prueban
absolutamente.
En el diario alemán citado se observe que lejos de ser seguro el
cambio de móviles, debe recordarse que la naturaleza humane y el
carácter humano no se desenvuelven de la noche a la mañana como por
arte de magia, sino muy lentamente.
Estos reformadores teóricos poco saben de historia, que es como
un hilo que no puede ser bruscamente roto. ¿Cómo habrán de cambiar
los móviles desde el momento en que las condiciones cambien? El que
se improvise rico debería así resultar generoso, o caritativo
siquiera. Y vemos, por el contrario, que es, a menudo, esa
metamorfosis cause de lo contrario. "Es la riqueza ocasión
de pobreza", dijo Quevedo Ziegle, y anota que el
pretendido cambio, que sirve como de base al socialismo, coloca
lógicamente las cosas en sentido inverso: arriba los pies y la
cabeza abajo. Es el cambio de móviles el que produce cambio de
condiciones. "Las cosas—añade—no estarán siempre
como están al presente; el espíritu del socialismo es justo y el
porvenir le pertenece; pero es quimera esperar que el día menos
pensado habremos de encontrarnos, como por ensalmo, en esa nueva
época. Las maneras y la moral crecen despacio, y ceden el paso
difícilmente. Después de las conquistas ya realizadas, avanzaremos,
poco a poco, hacia el ideal, poniendo en armonía el saludable
progreso con las nuevas condiciones de vida. Esto no es la
brillante visión de una utopía fácilmente accesible; pero sí una
cosa más real que un sueño".
John Stuart Mill, en su autobiografía, afirma que solo el cambio
de carácter—especialmente en las clases poderosas—podrá
realizar el desiderátum de la paz social; y las nuevas generaciones
deberían ser educadas con tal propósito. La juventud tiene índole
adecuada a recibir este género de impresiones, y ella más que
nosotros es susceptible de recibir el estímulo. Ante todo debe
enseñársele a comprender que cada individuo tiene obligaciones como
parte integrante del cuerpo social. Respecto de los llamados a
heredar opulentos patrimonios, es más importante el que se les
enseñe a comprender que
|
la riqueza tiene gravámenes morales.
Debes ganar y hacer tuyo lo que tus padres te legaron, dice el
proverbio.
M. de Leveleye no parace pagar respeto a las antiguas
clasificaciones, y considera imperfecta la división de las formas
de gobierno en electivas o republicanas, y hereditarias o
monárquicas.
Se debería más bien clasificarlas en libres y despóticas;
figurando entre las primeras repúblicas y monarquías, y entre las
segundas también unas y
|
otras.
Un movimiento irresistible nos lleva a la democracia; ¿pero, nos
dará esto la libertad?, dice el prefacio.
Se entiende por democracia—continúa—dos cosas muy
diferentes, a saber; un estado social en que hay igualdad de
condiciones, así como un régimen político en que el
pueblo—Demos— se gobierna a sí mismo.
La evolución econ6mica puede traernos la primera de esas
democracias, es decir, una mayor suma de igualdad; pero no es de
ningún modo seguro que nos traiga también más acentuado gobierno
propio. Oigamos a Tocqueville: "Creo que si no se logra
introducir poco a poco y fundar entre nosotros instituciones
democráticas, y se prescinde, a la vez, de dar a los ciudadanos
ideas y sentimientos que, comenzando por prepararlos a la libertad
les permitan luego practicarla, no habrá independencia para nadie,
ni para el burgués, ni para el noble, ni para el rico, sino igual
tiranía para todos; y presiento que si no llegamos con el tiempo a
establecer el
|pacífico imperio de las mayorías, nos
encontraremos, temprano o tarde, bajo la dominación ilimitada de
uno solo".
Y prosigue M. de Leveleye:
"La razón y la historia nos dicen que para fundar
instituciones que sean a un tiempo democráticas y libres, se
requiere que haya concordia entre las clases sociales y moralidad.
Y desgraciadamente estas dos condiciones se hacen más raras cada
día; puesto que, por una parte, el antagonismo entre el capital y
el trabajo se agrava y exaspera con el transcurso del tiempo, y,
por otra, lo que se llama "ciencia", o sea el
estudio de la materia, debilita o destruye el sentimiento
religioso, sin el cual la moral pierde su necesaria base…
Se han visto repúblicas aristocráticas que han durado siglos;
pero las solas democracias estables han sido aquellas constituídas
por pastores y agricultores, esto es, por hombres de condiciones
iguales; y al tenerse tales hechos presentes, así como la previsión
de espíritu ilustrados, no se puede pensar en lo porvenir sin
inquietud. A este respecto nos encontramos en situación distinta de
la de nuestros abuelos cuando comenzaba el siglo. Convencidos de la
bondad ingénita de los hombres, ellos abordaron reformas y
revoluciones con severa confianza; mientras que hoy la mayor parte
de nosotros se encuentra triste y casi desalentada, porque estamos
palpando todo lo arduo de los pendientes problemas. No es todo lo
bastante reemplazar a un Rey con un Presidente y el gobierno de
Presidente y el gobierno de casta por el sufragio universal. Se
trata de que reine la justicia en las relaciones económicas, y, de
consiguiente, de que cada uno sea remunerado en proporción de sus
esfuerzos útiles a fin de que obtenga el íntegro producto de su
trabajo. . . ".
El problema de las repúblicas hispanoamericanas es otro.
En ellas no hay privilegios de ninguna especie que se
interpongan, con menoscabo de la equidad, entre el capital y la
mano de obra.
Con excepción de unos lugares de los departamentos de Boyacá y
Cundinamarca, donde el arrendatario es un poco explotado por el
dueño de la tierra, puede bien decirse que en Colombia el obrero da
la ley al capitalista y no el capitalista al obrero.
Entre nosotros no son posibles esos sindicatos (trust)
absorbentes que han creado en los Estados Unidos la legión de
millonarios a expenses del consumidor.
Allá la ley ha tenido últimamente que venir en apoyo de la
muchedumbre, después de que se han improvisado fortunas colosales a
la sombra del monopolio de artículos de primera necesidad.
En la América española—y especialmente en Colombia—la
ley no tiene que intervenir en esas manipulaciones odiosas, porque
la atmósfera política y social felizmente no las deja vivir.
El mal que corroe a
|
estas repúblicas es la incertidumbre
del reinado del orden—a causa de que en poco se tiene, por
consejo de la demagogia, la subordinación y la discipline, la
sumisión a las reglas. El espíritu subversivo está en la medula de
los huesos y circula con la sangre de cada ciudadano, y la
inseguridad—incompatible con todo progreso—se ha venido
convirtiendo en estado normal.
En Colombia, en 1855 y 1856, bastaban 600 soldados para mantener
el orden en todo el territorio, aunque existíamos entonces bajo el
régimen político central. Después de que se destruyó, por primera
vez, el respeto al principio de legitimidad - en 1863 - la
necesidad de fuerza militar ha venido un crecimiento constante, y
nuestros padres se habrían escandalizado si hubieran podido ver a
distancia las guarniciones que hoy son indispensables para impedir
nuevos sangrientos y ruinosos transtornos.
Aquí hemos, pues, retrocedido en lugar de haber avanzado, y
tenemos, por tanto, que remontar la corriente, por haber entendido
la libertad como sinónimo de independencia de toda restricción y de
todo límite.
Llegamos aún a declararle guerra al principio religioso—que
es la base del orden interior, del orden moral—y hoy, que
hemos vuelto del suicide error, comenzamos ya a comprender la
oratoria sagrada.
El recuerdo de lo pasado es aterrador ciertamente; pero signos
consoladores se dibujan en el horizonte.
Lástima que M. de Leveleye no hubiera—por falta de estudio
especial—podido dedicar uno o más capítulos de su celebrada
obra a las necesidades políticas apremiantes de éstas, en lo
general, desconcertadas repúblicas.