INDICE





INTRODUCCIÓN

TOMO I

SIMÓN BOLÍVAR
Biografía
Carta de Jamaica

MIGUEL ANTONIO CARO
Biografía
Los fundamentos constitucionales y políticos del estado

JOSÉ EUSEBIO CARO
Biografía
Sobre los principios generales de la organización que conviene adoptar en la nueva constitución

RAFAEL NÚÑEZ
Biografía
El sentido de la política y la esencia de la política

MARIANO OSPINA RODRÍGUEZ
Biografía
Los partidos políticos en la Nueva Granada

MIGUEL SAMPER
Biografía
Vicios de la política colombiana

FRANCISCO DE PAULA SANTANDER
Biografía
Las diferencias del gobierno en la guerra y en la paz
Las relaciones entre la iglesia y el estado

CARLOS ARTURO TORRES
Biografía
Las supersticiones democráticas
Las supersticiones aristocráticas

RAFAEL URIBE URIBE
Biografía
El liberalismo, sus programas y la cuestión religiosa

TOMO II

JORGE ELIÉCER GAITÁN
Biografía
Bases para una política revolucionaria colombiana

LAUREANO GÓMEZ
Biografía
Propósitos de gobierno

ALEJANDRO LÓPEZ
Biografía
Liberalismo clásico y neoliberalismo

ALFONSO LÓPEZ
Biografía
El liberalismo y la transformación política de 1936

LUIS EDUARDO NIETO CABALLERO
Biografía
¿Por qué soy liberal?

GONZALO RESTREPO JARAMILLO
Biografía
El pensamiento conservador
EL SENTIDO DE LA POLÍTICA Y LA ESENCIA DE LA POLÍTICA
 

 

Presentación 

 

Los pueblos en quienes prevalece la imaginación, ya sea por exceso de inexperiencia, o ya por achaques de raza y temperamento, se inclinan siempre a los extremos y están, por tanto, dispuestos a creer en las cosas absolutas. Es característica de esos pueblos tener trances de supremo entusiasmo, procedentes de una fe también tan suprema, que fácilmente se convierten en trances de profundo desaliento. Ellos son apasionados por las formas, y a un detalle superficial sacrifican resueltamente, con frecuencia, fundamentales consideraciones e intereses. Francia es el prototipo de esta familia de pueblos. En ella predomina la imaginación, y a causa de eso se distingue tanto por sus sorprendentes peripecias políticas, como por la incontestable superioridad artística.

Las colonias hispanoamericanas, al emanciparse de la metrópoli, se encontraron en situación mucho más difícil que las angloamericanas, al emprender la obra de su reconstitución política; porque éstas, además de estar sometidas a un régimen menos antagonista del republicano, lograron pronto reanudar sus relaciones sociales con la Gran Bretaña; mientras que las colonias hispanoamericanas estuvieron por largo tiempo segregadas en absoluto de la antigua madre patria, y sustraídas, por tanto a la corriente civilizadora en que se habían encontrado respirando durante más de trescientos años. Esa corriente no era del todo saludable, sin dude, pero tenía a lo menos en su impulso muchas condiciones que se conformaban con un encadenamiento de hechos que no podíamos romper enteramente sin exponernos a continuar la peregrinación social sin definida brújula y con muy oscilante itinerario. Ese entero rompimiento se efectuó desgraciadamente, y una especie de vacío realizóse en torno nuestro.

La influencia natural, histórica, fue luego reemplazada por la que más cautivaba nuestras aspiraciones y seguimos políticamente dependiendo de Francia, aunque a veces, en apariencia, tomábamos ejemplo en las instituciones escritas del pueblo norteamericano.

Entramos, pues, en pleno mar de quimeras y exageraciones, porque nuestros cerebros quedaron casi exclusivamente sometidos a la presión de paradojas brillantes; e incurrimos fácilmente en el error de creer que el dogmatismo que en determinado dominio rechazábamos como tiranía insoportable, era perfectamente benéfico y admirable en todas las demás esferas del pensamiento.

Un grande escritor inglés ha dicho esta verdad profunda: la esencia de la política es el compromiso, esto es, las concesiones mutuas. Al escribir estas palabras definió también Macaulay el espíritu político que en Inglaterra domina, y al cual se debe seguramente su no interrumpida paz y asombroso progreso. Ese espíritu es del todo contrario a aquel que implica el sacrificio de lo fundamental a lo accesorio, de la sustancia a la forma, de la verdadera ciencia al artificio. Los ingleses detestan toda exageración, porque la consideran uno de los más peligrosos aspectos de la mentira, y huyen, consecuencialmente, de incurrir en extremos y como todo dogmatismo es un extremo, no aceptar en política, y en cuanto con ésta se relaciona, verdades absolutas. Sus reformas han sido siempre lentas, excesivamente meditadas, muy discutidas en el parlamento; y al hacerlas, se ha contemporizado de ordinario con las opiniones adversas por medio de transacciones oportunas. Es en Inglaterra donde por primera vez se ha practicado leal y legalmente el tutelar principio político de la representación de las minorías porque allí acertadamente se cree que todos los partidos tienen razón de existir puesto que en todos ellos hay doctrinas y tendencias bienhechoras, al lado de las doctrinas y tendencias erradas. Es en Inglaterra también, por análogos motivos, donde se ofrece el fenómeno de la franca deserción de un hombre político importante de las filas en que militaba. M. Disraeli comenzó siendo liberal, y murió de conductor (leader) del partido contrario. M. Gladstone comenzó, a la inversa, siendo conservador y hoy es el leader del partido liberal. Lord Derby, hijo del antiguo Jefe de los conservadores y que ocupó más de una vez puesto culminante en gabinetes presididos por su padre y por M. Disraeli, acaba de enrolarse en las filas del liberalismo y de tomar asiento en un gabinete presidido por M. Gladstone, después de haber pronunciado un discurso de adhesión en un club político de Manchester. Esa adhesión la motivó bien el hecho "de que (son sus palabras) el Gobierno británico estaba ejecutando la obra de que tenía necesidad el país". Encontró acertada y patriótica la acción política de sus adversarios, y no vaciló en tomar posición entre ellos.

Lord Derby declaró además, en su discurso, que, en su concepto, la política liberal de M. Gladstone era sustancialmente política conservadora, porque las medidas que había realizado tendían al mantenimiento del orden social sobre sólidas bases. Tiempo ha, lo decimos de paso, que nosotros hemos encontrado falsas apreciaciones en la manera de jazgar el íntimo carácter de los partidos que, a menudo, no representan lo que las denominaciones convencionales significan. Si la libertad no conserva sino destruye, es de todo punto inaceptable; y si el orden excluye el movimiento y el progreso, conduce a la inanición y la ruina, en tales condiciones es también inaceptable.

La política británica, es, pues, tan sincera como puede pretenderse racionalmente. Ella va siempre al grano, es decir, a obtener un resultado por medios legítimos. | No dispute interminablemente por palabras, ni trace alto ante pretendidos axiomas. El derecho adquirido es objeto de veneración; pero ni aún respecto de él se procede cual si fuera un principio de verdad absoluta. El único principio de esta naturaleza en Inglaterra es el interés nacional perfectamente claro y definido. Hace pocos años se demostró que el privilegio de que gozaba la célebre Compañía de la India era perjudicial a los intereses británicos radicados en aquella vasta comarca asiática, y el Parlamento no vaciló en pasar la esponja por ese privilegio, que tenía algunos siglos de existencia. En la reciente reforma de la legislación agraria de Irlanda, también se ha pasado la esponja por algunos derechos de los señores de la tierra.

La política inglesa generaliza poco, lo que quiere decir que procede más bien por análisis que por síntesis. No hay, por eso según ella, derechos electorales homogéneos, de manera que en unos lugares se exigen requisitos que no son necesarios en otros para el ejercicio de la ciudadanía, y aún hay elecciones en que tienen voto las mujeres. La balanza con que en Inglaterra se pesan esas cosas no es, por tanto, la misma con que se pesan los artículos de comercio, porque aquella es, como debe ser, una balanza inmaterial.

La relegación de la forma, de la simetría, de las exterioridades no es tampoco absoluta. La Reina es una forma altamente respetada; la Cámara de los Lores es también otra forma respetada; porque en esas apariencias se encuentra como razonable fondo el que sirven de contrapeso a la tendencia excesiva de producir el desprestigio (que implica pérdida de fuerza moral) de la suprema potestad política. A la ola que avanza amenazadora se le opone también diques para evitar la inundación, convirtiéndola en fecundante cauce.

Había en otros tiempos en Inglaterra encarnizadas disidencias religiosas, y tales disidencias eran terribles escollos para la marcha del movimiento político; pero esa situación ha cambiado del todo. Justamente acaba de verificarse en Liverpool una elección parlamentaria que justifica plenamente nuestro aserto. Estaban en presencia de un candidato conservador y un candidato liberal; y este último, a pesar de haber hecho muy explícita manifestación de creencias protestantes (rama evangélica), obtuvo el sufragio de electores irlandeses, que son, como es sabido, muy aferrados al credo católico romano, y que lo anteponen, de ordinario, al credo político. Y es de observarse que los irlandeses procedieron de ese modo, no obstante las recomendaciones en adverso sentido que les comunicaron los directores políticos de Londres. El candidato conservador era M. Forwood (uno de los de la empresa de navegación del Dique), y M. Smith el vencedor, aunque por corta mayoría, pues el primero reunió 18.198 votos, y el segundo 19.880. M. Forwood es hombre muy popular en Liverpool y pertenece al conservatismo liberal de Inglaterra; pero el viento sopla hoy allí en otra dirección, como sopló antes y soplará después en diferente, según el acierto o desacierto que muestren los partidos en el manejo de la cosa pública. En todas partes se verifican, en realidad, estas modificaciones del sentimiento nacional respecto de los partidos militantes, o respecto de las ideas de que se hacen voceros y campeones, según los frutos que de la práctica de esas ideas cosecha el país.

El apaciguamiento de las disensiones religiosas se ha logrado en Inglaterra por el medio científico de la libertad progresiva acordada a todas las comunidades disidentes de la Iglesia oficial; y en Irlanda especialmente por la abolición, allí, de esa Iglesia oficial, que, siendo protestante, debía sostenerse inicuamente con las contribuciones de un pueblo católico. No hay otra forma de pacificar sólidamente, sino la liberal práctica de conceder a cada uno lo que le pertenece por derecho natural y por derecho escrito conjuntamente.

Hemos hablado de la reciente evolución política de uno de los hombres más considerados en Inglaterra, para demostrar la sinceridad relativa que prevalece en el movimiento político de aquella gran nación moderna. Hace cerca de cuarenta años que ocurrió otra conversión, aún más ruidosa, con motivo de la ley que declaró libre la importación de cereales. Esa trascendental medida económica perjudicaba directamente a la aristocracia, poseedora del suelo, y a élla se opuso ésta con toda su poderosa influencia, mucho mayor entonces que hoy. El apóstol de la reforma fue Cobden, y el jefe del gabinete Peel, representante genuino de los privilegiados. Algunos años duró la activa propaganda del perseverante y convencido reformador, sobre cuya cabeza llovían las injuries de los que se sentían amenazados de ser heridos en sus interese. El mismo Peel fue en el Parlamento algunas veces violento en sus calificaciones de las ideas que sustentaba Cobden; pero convencido al fin de la fecundidad de esas ideas, no tuvo embarazo en acogerla, separándose estrepitosamente de sus copartidarios.

El sentido político de los ingleses les ha valido una transformación gradual, segura, del régimen de los gobiernos aristocráticos al de los representativos y populares. Allí no se pronuncia la palabra república; pero lo que se practica no es, en realidad otra cosa, toda vez que los verdaderos gobernantes son escogidos por la opinión, y en sus puestos solo se conservan por el | tiempo que aquella los acompaña.

Nosotros no tenemos aristocracia de pergaminos; pero, en cambio, hemos pretendido establecer una casta política con el encargo perpetuo de gobernar al pueblo de Colombia; y al propio tiempo hemos adoptado un sistema de rotación vertiginosa de mandatarios, que ha exhibido prontamente, en toda su plenitud, el absurdo del pretendido monopolio de la gerencia política porque, buscándose por un lado la fuente de la opinión, a cada momento se le debe, por otro obligar a dirigir sus raudales en dirección determinada, inexorable. El historiador que se ocupe de narrar tales asuntos, se sentirá perplejo y atolondrado y casi no acertará a creer que hayan verdaderamente ocurrido.

Por la puerta de la exageración entramos, como nuestros modelos, en los dominios de la quimera, y al cabo nos encontramos más que nunca alejados del bello ideal que sinceramente solicitamos al emprender, con juvenil entusiasmo, nuestra peregrinación política.

Esto se escribía y publicaba a los cuatro vientos ocho meses antes del día en que los pueblos de Colombia eligieron por segunda o tercera vez Presidente al doctor Núñez.

Todos, todos sabían, pues, perfectamente lo que pensaba el elegido cuando por él votaron a fines de 1883, siendo simple particular retirado en el Cabrero y gobernando la república el doctor Otálora, tristemente célebre por sus desleales intrigas encaminadas a suplantar al doctor Núñez.

Y, como lo insinúa la hoja, fueron varios los escritos en que el doctor Núñez reveló a los pueblos, antes de la nueva elección, el espíritu de reforma que lo animaba así como el carácter conservador (y liberal al propio tiempo sin duda) de tal reforma.

Su ideal era, y es, el mismo de siempre—la libertad opuesta a demagogia y anarquía esto es, la libertad cristiana—. Proponíase solamente, como lo ha conseguido, establecer en Colombia el reinado de la paz y el orden, sin el cual todo derecho es evidentemente ilusorio.

Desleal sí habría sido Núñez al haberse apartado en la presidencia de las opiniones manifestadas antes de la elección, y la persistencia simpatía de lo s que fueron sus especiales colaboradores, los independientes, demuestra bien la corrección de su conducta. Algunos, es verdad, han regresado al radicalismo; pero afortunadamente esos que el año de 1885 vio todavía en torno de la amenazada bandera y que luego se marcharon, no fueron jamás sino especie de |condottieris atraídos por imposibles ambiciones y listos siempre a desertar, como los ha habido y los habrá siempre en los partidos políticos militantes.

 

El socialismo y los cambios en la democracia

 

Todo el mundo de publicistas—grandes y pequeños—conoce a M. Emile Leveleye, muerto no ha muchas semanas casi a tiempo que exhalaban el último suspiro el Cardenal Manning y el duque de Clarence.

Fue un fecundo, variado y a veces vigoroso escritor político y economista, novador alejado con frecuencia de los dogmas de Adam Smith y Say, que, a pesar de la gran copia de verdad que contienen, están distantes y mucho, de la verdad absoluta.

M. Paul Lafitte, cuyos estudios políticos han sido frecuentemente citados en el parlamento belga, consagró en la |Revue Bleue, de París, algunas expresivas palabras al célebre finado: "Era uno de esos escritores a los cuales se consulta a menudo como si sus doctrinas fueran una piedra de toque; y aunque hoy me encuentro en desacuerdo con él, en más de un punto, reconozco que le debo bastante, y en cave idéntico se hallan otros hombres de mi generación. Ninguno, talvez, entrevió con mayor claridad las dificultades y peligros de nuestro estado social; y desde temprano comprendió que era indispensable iluminar y organizar la democracia. Durante cincuenta años trabajó sin descanso en esa vía, y por su independencia en material políticas así como por la variedad excesiva de sus labores, su mezcla de sentido práctico y especulativo, el lugar que ocupaba en la extreme izquierda de la economía política (pumas al socialismo), y su liberalismo sectario, hacen recordar a Stuart Mill. Como éste, además, tuvo que incurrir en la antipatía de los reaccionarios y de los demagogos. En cuanto a mí, no puedo menos que saludar con respeto a este hombre extraño a partidos y sistemas, que, aunque será diversamente juzgado, ocupará siempre lugar distinguido por la solidez del saber, la grandeza del esfuerzo, el valor, la buena fe; y justamente memorable como espíritu independiente y grande agitador idealista".

Del último libro de Leveleye se ha ocupado todo el mundo de las letras, y ha venido a ser como su testamento de pensador. Ese libro, dividido en dos volúmenes, se llama |El gobierno en la democracia; y se le atribuye semejanza con el |Espíritu de las leyes, de Montesquieu, considerándosele destinado a larga influencia. El derecho y el Estado, la formación de los Estados y el desarrollo de la Comuna la Iglesia y el Estado, las libertades, las formas de gobierno y su influencia en la prosperidad de las naciones, la democracia, el poder ejecutivo, el poder legislativo, el régimen electoral, el régimen parlamentario, la república y sus condiciones de feliz éxito, las enseñanzas de la historia. . . tales son los asuntos que trata el autor sucesivamente con una erudición y profundidad a que vemos rinden tributo pensadores que no participan mucho de su doctrine. Según el prefacio de la obra, que tenemos a mano, M. de Leveleye ha dejado de dar importancia fundamental a lo que tanto preocupa todavía a los partidos llamados liberales de la generalidad de Hispanoamérica.

La cuestión social y la cuestión religiosa tiene, a su modo de ver, la primacía. La organización de los poderes es problema importante, sin duda, pero secundario.

Los obreros se encuentran descontentos de su suerte, y, como en vísperas de la revolución francesa, sus esperanzas son más ilimitadas y sus reivindicaciones más impacientes a medida que su condición mejora. Reclaman una parte mayor del producto anual del trabajo, y aún del capital de la sierra, y no se comprende todavía en virtud de qué leyes podría darse cumplida satisfacción a semejante voto.

La Francia republicana se halla más afectada de la dolencia que la Francia monárquica o imperial, hasta el punto de estarse allí viviendo en París a lo menos—como en la plaza sitiada. Pero al propio tiempo, donde no hay república, como en Alemania, sino monarca de derecho divino, el mal trace cada día los más alarmantes progresos.

Hay actualmente treinta y cinco demócratas socialistas en el parlamento alemán, y parace probable que este número aumente en las venideras elecciones generales. El socialismo, por tanto, no es ya simple tesis académica, sino problema apremiante de la vida práctica.

¿Qué pretender sus sectarios?

En primer lugar, la abolición de la propiedad privada. En segundo lugar, que todos contribuyan al trabajo manual, esto es, que todos sean obreros.

El anticipado desarrollo del sistema—agrega el |Fel zum Meer, de Stuttgart—puede verse en todos sus detalles en la interesante obra |Looking Backward, de Edward de Bellamy.

Todo quedará centralizado. El Estado asumirá la administración de todos los elementos de riqueza, siendo desde entonces el único empresario de industria. Se supone que un cambio de condiciones traerá consigo cambio de móviles. El pobre, no tiene, pues, que ser malo según esto. Sí, el pobre puede ser honrado, decía Cervantes. Toda la solución depende sustancialmente de esa purificación de móviles que los hechos, que todos conocemos, no prueban absolutamente.

En el diario alemán citado se observe que lejos de ser seguro el cambio de móviles, debe recordarse que la naturaleza humane y el carácter humano no se desenvuelven de la noche a la mañana como por arte de magia, sino muy lentamente.

Estos reformadores teóricos poco saben de historia, que es como un hilo que no puede ser bruscamente roto. ¿Cómo habrán de cambiar los móviles desde el momento en que las condiciones cambien? El que se improvise rico debería así resultar generoso, o caritativo siquiera. Y vemos, por el contrario, que es, a menudo, esa metamorfosis cause de lo contrario. "Es la riqueza ocasión de pobreza", dijo Quevedo Ziegle, y anota que el pretendido cambio, que sirve como de base al socialismo, coloca lógicamente las cosas en sentido inverso: arriba los pies y la cabeza abajo. Es el cambio de móviles el que produce cambio de condiciones. "Las cosas—añade—no estarán siempre como están al presente; el espíritu del socialismo es justo y el porvenir le pertenece; pero es quimera esperar que el día menos pensado habremos de encontrarnos, como por ensalmo, en esa nueva época. Las maneras y la moral crecen despacio, y ceden el paso difícilmente. Después de las conquistas ya realizadas, avanzaremos, poco a poco, hacia el ideal, poniendo en armonía el saludable progreso con las nuevas condiciones de vida. Esto no es la brillante visión de una utopía fácilmente accesible; pero sí una cosa más real que un sueño".

John Stuart Mill, en su autobiografía, afirma que solo el cambio de carácter—especialmente en las clases poderosas—podrá realizar el desiderátum de la paz social; y las nuevas generaciones deberían ser educadas con tal propósito. La juventud tiene índole adecuada a recibir este género de impresiones, y ella más que nosotros es susceptible de recibir el estímulo. Ante todo debe enseñársele a comprender que cada individuo tiene obligaciones como parte integrante del cuerpo social. Respecto de los llamados a heredar opulentos patrimonios, es más importante el que se les enseñe a comprender que | la riqueza tiene gravámenes morales. Debes ganar y hacer tuyo lo que tus padres te legaron, dice el proverbio.

M. de Leveleye no parace pagar respeto a las antiguas clasificaciones, y considera imperfecta la división de las formas de gobierno en electivas o republicanas, y hereditarias o monárquicas.

Se debería más bien clasificarlas en libres y despóticas; figurando entre las primeras repúblicas y monarquías, y entre las segundas también unas y | otras.

Un movimiento irresistible nos lleva a la democracia; ¿pero, nos dará esto la libertad?, dice el prefacio.

Se entiende por democracia—continúa—dos cosas muy diferentes, a saber; un estado social en que hay igualdad de condiciones, así como un régimen político en que el pueblo—Demos— se gobierna a sí mismo.

La evolución econ6mica puede traernos la primera de esas democracias, es decir, una mayor suma de igualdad; pero no es de ningún modo seguro que nos traiga también más acentuado gobierno propio. Oigamos a Tocqueville: "Creo que si no se logra introducir poco a poco y fundar entre nosotros instituciones democráticas, y se prescinde, a la vez, de dar a los ciudadanos ideas y sentimientos que, comenzando por prepararlos a la libertad les permitan luego practicarla, no habrá independencia para nadie, ni para el burgués, ni para el noble, ni para el rico, sino igual tiranía para todos; y presiento que si no llegamos con el tiempo a establecer el |pacífico imperio de las mayorías, nos encontraremos, temprano o tarde, bajo la dominación ilimitada de uno solo".

Y prosigue M. de Leveleye:

"La razón y la historia nos dicen que para fundar instituciones que sean a un tiempo democráticas y libres, se requiere que haya concordia entre las clases sociales y moralidad. Y desgraciadamente estas dos condiciones se hacen más raras cada día; puesto que, por una parte, el antagonismo entre el capital y el trabajo se agrava y exaspera con el transcurso del tiempo, y, por otra, lo que se llama "ciencia", o sea el estudio de la materia, debilita o destruye el sentimiento religioso, sin el cual la moral pierde su necesaria base…

Se han visto repúblicas aristocráticas que han durado siglos; pero las solas democracias estables han sido aquellas constituídas por pastores y agricultores, esto es, por hombres de condiciones iguales; y al tenerse tales hechos presentes, así como la previsión de espíritu ilustrados, no se puede pensar en lo porvenir sin inquietud. A este respecto nos encontramos en situación distinta de la de nuestros abuelos cuando comenzaba el siglo. Convencidos de la bondad ingénita de los hombres, ellos abordaron reformas y revoluciones con severa confianza; mientras que hoy la mayor parte de nosotros se encuentra triste y casi desalentada, porque estamos palpando todo lo arduo de los pendientes problemas. No es todo lo bastante reemplazar a un Rey con un Presidente y el gobierno de Presidente y el gobierno de casta por el sufragio universal. Se trata de que reine la justicia en las relaciones económicas, y, de consiguiente, de que cada uno sea remunerado en proporción de sus esfuerzos útiles a fin de que obtenga el íntegro producto de su trabajo. . . ".

El problema de las repúblicas hispanoamericanas es otro.

En ellas no hay privilegios de ninguna especie que se interpongan, con menoscabo de la equidad, entre el capital y la mano de obra.

Con excepción de unos lugares de los departamentos de Boyacá y Cundinamarca, donde el arrendatario es un poco explotado por el dueño de la tierra, puede bien decirse que en Colombia el obrero da la ley al capitalista y no el capitalista al obrero.

Entre nosotros no son posibles esos sindicatos (trust) absorbentes que han creado en los Estados Unidos la legión de millonarios a expenses del consumidor.

Allá la ley ha tenido últimamente que venir en apoyo de la muchedumbre, después de que se han improvisado fortunas colosales a la sombra del monopolio de artículos de primera necesidad.

En la América española—y especialmente en Colombia—la ley no tiene que intervenir en esas manipulaciones odiosas, porque la atmósfera política y social felizmente no las deja vivir.

El mal que corroe a | estas repúblicas es la incertidumbre del reinado del orden—a causa de que en poco se tiene, por consejo de la demagogia, la subordinación y la discipline, la sumisión a las reglas. El espíritu subversivo está en la medula de los huesos y circula con la sangre de cada ciudadano, y la inseguridad—incompatible con todo progreso—se ha venido convirtiendo en estado normal.

En Colombia, en 1855 y 1856, bastaban 600 soldados para mantener el orden en todo el territorio, aunque existíamos entonces bajo el régimen político central. Después de que se destruyó, por primera vez, el respeto al principio de legitimidad - en 1863 - la necesidad de fuerza militar ha venido un crecimiento constante, y nuestros padres se habrían escandalizado si hubieran podido ver a distancia las guarniciones que hoy son indispensables para impedir nuevos sangrientos y ruinosos transtornos.

Aquí hemos, pues, retrocedido en lugar de haber avanzado, y tenemos, por tanto, que remontar la corriente, por haber entendido la libertad como sinónimo de independencia de toda restricción y de todo límite.

Llegamos aún a declararle guerra al principio religioso—que es la base del orden interior, del orden moral—y hoy, que hemos vuelto del suicide error, comenzamos ya a comprender la oratoria sagrada.

El recuerdo de lo pasado es aterrador ciertamente; pero signos consoladores se dibujan en el horizonte.

Lástima que M. de Leveleye no hubiera—por falta de estudio especial—podido dedicar uno o más capítulos de su celebrada obra a las necesidades políticas apremiantes de éstas, en lo general, desconcertadas repúblicas.

anterior | índice | siguiente