INDICE





INTRODUCCIÓN

TOMO I

SIMÓN BOLÍVAR
Biografía
Carta de Jamaica

MIGUEL ANTONIO CARO
Biografía
Los fundamentos constitucionales y políticos del estado

JOSÉ EUSEBIO CARO
Biografía
Sobre los principios generales de la organización que conviene adoptar en la nueva constitución

RAFAEL NÚÑEZ
Biografía
El sentido de la política y la esencia de la política

MARIANO OSPINA RODRÍGUEZ
Biografía
Los partidos políticos en la Nueva Granada

MIGUEL SAMPER
Biografía
Vicios de la política colombiana

FRANCISCO DE PAULA SANTANDER
Biografía
Las diferencias del gobierno en la guerra y en la paz
Las relaciones entre la iglesia y el estado

CARLOS ARTURO TORRES
Biografía
Las supersticiones democráticas
Las supersticiones aristocráticas

RAFAEL URIBE URIBE
Biografía
El liberalismo, sus programas y la cuestión religiosa

TOMO II

JORGE ELIÉCER GAITÁN
Biografía
Bases para una política revolucionaria colombiana

LAUREANO GÓMEZ
Biografía
Propósitos de gobierno

ALEJANDRO LÓPEZ
Biografía
Liberalismo clásico y neoliberalismo

ALFONSO LÓPEZ
Biografía
El liberalismo y la transformación política de 1936

LUIS EDUARDO NIETO CABALLERO
Biografía
¿Por qué soy liberal?

GONZALO RESTREPO JARAMILLO
Biografía
El pensamiento conservador
SOBRE LOS PRINCIPIOS GENERALES DE LA ORGANIZACIÓN QUE CONVIENE ADOPTAR EN LA NUEVA CONSTITUCIÓN
 

 

Presentación

 

Al señor José Rafael Mosquera. Vos, señor, sois sin duda uno de los más considerables e influyentes sujetos que haya en la República.

Rico, inteligente, estudioso, resuelto; vuestra edad os da toda la respetabilidad apetecible; vuestro patriotismo, vuestra buena fe, vuestras ningunas pretensiones al poder, os hacen escuchar de todos con gusto. Sois en la tribuna lo que el presbítero Margallo era en el púlpito—el orador del pueblo—.

Tenéis el privilegio, (¡privilegio precioso!) de haceros entender aun de aquellos que, en boca de otro, no habrían entendido lo mismo que habéis dicho vos.

A esto se agrega que de vuestra napoleónica frente irradia un destello de la gloria de vuestra inmaculada familia.

Así por vuestro origen, por vuestra edad, por vuestras riquezas, sois un aristócrata; pero vuestro género particular de elocuencia os trace democrático y popular.

Nada tiene, pues, de extraño que en el año de 42 fueseis el principal motor de la Cámara de Representantes, que volteaba a vuestro aliento, como a impulso del vientecillo voltean las aspas de un gran molino.

El proyecto de Constitución que en este año se ha presentado, puede decirse que es todo vuestro. Otros lo firmaron con vos, otros lo han sancionado con vos; pero vuestra mente lo concibió, y vuestra palabra lo hizo adoptar.

Permitid, pues, a mi buena fe que os declare, con el tono más respetuoso, que de ninguna manera me satisface vuestro proyecto.

Me atrevo a esperar que no os ofenderá mi franqueza. Sé que una censure, por ligera que sea, disgusta más que contenta el mayor elogio; pero también sé que en esta ocasión no me dirijo, por fortuna, a uno de tantos hermafroditas, varones por su sexo y mujeres por su vanidad. Hablo con un hombre.

¿Qué importa a la posteridad, qué nos importa aun a nosotros, qué os importa a vos mismo, el que la Constitución que por fin tengamos sea de éste o sea de aquel? Hagamos una buena, y no nos curemos de pensar en la parte que en ella haya podido tener cada uno.

Miembro vos de la pasada legislatura, y autor principal del proyecto de Constitución, yo, en mi calidad de ciudadano de la Nueva Granada, he debido examinar vuestra obra; y ahora, miembro yo de la venidera legislatura y redactor de El Granadino, vos, con vuestro múltiple carácter de ciudadano de la Nueva Granada, de rico propietario, de padre de familia, y de miembro de la próxima legislatura también tened la dignación de escuchar mis palabras y de examinar mis ideas.

Corrija vuestra experiencia los yerros de mi juventud; mi candor se somete al tribunal de vuestra bondad.

Que adaptéis o desechéis mis ideas, poco me importa; solo me importa que me juzguéis; y cualquiera que sea vuestro juicio, siempre habré ganado, pues habrá ganado la Patria.

Entrando ya en materia, os diré pues aun todas mis ideas, en cuanto a principios constitucionales, se resumen en estas dos palabras: Pies y Cabeza.

Quiero que la nueva Constitución dé a la República cabeza que la dirija, y pies que la sostengan. Quiero cabeza sin nubes, y pies sin grillos.

Ya me habéis entendido; pero aún debo al público mayores explicaciones.

También me las debo a mí mismo; porque, si escritor no las diese desde ahora, después, orador en la Cámara, cuando pidiese poder para el Gobierno pediría tanto que pasaría por absolutista, y cuando pidiese franquicias para el pueblo, pediría tantas que me tendrían por demagogo.

Y por cierto, ni lo uno ni lo otro soy: soy apenas un patriota sincero, que anhela por un gobierno que con gran poder alcance a conservar el orden, y por un pueblo que en medio de sus grandes franquicias pueda hacer el aprendizaje de la libertad.

 

| Que el pueblo practique la democracia

 

Yo comparo la política con la educación, comparo a una república con una grande escuela.

En una escuela, el maestro debe ser sabio para enseñar, y fuerte para reprimir; pero también los discípulos deben trabajar para aprender.

Quitad cualquiera de estas cosas, y veréis lo que viene a quedar.

Quitad al pueblo toda libertad, dejad al Gobierno todo poder, impedid que los alumnos jamás trabajen y haced que el maestro siempre reprima; y no os quedará ni república ni escuela, sino la Rusia con su Autócrata, Y un ganado con un pastor.

Ahora, suponed que el maestro no solo reprima sino que además enseñe, pero impedid que los alumnos trabajen por su parte para aprender; y ya no tendréis un ganado con un pastor que lo esquilme, lo conduce, lo diezma, y lo come; tendréis sí una cosa menos odiosa, a la par degradante y más ridícula.

Tendréis un maestro que para enseñar lo hará todo y unos alumnos que para aprender no harán nada.

El uno hará siempre muestras, y los otros jamás harán ensayos.

¿Qué diríais, señor Mosquera, de un pintor que para enseñar a sus discípulos les dijese: "Vedme pintar a mí; pero vosotros jamás cojáis pinceles, jamás toquéis colores, porque sois inexpertos y me ensuciaríais mis lienzos..."? ¿qué diríais de un nadador que para enseñar a sus discípulos les dijese: "Vedme nadar a mí; pero vosotros ¡ ay! vosotros jamás os echéis al agua, porque sois inexpertos y podríais ahogaros"?.—¡ Oh señor Mosquera! hombre de buen sentido, hombre de conciencia y razón, ¿qué diríais de tan gracioso sistema de enseñanza?

Ya os escucho; permitidme hablar en vuestro lugar: "¿Pintor demente?", gritaríais, "¡pintor demente! deja que tus discípulos ensucien hartos lienzos, para que al fin aprendan a pintar sin ensuciarlos. ¡Nadador imbécil! deja a tus discípulos que se afanen entre el agua, para que al fin aprendan a nadar sin afanarse!".

¿No gritaríais así? ¿No diríais eso?

Y ahora, permitidme que yo "grite en la Nueva Granada: "Cuerpo constituyente que vas a abrir y a reglamentar la escuela política. 'Dadnos jurados para todo', 'deja que el pueblo juzgue, para que al fin aprenda a ser justo', déjalo que dé millares de males sentencias, para que al fin aprenda a darlas buenas'. 'Dadnos libertad municipal'. 'Déjanos administrar nuestros intereses locales para que al fin aprendamos a administrarlos. Déjanos cometer mil desaciertos en ello para que al fin aprendamos a hacer el bien!

No nos des Cámaras provinciales de a cinco miembros; dadnos Asambleas provinciales de a cincuenta miembros elegidos directamente, y con dos Cámaras. Dejad entrar los alumnos a la escuela de segundas letras.

No nos des cabildo-abierto, 'dadnos cabildo universal'. 'Deja que entre todos los ciudadanos a las escuelas políticas primarias'.

 

| Libertad completa de cultos

 

La Europa está repleta y la América vacía. 'Dejemos que se cumpla la voluntad de la Providencia'. 'Dejemos que la Europa pueble la América'. 'Dadnos pues una ley constitucional de naturalización sin condiciones, de naturalización libre e indefinida, una ley por la cual reciba carta de naturaleza todo extranjero que la pica, y en el momento que la pica'. En vez de esa mere libertad de conciencias que otorgó Colombia, concesión triste, inconsecuente y monstruosa. por la cual se permite a los extranjeros creer en su religión sin practicarla, y creer en Dios sin rendirle un culto, dadnos la verdadera libertad religiosa, la libertad de cultos, que no solo deje venir hombres indiferentistas sino también piadosas mujeres, que deje venir familias inglesas, escocesas y alemanas, familias de honrados artesanos, de timoratos labradores, en vez de comerciantes ávidos, de agiotistas inmorales, de solteros corruptores'. 'El que tolera las creencias debe tolerar los ritos. O la inquisición otra vez, o la libertad de cultos por fin'. Lo demás es no ser lógico.

'Dadnos la ley de elegibilidad universal'. 'El genio puede estar joven y la virtud puede estar pobre'. ¡No declares pues inelegibles a los jóvenes ni a los pobres, porque si el genio está joven vas a declarar inelegible el genio; si la virtud está pobre vas a declarar inelegible la virtud!

El que viaja sabe más que si se hubiera quedado en su rincón. ¡Fuera residencias!

"Tenemos pocos hombres; no nos acabes de quitar con requisitos bárbaros los pocos hombres que tenemos! ¡ Deja que elija el elector que ve, y no la ley que es ciega y no conoce a nadie!".

Hemos hecho dos suposiciones: unos alumnos que nunca aprenden y un maestro que sólo enseña y jamás ayuda: hagamos la última suposición, que será unos alumnos que, en lugar de aprender, se ocupan en burlarse del maestro, y en insultarlo, y echarlo de la escuela... He aquí la anarquía:—¡Méjico, Guatemala, Venezuela, El Ecuador, El Perú, Buenos Aires, Hispano-América toda entera !

¡ Oh! y la Nueva Granada también.

¡Anarquistas! Permitidme pues que yo "grite en la Nueva Granada: "Cuerpo constituyente que vas a abrir y a reglamentar la escuela política. ¡ Dadnos un maestro serio, un Gobierno firme, que pueda mantener el orden mientras el pueblo trace el aprendizaje y que, cuando sobrevengan las crisis eleccionarias, tenga bastante fuerza para evitar las revoluciones y salvar la patria !".

 

| Ejecutivo fuerte

 

¡ Dadnos un Presidente que siquiera cure ocho años en vez de cuatro! Dadnos un Presidente que sea elegido aparte, sin que se complique la cuestión de su elección con todas las otras! ¡Dadnos un Presidente que sea elegido indirectamente, por intermedio de electores poco numerosos, doscientos a lo más, a fin de que se reúna fácilmente a favor de alguno una mayoría! ¡Que la crisis eleccionaria no sobrevenga cuando el poder está en su crepúsculo sino cuando está en pleno medio día; no cuando está moribundo sino cuando está lleno de vida! ¡Que la convulsión eleccionaria no coja al Presidente al fin sino a la mitad de su período!

¡Dadle a ese Presidente un escalón para subir y otro escalón para bajar! Que nada se improvise ni se precipite, que todo se prepare y se conserve. Da preparación al que sube y preparación al que baja. Que el Presidente, antes de serlo por ocho años, sea Vice-presidente por cuatro; que después de haber sido Presidente por ocho años vuelva a ser Vice-presidente por otros cuatro. Así no habremos creado ese Vice-presidente ocioso que ahora tenemos, ese fantasma de funcionario que nada es, y que para nada sirve, sino para aguardar; cruzados los brazos, a que otro hombre enferme, o se ausente, o muera! Adoptado este sistema, el Presidente que será elegido cada ocho años permanecerá en el Gobierno diez y seis, cuatro subiendo, ocho gobernando, y cuatro decayendo! Diez y seis años de orden y de paz, serán diez y seis años de prosperidad y progreso. Al cabo de nueve diez y seis años, ya se podrá decir que somos nación y no ladronera. Al cabo de cada ocho años la crisis eleccionaria será fuerte, es cierto; pero el Gobierno será poderoso para reprimirla y el pueblo estará preparado para sobrellevarla.

¡Oh! ¡dénsenos diez y seis, treinta y dos años de paz, y todo está hecho!

¡Abajo el Consejo de Estado, que siempre estorba y nunca ayuda! Transforma a los siete Consejeros en otros tantos Ministros. Eleva al rango de Ministros al Tesorero general, y a los Directores generales de Educación, de Monedas, de Correos, de Tabacos, de Salinas, de Aduanas, del Crédito nacional.. Agrega a todos ellos las Relación es exteriores, la Policía de salubridad, las Obras Públicas, la Fuerza Armada y la Marina. Así habrás formado, sin mayores gastos. un gran Consejo nacional administrativo de veinte o veinticinco miembros. Que estos miembros se llamen Ministros y no Secretarios, porque deben ser funcionarios y no escribientes. Que cada uno de ellos prepare, redacte, proponga, defienda, objete, codifique, y ejecute las leyes del ramo que le haya tocado. Que cada uno de esos Ministros, además, dirija los establecimientos de su ramo; que él nombre los empleados principales de esos establecimientos.

Que los Ministros sean nombrados por el Presidente, que debe ser el soberano regulador de la acción complicada de todos esos Ministros. Que nada se haga por ellos sin conocimiento y asenso del Presidente regulador; que el Presidente pueda despedirlos cuando no le satisfagan.

Que el sueldo del Presidente sea mayor que lo es ahora: $18.000 serían un buen sueldo, que este sueldo, una vez fijado, no pueda disponer la legislatura; que ese sueldo siempre sea percibido íntegramente.

¿Queréis más? ¿Os parece que sea débil el Ejecutivo que os propongo? Decid? ¿se parece al vuestro?

Le he dado duración, estabilidad, poder, agentes activos, y buenos sueldos, ¿qué más queréis?

Pues yo sí quiero más todavía. Quiero que a la mitad de su período, al sobrevenir las lecciones, al amenazar la tempestad, el Presidente pueda conjurarla. Que entonces, es decir, cada ocho años, se suspenda por seis meses la ley del habeas corpus; que el Presidente pueda aumentar entonces el pie de la fuerza armada hasta que se haga la elección y pase la borrasca. que se aumenten las fuerzas del enfermero cuando entra en convulsiones furiosas el enfermo.

 

| Ejército neutral

 

Para evitar la violencia en las elecciones, bórrese a los soldados de la lista electoral. Que no puedan ser nombrados electores los empleados amovibles por el poder Ejecutivo. Que la suspensión del habeas corpus no impida a nadie que dé su voto, y sirva solo para llevar a la cárcel a los perturbadores. Que el Presidente dé minuciosa cuenta al Congreso el uso que haya hecho de esas grandes facultades; que el Congreso, si imprueba sus actos, en vez de apear al Presidente de su puesto, pueda castigarlo con multas.

 

| Congreso

 

Para el Congreso pido: que el Senado represente el territorio y no la población: que a él solo se sometan los tratados públicos que haya confeccionado el Ejecutivo: apártese a la Cámara de Representantes, de la diplomacia y negocios extranjeros.

Que los miembros del Senado sean elegidos uno (a lo más dos) por cada provincia, e indirectamente por medio de las Asambleas provinciales. Que los Senadores duren en su puesto ocho años, y se renueven por décimas partes cada dos años; que gocen de mayores dietas que los Representantes.

La Cámara de Representantes debe ser elegida directamente por el pueblo.

Que el Senado sea el gran jurado político, y la otra Cámara el gran fiscal.

Está bien que el Congreso tenga sólo sus reuniones ordinarias de dos en dos años. La Nueva Granada es demasiado vasta y en ella no hay caminos. Congresos cada año no hay quien los aguante.

Que el Ejecutivo, al objetar las leyes del Congreso, pueda dejarlas emplazadas para la próxima reunión. Para que este veto no sea ficticio, para que sea una verdadera apelación al pueblo, para que los mismos diputados que dieron la ley, por capricho después no la sostengan, la Cámara debe renovarse por entero en cada reunión. El nuevo proyecto constitucional que da al Ejecutivo un veto suspensivo y que al mismo tiempo dispone que el Congreso se renueve en su totalidad cada cuatro años, es absurdo, es contradictorio; con la izquierda da y con la derecha quita.

 

| Poder judicial

 

He pedido jurados y ahora quiero jueces, jueces responsables para que no sean arbitrarios, jueces inamovibles para que sean independientes. La interpretación de la Constitución y de las leyes es una necesidad de cada día; ¿ reuniréis extraordinariamente el Congreso siempre que sea preciso interpretar una ley? Al juez la interpretación, ¡esa es la única defensa que le queda contra las usurpaciones de los Congresos que quieran anularlo!

Romped sobre todo ese fatal anillo que habéis llamado Colegio electoral; de él sale el rayo revolucionario. Las elecciones no deben hacerse a un tiempo y del mismo modo; no; cada cosa debe elegirse a su modo y a su tiempo. Escoged, combinad; en la elección está la razón, en la combinación está la sabiduría. Sólo a nosotros, Hispanoamericanos, nos ha podido ocurrir la idea de que el Presidente de la República se elija lo mismo que el Senado, y el Senado, juez, lo mismo que la Cámara, fiscal.

 

| Iglesia - Estado

 

En vez de esos intolerantes artículos que declaran que la Religión Católica es la única cuyo culto sostiene la República, he pedido la tolerancia religiosa, derecho natural del hombre que la sociedad no debe violar. Y ahora, en lugar de esos palabreros artículos que dicen ser un deber del Gobierno proteger a los granadinos en el ejercicio de la Religión romana, pido que al Arzobispo de Bogotá se le declare Gran-Patrono de la Iglesia católica en este país, con veto suspensivo, semejante al que pido para el Ejecutivo, veto que sirva para atajar cualquier ley que tenga por objeto robar a la Iglesia sus propiedades, o arrebatar a los sacerdotes sus diezmos, sus primicias, las pobres rentas de que hoy medio-viven. ¿ Mandáis al Gobierno que proteja la Iglesia al mismo tiempo que le dejáis libertad para robarla? ¿No será mejor que la Iglesia tenga cómo protegerse a sí misma? ¡Hombres religiosos sin fanatismo ni superstición! ¡ Hombres ilustrados sin ateísmo! ¡Vosotros que creéis conmigo en la unidad y trinidad de Dios, en la redención en Cristo, en la unidad eterna y soberana de la grande Iglesia, vosotros que juzgáis conmigo que no puede haber Religión sin culto, ni culto sin sacerdotes , ni sacerdotes sin pan , decidlo vosotros! ¡ escoged entre las palabras y las cosas, entre un vano mandato y una política y eficaz garantía!

Pero si los sacerdotes no deben ser mendigos, tampoco deben ser saltimbanquis. La ley constitucional debe excluírlos de todo cargo político sea el que fuere. No es decente que un sacerdote suba al púlpito después de haber dado y recibido injuries en una tumultuosa asamblea legislativa: no es debido, no, que se presente a juzgar las conciencias en el tribunal de la penitencia, después que se haya degradado públicamente intrigando en las elecciones populares.

Si queréis que en este país haya Religión, respetad a los que la representan, pero obligadlos también a que se respeten a sí propios. No les robéis lo que" es suyo, pero tampoco los dejéis meterse en lo que no les pertenece. Regnum meum non est de hoc mundo.

Yo querría además que a cargo de los sacerdotes se pusiese la educación religiosa y moral. Dejáos de moral utilitaria; no hay más doctrine moral que el Evangelio ni más ley moral que el Decálogo.

Esa misma exclusión de todo cargo político que pido para los sacerdotes, la pido también para los jueces. Tanto el juez que aplica la ley divina como el juez que aplica la ley humane, deben quedar limpios de todo color de partido, deben evitar toda lucha en que aparezcan como parte interesada, deben vivir sin ambición, sin aspiraciones y sin acarrearse los odios que los ambiciosos y los aspirantes se acarrean. El sacerdote solo debe ser odiado del pecador endurecido a quien represente: el juez solo debe ser odiado del malhechor feroz a quien castiga.

He aquí en resumen, señor Mosquera, lo que yo pido del cuerpo constituyente de la Nueva Granada para que tengamos pies y cabeza.

Como en esta carta solo pretendo establecer los principios y presentar indicaciones generales, para los números siguientes me reservo sacar todas las consecuencias que desenvuelvan esos principios, y explanar todos los motivos que justifiquen esas indicaciones.

Por ahora, vuelvo a mi tesis fundamental.  Aprendizaje práctico de la democracia.

He comparado la política con la educación; mas ahora os confieso que esas dos cosas en mi pensamiento se confunden en una sola.

¿Qué es educarse? ¿Será aprender a leer? ¿Será devorar muchos libros? ¡No! educarse es engrandecer perfeccionar todas nuestras facultades, ejercitándolas todas. Así educarse es vivir para vivir cada vez más.

¿Qué es una Constitución? La ley fundamental que determine la vida política de un pueblo. Es decir, es el sistema de educación política que a ese pueblo da su legislador.

Ahora bien, tanto para el individuo como para el pueblo se pueden adoptar tres sistemas de educación, entre los cuales debe elegirse: y en cada uno de esos tres sistemas de educación, hay dos épocas que deben distinguirse con sumo cuidado.

Estas distinciones no son arbitrarias; suplico a mis lectores me presten aquí toda su atención.

Yo comprendo pues que un padre puede hacer que sus hijos se eduquen de tres maneras.

Puede trabajar sin cesar para darles pan, habitación y lecho; puede satisfacer así todas las necesidades físicas y pasivas; cuidadoso de su salud se afana por evitarles el menor desorden; cuidadoso de su inocencia no les deja la menor libertad; los mantiene pues bajo la más estricta tutela; los deja vegetar más bien que vivir; y los conserve muchos años tan gordos, tan sanos, y aún tan alegres y contentos, como al caballo que tiene en su establo y a los pollos que tiene en su gallinero.

Una mujer tímida adoptaría sin duda ese sistema, pero vos, señor Mosquera, hombre ilustrado y firme, decid, lo querrías para vuestros hijos?

¿Qué resulta al fin de todos estos tristes cuidados? ¿En qué viene a parar esa inocencia inactiva, ociosa? ¡Ay! al fin llega el momento en que deben dejar de ser niños para ser hombres; han crecido en cuerpo, en inteligencia, y en pasiones; pero sin haber aprendido a domar y dirigir sus pasiones, a usar de su inteligencia, y a sostener su cuerpo? ¿ Y en qué para todo? Ese padre cuidadoso, benévolo, vigilante de quien todo dependía, que de todo se encargaba, que por sus hijos lo hacía todo sin dejar que ellos hiciesen nada; ese padre al fin, envejece, enferma y muere. . . Y nueve hijos-gallinas, que jamás manejaron dinero, que jamás hablaron con mujeres, al hallarse solos y dueños de si se dejan robar su inocencia y su salud por la primera prostituta que les sonría y se dejan estafar su ;herencia por el primer bribón que les adula. Inmortal autor de Gil-Blas ¡tú ya lo habías dicho a la posteridad en tantos admirables cuadros, en tantas inimitables escenas; mas la posteridad desconocida no ha sabido sacar fruto de tus lecciones!

¡ Leed a Gil-Blas, padres de familia ! ¡ Legisladores de naciones leed a Gil Blas!

Leedlo sí, legisladores; porque ese mismo sistema de falsa educación que sus padres y su tío el canónigos dieron a Gil-Blas, es el mismo sistema de educación política que algunos gobiernos den a sus pueblos.

A un pueblo, como a un individuo, en efecto, puede mantenérsele gordo, sano y contento. . . ¡pero ocioso! Orden sin libertad, paz sin actividad; he aquí el sistema de la España para sus colonias, de los Luises XIV, XV y XVI para los franceses; del Czar para sus moscovitas.

¡ Mas ay! en el eterno libro de los destinos de los pueblos, el dedo de Dios tiene escrito: que a la paz odiosa del despotismo seguirán siempre las revoluciones de la anarquía. ¡ Después de la tutela vendrá la corrupción, cuando el padre muera, y cuando el cetro del déspota se rompa!

¡Después de la España, Bolívar, y también 1840! ¡ Después de los Luises, Mirabeau, y también 1793!

¡La Rusia—no lo dudéis; dudarlo sería dudar de la Providencia—la Rusia también esconde en su negro porvenir, su Mirabeau, su Bolívar, su 1840, su 1793!

Hemos visto un extremo; veamos el extremo opuesto.

En frente del primer padre que he pintado, puede concebirse otro que hará precisamente lo contrario. Este ni cuidará de sus hijos ni cuidará siquiera de sí mismo; no solo no les dará libertad sino licencia, no solo los pondrá en actividad sino en desenfreno, no solo los dejará ir manejando sus bienes, sino que desde el principio los dejará que dilapiden todo. Lejos de corregirlos, aun se dejará abofetear por ellos; no será ni su tirano ni su padre, será su esclavo. No será su juez, será su juguete.

¡Oh! ¿no es éste el Gobierno que nos dejó la Constitución de 1832?

Hemos visto los dos extremos; detengámonos ya en el medio.

¡Rousseau! permite que mi inexperta mano coja de tu tumba la elocuente pluma que escribió el Emilio. Permite también a un cristiano del siglo XIX separe de tu libro los tristes arrebatos a que te obligó a la tiranía y las impías exageraciones a que te obligó tu siglo ateo, destinado a destruir y no a regenerar. Tu eras harto superior a ese siglo de blasfemos libertinos que no te comprendió y que solo supo exasperarte, corromperte, calumniarte y perseguirte en tu vejez y hasta tu muerte; a tí que tampoco lo comprendías, y que unas veces fuiste su cobarde prosélito y otras su severo y casi salvaje censor. Déjame, pues, que te tome en tu siglo a tí y que separe de tí a tu siglo; déjame, que olvide las torpes liviandades de tu Julia, los sofismas de Wolmar, de Eduardo y de Saint-Preux, el deísmo inconsecuente de tu Vicario saboyano: déjame solo que recoja en toda su original pureza, en toda su primitiva verdad, la grande, fecunda, inspirada idea que produjo a Emilio.

Yo comprendo pues con Rousseau a un ayo joven, activo, despreocupado, vigilante, que se apodera un niño en su cuna, para formar de él un hombre, y que después lo acompaña y lo dirige toda su vida, no para impedirle que viva sino para enseñarlo a vivir. Yo comprendo a este ayo que jamás se separa de su alumno, para evitarle que caiga y para enseñarlo a que se levante cuando ha caído. Yo comprendo a ese ayo cuando deja a su alumno que corra, salte, ande de noche a oscuras, camine de día a caballo y a pie, para que cobre fuerzas y adquiera agilidad. Yo comprendo al ayo cuando deja a su alumno que se pierda en los bosques, para que aprenda el curve del sol y la situación de los puntos cardinales del horizonte, y luego la astronomía de Kepler y de Newton toda entera. Yo lo comprendo cuando deja a su alumno llorando solo, por no haber ido a un paseo al cual se le había convidado por una esquela; así aprenderá a leer y luego a escribir. Yo comprendo a ese ayo cuando priva a su alumno de criados, para que aprenda a servirse y a procurárselo todo por sí mismo; cuando lo deja hambriento con la carne junto al fuego para que aprenda a asarla; cuando lo pone al lado de un hortelano para que aprenda a cultivar un huerto; cuando lo abandona al otro lado de un río manso y sin peligros para que aprenda a atraversarlo nadando.- Yo comprendo al ayo cuando mete a su alumno poco a poco en el mundo y permite que le engañen para que aprenda a no ser engañado, y permite que lo estafen para hacerlo entrar en cuidado contra los tramposos. Yo lo comprendo cuando, sin dejar a su alumno que se corrompa, lo lleva a las altas sociedades y lo deja tratar con mujeres, falsas aunque hermosas, y despreciables aunque elegantes, para que aprenda a reconocerlas. Yo lo comprendo cuando, sin piedad y sin lástima para sin burla, deja a su alumno que recoja todo el castigo de sus arrebatos de presunción, para que aprenda a ser modesto y humilde.—¡ Oh ! ¡ yo creo comprenderte. Rosseau, cuando rodeas a tu Emilio de dificultades para que aprenda a vencerlas, cuando lo pones bajo el yugo de la necesidad para que aprenda paciente a soportarla sin vanas quejas!

Mas tu grande inteligencia no previó una terrible objeción. Tu ayo no era inmortal, ni imposible; al morir, al enfermar, al casarse, al tener que trabajar o que ausentarse para poder vivir él mismo, ¿qué hubiera sido del querido Emilio?...

Pero no; tu sublime, tu inspirada idea no podría ser una impracticable utopía. No, no lo es, yo conozco en la sierra un ayo que nunca enferma, que nunca muere, que nunca se ausenta, que puede dedicarse exclusivamente a velar sobre su alumno!

¡Ese ayo se llama Gobierno y su alumno es el Pueblo!

¡Yo comprendo, pues, un Gobierno que siempre vele sobre el pueblo sin aherrojarlo; que sea la soberana cabeza que dirija la actividad de unos pies libres!

Un Gobierno que conserve el orden mientras el pueblo trace el aprendizaje de la libertad.

Un Gobierno que concede al pueblo jurados para todo, con jueces permanentes que los ilustren.

Un Gobierno que apartando casi del todo al pueblo de la dirección de los negocios nacionales que solo de lejos le tocan, le deje la disposición absoluta de los negocios que le atañen de cerca; y que, en la dirección de estos últimos, lo deje sin piedad caer para que aprenda a levantarse, y lo deje sin miedo cometer errores para que aprenda a tener aciertos.

¡Pies y cabeza! ¡Libertad y orden!

¡ Libertad y orden ! ¡ Pueda yo esperar que ese magnífico pensamiento no sea solo una vana palabra escrita en lo alto de los pendones granadinos, sino también una realidad que procure a nuestra patria su nueva Constitución!

He dicho que en cualquier sistema de educación que se adopte, hay dos épocas que deben distinguirse sumo cuidado.

Estas dos épocas son: aquella en que el alumno aún niño está recibiendo de otro la educación: y aquella en que ya hombre puede seguir educándose, viviendo, y gobernándose solo y por sí mismo.

En la primera de estas dos épocas, el alumno aún niño necesita trabajar mucho, y el maestro por su parte necesita de mayor autoridad que nunca.

En la segunda época, el alumno, ya hombre, siempre necesita continuar en unos ejercicios que cada vez le serán más fáciles; y el maestro entonces puede aflojar en su autoridad y vigilancia que cada vez van siendo menos necesarias.

Esta misma distinción de épocas debe hacerse en la educación política del pueblo.

Nuestra irracional Constitución de 32 lo hizo todo al revés. Al pueblo granadino, que era niño, le quitó todo aquello en que pudiera ejercitarse; y al Gobierno de ese pueblo-niño lo constituyó más débil que lo es actualmente el Gobierno del pueblo más hombre y más civilizado.

Decidlo, señor Mosquera, ¿no es esto hacerlo todo al revés? Y sin alteraciones poco sustanciales; ¿no es esto mismo lo que en 42 se nos ha ofrecido?

Decidlo, confesadlo, señor: sé que no tenéis vanidad; y por eso apelo a vuestro patriotismo, a vuestra meditación, y a vuestra buena fe, un granadino que apreciaría más una censure, una corrección de vos, que los más lisonjeros elogios que no vinieren de tan recto Y competente juez.

Soy con profundo respeto, de vos atento servidor y seguro amigo,

 

J. E. C.

Noviembre 27 de 1842.

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