SOBRE LOS PRINCIPIOS GENERALES DE LA ORGANIZACIÓN QUE CONVIENE
ADOPTAR EN LA NUEVA CONSTITUCIÓN
Presentación
Al señor José Rafael Mosquera. Vos, señor, sois sin duda uno de
los más considerables e influyentes sujetos que haya en la
República.
Rico, inteligente, estudioso, resuelto; vuestra edad os da toda
la respetabilidad apetecible; vuestro patriotismo, vuestra buena
fe, vuestras ningunas pretensiones al poder, os hacen escuchar de
todos con gusto. Sois en la tribuna lo que el presbítero Margallo
era en el púlpito—el orador del pueblo—.
Tenéis el privilegio, (¡privilegio precioso!) de haceros entender
aun de aquellos que, en boca de otro, no habrían entendido lo mismo
que habéis dicho vos.
A esto se agrega que de vuestra napoleónica frente irradia un
destello de la gloria de vuestra inmaculada familia.
Así por vuestro origen, por vuestra edad, por vuestras riquezas,
sois un aristócrata; pero vuestro género particular de elocuencia
os trace democrático y popular.
Nada tiene, pues, de extraño que en el año de 42 fueseis el
principal motor de la Cámara de Representantes, que volteaba a
vuestro aliento, como a impulso del vientecillo voltean las aspas
de un gran molino.
El proyecto de Constitución que en este año se ha presentado,
puede decirse que es todo vuestro. Otros lo firmaron con vos, otros
lo han sancionado con vos; pero vuestra mente lo concibió, y
vuestra palabra lo hizo adoptar.
Permitid, pues, a mi buena fe que os declare, con el tono más
respetuoso, que de ninguna manera me satisface vuestro
proyecto.
Me atrevo a esperar que no os ofenderá mi franqueza. Sé que una
censure, por ligera que sea, disgusta más que contenta el mayor
elogio; pero también sé que en esta ocasión no me dirijo, por
fortuna, a uno de tantos hermafroditas, varones por su sexo y
mujeres por su vanidad. Hablo con un hombre.
¿Qué importa a la posteridad, qué nos importa aun a nosotros, qué
os importa a vos mismo, el que la Constitución que por fin tengamos
sea de éste o sea de aquel? Hagamos una buena, y no nos curemos de
pensar en la parte que en ella haya podido tener cada uno.
Miembro vos de la pasada legislatura, y autor principal del
proyecto de Constitución, yo, en mi calidad de ciudadano de la
Nueva Granada, he debido examinar vuestra obra; y ahora, miembro yo
de la venidera legislatura y redactor de El Granadino, vos, con
vuestro múltiple carácter de ciudadano de la Nueva Granada, de rico
propietario, de padre de familia, y de miembro de la próxima
legislatura también tened la dignación de escuchar mis palabras y
de examinar mis ideas.
Corrija vuestra experiencia los yerros de mi juventud; mi candor
se somete al tribunal de vuestra bondad.
Que adaptéis o desechéis mis ideas, poco me importa; solo me
importa que me juzguéis; y cualquiera que sea vuestro juicio,
siempre habré ganado, pues habrá ganado la Patria.
Entrando ya en materia, os diré pues aun todas mis ideas, en
cuanto a principios constitucionales, se resumen en estas dos
palabras: Pies y Cabeza.
Quiero que la nueva Constitución dé a la República cabeza que la
dirija, y pies que la sostengan. Quiero cabeza sin nubes, y pies
sin grillos.
Ya me habéis entendido; pero aún debo al público mayores
explicaciones.
También me las debo a mí mismo; porque, si escritor no las diese
desde ahora, después, orador en la Cámara, cuando pidiese poder
para el Gobierno pediría tanto que pasaría por absolutista, y
cuando pidiese franquicias para el pueblo, pediría tantas que me
tendrían por demagogo.
Y por cierto, ni lo uno ni lo otro soy: soy apenas un patriota
sincero, que anhela por un gobierno que con gran poder alcance a
conservar el orden, y por un pueblo que en medio de sus grandes
franquicias pueda hacer el aprendizaje de la libertad.
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Que el pueblo practique la democracia
Yo comparo la política con la educación, comparo a una república
con una grande escuela.
En una escuela, el maestro debe ser sabio para enseñar, y fuerte
para reprimir; pero también los discípulos deben trabajar para
aprender.
Quitad cualquiera de estas cosas, y veréis lo que viene a
quedar.
Quitad al pueblo toda libertad, dejad al Gobierno todo poder,
impedid que los alumnos jamás trabajen y haced que el maestro
siempre reprima; y no os quedará ni república ni escuela, sino la
Rusia con su Autócrata, Y un ganado con un pastor.
Ahora, suponed que el maestro no solo reprima sino que además
enseñe, pero impedid que los alumnos trabajen por su parte para
aprender; y ya no tendréis un ganado con un pastor que lo esquilme,
lo conduce, lo diezma, y lo come; tendréis sí una cosa menos
odiosa, a la par degradante y más ridícula.
Tendréis un maestro que para enseñar lo hará todo y unos alumnos
que para aprender no harán nada.
El uno hará siempre muestras, y los otros jamás harán
ensayos.
¿Qué diríais, señor Mosquera, de un pintor que para enseñar a
sus discípulos les dijese: "Vedme pintar a mí; pero
vosotros jamás cojáis pinceles, jamás toquéis colores, porque sois
inexpertos y me ensuciaríais mis lienzos..."? ¿qué diríais
de un nadador que para enseñar a sus discípulos les dijese:
"Vedme nadar a mí; pero vosotros ¡ ay! vosotros jamás os
echéis al agua, porque sois inexpertos y podríais
ahogaros"?.—¡ Oh señor Mosquera! hombre de buen
sentido, hombre de conciencia y razón, ¿qué diríais de tan gracioso
sistema de enseñanza?
Ya os escucho; permitidme hablar en vuestro lugar:
"¿Pintor demente?", gritaríais, "¡pintor
demente! deja que tus discípulos ensucien hartos lienzos, para que
al fin aprendan a pintar sin ensuciarlos. ¡Nadador imbécil! deja a
tus discípulos que se afanen entre el agua, para que al fin
aprendan a nadar sin afanarse!".
¿No gritaríais así? ¿No diríais eso?
Y ahora, permitidme que yo "grite en la Nueva Granada:
"Cuerpo constituyente que vas a abrir y a reglamentar la
escuela política. 'Dadnos jurados para todo', 'deja que el pueblo
juzgue, para que al fin aprenda a ser justo', déjalo que dé
millares de males sentencias, para que al fin aprenda a darlas
buenas'. 'Dadnos libertad municipal'. 'Déjanos administrar nuestros
intereses locales para que al fin aprendamos a administrarlos.
Déjanos cometer mil desaciertos en ello para que al fin aprendamos
a hacer el bien!
No nos des Cámaras provinciales de a cinco miembros; dadnos
Asambleas provinciales de a cincuenta miembros elegidos
directamente, y con dos Cámaras. Dejad entrar los alumnos a la
escuela de segundas letras.
No nos des cabildo-abierto, 'dadnos cabildo universal'. 'Deja
que entre todos los ciudadanos a las escuelas políticas
primarias'.
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Libertad completa de cultos
La Europa está repleta y la América vacía. 'Dejemos que se
cumpla la voluntad de la Providencia'. 'Dejemos que la Europa
pueble la América'. 'Dadnos pues una ley constitucional de
naturalización sin condiciones, de naturalización libre e
indefinida, una ley por la cual reciba carta de naturaleza todo
extranjero que la pica, y en el momento que la pica'. En vez de esa
mere libertad de conciencias que otorgó Colombia, concesión triste,
inconsecuente y monstruosa. por la cual se permite a los
extranjeros creer en su religión sin practicarla, y creer en Dios
sin rendirle un culto, dadnos la verdadera libertad religiosa, la
libertad de cultos, que no solo deje venir hombres indiferentistas
sino también piadosas mujeres, que deje venir familias inglesas,
escocesas y alemanas, familias de honrados artesanos, de timoratos
labradores, en vez de comerciantes ávidos, de agiotistas inmorales,
de solteros corruptores'. 'El que tolera las creencias debe tolerar
los ritos. O la inquisición otra vez, o la libertad de cultos por
fin'. Lo demás es no ser lógico.
'Dadnos la ley de elegibilidad universal'. 'El genio puede estar
joven y la virtud puede estar pobre'. ¡No declares pues inelegibles
a los jóvenes ni a los pobres, porque si el genio está joven vas a
declarar inelegible el genio; si la virtud está pobre vas a
declarar inelegible la virtud!
El que viaja sabe más que si se hubiera quedado en su rincón.
¡Fuera residencias!
"Tenemos pocos hombres; no nos acabes de quitar con
requisitos bárbaros los pocos hombres que tenemos! ¡ Deja que elija
el elector que ve, y no la ley que es ciega y no conoce a
nadie!".
Hemos hecho dos suposiciones: unos alumnos que nunca aprenden y
un maestro que sólo enseña y jamás ayuda: hagamos la última
suposición, que será unos alumnos que, en lugar de aprender, se
ocupan en burlarse del maestro, y en insultarlo, y echarlo de la
escuela... He aquí la anarquía:—¡Méjico, Guatemala, Venezuela,
El Ecuador, El Perú, Buenos Aires, Hispano-América toda entera
!
¡ Oh! y la Nueva Granada también.
¡Anarquistas! Permitidme pues que yo "grite en la Nueva
Granada: "Cuerpo constituyente que vas a abrir y a
reglamentar la escuela política. ¡ Dadnos un maestro serio, un
Gobierno firme, que pueda mantener el orden mientras el pueblo
trace el aprendizaje y que, cuando sobrevengan las crisis
eleccionarias, tenga bastante fuerza para evitar las revoluciones y
salvar la patria !".
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Ejecutivo fuerte
¡ Dadnos un Presidente que siquiera cure ocho años en vez de
cuatro! Dadnos un Presidente que sea elegido aparte, sin que se
complique la cuestión de su elección con todas las otras! ¡Dadnos
un Presidente que sea elegido indirectamente, por intermedio de
electores poco numerosos, doscientos a lo más, a fin de que se
reúna fácilmente a favor de alguno una mayoría! ¡Que la crisis
eleccionaria no sobrevenga cuando el poder está en su crepúsculo
sino cuando está en pleno medio día; no cuando está moribundo sino
cuando está lleno de vida! ¡Que la convulsión eleccionaria no coja
al Presidente al fin sino a la mitad de su período!
¡Dadle a ese Presidente un escalón para subir y otro escalón
para bajar! Que nada se improvise ni se precipite, que todo se
prepare y se conserve. Da preparación al que sube y preparación al
que baja. Que el Presidente, antes de serlo por ocho años, sea
Vice-presidente por cuatro; que después de haber sido Presidente
por ocho años vuelva a ser Vice-presidente por otros cuatro. Así no
habremos creado ese Vice-presidente ocioso que ahora tenemos, ese
fantasma de funcionario que nada es, y que para nada sirve, sino
para aguardar; cruzados los brazos, a que otro hombre enferme, o se
ausente, o muera! Adoptado este sistema, el Presidente que será
elegido cada ocho años permanecerá en el Gobierno diez y seis,
cuatro subiendo, ocho gobernando, y cuatro decayendo! Diez y seis
años de orden y de paz, serán diez y seis años de prosperidad y
progreso. Al cabo de nueve diez y seis años, ya se podrá decir que
somos nación y no ladronera. Al cabo de cada ocho años la crisis
eleccionaria será fuerte, es cierto; pero el Gobierno será poderoso
para reprimirla y el pueblo estará preparado para
sobrellevarla.
¡Oh! ¡dénsenos diez y seis, treinta y dos años de paz, y todo
está hecho!
¡Abajo el Consejo de Estado, que siempre estorba y nunca ayuda!
Transforma a los siete Consejeros en otros tantos Ministros. Eleva
al rango de Ministros al Tesorero general, y a los Directores
generales de Educación, de Monedas, de Correos, de Tabacos, de
Salinas, de Aduanas, del Crédito nacional.. Agrega a todos ellos
las Relación es exteriores, la Policía de salubridad, las Obras
Públicas, la Fuerza Armada y la Marina. Así habrás formado, sin
mayores gastos. un gran Consejo nacional administrativo de veinte o
veinticinco miembros. Que estos miembros se llamen Ministros y no
Secretarios, porque deben ser funcionarios y no escribientes. Que
cada uno de ellos prepare, redacte, proponga, defienda, objete,
codifique, y ejecute las leyes del ramo que le haya tocado. Que
cada uno de esos Ministros, además, dirija los establecimientos de
su ramo; que él nombre los empleados principales de esos
establecimientos.
Que los Ministros sean nombrados por el Presidente, que debe ser
el soberano regulador de la acción complicada de todos esos
Ministros. Que nada se haga por ellos sin conocimiento y asenso del
Presidente regulador; que el Presidente pueda despedirlos cuando no
le satisfagan.
Que el sueldo del Presidente sea mayor que lo es ahora: $18.000
serían un buen sueldo, que este sueldo, una vez fijado, no pueda
disponer la legislatura; que ese sueldo siempre sea percibido
íntegramente.
¿Queréis más? ¿Os parece que sea débil el Ejecutivo que os
propongo? Decid? ¿se parece al vuestro?
Le he dado duración, estabilidad, poder, agentes activos, y
buenos sueldos, ¿qué más queréis?
Pues yo sí quiero más todavía. Quiero que a la mitad de su
período, al sobrevenir las lecciones, al amenazar la tempestad, el
Presidente pueda conjurarla. Que entonces, es decir, cada ocho
años, se suspenda por seis meses la ley del habeas corpus; que el
Presidente pueda aumentar entonces el pie de la fuerza armada hasta
que se haga la elección y pase la borrasca. que se aumenten las
fuerzas del enfermero cuando entra en convulsiones furiosas el
enfermo.
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Ejército neutral
Para evitar la violencia en las elecciones, bórrese a los
soldados de la lista electoral. Que no puedan ser nombrados
electores los empleados amovibles por el poder Ejecutivo. Que la
suspensión del habeas corpus no impida a nadie que dé su voto, y
sirva solo para llevar a la cárcel a los perturbadores. Que el
Presidente dé minuciosa cuenta al Congreso el uso que haya hecho de
esas grandes facultades; que el Congreso, si imprueba sus actos, en
vez de apear al Presidente de su puesto, pueda castigarlo con
multas.
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Congreso
Para el Congreso pido: que el Senado represente el territorio y
no la población: que a él solo se sometan los tratados públicos que
haya confeccionado el Ejecutivo: apártese a la Cámara de
Representantes, de la diplomacia y negocios extranjeros.
Que los miembros del Senado sean elegidos uno (a lo más dos) por
cada provincia, e indirectamente por medio de las Asambleas
provinciales. Que los Senadores duren en su puesto ocho años, y se
renueven por décimas partes cada dos años; que gocen de mayores
dietas que los Representantes.
La Cámara de Representantes debe ser elegida directamente por el
pueblo.
Que el Senado sea el gran jurado político, y la otra Cámara el
gran fiscal.
Está bien que el Congreso tenga sólo sus reuniones ordinarias de
dos en dos años. La Nueva Granada es demasiado vasta y en ella no
hay caminos. Congresos cada año no hay quien los aguante.
Que el Ejecutivo, al objetar las leyes del Congreso, pueda
dejarlas emplazadas para la próxima reunión. Para que este veto no
sea ficticio, para que sea una verdadera apelación al pueblo, para
que los mismos diputados que dieron la ley, por capricho después no
la sostengan, la Cámara debe renovarse por entero en cada reunión.
El nuevo proyecto constitucional que da al Ejecutivo un veto
suspensivo y que al mismo tiempo dispone que el Congreso se renueve
en su totalidad cada cuatro años, es absurdo, es contradictorio;
con la izquierda da y con la derecha quita.
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Poder judicial
He pedido jurados y ahora quiero jueces, jueces responsables
para que no sean arbitrarios, jueces inamovibles para que sean
independientes. La interpretación de la Constitución y de las leyes
es una necesidad de cada día; ¿ reuniréis extraordinariamente el
Congreso siempre que sea preciso interpretar una ley? Al juez la
interpretación, ¡esa es la única defensa que le queda contra las
usurpaciones de los Congresos que quieran anularlo!
Romped sobre todo ese fatal anillo que habéis llamado Colegio
electoral; de él sale el rayo revolucionario. Las elecciones no
deben hacerse a un tiempo y del mismo modo; no; cada cosa debe
elegirse a su modo y a su tiempo. Escoged, combinad; en la elección
está la razón, en la combinación está la sabiduría. Sólo a
nosotros, Hispanoamericanos, nos ha podido ocurrir la idea de que
el Presidente de la República se elija lo mismo que el Senado, y el
Senado, juez, lo mismo que la Cámara, fiscal.
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Iglesia - Estado
En vez de esos intolerantes artículos que declaran que la
Religión Católica es la única cuyo culto sostiene la República, he
pedido la tolerancia religiosa, derecho natural del hombre que la
sociedad no debe violar. Y ahora, en lugar de esos palabreros
artículos que dicen ser un deber del Gobierno proteger a los
granadinos en el ejercicio de la Religión romana, pido que al
Arzobispo de Bogotá se le declare Gran-Patrono de la Iglesia
católica en este país, con veto suspensivo, semejante al que pido
para el Ejecutivo, veto que sirva para atajar cualquier ley que
tenga por objeto robar a la Iglesia sus propiedades, o arrebatar a
los sacerdotes sus diezmos, sus primicias, las pobres rentas de que
hoy medio-viven. ¿ Mandáis al Gobierno que proteja la Iglesia al
mismo tiempo que le dejáis libertad para robarla? ¿No será mejor
que la Iglesia tenga cómo protegerse a sí misma? ¡Hombres
religiosos sin fanatismo ni superstición! ¡ Hombres ilustrados sin
ateísmo! ¡Vosotros que creéis conmigo en la unidad y trinidad de
Dios, en la redención en Cristo, en la unidad eterna y soberana de
la grande Iglesia, vosotros que juzgáis conmigo que no puede haber
Religión sin culto, ni culto sin sacerdotes , ni sacerdotes sin pan
, decidlo vosotros! ¡ escoged entre las palabras y las cosas, entre
un vano mandato y una política y eficaz garantía!
Pero si los sacerdotes no deben ser mendigos, tampoco deben ser
saltimbanquis. La ley constitucional debe excluírlos de todo cargo
político sea el que fuere. No es decente que un sacerdote suba al
púlpito después de haber dado y recibido injuries en una tumultuosa
asamblea legislativa: no es debido, no, que se presente a juzgar
las conciencias en el tribunal de la penitencia, después que se
haya degradado públicamente intrigando en las elecciones
populares.
Si queréis que en este país haya Religión, respetad a los que la
representan, pero obligadlos también a que se respeten a sí
propios. No les robéis lo que" es suyo, pero tampoco los
dejéis meterse en lo que no les pertenece. Regnum meum non est de
hoc mundo.
Yo querría además que a cargo de los sacerdotes se pusiese la
educación religiosa y moral. Dejáos de moral utilitaria; no hay más
doctrine moral que el Evangelio ni más ley moral que el
Decálogo.
Esa misma exclusión de todo cargo político que pido para los
sacerdotes, la pido también para los jueces. Tanto el juez que
aplica la ley divina como el juez que aplica la ley humane, deben
quedar limpios de todo color de partido, deben evitar toda lucha en
que aparezcan como parte interesada, deben vivir sin ambición, sin
aspiraciones y sin acarrearse los odios que los ambiciosos y los
aspirantes se acarrean. El sacerdote solo debe ser odiado del
pecador endurecido a quien represente: el juez solo debe ser odiado
del malhechor feroz a quien castiga.
He aquí en resumen, señor Mosquera, lo que yo pido del cuerpo
constituyente de la Nueva Granada para que tengamos pies y
cabeza.
Como en esta carta solo pretendo establecer los principios y
presentar indicaciones generales, para los números siguientes me
reservo sacar todas las consecuencias que desenvuelvan esos
principios, y explanar todos los motivos que justifiquen esas
indicaciones.
Por ahora, vuelvo a mi tesis fundamental. Aprendizaje práctico
de la democracia.
He comparado la política con la educación; mas ahora os confieso
que esas dos cosas en mi pensamiento se confunden en una sola.
¿Qué es educarse? ¿Será aprender a leer? ¿Será devorar muchos
libros? ¡No! educarse es engrandecer perfeccionar todas nuestras
facultades, ejercitándolas todas. Así educarse es vivir para vivir
cada vez más.
¿Qué es una Constitución? La ley fundamental que determine la
vida política de un pueblo. Es decir, es el sistema de educación
política que a ese pueblo da su legislador.
Ahora bien, tanto para el individuo como para el pueblo se
pueden adoptar tres sistemas de educación, entre los cuales debe
elegirse: y en cada uno de esos tres sistemas de educación, hay dos
épocas que deben distinguirse con sumo cuidado.
Estas distinciones no son arbitrarias; suplico a mis lectores me
presten aquí toda su atención.
Yo comprendo pues que un padre puede hacer que sus hijos se
eduquen de tres maneras.
Puede trabajar sin cesar para darles pan, habitación y lecho;
puede satisfacer así todas las necesidades físicas y pasivas;
cuidadoso de su salud se afana por evitarles el menor desorden;
cuidadoso de su inocencia no les deja la menor libertad; los
mantiene pues bajo la más estricta tutela; los deja vegetar más
bien que vivir; y los conserve muchos años tan gordos, tan sanos, y
aún tan alegres y contentos, como al caballo que tiene en su
establo y a los pollos que tiene en su gallinero.
Una mujer tímida adoptaría sin duda ese sistema, pero vos, señor
Mosquera, hombre ilustrado y firme, decid, lo querrías para
vuestros hijos?
¿Qué resulta al fin de todos estos tristes cuidados? ¿En qué
viene a parar esa inocencia inactiva, ociosa? ¡Ay! al fin llega el
momento en que deben dejar de ser niños para ser hombres; han
crecido en cuerpo, en inteligencia, y en pasiones; pero sin haber
aprendido a domar y dirigir sus pasiones, a usar de su
inteligencia, y a sostener su cuerpo? ¿ Y en qué para todo? Ese
padre cuidadoso, benévolo, vigilante de quien todo dependía, que de
todo se encargaba, que por sus hijos lo hacía todo sin dejar que
ellos hiciesen nada; ese padre al fin, envejece, enferma y muere. .
. Y nueve hijos-gallinas, que jamás manejaron dinero, que jamás
hablaron con mujeres, al hallarse solos y dueños de si se dejan
robar su inocencia y su salud por la primera prostituta que les
sonría y se dejan estafar su ;herencia por el primer bribón que les
adula. Inmortal autor de Gil-Blas ¡tú ya lo habías dicho a la
posteridad en tantos admirables cuadros, en tantas inimitables
escenas; mas la posteridad desconocida no ha sabido sacar fruto de
tus lecciones!
¡ Leed a Gil-Blas, padres de familia ! ¡ Legisladores de
naciones leed a Gil Blas!
Leedlo sí, legisladores; porque ese mismo sistema de falsa
educación que sus padres y su tío el canónigos dieron a Gil-Blas,
es el mismo sistema de educación política que algunos gobiernos den
a sus pueblos.
A un pueblo, como a un individuo, en efecto, puede mantenérsele
gordo, sano y contento. . . ¡pero ocioso! Orden sin libertad, paz
sin actividad; he aquí el sistema de la España para sus colonias,
de los Luises XIV, XV y XVI para los franceses; del Czar para sus
moscovitas.
¡ Mas ay! en el eterno libro de los destinos de los pueblos, el
dedo de Dios tiene escrito: que a la paz odiosa del despotismo
seguirán siempre las revoluciones de la anarquía. ¡ Después de la
tutela vendrá la corrupción, cuando el padre muera, y cuando el
cetro del déspota se rompa!
¡Después de la España, Bolívar, y también 1840! ¡ Después de los
Luises, Mirabeau, y también 1793!
¡La Rusia—no lo dudéis; dudarlo sería dudar de la
Providencia—la Rusia también esconde en su negro porvenir, su
Mirabeau, su Bolívar, su 1840, su 1793!
Hemos visto un extremo; veamos el extremo opuesto.
En frente del primer padre que he pintado, puede concebirse otro
que hará precisamente lo contrario. Este ni cuidará de sus hijos ni
cuidará siquiera de sí mismo; no solo no les dará libertad sino
licencia, no solo los pondrá en actividad sino en desenfreno, no
solo los dejará ir manejando sus bienes, sino que desde el
principio los dejará que dilapiden todo. Lejos de corregirlos, aun
se dejará abofetear por ellos; no será ni su tirano ni su padre,
será su esclavo. No será su juez, será su juguete.
¡Oh! ¿no es éste el Gobierno que nos dejó la Constitución de
1832?
Hemos visto los dos extremos; detengámonos ya en el medio.
¡Rousseau! permite que mi inexperta mano coja de tu tumba la
elocuente pluma que escribió el Emilio. Permite también a un
cristiano del siglo XIX separe de tu libro los tristes arrebatos a
que te obligó a la tiranía y las impías exageraciones a que te
obligó tu siglo ateo, destinado a destruir y no a regenerar. Tu
eras harto superior a ese siglo de blasfemos libertinos que no te
comprendió y que solo supo exasperarte, corromperte, calumniarte y
perseguirte en tu vejez y hasta tu muerte; a tí que tampoco lo
comprendías, y que unas veces fuiste su cobarde prosélito y otras
su severo y casi salvaje censor. Déjame, pues, que te tome en tu
siglo a tí y que separe de tí a tu siglo; déjame, que olvide las
torpes liviandades de tu Julia, los sofismas de Wolmar, de Eduardo
y de Saint-Preux, el deísmo inconsecuente de tu Vicario saboyano:
déjame solo que recoja en toda su original pureza, en toda su
primitiva verdad, la grande, fecunda, inspirada idea que produjo a
Emilio.
Yo comprendo pues con Rousseau a un ayo joven, activo,
despreocupado, vigilante, que se apodera un niño en su cuna, para
formar de él un hombre, y que después lo acompaña y lo dirige toda
su vida, no para impedirle que viva sino para enseñarlo a vivir. Yo
comprendo a este ayo que jamás se separa de su alumno, para
evitarle que caiga y para enseñarlo a que se levante cuando ha
caído. Yo comprendo a ese ayo cuando deja a su alumno que corra,
salte, ande de noche a oscuras, camine de día a caballo y a pie,
para que cobre fuerzas y adquiera agilidad. Yo comprendo al ayo
cuando deja a su alumno que se pierda en los bosques, para que
aprenda el curve del sol y la situación de los puntos cardinales
del horizonte, y luego la astronomía de Kepler y de Newton toda
entera. Yo lo comprendo cuando deja a su alumno llorando solo, por
no haber ido a un paseo al cual se le había convidado por una
esquela; así aprenderá a leer y luego a escribir. Yo comprendo a
ese ayo cuando priva a su alumno de criados, para que aprenda a
servirse y a procurárselo todo por sí mismo; cuando lo deja
hambriento con la carne junto al fuego para que aprenda a asarla;
cuando lo pone al lado de un hortelano para que aprenda a cultivar
un huerto; cuando lo abandona al otro lado de un río manso y sin
peligros para que aprenda a atraversarlo nadando.- Yo comprendo al
ayo cuando mete a su alumno poco a poco en el mundo y permite que
le engañen para que aprenda a no ser engañado, y permite que lo
estafen para hacerlo entrar en cuidado contra los tramposos. Yo lo
comprendo cuando, sin dejar a su alumno que se corrompa, lo lleva a
las altas sociedades y lo deja tratar con mujeres, falsas aunque
hermosas, y despreciables aunque elegantes, para que aprenda a
reconocerlas. Yo lo comprendo cuando, sin piedad y sin lástima para
sin burla, deja a su alumno que recoja todo el castigo de sus
arrebatos de presunción, para que aprenda a ser modesto y
humilde.—¡ Oh ! ¡ yo creo comprenderte. Rosseau, cuando rodeas
a tu Emilio de dificultades para que aprenda a vencerlas, cuando lo
pones bajo el yugo de la necesidad para que aprenda paciente a
soportarla sin vanas quejas!
Mas tu grande inteligencia no previó una terrible objeción. Tu
ayo no era inmortal, ni imposible; al morir, al enfermar, al
casarse, al tener que trabajar o que ausentarse para poder vivir él
mismo, ¿qué hubiera sido del querido Emilio?...
Pero no; tu sublime, tu inspirada idea no podría ser una
impracticable utopía. No, no lo es, yo conozco en la sierra un ayo
que nunca enferma, que nunca muere, que nunca se ausenta, que puede
dedicarse exclusivamente a velar sobre su alumno!
¡Ese ayo se llama Gobierno y su alumno es el Pueblo!
¡Yo comprendo, pues, un Gobierno que siempre vele sobre el
pueblo sin aherrojarlo; que sea la soberana cabeza que dirija la
actividad de unos pies libres!
Un Gobierno que conserve el orden mientras el pueblo trace el
aprendizaje de la libertad.
Un Gobierno que concede al pueblo jurados para todo, con jueces
permanentes que los ilustren.
Un Gobierno que apartando casi del todo al pueblo de la
dirección de los negocios nacionales que solo de lejos le tocan, le
deje la disposición absoluta de los negocios que le atañen de
cerca; y que, en la dirección de estos últimos, lo deje sin piedad
caer para que aprenda a levantarse, y lo deje sin miedo cometer
errores para que aprenda a tener aciertos.
¡Pies y cabeza! ¡Libertad y orden!
¡ Libertad y orden ! ¡ Pueda yo esperar que ese magnífico
pensamiento no sea solo una vana palabra escrita en lo alto de los
pendones granadinos, sino también una realidad que procure a
nuestra patria su nueva Constitución!
He dicho que en cualquier sistema de educación que se adopte,
hay dos épocas que deben distinguirse sumo cuidado.
Estas dos épocas son: aquella en que el alumno aún niño está
recibiendo de otro la educación: y aquella en que ya hombre puede
seguir educándose, viviendo, y gobernándose solo y por sí
mismo.
En la primera de estas dos épocas, el alumno aún niño necesita
trabajar mucho, y el maestro por su parte necesita de mayor
autoridad que nunca.
En la segunda época, el alumno, ya hombre, siempre necesita
continuar en unos ejercicios que cada vez le serán más fáciles; y
el maestro entonces puede aflojar en su autoridad y vigilancia que
cada vez van siendo menos necesarias.
Esta misma distinción de épocas debe hacerse en la educación
política del pueblo.
Nuestra irracional Constitución de 32 lo hizo todo al revés. Al
pueblo granadino, que era niño, le quitó todo aquello en que
pudiera ejercitarse; y al Gobierno de ese pueblo-niño lo constituyó
más débil que lo es actualmente el Gobierno del pueblo más hombre y
más civilizado.
Decidlo, señor Mosquera, ¿no es esto hacerlo todo al revés? Y
sin alteraciones poco sustanciales; ¿no es esto mismo lo que en 42
se nos ha ofrecido?
Decidlo, confesadlo, señor: sé que no tenéis vanidad; y por eso
apelo a vuestro patriotismo, a vuestra meditación, y a vuestra
buena fe, un granadino que apreciaría más una censure, una
corrección de vos, que los más lisonjeros elogios que no vinieren
de tan recto Y competente juez.
Soy con profundo respeto, de vos atento servidor y seguro
amigo,
J. E. C.
Noviembre 27 de 1842.