EL PENSAMIENTO CONSERVADOR
Las bases filosóficas
¿En qué consiste este conservatismo que profesamos? ¿Cuáles son
sus bases esenciales? ¿Por qué las consideramos buenas como sistema
de gobierno? ¿Qué valor tienen como aplicación práctica para la
vida nacional ?
Porque una ideología política no se tiene como una hipótesis de
cosmología para que la mente descanse tranquila en la explicación
probable de un fenómeno. Los partidos se hicieron para la vida, sus
programas para la aplicación, sus tesis para la realidad. Su valor
se comprueba aplicándolos a los pueblos. Verdad individual en el
cerebro deben ser realidad saludable en la vida.
Conviene, pues, explicar, qué es lo que opinamos y por qué
creemos buena y práctica la opinión.
Como cuaderna nuestra de la estructura mental, se extiende un
extremo a otro del pensamiento la filosofía de Tomás de Aquino.
Ella se infiltró en nuestro ser durante la segunda enseñanza y para
que sea mayor y más alharaquero el escándalo de libres pensadores y
clerófobos, tenemos a gala declarar que fueron nada menos que los
odiados padres Jesuitas quienes por tal camino nos adentraron.
Tomás de Aquino no es un nombre cualquiera en los anales del
pensamiento humano. Es un monolito gigantesco, de esos que amojonan
la historia de milenio en milenio. Para amarlo o para odiarlo, para
seguirlo o pare combatirlo , los pensadores de la especie deben
detenerse ante él. Si de Agustín, el de Hipona heredó en sus
arrebatos místicos y el entusiasmo, en cambio escogió en los
sistemas griegos la lógica de Aristóteles y con los silogismos del
estagirita como método, construyó el sistema completo de la
filosofía católica. El Buey lo llamaron sus contemporaneos,
aludiendo a cierta inefable historia, que muestra la ingenuidad
terrestre del santo sabio, absorto en las cosas del espíritu. Al
Buey se parece por la sólidez serena de su marcha, por su
formidable potencia de trabajo, por la tenacidad sublime de su
obra. Suma Teológica llamó su enciclopedia de pensamiento. Y es en
verdad la suma de todos los conocimientos encaminados al de las
últimas causas y razones de las cosas. Desde su aparición dominó
las escuelas. París, Bolonia, Alcalá, Salamanca, continuaron su
espíritu; si los imitadores de ínfima clase llegaron a
prostituírlo, olvidando la esencia para fijarse sólo en los
accidentes de la trabazón dialéctica, tocole en cambio, a la
sabiduria de León XIII restaurar el antiguo prestigio al recomendar
en memorable encíclica la filosofía del Doctor Angélico.
La filosofía escolástica produce dos efectos sustanciales en la
mente: uno de carácter espiritual, consiste en la ordenación de
todos los acontecimientos y fenómenos a la armonía del plan divino.
Otro de carácter temporal, estriba en cierta organización lógica
del pensamiento que nos predispone al orden, nos habitua al método
y nos familiarize con la relación de causa a efecto. Nada ocurre ni
puede ocurrir que no entre en los planes de la Providencia; nada
sucede ni puede suceder que no tenga origen en una causa anterior.
Como consecuencia del primer postulado surge el principio de
subordinación del hombre a la voluntad divina; como efecto del
segundo, viene el convencimiento de la continuidad de todo proceso
a través del tiempo, ya que el efecto convertido a su vez en causa,
prolonga en una serie de encajados fenómenos el impulso
inicial.
Aplicados los anteriores razonamientos a la política, es decir
al arte de gobernar los pueblos y conducirlos a sus fines,
constituyen la esencia de la doctrina conservadora. El primer
postulado explica nuestro pensamiento moral, el segundo nuestra
actitud histórica. Vamos a verlo:
Si el mundo obedece a un plan divino, la actividad humana debe
ajustarse a él y someterse a un código moral invariable. El
oportunismo desaparece como posibilidad legítima y el relativismo
resulta absurdo. La ley moral no puede depender de las concepciones
cambiantes de los pueblos sino de una esencia permanente derivada a
su vez de la conformidad de las cosas con los designios del
Creador. Los conceptos de bueno o malo, surgen como
trascendentales, no como modo de ver las cosas según las
condiciones de tiempo y lugar. Hay una palabra que domina la
filosofía escolastica: intrínseca. Intrínseco es lo que constituye
un atributo esencial del ser que se le compenetra y adhiere como
condición inseparable. El asesinato es intrinsecamente malo. Lo ha
sido, lo es, lo será. Pueden los pueblos justificarlo en una
legislación positiva y habituarse a sus efectos, pero el asesinato
seguirá siendo malo aún cuando continúe impune. La ayuda al débil y
menesteroso ha sido, es y seguirá siendo, intrínsecamente buena.
Una tesis darwinista llevada a sus últimos extremos puede
condenarla y proclamar la conveniencia de dejar que los débiles
perezcan para que triunfe un orgulloso superhombre, pero la caridad
seguirá siendo buena, en medio de una humanidad enloquecida de
egoísmo.
De aquí surge el carácter de afirmaciones dogmáticas que domina
muchas tesis conservadoras, mejor dicho, todas las que en política
se refieren al aspecto moral de la vida humana, a las relaciones
sociales, y a los derechos y deberes del Estado.
¿Puede surgir, de lo anterior, una crítica fundamental para
nuestra doctrina?
De ninguna manera, o mejor dicho, la crítica puede venir tan
solo de sectores del pensamiento que nieguen ciertas premisas que
para nosotros son irrebatibles.
Afirmamos como atrás se dijo, la existencia de un orden moral
permanente, luego toda la actividad individual, social o política
que con él se relacione, debe estar sometida a normas invariables.
Como el orden de que hablamos depende en sí mismo de la armonía del
plan divino y de la conformidad de las cosas con la voluntad del
Hacedor, no podemos admitir que el arbitrio humano modifique, o que
el criterio tornadizo de los hombres substituya por nuevas
concepciones las bases de la moral.
Pero, ¿y las ciencias positivas? ¿Las teorías italianas del
derecho penal ? ¿ No vemos acaso, que la sociedad estimula el duelo
en una época y más tarde lo castiga? ¿No será la concepción
admitida por cada sociedad la que determine el delito? ¿No será la
sanción penal únicamente la reacción del conglomerado humano,
contra actos que amenazan destruir las bases aceptadas en
determinado tiempo y lugar, como esenciales para un sistema
especial de vida en sociedad?
Pues si usted lo admite, nosotros lo negamos y precisamente esa
es una de las razones que hacen que nosotros seamos conservadores y
usted liberal, evolucionista, positivista, relativista, que todo es
lo mismo. Afirmamos que el concepto social no crea el sentido moral
de un acto. Establecemos una diferencia profunda entre la sanción
positiva que puede ser errada y la moral que es inmutable. Cuando
el Estado castiga lo que es intrínsecamente malo, su criterio se
acomoda a la realidad moral y es acertado; cuando castiga actos que
moralmente no merecen punición, abuse de sus facultades y
extralimita la autoridad. En ese caso la víctima se llama mártir y
no reo. El imperialismo romano consideró que las doctrinas de Jesús
afectaban la esencia del imperio; que no podía coexistir la
autoridad de los pontífices con la de los césares; que el desacato
a los ídolos destruía su sistema teológico; que la adoración a un
profeta condenado en Judea con la complicidad del procónsul,
aniquilaba la grandeza romana... y abrió las jaulas del circo
contra los cristianos indefensos, gestó contra ellos el gladio,
encendió hogueras y tendio los arcos mortíferos. Estudiando el
fenómeno con criterio positivista, resulta tan solo la obra de
defensa de una sociedad amenazada; visto a la luz de nuestra
filosofía trascendental, constituye un atentado monstruoso del
poder contra los derechos inalienables de la persona humana.
¿Se desprenderá como consecuencia de las anteriores afirmaciones
la obligación para el Estado, de convertirse en una especie de
censor espiritual y de sancionar con penas temporales toda
infracción del orden moral ? Porque si tal sucede, el conservatismo
resultaría un partido inquisidor.
No. La sanción del Estado solo debe aplicarse a violaciones
morales que impliquen perturbación social. El pecado en sí mismo,
mientras no salga del marco individual , es cuestión de conciencia
y por eso afirma la Iglesia la existencia de una vida futura donde
la culpa se liquida. Constituye delito y acarrea la sanción
oficial, cuando atropella los derechos de terceros o saliendose del
cuadro propio del individuo trae consecuencias sociales.
No quieren decir nuestros principios que el Estado carezca del
derecho de sancionar por razones de bien público y con penas
correccionales, actos que siendo moralmente indiferentes perturban
intereses legítimos de la comunidad. Toda la legslación fiscal,
precisa para que el Estado perciba las rentas necesarias al fiel
cumplimiento de sus funciones, debe rodearse con una serie de
sanciones que la hagan eficaz. Pero en este caso el castigo es
simple cuestión de disciplina. Tan cierto es lo que afirmamos, que
nuestra legislación positiva castiga la mayor parte de los delitos
con la pérdida de los derechos políticos además de la pena
corporal, mientras que las simples infracciones acarrean tan solo
penas correccionales.
Tampoco significa la tesis conservadora, que constituyamos un
partido inmutable, incapaz de adaptarse a los cambios inevitables
de los tiempos y al curso de la civilización. Precisamente el hecho
de sentar una tesis de principios trascendentales, de los que no
podemos alejarnos, nos capacita para evolucionar libremente en todo
cuanto no se refiera a ellos. Afirmamos que en la teoría política
hay principios absolutos y fenómenos relativos.
Otra vez la filosofía de Tomás de Aquino.
La verdad es inmutable. El principio de contradicción exige que
una cosa no pueda ser y no ser al mismo tiempo. Día y noche pueden
sucederse, pero no coexistir. Más no deben confundirse con la
verdad los accidentes mutables que la rodean, ni son siempre
iguales los sistemas y métodos que nos sirven para alcanzarla. El
mismo problema puede resolverse por aritmética o por álgebra, sin
que la elección de procedimientos varie el resultado. De aquí que
la proclamación de principios invariables en la misión del Estado,
no implique una línea inmodificable en su organización.
Descendiendo de lo abstracto a lo concreto, podemos enunciar
fácilmente nuestros puntos de vista.
El conservatismo proclama que el Estado se hizo pare el
perfeccionamiento del individuo, que sus actividades deben
dirigirse necesariamente al bien del hombre. En esta afirmación no
admitimos atenuaciones. El hombre tiene un fin último ultraterreno.
Como dueño de un alma inmortal, sus intereses fundamentales son
superiores a los del Estado. Si de tejas para abajo el Estado
sobrevive, sabemos en cambio que en proceso definitivo de la
existencia, cuando el tiempo desaparece en el abismo de la
eternidad, el Estado es lo pasajero y el hombre lo permanente.
Pero en cambio, en la adopción de medios para que el Estado
cumpla debidamente su misión, el conservatismo deja de ser
dogmático para convertirse en positivista. Exigimos que las
actividades públicas se encaminan al bien del individuo, pero
aplicamos un criterio histórico y de circunstancia para escoger el
sistema. Comprendemos que el cambio de los tiempos trae problemas
nuevos y nuevas soluciones. En un país consideramos la monarquía
como la mejor forma de gobierno, en otro la república y admitimos
que en ambos pueden presentarse tales cambios en medio ambiente y
de constitución social, que la forma buena hace siglo, sea hoy
inadecuada y la que hoy consideramos excelente, caduque mañana por
ineficaz e inoperante.
En resumen, admitimos un campo de afirmaciones absolutas y otro
"dejado por Dios a las disputas de los
hombres".
Estriba en esto una de las mayores ventajas del conservatismo
como partido de larga duración.
En efecto, todo partido político sometido al choque de la lucha
necesita para subsistir dos condiciones: fortaleza y elasticidad.
La estructura trascendental le comunica fortaleza el revestimiento
temporal lo vuelve dúctil.
Un partido político tiene dos aspectos esenciales. Como doctrina
constituye un sistema de ideas; como fuerza viva, un método de
acción.
Naturalmente las ideas encarrilan el procedimiento, ya que la
acción política es una brega continúa para convertir la teoría en
la práctica, por hacer de la acción gubernamental una aplicación
del principio profesado. Por eso un mandatario leal no puede
afirmar que prescinda de la política en sus actuaciones, porque si
lo hace, o no obra con sinceridad o piensa sin ella.
Vamos ahora a exponer las líneas generales de nuestro
conservatismo mental.
Para proceder con orden, vamos a tratar nuestra doctrina en
varios aspectos generales:
1. Concepto del Estado.
2. Relaciones del individuo con el Estado.
3. Funciones y misión del Estado.
Concepto de Estado, sus relaciones y funciones
Un partido político es una colectividad humana que actúa dentro
del Estado y para el Estado. Por lo tanto la primera consideración
que se impone a quien desea pertenecer a él como miembro
consciente, es el concepto que se forma del Estado mismo. Como
consecuencia surgirán tesis que con él estén de acuerdo. El
marxista cree que el Estado es una forma de organización destinada
a desaparecer y debe encaminar sus esfuerzos a apresurar esa
desaparición; el estatólatra considera que el Estado debe absorver
por completo la personalidad humana y construye en consecuencia un
sistema de ideas que tienden a disminuir día a día la misión del
individuo. El liberal le asigna un papel de simple guardian de la
seguridad y debe, por lo tanto, limitar sus actividades al mínimo
posible.
¿Y el conservador? Nosotros creemos que la sociedad civil está
destinada al perfeccionamiento y servicio de la persona humana.
Sobre esta tesis construimos una teoría completa que tiene su
fundamento mental y su aplicación política.
El hombre es social por naturaleza, es decir, que Dios lo dotó
de un temperamento sociable, mejor dicho de una necesidad de
asociación. Requisitos indispensables para la conservación y
propagación de la especie, lo obligan a formar la sociedad
elemental que es la familia. En ella, por consecuencia espontánea
de los hechos, reina el padre, cabeza y centro del primer nucleo
humano.
Pero la familia misma no es un fin, sino un medio. Su fin es el
hombre, destinado a su vez a la consecución de objetos
ultraterrenos. Perfeccionar la familia como entidad, como sujeto
definitivo no nos interesa, sino perfeccionarla para obtener con
eso un mayor perfeccionamiento del individuo.
En principio las únicas sociedades absolutamente necesarias para
el hombre son las familiares. No puede surgir sin ellas a la vida,
ni conservarla sin su ayuda. Nace tan débil que en sus primeros
años sucumbiría al cúmulo de amenazas external que lo asedian. No
es como el hijo de los animales inferiores que empiezan su ciclo
vital dotados de medios suficientes para abrirse camino. La madre
debe velar sobre la cuna de la frágil criatura en cuyos ojos
asombrados empieza a arder la inteligencia. Pero ya maduro, al
menos en teoría, el hombre podría cumplir la plenitud de sus
destinos morales solo e inasociado. Abandonádlo en una isla
desierta y aunque la especie no se perpetua, la razón natural puede
abrir al hombre los caminos de la vida futura.
Pero el hombre no es un ser estacionario sino que tiende al
mejoramiento. Al dilatarse la familia, como continúa el instinto de
asociación, viene la tribu. Con ella el hombre amplía su radio de
acción y hace surgir al lado de las empresas familiares otras de
índole social.
Hay tareas y designios que se cumplen en común. La simple
autoridad paterna no basta pare mantener unidos con el vínculo
común de la disciplina a gentes de distintos troncos y de análogos
intereses. Surge entonces la autoridad política como entidad
aparte, embrionaria tal vez, pero en todo caso suficientemente
definida para que podamos caracterizarla como la primera forma de
aparición del Estado. La familia continua su existencia, el
patriarca rige en el ámbito del hogar las cuestiones domésticas,
pero como ha nacido un fenómeno que se llama interés público, viene
también para organizarlo la autoridad pública.
Sus formas evolucionan a través de la historia pero su esencia
no se modifica. La sociedad civil requiere una autoridad y ella
brota de la necesidad misma. Cacique, régulo, emperador,
presidente, comisario del pueblo, todas las cabezas de sociedad
cumplen una misma misión bajo distintos nombres. Dirigen el Estado,
embrionario o perfecto.
Pero ¿para qué surgió el Estado? Para ayudar al
perfeccionamiento del individuo. Para eso y nada más que para eso.
He aquí la esencia de nuestra tesis conservadora.
Es una tesis tomística. El hombre cumple dentro del Estado mejor
que fuera de él multitud de funciones Y las cumple más
ordenadamente. En las amplias sociedades humanas constituidas
aparece la división del trabajo que es base de la civilización.
Ella permite al intelectual el cultivo de altas disciplinas, que no
podría contemplar si fuera al mismo tiempo como en remotos tiempos,
sembrador material de los campos o cazador en los bosques; el
mistico se dedica a la velación misteriosa que lo comunica con la
divinidad, y al amparo de la asociación civil, se desarrollan y
prosperan artes y ciencias. El derecho de defensa, que en manos del
individuo puede extralimitarse y convertirse en agresión moderada,
pasa a la comunidad que instituye policias y ejércitos; la
legislación positiva fija normas generales para dirigir las
querellas; el Estado amplía más y más su radio de acción a medida
que crecen las complicaciones de la vida , pero no puede olvidar
que es tan solo el instrumento destinado a que el individuo afirme,
dilate y perfeccione su personalidad.
Naturalmente, la aparición del Estado tiene de modificar los
derechos que el individuo posee fuera de él, porque esa aparición
implica el surgimiento de una condición que se llama el interés
social, ante el cual debe abdicar el individuo multitud de
prerrogativas y en ocasiones hasta el derecho mismo de la vida.
En la apreciación de ese interés social encontramos caracteres
de clara división de los partidos políticos.
Algunos entienden por tal, lo que interesa al Estado como
Estado: expansión económica, extensión de las fronteras, aumento
del poderio material; la gama completa del imperialismo, desde su
forma brutal y nítida de conquista violenta, hasta las sutiles
preeminencias de orden económico que con las redes del dinero van
encadenando los pueblos pequeños a la carroza triunfal de los
orgullosos dominadores del mundo.
Semejante concepto lo rechaza el conservatismo. Interés social
es el del mayor número de individuos como tales, siempre que repose
en motivos legítimos. Su fundamento es el bienestar moral y
material de los hombres como hombres, no como miembros de una
comunidad impasible. Cuando así se entiende, honrada, rectamente,
reconocemos que el interés individual debe ceder ante el social;
pero no permitimos que se falsifique el concepto y que los derechos
naturales se abismen en las fauces hambrientas de un Estado todo
poderoso.
Nuestra tesis no aminora el prestigio de conceptos que son tan
claros como la sangre de las venas, el patriotismo por ejemplo,
sino que lo aquilata. En el mundo moderno y en las naciones ya
constituídas, el Estado se confunde con la patria y todo varón bien
nacido la ama con pasión. Pero la amamos razonablemente como a
madre nutricia del pensamiento que nos ofrece una tradicidn de
cultura y una herencia de puntilloso honor; como depositaria de
tradiciones que nos vinculan con los muertos y atarán más tarde
nuestras existencias a las vidas futuras; como conglomerado social
que vela por nuestro bienestar humano y ejerce la tutela solícita
de nuestros derechos naturales.
Mas, ¿ cómo podríamos amarla si invirtiera su propia esencia? Si
la patria se convierte en la voluntad sistematizada de un dictador
que impone su propio modo de pensar y hasta sus modalidades de
odio; si el Estado se erige en divinidad temporal ante la cual
hayamos de sacrificar las prerrogativas de nuestra alma; si el
poder público se ejerce como la autoridad de un capataz de
esclavos, toda nuestra dignidad de hombres se rebela ante el oscuro
sistema y protestamos contra el yugo.
Los anteriores conceptos establecen una dependencia del Estado
con respecto al individuo en cuanto a sus fines intrínsecos y una
del individuo para con el Estado en asuntos temporales.
En efecto , desde que el Estado surge y se constituye , forma
una persona jurídica que como todo organismo tiende a
perfeccionarse y necesita subsistir. Nació después del hombre, pero
dentro del tiempo lo sobrevive para seguir sirviendo a nuevos
hombres. Su necesidad de supervivencia lo reviste de ciertos
derechos. En ese sentido, y solo en ese, el interés individual debe
ceder al público.
Estos conceptos se aclaran y comprenden mejor al aplicarlos a la
práctica.
Para su existencia material el Estado necesita tributos y puede
imponerlos al individuo, recortando así su propiedad. Para el
mantenimiento del orden, puede establecer restricciones a la
libertad; para salvar su existencia llega con facultad moral plena,
a pedir al individuo el sacrificio de su vida en guerras Justas.
Ademas la convivencia social en sí misma y precisamente para
producir los frutos a que se destina, implica limitaciones a las
actividades del individuo. De la selva a la ciudad hay una enorme
distancia, que no se manifiesta tan solo en la modificación de las
condiciones materiales de la vida, sino en multitud de aspectos que
se refieren al desarrollo cultural de la misma. Todo se limita y
debe limitarse: la libertad de tránsito; la de edificar a su amaño,
hasta el simple hecho de gritar y cantar, tienen sus limitaciones
en la vida civilizada. El Estado no podría cumplir su misión si
dejara al individuo la plenitud de sus libertades que pasarían
entonces a convertirse en caprichos.
Pero el interés social se manifiesta también desde otro punto de
vista, en forma de bienestar pare el mayor número. El individuo no
vive aislado y su desarrollo y expansión hen de entenderse dentro
de límites que respeten el derecho de los demás. Como no sería el
individuo Juez competente pare resolver litigios en que es parte,
la autoridad del Estado ha de erigirse y se erige como poder
moderador y distribuidor de la justicia.
Surge aquí una diferencia substancial de nuestro credo con el
del liberalismo manchesteriano, o liberalismo a secas, viejo
proclamador de la teoría del Estado gendarme. Somos
intervencionistas. No queremos que la autoridad pública presida
impasible los episodios de una lucha desesperada de intereses y
ambiciones en que el individuo suelte libremente todos sus
instintos de rapacidad y de egoísmo; no la constituimos en árbitro
de semejante pugilato. Sabemos que la naturaleza creo profundas
desigualdades entre los miembros de la especie humana y que las
complicaciones de la vida tienden a aumentarlas, y deseamos que el
Estado ejerza una función moderadora para restablecer en favor de
los débiles el perdido equilibrio. Reconocemos la lucha darwinista
de las especies y de los individuos como un hecho y no como un
derecho, y a restablecer el último, encaminamos el poder público.
Seguimos en esto las enseñanzas de admirables pontífices, sobre
todo las de esa antorcha de los tiempos modernos, León XIII, cuya
luz apacible se encendio como un faro de esperanza sobre las
tinieblas de la humanidad enloquecida. El, como su homónimo el
vencedor espiritual de Atila, detuvo la invasión de los barbaros a
las puertas amedrantadas de Europa.
Si nuestro intervencionismo nos separa de las escuelas
liberales, el modo como lo entendemos y queremos verlo practicado,
pone valla infranqueable entre nuestra ideologia y la de las
múltiples escuelas socialistas.
Vemos en el Estado un restaurador de la justicia, pero no un
hacedor de la misma. No es la voluntad del conglomerado social,
llámese parlamento o dictadura del proletariado, la que establece
normas de justicia por su propia virtud. La justicia existe en sí
misma, derivada de la naturaleza esencial de las relaciones entre
los hombres, de los derechos naturales, del orden creado por Dios,
el Estado puede apenas restablecerla cuando hechos materiales la
destruyen, o protegerla cuando otros la amenazan. Su poder no debe
extenderse más alla. Puede reglamentar el derecho de propiedad,
pero no lo crea; puede limitarlo en bien del interés social, pero
no destruirlo; puede dictar normas para el buen funcionamiento del
trabajo, pero no atentar a su esencia ni privar al hombre de la
libertad de escogerlo. Mucho menos puede convertirse en depositario
y dueño de los derechos naturales, proclamandose el único
propietario legal. La propiedad está en el hombre y no en el
Estado; si éste posee, lo hace como persona jurídica, pero nunca
emana de su voluntad desenfrenada el derecho de poseer v
disfrutar.
Profundizando un poco este concepto, vemos en el Estado, un
guardian solícito cuya guarda debe incrementarse a medida que
crecen los peligros; las escuelas socialistas lo consideran como
amo todopoderoso. Nosotros creemos que el derecho individual está
por encima del Estado, ellos creen que el individuo no puede tener
sino los derechos que el Estado le consiente. En resumen, nosotros
creemos en un derecho natural que existe precisamente porque existe
también la persona humana; ellos creen en un derecho positivo, que
nace del Estado y apenas como delegación pasa al individuo.
Establecidos los anteriores principios, surgen en buena lógica
conclusiones fecundas.
En primer lugar, la de que el conservatismo filosófico no es un
partido despótico, sino que entendido legalmente es el más liberal
de los idearios políticos, en cuanto establece la libertad humana
como un postulado trascendental e indeclinable. No somos libres
cuando el Estado lo quiere, ni en la medida ni hasta el límite que
lo quiera; lo somos por ser hombres y es el Estado, dócil a las
causas íntimas de su existencia, quien está obligado a reconocer,
respetar y proteger nuestra libertad. Los positivistas de diversas
doctrinas, sostienen el derecho emanado de la sociedad, nosotros
los sostenemos emanados de la naturaleza humana; el concepto social
puede cambiar y con él desaparecer la libertad; la naturaleza no
cambia y por eso tampoco pueden periclitar sus fundamentales
derechos. Somos libres no porque el Estado lo quiere, sino porque
venimos al mundo por voluntad de Dios, recibimos de El un libre
albedrio que se ejerce a despecho de toda tiranía como un sello de
la divinidad.
De aquí que el conservatismo tenga también un aspecto
doctrinario de rebeldía en determinadas circunstancias. Si
proclamamos la posesión de derechos superiores a la voluntad del
Estado y a los mandatos positivos de la ley, es claro que no
podemos obedecerla cuando los vulnera, ni reconocer al soberano la
facultad de mandar cuando la ejerce fuera de su campo legítimo de
acción. En esos casos, nuestra rebeldía no es revolucionaria sino
la reacción natural y a veces violenta del derecho contra el
atropello, de la libertad contra el despotismo, de la conciencia
contra la imposición, de la vida contra la muerte. No es que el
mártir no quiera someterse al César; es que no puede.
Va en ocasiones tan lejos la usurpación del derecho, que la
relación llega a los límites de la protesta armada; la mayoría de
las veces es la resistencia pasiva y silenciosa, que no derrama más
sangre que la propia y se inmola en consciente holocausto para la
restauración del porvenir.
Es porque la resistencia ante el Estado usurpador no es el
ejercicio solo de un derecho, sino el cumplimiento de un deber. Si
el Estado ordena llevar nuestros hijos a las escuelas ateas y
desobedecemos al mandato, no es porque nos neguemos a renunciar a
un derecho sino porque la ley natural y la divina nos obligan a
educar a nuestra prole dentro de ciertas normas morales, es decir,
nos imponen un deber. El derecho sería renunciable sin perjuicio,
pero el moral no está en nuestras manos declinarlo.
Todo esto depende de que el conservatismo filosófico sea un
partido trascendental. Creemos que en los asuntos fundamentales del
orden moral hay bueno y malo, con bondad y maldad absolutas, no
relativas. Lo que infringe la ley moral es malo y lo que a ella se
acomoda es bueno; ayer, hoy y mañana. Ni lo uno ni lo otro pueden
renegar de su esencia o modificarla. La verdad es absoluta como
afirmación de existencia de las cosas que son y la mentira será
siempre el ente antagónico, la contradicción en marcha, la
tentativa estéril de la nada por convertirse en ser.
Claro está que estas afirmaciones se aplican solo a los
postulados de orden moral. Fuera de ellos vive lo contingente.
Formas de gobierno y de estado, régimen fiscal, cuestiones de
fomento, pasan y mudan con el vaivén tornadizo de los tiempos. Hoy
son y mañana no parecen. Por perfeccionarlos unas veces, por
destruirlos otras, luchan los hombres y se agitan en una eterna
marejada de fuerzas que va elaborando a través de los siglos la
delicada trama de la historia.
Ante todo, son contingentes los hombres mismos y sus flacos
designios.
Exaltar o deprimir en ellos los partidos, es tarea de quienes
ven apenas la superficial corteza de las cosas y no buscan la
áspera nuez de principios que se esconde en toda la lucha política.
Muchas veces, por error de inteligencia o de corazón, el paladín
excelso milita en las filas del error y otras el artero malvado se
acoge a las banderas de la verdad. Pero nada cambia al panorama
intrínseco la repartición de las figuras. Roberto Lee, empeñado en
defender las tesis de 18 estados esclavistas y en salvarlos de la
derrota con sus soberbias dotes militares fue un héroe, pero su
causa siguió siendo un crimen.
Venimos afirmando la inviolabilidad de los derechos naturales y
la superioridad del individuo como persona concreta frente al
Estado que es entidad abstracta. Pero nos queda un problema más
serio.
El hombre no solo vive en asociaciones civiles, sino que forma
parte, también, de sociedades religiosas. Como estas no se limitan
a regir actos de pura conciencia sino que fijan normas para las
relaciones sociales, como las que rigen la formación de la familia,
aparece la permanente posibilidad de un conflicto entre la
autoridad civil y la religiosa.
El Estado, que tiene el vicio de ser imperioso, ha tratado de
solucionar el conflicto por dos sistemas princinales; absorción o
sujeción.
Para el primero, junta en una misma persona la jefatura suprema
de las dos potestades. Es el caso de los Césares, pontífices
máximos, repetido multitud de veces en la historia, que alcanzó su
culminación en la Turquía prerrevolucionaria, donde el sultán era a
la vez el califa, cabeza temporal de sus súbditos y jefe esniritua1
de los seguidores del Islam.
Para el segundo apela a las leyes de persecución. La Francia de
antes de la guerra, México, España, apelando para mayor irrisión a
principios liberales, levantan la ley como un sistema de importar
lo que llaman orgullosamente la supremacia del poder civil. Para
escarnio de la civilización contemporánea, el orden de persecución
surge casi siempre del seno oscuro de las logias, ese poder de las
tinieblas que es quien realmente ejerce la verdadera
"supremacia sobre el poder civil".
Ambos sistemas son absurdos.
Puede en determinados instantes juntarse en una misma persona el
ejercicio de las dos potestades, pero hacer que por el hecho de
serlo el jefe del Estado se convierte en jefe de la religión, es
confundir cuestiones sustancialmente distintas. La segunda para
destinos eternos. No vale alegar en contra el caso del papado
católico, unido durante siglos al poder temporal sobre los Estados
Pontificios, porque cuando Carlo Magno dotó a los papas de estado
temporales, aumentados después, lo hizo para rodear de
independencia material a los depositarios de poder espiritual, en
tanto que cuando el Estado se revista de funciones religiosas obra
así para acabar con la libertad espiritual en beneficio de la
autoridad civil. Es decir que en el primer caso asistimos a un
proceso de libertad y en el segundo a una tentativa de
servidumbre.
En cuanto a las leyes de sujeción ha sido siempre para nosotros
un problema de lógica explicarnos-sin que lo hayamos logrado-cómo
en nombre de una ideología liberal se atropellan las más sagradas
libertades.
Para comprobarlo, basta enunciar algunos postulados liberales y
enumerar luego las violaciones flagrantes que de ellos se hacen en
las leyes de persecución.
El liberalismo proclama:
Libertad de conciencia.
Libertad de asociación.
Libertad de palabra.
Las leyes liberales establecen: Esclavitud de conciencia, al
prohibir las manifestaciones públicas del culto católico; supresión
de derechos de asociarse, al prohibir las congregaciones; tiranía
sobre la enseñanza al declararla obligatoriamente laica y prohibir
el ejercicio del magisterio a institutores católicos; destrucción
de la libertad de palabra, al prohibir a los sacerdotes la libre
exposición de sus ideas y doctrinas.
En resumen, que contra cada libertad teórica, levanta el
liberalismo una prohibición positiva.
El fenómeno seria y es explicable, en el desarrollo de una tesis
católica, pero es absurdo dentro de una ideología liberal.
En efecto, el catolicismo es por naturaleza exclusivista y de
ello se enorgullece. Fundado en una enseñanza divina en la que
cree, dice, con sencillez que fuera de la Iglesia no puede haber
salvación. Su desarrollo del principio de contradicción en
filosofía, es una consecuencia teológica de la afirmación de
Cristo: "El que no está conmigo esta contra mí".
No admite términos medios. Se es, o no se es. No concede derechos
al error, ni libertad para la mentira; apenas sí, en el terreno de
la práctica les concede tolerancia. Por lo tanto, dentro de su
lógica existe el derecho de reprimir lo que no se acomoda a su
doctrina.
Pero el liberalismo es relativista. ¿Con qué derecho puede
condenar un sistema cualquiera quien afirma que la verdad no tiene
asiento fijo? ¿Por qué perjudica determinada condición del Estado ?
Pero si ese concepto, aunque sea la propia, puede ser errónea. ¿Por
qué el sistema está equivocado? ¿Pero quién lo afirma, si el
liberalismo empieza por rechazar toda infalibilidad?
Faltos de una explicacion lógica, hemos encontrado otra
sicología. El liberalismo que tiene un programa amplísimo, adolece
de una sicología perseguidora. Es muy natural; quien crea
íntimamente poseer la verdad, se siente animado de tolerancia
porque confía en el valor intrínseco de lo que posee; quien la
estima relativa, la defiende con la cólera con que se pelea por una
posesión precaria. El propietario legal recorre inerme sus
dominios; el usurpador deambula siempre armado hasta los
dientes.