INDICE





INTRODUCCIÓN

TOMO I

SIMÓN BOLÍVAR
Biografía
Carta de Jamaica

MIGUEL ANTONIO CARO
Biografía
Los fundamentos constitucionales y políticos del estado

JOSÉ EUSEBIO CARO
Biografía
Sobre los principios generales de la organización que conviene adoptar en la nueva constitución

RAFAEL NÚÑEZ
Biografía
El sentido de la política y la esencia de la política

MARIANO OSPINA RODRÍGUEZ
Biografía
Los partidos políticos en la Nueva Granada

MIGUEL SAMPER
Biografía
Vicios de la política colombiana

FRANCISCO DE PAULA SANTANDER
Biografía
Las diferencias del gobierno en la guerra y en la paz
Las relaciones entre la iglesia y el estado

CARLOS ARTURO TORRES
Biografía
Las supersticiones democráticas
Las supersticiones aristocráticas

RAFAEL URIBE URIBE
Biografía
El liberalismo, sus programas y la cuestión religiosa

TOMO II

JORGE ELIÉCER GAITÁN
Biografía
Bases para una política revolucionaria colombiana

LAUREANO GÓMEZ
Biografía
Propósitos de gobierno

ALEJANDRO LÓPEZ
Biografía
Liberalismo clásico y neoliberalismo

ALFONSO LÓPEZ
Biografía
El liberalismo y la transformación política de 1936

LUIS EDUARDO NIETO CABALLERO
Biografía
¿Por qué soy liberal?

GONZALO RESTREPO JARAMILLO
Biografía
El pensamiento conservador
EL PENSAMIENTO CONSERVADOR
 

 

Las bases filosóficas

 

¿En qué consiste este conservatismo que profesamos? ¿Cuáles son sus bases esenciales? ¿Por qué las consideramos buenas como sistema de gobierno? ¿Qué valor tienen como aplicación práctica para la vida nacional ?

Porque una ideología política no se tiene como una hipótesis de cosmología para que la mente descanse tranquila en la explicación probable de un fenómeno. Los partidos se hicieron para la vida, sus programas para la aplicación, sus tesis para la realidad. Su valor se comprueba aplicándolos a los pueblos. Verdad individual en el cerebro deben ser realidad saludable en la vida.

Conviene, pues, explicar, qué es lo que opinamos y por qué creemos buena y práctica la opinión.

Como cuaderna nuestra de la estructura mental, se extiende un extremo a otro del pensamiento la filosofía de Tomás de Aquino. Ella se infiltró en nuestro ser durante la segunda enseñanza y para que sea mayor y más alharaquero el escándalo de libres pensadores y clerófobos, tenemos a gala declarar que fueron nada menos que los odiados padres Jesuitas quienes por tal camino nos adentraron.

Tomás de Aquino no es un nombre cualquiera en los anales del pensamiento humano. Es un monolito gigantesco, de esos que amojonan la historia de milenio en milenio. Para amarlo o para odiarlo, para seguirlo o pare combatirlo , los pensadores de la especie deben detenerse ante él. Si de Agustín, el de Hipona heredó en sus arrebatos místicos y el entusiasmo, en cambio escogió en los sistemas griegos la lógica de Aristóteles y con los silogismos del estagirita como método, construyó el sistema completo de la filosofía católica. El Buey lo llamaron sus contemporaneos, aludiendo a cierta inefable historia, que muestra la ingenuidad terrestre del santo sabio, absorto en las cosas del espíritu. Al Buey se parece por la sólidez serena de su marcha, por su formidable potencia de trabajo, por la tenacidad sublime de su obra. Suma Teológica llamó su enciclopedia de pensamiento. Y es en verdad la suma de todos los conocimientos encaminados al de las últimas causas y razones de las cosas. Desde su aparición dominó las escuelas. París, Bolonia, Alcalá, Salamanca, continuaron su espíritu; si los imitadores de ínfima clase llegaron a prostituírlo, olvidando la esencia para fijarse sólo en los accidentes de la trabazón dialéctica, tocole en cambio, a la sabiduria de León XIII restaurar el antiguo prestigio al recomendar en memorable encíclica la filosofía del Doctor Angélico.

La filosofía escolástica produce dos efectos sustanciales en la mente: uno de carácter espiritual, consiste en la ordenación de todos los acontecimientos y fenómenos a la armonía del plan divino. Otro de carácter temporal, estriba en cierta organización lógica del pensamiento que nos predispone al orden, nos habitua al método y nos familiarize con la relación de causa a efecto. Nada ocurre ni puede ocurrir que no entre en los planes de la Providencia; nada sucede ni puede suceder que no tenga origen en una causa anterior. Como consecuencia del primer postulado surge el principio de subordinación del hombre a la voluntad divina; como efecto del segundo, viene el convencimiento de la continuidad de todo proceso a través del tiempo, ya que el efecto convertido a su vez en causa, prolonga en una serie de encajados fenómenos el impulso inicial.

Aplicados los anteriores razonamientos a la política, es decir al arte de gobernar los pueblos y conducirlos a sus fines, constituyen la esencia de la doctrina conservadora. El primer postulado explica nuestro pensamiento moral, el segundo nuestra actitud histórica. Vamos a verlo:

Si el mundo obedece a un plan divino, la actividad humana debe ajustarse a él y someterse a un código moral invariable. El oportunismo desaparece como posibilidad legítima y el relativismo resulta absurdo. La ley moral no puede depender de las concepciones cambiantes de los pueblos sino de una esencia permanente derivada a su vez de la conformidad de las cosas con los designios del Creador. Los conceptos de bueno o malo, surgen como trascendentales, no como modo de ver las cosas según las condiciones de tiempo y lugar. Hay una palabra que domina la filosofía escolastica: intrínseca. Intrínseco es lo que constituye un atributo esencial del ser que se le compenetra y adhiere como condición inseparable. El asesinato es intrinsecamente malo. Lo ha sido, lo es, lo será. Pueden los pueblos justificarlo en una legislación positiva y habituarse a sus efectos, pero el asesinato seguirá siendo malo aún cuando continúe impune. La ayuda al débil y menesteroso ha sido, es y seguirá siendo, intrínsecamente buena. Una tesis darwinista llevada a sus últimos extremos puede condenarla y proclamar la conveniencia de dejar que los débiles perezcan para que triunfe un orgulloso superhombre, pero la caridad seguirá siendo buena, en medio de una humanidad enloquecida de egoísmo.

De aquí surge el carácter de afirmaciones dogmáticas que domina muchas tesis conservadoras, mejor dicho, todas las que en política se refieren al aspecto moral de la vida humana, a las relaciones sociales, y a los derechos y deberes del Estado.

¿Puede surgir, de lo anterior, una crítica fundamental para nuestra doctrina?

De ninguna manera, o mejor dicho, la crítica puede venir tan solo de sectores del pensamiento que nieguen ciertas premisas que para nosotros son irrebatibles.

Afirmamos como atrás se dijo, la existencia de un orden moral permanente, luego toda la actividad individual, social o política que con él se relacione, debe estar sometida a normas invariables. Como el orden de que hablamos depende en sí mismo de la armonía del plan divino y de la conformidad de las cosas con la voluntad del Hacedor, no podemos admitir que el arbitrio humano modifique, o que el criterio tornadizo de los hombres substituya por nuevas concepciones las bases de la moral.

Pero, ¿y las ciencias positivas? ¿Las teorías italianas del derecho penal ? ¿ No vemos acaso, que la sociedad estimula el duelo en una época y más tarde lo castiga? ¿No será la concepción admitida por cada sociedad la que determine el delito? ¿No será la sanción penal únicamente la reacción del conglomerado humano, contra actos que amenazan destruir las bases aceptadas en determinado tiempo y lugar, como esenciales para un sistema especial de vida en sociedad?

Pues si usted lo admite, nosotros lo negamos y precisamente esa es una de las razones que hacen que nosotros seamos conservadores y usted liberal, evolucionista, positivista, relativista, que todo es lo mismo. Afirmamos que el concepto social no crea el sentido moral de un acto. Establecemos una diferencia profunda entre la sanción positiva que puede ser errada y la moral que es inmutable. Cuando el Estado castiga lo que es intrínsecamente malo, su criterio se acomoda a la realidad moral y es acertado; cuando castiga actos que moralmente no merecen punición, abuse de sus facultades y extralimita la autoridad. En ese caso la víctima se llama mártir y no reo. El imperialismo romano consideró que las doctrinas de Jesús afectaban la esencia del imperio; que no podía coexistir la autoridad de los pontífices con la de los césares; que el desacato a los ídolos destruía su sistema teológico; que la adoración a un profeta condenado en Judea con la complicidad del procónsul, aniquilaba la grandeza romana... y abrió las jaulas del circo contra los cristianos indefensos, gestó contra ellos el gladio, encendió hogueras y tendio los arcos mortíferos. Estudiando el fenómeno con criterio positivista, resulta tan solo la obra de defensa de una sociedad amenazada; visto a la luz de nuestra filosofía trascendental, constituye un atentado monstruoso del poder contra los derechos inalienables de la persona humana.

¿Se desprenderá como consecuencia de las anteriores afirmaciones la obligación para el Estado, de convertirse en una especie de censor espiritual y de sancionar con penas temporales toda infracción del orden moral ? Porque si tal sucede, el conservatismo resultaría un partido inquisidor.

No. La sanción del Estado solo debe aplicarse a violaciones morales que impliquen perturbación social. El pecado en sí mismo, mientras no salga del marco individual , es cuestión de conciencia y por eso afirma la Iglesia la existencia de una vida futura donde la culpa se liquida. Constituye delito y acarrea la sanción oficial, cuando atropella los derechos de terceros o saliendose del cuadro propio del individuo trae consecuencias sociales.

No quieren decir nuestros principios que el Estado carezca del derecho de sancionar por razones de bien público y con penas correccionales, actos que siendo moralmente indiferentes perturban intereses legítimos de la comunidad. Toda la legslación fiscal, precisa para que el Estado perciba las rentas necesarias al fiel cumplimiento de sus funciones, debe rodearse con una serie de sanciones que la hagan eficaz. Pero en este caso el castigo es simple cuestión de disciplina. Tan cierto es lo que afirmamos, que nuestra legislación positiva castiga la mayor parte de los delitos con la pérdida de los derechos políticos además de la pena corporal, mientras que las simples infracciones acarrean tan solo penas correccionales.

Tampoco significa la tesis conservadora, que constituyamos un partido inmutable, incapaz de adaptarse a los cambios inevitables de los tiempos y al curso de la civilización. Precisamente el hecho de sentar una tesis de principios trascendentales, de los que no podemos alejarnos, nos capacita para evolucionar libremente en todo cuanto no se refiera a ellos. Afirmamos que en la teoría política hay principios absolutos y fenómenos relativos.

Otra vez la filosofía de Tomás de Aquino.

La verdad es inmutable. El principio de contradicción exige que una cosa no pueda ser y no ser al mismo tiempo. Día y noche pueden sucederse, pero no coexistir. Más no deben confundirse con la verdad los accidentes mutables que la rodean, ni son siempre iguales los sistemas y métodos que nos sirven para alcanzarla. El mismo problema puede resolverse por aritmética o por álgebra, sin que la elección de procedimientos varie el resultado. De aquí que la proclamación de principios invariables en la misión del Estado, no implique una línea inmodificable en su organización.

Descendiendo de lo abstracto a lo concreto, podemos enunciar fácilmente nuestros puntos de vista.

El conservatismo proclama que el Estado se hizo pare el perfeccionamiento del individuo, que sus actividades deben dirigirse necesariamente al bien del hombre. En esta afirmación no admitimos atenuaciones. El hombre tiene un fin último ultraterreno. Como dueño de un alma inmortal, sus intereses fundamentales son superiores a los del Estado. Si de tejas para abajo el Estado sobrevive, sabemos en cambio que en proceso definitivo de la existencia, cuando el tiempo desaparece en el abismo de la eternidad, el Estado es lo pasajero y el hombre lo permanente.

Pero en cambio, en la adopción de medios para que el Estado cumpla debidamente su misión, el conservatismo deja de ser dogmático para convertirse en positivista. Exigimos que las actividades públicas se encaminan al bien del individuo, pero aplicamos un criterio histórico y de circunstancia para escoger el sistema. Comprendemos que el cambio de los tiempos trae problemas nuevos y nuevas soluciones. En un país consideramos la monarquía como la mejor forma de gobierno, en otro la república y admitimos que en ambos pueden presentarse tales cambios en medio ambiente y de constitución social, que la forma buena hace siglo, sea hoy inadecuada y la que hoy consideramos excelente, caduque mañana por ineficaz e inoperante.

En resumen, admitimos un campo de afirmaciones absolutas y otro "dejado por Dios a las disputas de los hombres".

Estriba en esto una de las mayores ventajas del conservatismo como partido de larga duración.

En efecto, todo partido político sometido al choque de la lucha necesita para subsistir dos condiciones: fortaleza y elasticidad. La estructura trascendental le comunica fortaleza el revestimiento temporal lo vuelve dúctil.

Un partido político tiene dos aspectos esenciales. Como doctrina constituye un sistema de ideas; como fuerza viva, un método de acción.

Naturalmente las ideas encarrilan el procedimiento, ya que la acción política es una brega continúa para convertir la teoría en la práctica, por hacer de la acción gubernamental una aplicación del principio profesado. Por eso un mandatario leal no puede afirmar que prescinda de la política en sus actuaciones, porque si lo hace, o no obra con sinceridad o piensa sin ella.

Vamos ahora a exponer las líneas generales de nuestro conservatismo mental.

Para proceder con orden, vamos a tratar nuestra doctrina en varios aspectos generales:

1. Concepto del Estado.
2. Relaciones del individuo con el Estado.
3. Funciones y misión del Estado.
 

Concepto de Estado, sus relaciones y funciones

 

Un partido político es una colectividad humana que actúa dentro del Estado y para el Estado. Por lo tanto la primera consideración que se impone a quien desea pertenecer a él como miembro consciente, es el concepto que se forma del Estado mismo. Como consecuencia surgirán tesis que con él estén de acuerdo. El marxista cree que el Estado es una forma de organización destinada a desaparecer y debe encaminar sus esfuerzos a apresurar esa desaparición; el estatólatra considera que el Estado debe absorver por completo la personalidad humana y construye en consecuencia un sistema de ideas que tienden a disminuir día a día la misión del individuo. El liberal le asigna un papel de simple guardian de la seguridad y debe, por lo tanto, limitar sus actividades al mínimo posible.

¿Y el conservador? Nosotros creemos que la sociedad civil está destinada al perfeccionamiento y servicio de la persona humana. Sobre esta tesis construimos una teoría completa que tiene su fundamento mental y su aplicación política.

El hombre es social por naturaleza, es decir, que Dios lo dotó de un temperamento sociable, mejor dicho de una necesidad de asociación. Requisitos indispensables para la conservación y propagación de la especie, lo obligan a formar la sociedad elemental que es la familia. En ella, por consecuencia espontánea de los hechos, reina el padre, cabeza y centro del primer nucleo humano.

Pero la familia misma no es un fin, sino un medio. Su fin es el hombre, destinado a su vez a la consecución de objetos ultraterrenos. Perfeccionar la familia como entidad, como sujeto definitivo no nos interesa, sino perfeccionarla para obtener con eso un mayor perfeccionamiento del individuo.

En principio las únicas sociedades absolutamente necesarias para el hombre son las familiares. No puede surgir sin ellas a la vida, ni conservarla sin su ayuda. Nace tan débil que en sus primeros años sucumbiría al cúmulo de amenazas external que lo asedian. No es como el hijo de los animales inferiores que empiezan su ciclo vital dotados de medios suficientes para abrirse camino. La madre debe velar sobre la cuna de la frágil criatura en cuyos ojos asombrados empieza a arder la inteligencia. Pero ya maduro, al menos en teoría, el hombre podría cumplir la plenitud de sus destinos morales solo e inasociado. Abandonádlo en una isla desierta y aunque la especie no se perpetua, la razón natural puede abrir al hombre los caminos de la vida futura.

Pero el hombre no es un ser estacionario sino que tiende al mejoramiento. Al dilatarse la familia, como continúa el instinto de asociación, viene la tribu. Con ella el hombre amplía su radio de acción y hace surgir al lado de las empresas familiares otras de índole social.

Hay tareas y designios que se cumplen en común. La simple autoridad paterna no basta pare mantener unidos con el vínculo común de la disciplina a gentes de distintos troncos y de análogos intereses. Surge entonces la autoridad política como entidad aparte, embrionaria tal vez, pero en todo caso suficientemente definida para que podamos caracterizarla como la primera forma de aparición del Estado. La familia continua su existencia, el patriarca rige en el ámbito del hogar las cuestiones domésticas, pero como ha nacido un fenómeno que se llama interés público, viene también para organizarlo la autoridad pública.

Sus formas evolucionan a través de la historia pero su esencia no se modifica. La sociedad civil requiere una autoridad y ella brota de la necesidad misma. Cacique, régulo, emperador, presidente, comisario del pueblo, todas las cabezas de sociedad cumplen una misma misión bajo distintos nombres. Dirigen el Estado, embrionario o perfecto.

Pero ¿para qué surgió el Estado? Para ayudar al perfeccionamiento del individuo. Para eso y nada más que para eso. He aquí la esencia de nuestra tesis conservadora.

Es una tesis tomística. El hombre cumple dentro del Estado mejor que fuera de él multitud de funciones Y las cumple más ordenadamente. En las amplias sociedades humanas constituidas aparece la división del trabajo que es base de la civilización. Ella permite al intelectual el cultivo de altas disciplinas, que no podría contemplar si fuera al mismo tiempo como en remotos tiempos, sembrador material de los campos o cazador en los bosques; el mistico se dedica a la velación misteriosa que lo comunica con la divinidad, y al amparo de la asociación civil, se desarrollan y prosperan artes y ciencias. El derecho de defensa, que en manos del individuo puede extralimitarse y convertirse en agresión moderada, pasa a la comunidad que instituye policias y ejércitos; la legislación positiva fija normas generales para dirigir las querellas; el Estado amplía más y más su radio de acción a medida que crecen las complicaciones de la vida , pero no puede olvidar que es tan solo el instrumento destinado a que el individuo afirme, dilate y perfeccione su personalidad.

Naturalmente, la aparición del Estado tiene de modificar los derechos que el individuo posee fuera de él, porque esa aparición implica el surgimiento de una condición que se llama el interés social, ante el cual debe abdicar el individuo multitud de prerrogativas y en ocasiones hasta el derecho mismo de la vida.

En la apreciación de ese interés social encontramos caracteres de clara división de los partidos políticos.

Algunos entienden por tal, lo que interesa al Estado como Estado: expansión económica, extensión de las fronteras, aumento del poderio material; la gama completa del imperialismo, desde su forma brutal y nítida de conquista violenta, hasta las sutiles preeminencias de orden económico que con las redes del dinero van encadenando los pueblos pequeños a la carroza triunfal de los orgullosos dominadores del mundo.

Semejante concepto lo rechaza el conservatismo. Interés social es el del mayor número de individuos como tales, siempre que repose en motivos legítimos. Su fundamento es el bienestar moral y material de los hombres como hombres, no como miembros de una comunidad impasible. Cuando así se entiende, honrada, rectamente, reconocemos que el interés individual debe ceder ante el social; pero no permitimos que se falsifique el concepto y que los derechos naturales se abismen en las fauces hambrientas de un Estado todo poderoso.

Nuestra tesis no aminora el prestigio de conceptos que son tan claros como la sangre de las venas, el patriotismo por ejemplo, sino que lo aquilata. En el mundo moderno y en las naciones ya constituídas, el Estado se confunde con la patria y todo varón bien nacido la ama con pasión. Pero la amamos razonablemente como a madre nutricia del pensamiento que nos ofrece una tradicidn de cultura y una herencia de puntilloso honor; como depositaria de tradiciones que nos vinculan con los muertos y atarán más tarde nuestras existencias a las vidas futuras; como conglomerado social que vela por nuestro bienestar humano y ejerce la tutela solícita de nuestros derechos naturales.

Mas, ¿ cómo podríamos amarla si invirtiera su propia esencia? Si la patria se convierte en la voluntad sistematizada de un dictador que impone su propio modo de pensar y hasta sus modalidades de odio; si el Estado se erige en divinidad temporal ante la cual hayamos de sacrificar las prerrogativas de nuestra alma; si el poder público se ejerce como la autoridad de un capataz de esclavos, toda nuestra dignidad de hombres se rebela ante el oscuro sistema y protestamos contra el yugo.

Los anteriores conceptos establecen una dependencia del Estado con respecto al individuo en cuanto a sus fines intrínsecos y una del individuo para con el Estado en asuntos temporales.

En efecto , desde que el Estado surge y se constituye , forma una persona jurídica que como todo organismo tiende a perfeccionarse y necesita subsistir. Nació después del hombre, pero dentro del tiempo lo sobrevive para seguir sirviendo a nuevos hombres. Su necesidad de supervivencia lo reviste de ciertos derechos. En ese sentido, y solo en ese, el interés individual debe ceder al público.

Estos conceptos se aclaran y comprenden mejor al aplicarlos a la práctica.

Para su existencia material el Estado necesita tributos y puede imponerlos al individuo, recortando así su propiedad. Para el mantenimiento del orden, puede establecer restricciones a la libertad; para salvar su existencia llega con facultad moral plena, a pedir al individuo el sacrificio de su vida en guerras Justas. Ademas la convivencia social en sí misma y precisamente para producir los frutos a que se destina, implica limitaciones a las actividades del individuo. De la selva a la ciudad hay una enorme distancia, que no se manifiesta tan solo en la modificación de las condiciones materiales de la vida, sino en multitud de aspectos que se refieren al desarrollo cultural de la misma. Todo se limita y debe limitarse: la libertad de tránsito; la de edificar a su amaño, hasta el simple hecho de gritar y cantar, tienen sus limitaciones en la vida civilizada. El Estado no podría cumplir su misión si dejara al individuo la plenitud de sus libertades que pasarían entonces a convertirse en caprichos.

Pero el interés social se manifiesta también desde otro punto de vista, en forma de bienestar pare el mayor número. El individuo no vive aislado y su desarrollo y expansión hen de entenderse dentro de límites que respeten el derecho de los demás. Como no sería el individuo Juez competente pare resolver litigios en que es parte, la autoridad del Estado ha de erigirse y se erige como poder moderador y distribuidor de la justicia.

Surge aquí una diferencia substancial de nuestro credo con el del liberalismo manchesteriano, o liberalismo a secas, viejo proclamador de la teoría del Estado gendarme. Somos intervencionistas. No queremos que la autoridad pública presida impasible los episodios de una lucha desesperada de intereses y ambiciones en que el individuo suelte libremente todos sus instintos de rapacidad y de egoísmo; no la constituimos en árbitro de semejante pugilato. Sabemos que la naturaleza creo profundas desigualdades entre los miembros de la especie humana y que las complicaciones de la vida tienden a aumentarlas, y deseamos que el Estado ejerza una función moderadora para restablecer en favor de los débiles el perdido equilibrio. Reconocemos la lucha darwinista de las especies y de los individuos como un hecho y no como un derecho, y a restablecer el último, encaminamos el poder público. Seguimos en esto las enseñanzas de admirables pontífices, sobre todo las de esa antorcha de los tiempos modernos, León XIII, cuya luz apacible se encendio como un faro de esperanza sobre las tinieblas de la humanidad enloquecida. El, como su homónimo el vencedor espiritual de Atila, detuvo la invasión de los barbaros a las puertas amedrantadas de Europa.

Si nuestro intervencionismo nos separa de las escuelas liberales, el modo como lo entendemos y queremos verlo practicado, pone valla infranqueable entre nuestra ideologia y la de las múltiples escuelas socialistas.

Vemos en el Estado un restaurador de la justicia, pero no un hacedor de la misma. No es la voluntad del conglomerado social, llámese parlamento o dictadura del proletariado, la que establece normas de justicia por su propia virtud. La justicia existe en sí misma, derivada de la naturaleza esencial de las relaciones entre los hombres, de los derechos naturales, del orden creado por Dios, el Estado puede apenas restablecerla cuando hechos materiales la destruyen, o protegerla cuando otros la amenazan. Su poder no debe extenderse más alla. Puede reglamentar el derecho de propiedad, pero no lo crea; puede limitarlo en bien del interés social, pero no destruirlo; puede dictar normas para el buen funcionamiento del trabajo, pero no atentar a su esencia ni privar al hombre de la libertad de escogerlo. Mucho menos puede convertirse en depositario y dueño de los derechos naturales, proclamandose el único propietario legal. La propiedad está en el hombre y no en el Estado; si éste posee, lo hace como persona jurídica, pero nunca emana de su voluntad desenfrenada el derecho de poseer v disfrutar.

Profundizando un poco este concepto, vemos en el Estado, un guardian solícito cuya guarda debe incrementarse a medida que crecen los peligros; las escuelas socialistas lo consideran como amo todopoderoso. Nosotros creemos que el derecho individual está por encima del Estado, ellos creen que el individuo no puede tener sino los derechos que el Estado le consiente. En resumen, nosotros creemos en un derecho natural que existe precisamente porque existe también la persona humana; ellos creen en un derecho positivo, que nace del Estado y apenas como delegación pasa al individuo.

Establecidos los anteriores principios, surgen en buena lógica conclusiones fecundas.

En primer lugar, la de que el conservatismo filosófico no es un partido despótico, sino que entendido legalmente es el más liberal de los idearios políticos, en cuanto establece la libertad humana como un postulado trascendental e indeclinable. No somos libres cuando el Estado lo quiere, ni en la medida ni hasta el límite que lo quiera; lo somos por ser hombres y es el Estado, dócil a las causas íntimas de su existencia, quien está obligado a reconocer, respetar y proteger nuestra libertad. Los positivistas de diversas doctrinas, sostienen el derecho emanado de la sociedad, nosotros los sostenemos emanados de la naturaleza humana; el concepto social puede cambiar y con él desaparecer la libertad; la naturaleza no cambia y por eso tampoco pueden periclitar sus fundamentales derechos. Somos libres no porque el Estado lo quiere, sino porque venimos al mundo por voluntad de Dios, recibimos de El un libre albedrio que se ejerce a despecho de toda tiranía como un sello de la divinidad.

De aquí que el conservatismo tenga también un aspecto doctrinario de rebeldía en determinadas circunstancias. Si proclamamos la posesión de derechos superiores a la voluntad del Estado y a los mandatos positivos de la ley, es claro que no podemos obedecerla cuando los vulnera, ni reconocer al soberano la facultad de mandar cuando la ejerce fuera de su campo legítimo de acción. En esos casos, nuestra rebeldía no es revolucionaria sino la reacción natural y a veces violenta del derecho contra el atropello, de la libertad contra el despotismo, de la conciencia contra la imposición, de la vida contra la muerte. No es que el mártir no quiera someterse al César; es que no puede.

Va en ocasiones tan lejos la usurpación del derecho, que la relación llega a los límites de la protesta armada; la mayoría de las veces es la resistencia pasiva y silenciosa, que no derrama más sangre que la propia y se inmola en consciente holocausto para la restauración del porvenir.

Es porque la resistencia ante el Estado usurpador no es el ejercicio solo de un derecho, sino el cumplimiento de un deber. Si el Estado ordena llevar nuestros hijos a las escuelas ateas y desobedecemos al mandato, no es porque nos neguemos a renunciar a un derecho sino porque la ley natural y la divina nos obligan a educar a nuestra prole dentro de ciertas normas morales, es decir, nos imponen un deber. El derecho sería renunciable sin perjuicio, pero el moral no está en nuestras manos declinarlo.

Todo esto depende de que el conservatismo filosófico sea un partido trascendental. Creemos que en los asuntos fundamentales del orden moral hay bueno y malo, con bondad y maldad absolutas, no relativas. Lo que infringe la ley moral es malo y lo que a ella se acomoda es bueno; ayer, hoy y mañana. Ni lo uno ni lo otro pueden renegar de su esencia o modificarla. La verdad es absoluta como afirmación de existencia de las cosas que son y la mentira será siempre el ente antagónico, la contradicción en marcha, la tentativa estéril de la nada por convertirse en ser.

Claro está que estas afirmaciones se aplican solo a los postulados de orden moral. Fuera de ellos vive lo contingente. Formas de gobierno y de estado, régimen fiscal, cuestiones de fomento, pasan y mudan con el vaivén tornadizo de los tiempos. Hoy son y mañana no parecen. Por perfeccionarlos unas veces, por destruirlos otras, luchan los hombres y se agitan en una eterna marejada de fuerzas que va elaborando a través de los siglos la delicada trama de la historia.

Ante todo, son contingentes los hombres mismos y sus flacos designios.

Exaltar o deprimir en ellos los partidos, es tarea de quienes ven apenas la superficial corteza de las cosas y no buscan la áspera nuez de principios que se esconde en toda la lucha política. Muchas veces, por error de inteligencia o de corazón, el paladín excelso milita en las filas del error y otras el artero malvado se acoge a las banderas de la verdad. Pero nada cambia al panorama intrínseco la repartición de las figuras. Roberto Lee, empeñado en defender las tesis de 18 estados esclavistas y en salvarlos de la derrota con sus soberbias dotes militares fue un héroe, pero su causa siguió siendo un crimen.

Venimos afirmando la inviolabilidad de los derechos naturales y la superioridad del individuo como persona concreta frente al Estado que es entidad abstracta. Pero nos queda un problema más serio.

El hombre no solo vive en asociaciones civiles, sino que forma parte, también, de sociedades religiosas. Como estas no se limitan a regir actos de pura conciencia sino que fijan normas para las relaciones sociales, como las que rigen la formación de la familia, aparece la permanente posibilidad de un conflicto entre la autoridad civil y la religiosa.

El Estado, que tiene el vicio de ser imperioso, ha tratado de solucionar el conflicto por dos sistemas princinales; absorción o sujeción.

Para el primero, junta en una misma persona la jefatura suprema de las dos potestades. Es el caso de los Césares, pontífices máximos, repetido multitud de veces en la historia, que alcanzó su culminación en la Turquía prerrevolucionaria, donde el sultán era a la vez el califa, cabeza temporal de sus súbditos y jefe esniritua1 de los seguidores del Islam.

Para el segundo apela a las leyes de persecución. La Francia de antes de la guerra, México, España, apelando para mayor irrisión a principios liberales, levantan la ley como un sistema de importar lo que llaman orgullosamente la supremacia del poder civil. Para escarnio de la civilización contemporánea, el orden de persecución surge casi siempre del seno oscuro de las logias, ese poder de las tinieblas que es quien realmente ejerce la verdadera "supremacia sobre el poder civil".

Ambos sistemas son absurdos.

Puede en determinados instantes juntarse en una misma persona el ejercicio de las dos potestades, pero hacer que por el hecho de serlo el jefe del Estado se convierte en jefe de la religión, es confundir cuestiones sustancialmente distintas. La segunda para destinos eternos. No vale alegar en contra el caso del papado católico, unido durante siglos al poder temporal sobre los Estados Pontificios, porque cuando Carlo Magno dotó a los papas de estado temporales, aumentados después, lo hizo para rodear de independencia material a los depositarios de poder espiritual, en tanto que cuando el Estado se revista de funciones religiosas obra así para acabar con la libertad espiritual en beneficio de la autoridad civil. Es decir que en el primer caso asistimos a un proceso de libertad y en el segundo a una tentativa de servidumbre.

En cuanto a las leyes de sujeción ha sido siempre para nosotros un problema de lógica explicarnos-sin que lo hayamos logrado-cómo en nombre de una ideología liberal se atropellan las más sagradas libertades.

Para comprobarlo, basta enunciar algunos postulados liberales y enumerar luego las violaciones flagrantes que de ellos se hacen en las leyes de persecución.

El liberalismo proclama:

Libertad de conciencia.
Libertad de asociación.
Libertad de palabra.

Las leyes liberales establecen: Esclavitud de conciencia, al prohibir las manifestaciones públicas del culto católico; supresión de derechos de asociarse, al prohibir las congregaciones; tiranía sobre la enseñanza al declararla obligatoriamente laica y prohibir el ejercicio del magisterio a institutores católicos; destrucción de la libertad de palabra, al prohibir a los sacerdotes la libre exposición de sus ideas y doctrinas.

En resumen, que contra cada libertad teórica, levanta el liberalismo una prohibición positiva.

El fenómeno seria y es explicable, en el desarrollo de una tesis católica, pero es absurdo dentro de una ideología liberal.

En efecto, el catolicismo es por naturaleza exclusivista y de ello se enorgullece. Fundado en una enseñanza divina en la que cree, dice, con sencillez que fuera de la Iglesia no puede haber salvación. Su desarrollo del principio de contradicción en filosofía, es una consecuencia teológica de la afirmación de Cristo: "El que no está conmigo esta contra mí". No admite términos medios. Se es, o no se es. No concede derechos al error, ni libertad para la mentira; apenas sí, en el terreno de la práctica les concede tolerancia. Por lo tanto, dentro de su lógica existe el derecho de reprimir lo que no se acomoda a su doctrina.

Pero el liberalismo es relativista. ¿Con qué derecho puede condenar un sistema cualquiera quien afirma que la verdad no tiene asiento fijo? ¿Por qué perjudica determinada condición del Estado ? Pero si ese concepto, aunque sea la propia, puede ser errónea. ¿Por qué el sistema está equivocado? ¿Pero quién lo afirma, si el liberalismo empieza por rechazar toda infalibilidad?

Faltos de una explicacion lógica, hemos encontrado otra sicología. El liberalismo que tiene un programa amplísimo, adolece de una sicología perseguidora. Es muy natural; quien crea íntimamente poseer la verdad, se siente animado de tolerancia porque confía en el valor intrínseco de lo que posee; quien la estima relativa, la defiende con la cólera con que se pelea por una posesión precaria. El propietario legal recorre inerme sus dominios; el usurpador deambula siempre armado hasta los dientes.

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